Reírse por no llorar

Risa-muro-LoQueSomosIon Arretxe. LQSomos. Enero 2016

Recordará el riente y paciente lector que inicié esta serie de artículos sobre el humor, que ahora me dispongo a rematar, con la sospecha de que intentan hacernos más tontos aún de lo que somos cuando, desde sus púlpitos catódicos y mediáticos, cacarean a todas horas de su franja horaria que lo que necesitamos los pobres sufridores de las penurias de estos últimos tiempos son la risa y la evasión, esto es, sus series de mierda, sus películas casposas y sus patéticos programas de entretenimiento. Y suelen añadir que, con la que está cayendo, no necesitamos comernos más la cabeza -o séase, pensar- porque ya tenemos bastantes dramas en nuestra realidad para que nos vengan contando miserias ajenas en la ficción.
Permítaseme una pequeña digresión para sustituir la rancia coletilla de “con la que está cayendo” por la algo menos rancia de “con la que nos están echando encima”, en un intento por evidenciar el uso del lenguaje con fines tramposos de quienes intentan hacernos creer que está lloviendo, cuando en realidad, son ellos quienes nos están meando encima.

Es evidente que, tanto en la ficción como en la realidad, hay situaciones claramente cómicas en las que nos reímos de lo que estamos viendo, y hay otras situaciones en las que nos compadecemos de las desgracias y los reveses que soportan los personajes de las historias.

Pero también hay circunstancias, cada vez más, ante las que no sabemos si reír o llorar. Nos reímos cuando unos parados de cierta edad persiguen ovejas en el campo para venderlas después por los pubs que frecuentan en “Lloviendo piedras”, de Ken Loach, pero a la vez nos compadecemos de su lamentable situación y nos indigna la injusticia social y política que les ha obligado a caer tan bajo. Nos provocan muchas carcajadas las ocurrencias del Chavo del Ocho, a la vez que nos inquieta su orfandad y su extrema pobreza. Nos reímos de Charlot cuando cocina una bota, la comparte y la come como si fuese un exquisito pescado en “La quimera del oro”, pero nos da mucha tristeza su hambre insaciable y nos lleva a pensar en todos los hambrientos que en el mundo han sido, son y, si no se lo impedimos al insaciable capitalismo, seguirán siendo.

La tragicomedia, como género artístico que participa a la vez de lo trágico y de lo cómico, comenzó su andadura a partir del Renacimiento, siendo al principio una tragedia, pero con final feliz o un drama en el que se alternaban las situaciones trágicas con las cómicas. El género alcanzó una forma muy consolidada con el teatro de Molière, de Corneille y de Racine, en el llamado XVIII francés.

Pero, poco a poco, fue depurando su origen bastardo -ni comedia, ni tragedia- hasta llegar a ser un género capaz de reflejar, además de una manera muy realista, los contrastes de la existencia humana y lo irrisorio, absurdo, y muchas veces grotesco, que se esconde tras su aparente grandeza.

Después de las dos guerras mundiales, gracias al teatro del absurdo y muy especialmente al talento de Beckett, aparece por fin una tragicomedia pura. En ella, lo más terrible y lo más ridículo de los personajes está totalmente entretejido, formando la trama y la urdimbre de su ser, y los espectadores nos reímos horrorizados, a la vez que nos horrorizamos por el hecho de habernos reído.

Este hallazgo estético fue posible, entre otras razones, porque la sociedad de occidente había llegado a mediados del siglo XX a una situación que compartía la esencia de lo tragicómico: el ser humano, tras sus avances científicos, técnicos, filosóficos y artísticos, demostraba que era capaz de lo más excelso y, a la vez, de lo más infame.

Decía Ionesco que “sentir lo absurdo de lo cotidiano y del lenguaje, su inverosimilitud, es ya haberla superado”. Nosotros también pensamos que, cuando nos ayudamos de la capacidad reveladora del humor para levantar los disimulos de la realidad y las formas de engaño del poder, ya estamos actuando contra él. La revelación es el principio de la rebelión, y decir que el emperador va desnudo es el primer paso para derrocarlo.

“El profesor Jirafales nos explicó que los animales que comen carne son carnívoros; los que comen fruta son frugívoros; los que comen insectos son insectívoros, y así. Entonces Quico dijo que los que comen enchiladas son enchiladívoros y los que comen gordas pellizcadas son gordapellizcadívoros. Pero el profesor Jirafales regañó a Quico por haber dicho eso. Luego preguntó que cuáles eran los animales que comían de todo, y yo respondí que los que comían de todo eran los ricos”. (El Chavo del Ocho, de Roberto Gómez Bolaños)

Ni que decir tiene que mis modestas reflexiones sobre el humor no hubieran sido posibles de no haberme encontrado antes con las preguntas que se hicieron y las respuestas que nos dieron autores tan queridos para mí como son Alfonso Sastre, Sigmund Freud, Henri Bergson, Antonio Escohotado o Agustín García Calvo.

Del primero de ellos voy a destacar su magna obra “Ensayo general sobre lo cómico” (Editorial Hiru, 2002), de lectura imprescindible, además de divertida, para quienes quieran adentrarse en los misterios del humor, de la comedia y de la risa.
A todos ellos mi mayor agradecimiento.
La próxima ronda de chistes correrá por mi cuenta.

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Nota de LQSomos:
Cuarto artículo de la serie: ¿Malos tiempos para la gente, buenos para la comedia? Notas sobre el humor y las mentiras en torno a esta capacidad de la imaginación

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