Carlos Olalla*. LQS. Diciembre 2018

Roma es una magistral lección de fotografía, cada plano es un verso de un bello poema que solo las imágenes podían escribir porque está escrito desde donde las palabras no llegan

Roma, la última película de Alfonso Cuarón, es un poema visual que te llega al alma desde el primer fotograma. Filmada en blanco y negro, vemos a través de la mirada de Cleo, una empleada de hogar de una familia burguesa del México de los años 70, el devenir de toda una sociedad que pugna por abrirse a un nuevo mundo frente a las férreas tradiciones y convenciones sociales que la atenazan. Todo está en esa humilde mucama que protagoniza esta historia universal: la desgarradora desigualdad social, el sinsentido de la vida de unos y la búsqueda de sentido de los más, la cárcel de las apariencias frente a la verdadera cárcel de las vidas olvidadas, los sueños de unos frente a las pesadillas de otros… Es en la violencia del parto de ese mundo que nace donde vemos la realidad de ese otro mundo que agoniza, vida y muerte, sempiterno círculo que nos une a un destino forjado por gente sin nombre, por nadies, por invisibles. Y, por encima de todo, Roma rezuma amor, el profundo amor de amores que nacen y amores que mueren, de amorosas mentiras y crueles verdades, de miradas que hablan y palabras que callan, de silencios que aman y calles que sangran. Porque Roma es un canto al amor, al que sentían esas mucamas por los niños que cuidaban, al que nadie sentía por ellas, al que sacaba a los estudiantes a las calles, al que nos invitó a soñar con ese mundo nuevo que tanto quisimos…

Roma es una magistral lección de fotografía, cada plano es un verso de un bello poema que solo las imágenes podían escribir porque está escrito desde donde las palabras no llegan. Las cuidadas posiciones de cámara, los impresionantes planos secuencia que todo nos lo cuentan, los sutiles movimientos de cámara que acompasan el tempo de unas vidas sin destino. Y el blanco y negro, ese blanco y negro que todo lo evoca porque todo lo vive. No es casualidad que un poeta como Cuarón haya sido quien ha escrito la fotografía y filmado el guion porque Roma es ese universo personal de genios creadores como él donde fotografía y guion se aparean, donde silencio y palabra se abrazan, donde blanco y negro se acarician. Como tampoco es casualidad que la película nos cuente la historia a través de la mirada de mujeres, mujeres a las que al cerrarles las puertas la vida se ven obligadas a abrir otras, otras que las llevarán a ser protagonistas de sus vidas y no secundarias de las de los hombres que las rodean.
Y si guion y fotografía son una auténtica clase magistral, qué decir de la interpretación de ese monstruo de la pantalla que es Yalitza Aparicio, la Cleo a través de la que vivimos la historia. Todo en ella es verdad y sutileza, luminosidad humilde, autenticidad sin límite. No es actriz profesional, ha sido su primera interpretación frente a la cámara, pero ha tenido al mejor de los maestros: la vida. Llegó al casting por casualidad, nunca creyó que aquello iba en serio. Por no saber, no sabía ni quién era Cuarón. Pero cuando le tuvo en frente, confió plenamente en él, supo que debía dejarse llevar y seguir sus consejos. Ellos eran los que sabían de cine, a ella le bastaba con saber de la vida para irradiar toda la verdad y la luz que lleva dentro. En su mirada, en sus silencios, en su barrer y limpiar, en su callar, en la ternura con la que descubre todos los mundos que están en éste habita la vida, toda la vida de la que nos habla esta película.

Solo de prodigiosa cabe calificar la dirección artística de esta obra maestra. No hay detalle que no haya sido cuidadosamente atendido, mimado. La reconstrucción de las tiendas de esas calles por donde transcurre la historia, de esa casa donde vive la vida o de esa azotea donde vuelan los sueños, ha sido tan minuciosa que es capaz de transportarnos a ese mundo que, boquiabiertos, habla de nosotros, de lo que fuimos, de lo que duerme en nuestra memoria, de aquella infancia que todos perdimos. Porque Roma, aunque se centre en una familia determinada, en un tiempo determinado y en una ciudad determinada, es una película universal, un inmenso espejo en el que, plano a plano, se refleja todo aquello que nos ha hecho como somos.

Esa mucama y esa familia no son los únicos protagonistas de esta historia. El agua, esa agua que todo lo limpia fluyendo por los huecos y rendijas de nuestra memoria es otra de las protagonistas de este canto a la vida y al amor que es Roma. La aparente sencillez de la película es como esa agua que todo lo inunda, agua que nos da la vida y que nos la puede quitar, agua que nos habla de eterno fluir de nuestra existencia. Como también lo es ese largo corredor que separa la casa de la calle, la familia del mundo, ese corredor que los perros ensucian cada día y que la mucama lava cada mañana, ese estrecho corredor donde no cabe lo que esta familia habría querido ser y que, como los coches que guarda, va desapareciendo rasguño a rasguño y golpe a golpe.
Que una película que pasa en la ciudad de México se llame Roma puede sorprender, pero Roma es una colonia de esa ciudad, un microcosmos de nuestro propio universo que ha ido evolucionando con el tiempo y la ausencia, con el pasado que dejamos atrás y con el futuro que nunca llegó. Sin duda Cuarón eligió ese título porque es allí donde él vivió, donde pasa la historia que nos quiere contar, donde otra Cleo le cuidó a él, pero también porque Roma es otra forma de decir…Amor.

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