Rocío y el útero de la caverna

El líquido amniótico del útero de la caverna está en ebullición, quieren cocernos en su interior y convertirnos en alimento para que el sistema con su solitaria de anillos infinitos, bicho intestinal e insaciable nos devore. Somos combustible barato para retroalimentar la maquinaria de la que los postfascistas premodernos de esta España de cirio y sangre aprovechan todo. Somos como mansos cerdos de lo que todo se come y cuyos restos nos dan a comer, y comemos, en un acto de canibalismo de clase imperdonable.

Así nos ven y así nos tratan, nos revolcamos en su mierda y piensan que en nuestro retozar sobre sus heces está nuestra felicidad de pueblo que necesita de sus estúpidas, retorcidas y retrogradas mentes para que nos indiquen el camino del matadero sin que rechistemos.

Un gobierno y una oposición mayoritaria sin más rumbo que el botón de la destrucción de la clase trabajadora y la no trabajadora por imperativo legal de un gobierno autómata y títere del capital, que tras exprimirnos nos tira a la calle con una caja de cartón para taparnos nuestras vergüenzas. Sí, las nuestras, porque hasta que punto pueden alienarnos sin que nos pongamos rojos de ira.

Y antes de una triste navidad, en que una Iglesia milenaria, esclavista y sorbesesos, ladrona de solsticios a su beneficio, nos cuenta el mismo cuento del que han vivido secularmente a cuerpo de rey, aquí seguimos el guión marcado. Mientras supuestamente nacía una criatura sobre la que se reescribió la historia de occidente, matando a mansalva al disidente, desde sabios a pobres ignorantes hartos de ser analfabetos. Historia siempre en masculino donde las mujeres fueron meras transmisoras de la superstición, sometidas a las túnicas negras y al desconocimiento, unas mujeres que emancipadas eran tan terroríficas para sus fines que las quemaban en la hoguera cuando querían ser libres.  Mujeres con la obligación de fornicar y parir al antojo del hombre pero que tenían que mirarse en el espejo de una mujer que ni fornica, ni pare, que aparece con un milagro de niño en la calle al cual sacrificarán más tarde en nombre de pecados ajenos, un peón prescindible de dios ¿padre?. Pues en la antesala de estas fechas tan comercialmente glorificadas Gallardón nos felicita las fiestas con una ley del aborto tan retrograda y tocaovarios que alucina al mundo. Una ley que nos hunde en la pútridas entrañas del peor integrismo católico, de sus sectas llenas de poder, que día a día se mueven manejando las cloacas visibles del estado, poder transicional que siempre ha mantenido a su ejército de ratas subvencionadas. Ratas con escaño, ratas con cartera, ratas con toga, ratas con alzacuellos, con chaqueta y corbata,  que proliferan ante nuestro estupor y que nos marcan la agenda y nos roban la libertad social e individual, porque tan solo pensar para ellos es delito.

Ellos siguen empecinados en marcar el rol de la mujer, siempre sumiso, atado y reproductor, siempre a favor de obra. Sus mujeres, tan integristas como ellos, darán a luz en clínicas privadas los hijos de este poder de naftalina y caros perfumes enmascaradores, nacidos bajo confortables techos, alimentados para el triunfo de la miseria moral de sus progenitores. Sus cachorros aprenderán que en la malavida ajena, en la de los sin educación, sin sanidad, sin techo, sin pan, dependientes sin dependencia, los desahuciados del sistema, están sus oportunidades de perpetuar el poder de sus padres y practicar su falsa y cínica caridad. No importa que el precio sea el sufrimiento eterno o la muerte de los que no tendrían que haber sido traídos a un mundo que fagocita a los que nacen sin cumplir las normas de calidad Iso, de Imprescindible Súbdito Operativo. Ellos ordenan, ellos ejecutan.

Y en este momento me acuerdo de mi querido compañero Álvaro que vive en la lucha eterna de los que se fueron para ser recordados como imprescindibles y a muchas otras personas amadas que no han visto esta debacle sin freno hacia el precipicio de los que a nada les queda, a la sima de los sin derechos, al agujero de los parias de la tierra. Y recuerdo a Fernando Ruiz Vergara y  su trabajo Rocío, que circula por la red en su versión cercenada sin que nadie sepa donde la Injusticia puso su tijera y marcó la vida de tantas personas que inocentemente solo querían contar la verdad. Una verdad imposible en un impaís cimentado sobre las  mentiras de los fascistas y la jerarquía eclesiástica y sobre los huesos de los nuestros. Una Injusticia de la que ahora es ministro Gallardón y sus correajes, a cuyo suegro debemos sentar en los banquillos de la justicia argentina para que pague por su participación y apología orgullosa del franquismo en su eterna adhesión al régimen.

Me acuerdo de Fernando, en estas horas en que las mujeres volvemos obligadas al confesionario a explicar en los morbosos oídos de los histéricos de la curia y sus esclavos ideológicos, no sé que pecados, que les llenan de devota excitación  y que nos obligan a expiar quitándonos la libertad, cerrando su secular candado con su castrante llave. Me acuerdo de su documental, del rol femenino, de su triste imagen de madera manoseada por machos en celo en el paroxismo de su borrachera etílica y hormonal. Recuerdo la sumisión de la mujer convertida en un bien de consumo bajo una falsa libertad tutelada a gloria del negocio oligárquico de una fiesta bendecida desde una falsa izquierda, que no tuvo el valor de poner a terratenientes e Iglesia en su sitio y se sumó al desvarío de un folklore inducido y mísero al que etiquetaron como cultura popular. Y de los polvos de un camino de falsos ídolos y falsa breve libertad vienen estos lodos corruptos y pestilentes que nos sumen en la indefensión de un estado represor y aplastante que sostiene en su mano derecha nuestra cruz.

En esa incomprensión de cómo hemos podido llegar hasta aquí, de cómo se huele nuestro miedo desde las cuevas de las bestias depredadoras prestas a devorarnos. En este mea culpa que entono por no haber sabido tampoco que más hacer, desde un teclado o pateando las calles con la garganta en carne viva, me pregunto como vamos a malvivir con este estado que nos pone de rodillas, que se ríe de nosotros y antes de engullirnos nos patea el culo. Como mirar a los ojos de los que nos precedieron sin sentir vergüenza por lo que nos hemos dejado robar.

Ni Kafka resucitado vería en su laberíntico Proceso más que un juego de niños ante  hechos como que un documental como Rocío, mutilado en los 80 siga en el 2014 prohibido en su versión integra, en cosas que le pasan cada día a miles de ciudadanos perdidos en laberintos de burocracia, represión e indefensión, situaciones que ni pensaban existían. Y me acuerdo de Patricia y de los procesados del 4F y de su calvario y pienso en lo que la historia oficial contará, con un poco de suerte, ha sido un error, pero no lo sienten porque volverá a ocurrir y se volverá a mentir para ocultar. Este es su mundo miserable y ese será el pan nuestro de cada día si no ponemos remedio. El triste pan de los que nos lo podamos llevar a la boca siempre maldecido por los que nos condenan al más negro de los pozos de los infiernos, que ellos inventaron para sobrevivir como mala especie obscura que son. 

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