Salve, Italia

Es evidente que un breve recorrido de 10 días por el país de Antonio Gramsci no alcanza si no para prometernos a nosotros mismos que volveremos.

Con el fin de acompañar a mi compañera a un encuentro de solidaridad en Cortona, (La Toscana) tuve ocasión de recorrer las calles de esta antigua población (fue asentamiento etrusco en el pasado y conserva muralla y restos funerarios de aquella época). Ni que decir tiene que es un hermoso pueblo.

Trepado en lo alto de una montaña y casi todas sus casas construidas con piedra, sus edificios, tanto civiles como religiosos, sus plazas, callejones y paisaje en general, son atractivo para numerosos viajeros que deambulan por sus calles y disfrutan del sosiego de sus terrazas al aire libre ante una pizza o una cerveza.

No cabe duda de que un país con una cultura tan vasta como la de Italia nos obliga a un ritmo de visitas y de recorridos que nos pueden dejar exhaustos, también a nuestros bolsillos. Por todo esto, supongo que cada uno escoge aquello que va más de acuerdo con sus gustos y economías. Nosotros, después de Cortona y la también antiquísima ciudad universitaria de Peruggia, y dada la región de llegada, optamos por un Florencia-Roma, una breve escapada a la también etrusca Orvieto, para volver a la poderosa y siempre hermosa ciudad que tan grande deuda contrajo con Miguel Ángel, Fellini, De Sica, Rossellini, Pavese y Zavatini.

Han transcurrido ya más de dos meses de mi regreso de aquellos puentes que reemplazaron a los que fueran volados en su retirada por las “heroicos” y “cultos” alemanes, que invadieron el país para salvarlo de una hipotética ”invasión de las hordas” de  Pepe Stalin, y aún pesan sobre mí las distintas emociones que me produjo los paseos por aquellas calles por donde en el pasado deambulaban los pobres personajes de los cuentos y las novelas de Moravia; aquellos parajes donde un día nuestro Blasco Ibáñez, y Stendhal tomaban notas para sus libros de viajes y para sus novelas.

Ésta mi segunda visita me llevó de nuevo al inevitable Duomo, en Florencia, al mundo multicolor del Mercato Nuovo, a la Gallería degli Uffici… a las espléndidas puestas de sol de la Piazzale Michelangelo, esperadas cada día por una multitud que acude allí como si se tratase de la primera vez, o quizás la última en que les es dado contemplar el prodigio, con la misma obstinación y paciencia que se espera un concierto de Mike Oldfield o Mark Knoffler, enfrascados en el mismo éxtasis religioso con el que contemplamos las puestas de sol en Macchu Picchu  y en el entrañable Ponte Vecchio. Digérase que, convocados allí por una antigua divinidad, hombres y mujeres llegados hasta allí desde los más apartados lugares de la tierra aguardan el momento de una ancestral ceremonia.

Haciendo fotos en Sta. María Novella, en el Mercato de San Lorenzo, en San Miniato al Monte, cuyo cementerio guarda los restos de Colodni, (padre de Pinocho) Sta. María dei Fiore, con  su monumental escultura erigida a un Dante Alighieri de severo rostro, en el Batisterio y en la Piazza della Signoría, al pie mismo de la copia del David de Miguel Ángel, mezclado con los millares de turistas que hacen cola para visitar el Palazzo Pitti o la prodigiosa cúpula de Brunelescchi, comiéndome un bocadillo sentado a la puerta de la Basílica de S. Lorenzo, uno no puede por menos de preguntarse: ¿qué quedó de aquella Italia de El Decamerón de G. Bocaccio que un día lejano leímos? ¿Qué subsistió tras esas rejas, tras esas persianas y esas puertas de aquel universo de P. P. Pasolini; de aquel mundo lejano de T. de Lampedusa, de los héroes anónimos de los relatos de Elsa Morente, Morandi y Elio Vittorini?

¿Por qué nos empeñamos siempre en buscar en las ciudades los restos del soplo qué nos llegó un día en las lejanas lecturas de los autores que devoramos en la juventud?

En los largos paseos por estas ciudades, ni una simple placa me devolvió entonces, o no la supe encontrar, los nombres del Pirandello de Seis personajes en busca de un autor. Y sin embargo, allí estaban las sufridas mujeres y los anarquistas de Darío Fo, los hijos literarios de Ítalo Calvino, los “ilustrísimos” jueces corruptos y los sindicalistas de las obras de Leonardo Sciacia, los infieles maridos de Rossellini y sus frustradas esposas; el lujo y la decadencia de Visconti; los don Camilos y los Pepones de Guareschi, las criaturas de El jardín de los Finzi Contini y de los Cuentos de Ferrara; los campesinos que con retales confeccionaron la rossa bandiera para recibir a los partisanos del Noveccento de  Bertolucci el día de la liberación; y los descendientes de  los mártires Sacco y Vanzetti, que fueron ejecutados en la lejana y soñada América hace ya ochentaiún  años.

Lejanos también, pero menos, Prato y el natal Poo del autor de Kaputt y de La piel, echo de menos un lugar, una placa que recuerde con un sencillo: A ESTA MESA SOLÍA SENTARSE EL ESCRITOR ANTIFASCISTA CURZIO MALAPARTE A  LEER IL CORRIERE DELLA SERA, DE QUIÉN ERA COLABORADOR.

No obstante, sí que nos resulta particularmente conmovedor encontrar, en una luminosa calle, desde donde se domina media Peruggia, una placa de regulares dimensiones donde, al pie de un altorrelieve del autor de La Escuela Moderna, podemos leer un sentido homenaje en el que, entre otras cosas, se dice:…”más alto que la voz de los fusiles que lo asesinaban en Montjuich en 1909 se alzó la voz de Francisco Ferrer Guardia…”, como es singular también el número de lápidas, con detallada y larga lista de nombres, que recogen el homenaje de este pueblo a los combatientes que cayeron luchando contra el fascismo durante la ocupación nazi; algo de lo que tendría que aprender nuestro pueblo y nuestros políticos. (Por aquí todavía hay edificios que conservan celosos sus águilas y sus yugos y flechas.)

Sentados ante un magnífico helado italiano en la Piazza Navona de Roma, contemplando el sosegado ir y venir de las gentes, el famoso Tritone y los pintores ambulantes que tratan de colocar sus escenas del Trastévere, sus bodegones y sus marinas entre tanto turista como cobra aliento tras tanto arte y tanto trajín, cuesta recrear ahora aquellos días en que estos adoquines, estas históricas piedras fueron testigos de los días del film Roma, citta aperta. Cuesta trabajo imaginar ahora que, hasta estas ciudades, marcadas por la presencia del arte y las parejas besándose en la vía pública, hasta aquí se extendieran las cosechas de las tibias y las calaveras nazis; los campos de internamiento de judíos, comunistas y gitanos, a más de otras personas declaradas indeseables por el régimen de la época, que se agolpaban como ganado en estaciones y vagones de ferrocarril que, en horas más felices, quizás les conducían a las cercanas playas de Ostia; las cosechas de los jóvenes hitlerianos que un día desfilaran bajo los potentes focos para los documentales de Leni Riefenstahl en los desfiles organizados para el poderoso Fürer y a mayor gloria del III Reich, y que horas más tarde se conmovían contemplando los hermosos lienzos de Leonardo, Donatello, Botticelli y los delicados frescos de Fra Angélico;  padres quizás o acaso abuelos de estos mismos jóvenes que se agolpan en muchedumbre, hasta hacer casi imposible una foto decente, al borde de la Fontana de Trevi, como si aguardaran todos la aparición de la exuberante Anita Ekberg y al apuesto Mastroiani que la rescatara de las aguas.

Y sin embargo, a la sombra de este ayer romano, alimentando estos luminosos campos de girasoles que elevan hasta el azul sus florales plegarias, estas cosechas de memorable chianti, aquí yace la memoria de los hombres de Garibaldi; en estos camposantos descansan los restos de los seguidores de El Poverello de Asis, confundidos quizás en el polvo con los huesos de  los campesinos de las novelas de Tabucci, con la memoria imborrable del siciliano Salvatore Giuliano y de aquellos que cayeron en el desembarco de Anzio.
Al pie de estas suaves colinas, de estos poderosos montes, de aquellas estériles  tierras de  la Sicilia donde blanquean las piedras y los tristes rebaños de cabras, se alza también para nosotros la memoria del paso un día por estas tierras de Carlo Levi y de todos los deportados en Lípari, lo lejanos  tiempos en que aún por estas soledades resonaban los apasionados cantos de La Internacional

Resulta cómico, cuando no triste, fotografiar hoy la fachada del Palazzo Venecia. Allí donde se agolpaba un pueblo hambriento de esperanzas para escuchar las bravuconadas de un Duce  que hablaba de imperios, a muy corta distancia ideológica del Caudillo que enardecía a esas mismas horas, desde el balcón de la Plaza de Oriente, a los que marchaban “por rutas imperiales” a derrotar al comunismo  y a morir en las blancas estepas de Rusia, bajo los marciales himnos del “caralsol” y la “guiovanezza”; aunque a escasos metros de allí se torturara y restallaran en las madrugadas los disparos de las ejecuciones de los antifascistas y que sobresaltaban a las palomas que se posaban sobre las mansas y apacibles cúpulas de el Vaticano; mientras hervían las tristes mondas de las patatas en los desolados calderos de los barrios obreros de las ciudades de media Europa.

¿Será por ventura de esta hermosa iglesia de donde salía de escuchar misa diaria y comulgar, S. M. Don Alfonso XIII, cuando dirigió sus pasos a esa Embajada española para entregar un cheque por valor de 10 millones de dólares para la Cruzada del general Franco? Si es posible afirmar algo es que, bajo la columna que sustenta la imagen de la Purísima, a la puerta de esa embajada de tan triste memoria, también se oyeron los gritos de condena contra las penas de muerte de Julián Grimau y los vascos del proceso 31/69 de Burgos. De lo que no estamos tan seguros es de que sonasen los negros teléfonos de aquellos días para oír la pálida voz del Santo Padre para pedir la conmutación de la pena de muerte para las <<Trece Rosas>>, para Julián Zugazagoitia y Francisco Cruz Salido, para los miles de vidas segadas en aquellos mismos días al pie de las grises horas de los años 39-40.

Sobre todo este mundo de lujosos escaparates con corbatas de seda, de selectos restaurantes, de bellas obras de arte, de camisetas con los nombres de los nuevos ídolos del fútbol, que reemplazaron con sus habilidades con el balón a los sindicalistas y a los lideres obreros de ayer; se alza la memoria de Aldo Fabrizi, (el cura de Roma Citta aperta) sentado y amarrado a una silla, frente a aquel pelotón de fusilamiento del invasor, la memoria del antifascista negándose a delatar a los compañeros ante la lamparilla de acetileno alemana… y una pregunta ¿era realmente este el mundo al que aspiraban aquellos hombres y aquellas mujeres?

Se eleva rápidamente la poderosa nave de Alitalia que nos sumerge en un mar de nubes y desde el que, de vez en cuando, vislumbramos el azul de un Mediterráneo que, por encima de reyes despreciables y crueles dictadores, más que separar nos une: en cultura, en sufrimiento y en esperanza; nos une en una apasionante aventura, a estos dos pueblos; compartiendo lágrimas y vinos, luchas obreras, compartiendo las grises horas de ver alejarse a los nuestros en los grandes trasatlánticos del pasado para buscar fortuna en los lejanos puertos de América.

Atrás va quedando el hermoso rostro de Monicca Vitti, (se diría que tallado por Miichelangelo Buonaroti); los entrañables Totó, La Magnani, Pepino di Filippo. Chao, obreros y campesinos del Batallón Garibaldi que compartisteis la suerte de los hombres y las mujeres de <<Pasionaria>>,  del Comandante Carlos y del compañero Durruti, y que aún os alcanzó el valor para compartir la suerte de los <<partisanos>> y combatir a los camisas negras, y asististeis al triste fin de Mussolini y de la Claretta, ejecutados ambos por la justicia de un pueblo, justicia que no alcanzó aquí al sanguinario Caudillo.

Adiós, hasta siempre,  Piazza di Spagna, donde, rodeados de gentes que hablaban tan diversos idiomas, nos fotografiamos una tarde, envueltos en la misma bandera que pisotearan los pobres diablos que corrían derrotados por los páramos de Guadalajara en mil novecientos treintaisiete.

Arrivederci, maledetti toscani, nobles gentes del viejo Trastévere, con sus calles y sus mensajes cifrados sobre los colores desvaídos de sus muros, celosamente  guardados por solemnes y mayestáticos gatos, con la memoria aún de las pisadas a los Alberti, a losque quizás saludasteis un día de lejos, mientras gozaron de vuestra hospitalidad en su largo exilio romano. Adiós, mármoles, bronces, que solo os falta un soplo del artista que os creó para echaros a caminar; campaniles, gastadas piedras de la calzada romana de la Vía  Apia, lienzos de las antiguas murallas, palomas de la Piazza della Anunziatta, paisajes de los días de Tina Modotti y de las plazas y calles donde se concentraban en el pasado los obreros de la poderosa industria del automóvil de los Agnelli y los Ferrari para escuchar a los veteranos lideres del en otra hora potente PCI de Togliatti.

Salve, Italia

¡Viva la República!!

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