Sampedro se la bendiga

Han pasado casi dos semanas desde que falleciera José Luis Sampedro, y el más absoluto silencio institucional se cierne sobre su figura, es más, próximo a celebrarse el día del libro, ni un sólo acto parece que vaya a dedicarse a su literatura y su memoria.
No es de extrañar que este gobierno revanchista que acapara la cultura, la sanidad y la educación para convertirlas en meras mercaderías, quiera diluirlo en el olvido como un día nos privó de la belleza de Ana Pastor cuando con sus votos, y en aras de ese concepto cochambroso de libertad, tomaron la televisión pública.
Hasta ese “Informe Semanal” de la pasada semana, se jugó sus cuarenta años de prestigio al acatar la orden de hacerlo pasar desapercibido entre los fallecidos de la semana, para emitir después con toda pompa y boato el desfile fúnebre de Sara Montiel por céntricas calles madrileñas, que daba la impresión que nos devolvía a los años cuarenta.
Es cierto que Ángel Gabilondo le dedicó un artículo precioso al igual que lo hicieron algunos otros que deben estar inmunizados ante las consignas, pero una proyección aquí o una esquela allá no son suficientes para enterrar a quien ha sido una referencia de la literatura honrada, de la dignidad y de la sencillez. La cultura es algo más que “los toros” y la “roja”, y aunque ahora esté en desuso, hay un público anónimo, casi clandestino, que comparte esa sensibilidad por la justicia aunque esté mal visto, por lo minoritario aunque no sea rentable, y por la verdad aunque con ella venga la marginación.
Conocí a José Luis Sampedro a mediados de los setenta en el Pozo del Tío Raimundo, es posible que lo hubiéramos invitado desde la Academia Peñafort, o quizá desde el Aula de Cultura Pozo-Entrevías que por aquellos tiempos iniciaba su andadura, pero lo cierto es que allí se presentó sin dudarlo un momento para dar relevancia a unos premios literarios que se convocaban anualmente para canalizar las aspiraciones de quienes, en un medio tan hostil para la literatura y la poesía, tenían este tipo de inclinaciones.
Eran tiempos en los que en los barrios periféricos se apostaba por la cultura popular como vehículo para salir de la marginalidad, y se podría decir que había una complicidad entre aquellos admirados y cercanos maestros que nos deleitaban con sus escritos, y estos aprendices de revolucionarios que formábamos bibliotecas de barrio con libros regalados, o comprados en Fuentetaja con lo recaudado en algún concierto regalado por Luis Pastor o Pablo Guerrero.
Aquellos tiempos en los que las pantaloneras de Induico o los montadores de Marconi abarrotaban los vagones de las líneas obreras del Metro madrileño, leyendo aquellos libros de pastas forradas de la colección Reno que por cincuenta pesetas permitían compartir emociones y paisajes con Concha Alós y sus “Enanos”, o con “Los rateros” de William Faulkner, aun viven en la memoria de muchas personas a las que esta realidad los desborda.
Tiempos en los que se abarrotaban los colegios mayores en busca de Labordeta, o los espacios de las librerías para encontrar las palabras de los autores como Sampedro, que también acudían a cualquier foro cuando se le precisaba. “La poesía para quien la necesita”, le decía “Il Postino” a Neruda. ¿Qué duda cabe?
La primera vez que escuché a Sampedro me pasó igual que cuando con doce años conocí a Marcelino Camacho, no supe muy bien de lo que hablaba, pero sus palabras me sonaron a música. Al uno y al otro los fui comprendiendo poco a poco.
Tiempo después lo hice en la librería Crisol de la calle Juan Bravo, y lo presentaba un reconocido periodista llamado Luis del Val que hacía evidente la diferencia que había entre ambos personajes. El uno se adornaba con un lacito ostentoso tan distintivo de su figura como lo fuera la bufanda roja para Paco Umbral, y el otro pasaba desapercibido bajo su barba rala y el traje austero de los que saben que el hábito no hace al monje.
El uno me sonó a hueco como aquellos “eruditos a la violeta” que se adornaban con la palabra. El otro me cautivó con la mirada sencilla antes de que pronunciara una sola frase. Después, cuando comenzó el relato con su hablar pausado, me pasó lo que la primera vez, que tuve que hacer un gran esfuerzo para escuchar el contenido que la musicalidad y la cordialidad de sus palabras impedían, porque aquel hombre tranquilo y optimista, tenía la virtud de atraparte pareciendo que un amigo ilustrado te estaba contando una historia apasionante.
La última vez que lo escuché fue en el Centro Social de Entrevías, un barrio al que volvía reclamado por aquellos maestros de “Formación permanente de adultos”, que trataban de saciar curiosidades de adultos sin oportunidades, junto a adolescentes revoltosos que no habían logrado sacar el “graduado escolar” de obligado cumplimiento.
Buen conocedor del paño a unos y a otros se los metió en el bolsillo inmediatamente, y a los incondicionales nos dio nuestra ración satisfacción y regocijo contando anécdotas que reclamaba el auditorio. Una señora le recordó avergonzada cuando dos décadas atrás tuvo que ir por barrizales hasta el barrio de Moratalaz, donde no lo esperaban más que las seis personas convocantes. Él se rió y recordó aquella noche que guardaba como entrañable entre sus recuerdos de hombre grande. Un amigo le preguntó medio crítico por aquel producto que acaba de aparecer en el mercado llamado “disco libro”, y él respondió con una lección de ternura y delicadeza, diciendo que él lo había hecho para que su nieto conociera de su propia voz lo que había escrito para él; acaba de aparecer “La sonrisa Etrusca”.
Después las cosas empezaron a cambiar. El lema socialista de “Cultura, ocio y negocio” pareció invadir la ciudad y ya no hubo quien se prestara gratuitamente para una “buena causa”. La “movida” sustituyó a los grupos de teatro independiente y arrinconó a los cantautores. Los libros se retiraron al fondo de los anaqueles mientras la tecnología hacía su irrupción canalla individualizando cada vez más a las personas.
Sampedro mientras tanto enfermó y resucitó gracias al Dr. Fuster, al que tanto agradeció públicamente su resurrección, que le escribió un libro que se llama “Monte Sinai” alusivo al hospital neoyorquino donde lo trataron.
Nosotros también agradecemos públicamente esos años regalados que lo han convertido en el más crítico y el más indignado contra este sistema corrupto y despiadado.
Una noche lo vi en el programa “Versión española” al que acudió invitado porque pasaban “El río que nos lleva”. En el ir y venir de la conversación se habló de la actualidad, donde la alianza de Busch, Aznar y Blair justificaba lo injustificable ante un mundo perplejo. Pocas veces me he sentido más orgulloso de alguien que de Sampedro aquella noche, cuando sin ambigüedades dio un repaso de cordura contra la invasión de Irak por los norteamericanos y sus presuntuosos aliados.
Tan evidente era que el marco no era el más conveniente, que se hizo el silencio en el estudio, y hasta la propia Cayetana Guillén Cuervo le costó trabajo reanudar el coloquio.
Por si no hubiera más ocasiones, o estas se presentaran escasas, sirvan estas líneas como muestra de reconocimiento y orgullo para quien fue una referencia clara para tanta gente.
¡Tú si que eres un maestro de sonrisa Etrusca!

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