Arturo del Villar*. LQS. Octubre 2018

La cobardía del cardenal arzobispo de Milán estaba en relación con las consideraciones que el papa Pío XII, en el solio desde 1939, concediéndole a la dictadura la máxima distinción vaticana, la Orden Suprema de Cristo, para eterna vergüenza de la Iglesia catolicorromana, protectora de genocidas

El papa Paco sigue haciendo santos sin cansarse, aunque extrañamente este 14 de octubre no ha canonizado a ningún “mártir de la Cruzada”, que son sus predilectos. Entre los canonizados esta vez figura su predecesor Pablo VI, que antes de recibir ese apodo se llamaba Giovanni Battista Montini, y mantuvo una curiosa relación con la España de la dictadura en octubre de 1962. Vamos a recordar los hechos sustanciales, porque el tiempo hace que los sucesos incluso más interesantes se desvanezcan, y conviene revivirlos.
El nazionalcatolicismo estaba acostumbrado a recibir la sumisión de los jerarcas catolicorromanos españoles, a tenerlos como comparsas en sus instituciones, a orar en todas las misas por las intenciones del dictadorísimo, a meterle en las iglesias bajo palio como si fuera la hostia consagrada, a disfrutar el privilegio de presentar obispos al papa, etcétera.

Por eso parecía imposible que el cardenal arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini, dirigiera un mensaje telegráfico al dictadorísimo español el 8 de octubre de 1962, con esta petición de clemencia para el estudiante Jorge Conill y sus compañeros pertenecientes a las Juventudes Libertarias, acusados de terrorismo:

En nombre de los estudiantes católicos milaneses y en el mío propio ruego a Vuestra Excelencia que acuerde clemencia a los estudiantes y trabajadores condenados, a fin de salvar vidas humanas y dejar en claro que en un país católico el orden público puede ser defendido de manera diferente y con principios cristianos.

Está claro, efectivamente, que el arzobispo milanés solicitaba clemencia para los acusados, cualesquiera fuesen las penas que se les impusieran, y lo hacía en términos propios de su ministerio, dirigiéndose, creía él, al jefe de un Estado católico, según las consignas del régimen.

Chulería fascista

Le respondió el ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, falangista furibundo que durante la República perteneció a la Juventud Monárquica y a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, y entre 1951 y 57 fue embajador de la dictadura en el Vaticano. Todo ello no le impidió contestar soezmente al cardenal, de acuerdo con la típica chulería fascista, sin duda obligado por su amo el dictadorísimo, de esta forma grosera, según informaba el diario madrileño Abc fechado el 9 de octubre:

Su Excelencia el Jefe del Estado, que conocía anticipadamente el texto de su telegrama por haberlo divulgado muchas horas antes las Agencias de Prensa, me encarga comunique a Vuestra Eminencia Reverendísima que su petición de clemencia carece de fundamento por no haber sido dictada ninguna pena de muerte contra los autores de los atentados terroristas, los cuales, por otra parte, hubieran merecido graves sanciones penales en cualquier país civilizado.
Es de lamentar que una campaña de escándalo, iniciada precisamente en Milán con un hecho incalificable, haya podido sorprender a Vuestra Eminencia Reverendísima, a quien siempre recuerdo con admiración y afecto Besa respetuosamente su Sagrada Púrpura, Fernando María Castiella.

Al parecer Castiella pensaba que solamente se puede interceder por las condenas a muerte, y no por las penas de largos años de cárcel. Con esta respuesta el dictadorísimo advertía al cardenal arzobispo, por medio de su lacayo falangista, que él era el único intérprete de la religión. Era verdad que el Fuero de los Españoles, promulgado en 1945, reconocía en el artículo sexto que “La profesión y práctica de la Religión Católica, que es la del Estado español, gozará de la protección oficial”, pero debía entenderse desde la doctrina falangista. Es decir, siempre y cuando fuese una religión nazionalcatólica, como lo era de hecho en el territorio nazional, por lo que ninguna personalidad eclesiástica de otro país podía opinar sobre lo que aquí se hacía en nombre de su Dios.

En apoyo del pueblo esclavizado

El mismo diario archimonárquico y protofascista publicó al día siguiente un editorial durísimo contra Montini. El diario mantenía una amplia información religiosa y podía ser considerado ultracatólico, pero en tocando al régimen dictatorial se ponía de parte de sus dirigentes. En su editorial empleaba términos de este jaez:

Con una vehemencia tal vez muy meridional, pero ciertamente, muy poco vaticana, el ilustre y admirable arzobispo de Milán se ha dejado llevar en la onda de emociones de una propaganda escandalosa que trabaja con gran provecho sobre la confusión del mundo actual. […]
Mas paree que tristemente no ha sido así y que no hay más remedio que contemplar el espectáculo de Su Eminencia Reverendísima envuelta en la ola de pasiones y errores de unas jornadas milanesas pródigas en voceríos, manifestaciones tumultuosas, jolgorios juveniles, raptos espectaculares y ruidosos cohetes. Es una pena.

Sin embargo, no fue solamente el cardenal arzobispo Montini el que solicitó clemencia inútilmente a quien era incapaz de manifestar cualquier sentimiento humano, porque no lo era. En el mismo sentido se expresaron otras personas, en apoyo del pueblo español esclavizado por la dictadura, como el secretario general del Consejo Italiano del Movimiento Europeo, Angelo Lotti; el alcalde de Roma, Glauco Della Porta, y el de Florencia, Giorgio La Pira; los profesores y estudiantes de la Universidad de Turín; editoriales de periódicos como Stasera, Il Tempo e Il Giorno, y también el más prestigioso diario europeo, el londinense The Times, en un editorial del 9 de octubre, en el que denunciaba “el carácter opresivo del régimen español”.

Manifestaciones populares

Se organizaron manifestaciones en varias ciudades contra la dictadura, como las celebradas el día 16 en París ante la Embajada y el Consulado; en Milán ante el Consulado, con intervención de dirigentes de los principales partidos políticos y sindicatos italianos de izquierdas, y también en la plaza del mercado, en donde el senador Ferruccio Parri pronunció unas palabras para recordar que no podía permitirse a la dictadura formar parte del Mercado Común, como estaba intentando hacer, mientras los manifestantes gritaban “España sí, Franco no”. Fue multitudinario un mitin celebrado en el teatro Satiri, de Roma, el día 17, concluido con dos manifestaciones dirigidas a las embajadas de la dictadura ante el Quirinal y el Vaticano. Además, entre el 12 y el 16 se produjeron asaltos a la Embajada de la dictadura ante el Estado Vaticano con varios heridos.
Al parecer este clamor popular en apoyo de la libertad en España asustó a Montini, porque su secretaría dio a conocer una nota el día 16, en el mismo sentido de lo expresado en los editoriales españoles, con su habitual referencia a “la conspiración judeomasónica orquestada desde Moscú”, frase recurrente en los discursos del dictadorísimo. Reculaba así el cardenal, según la crónica insertada en Abc el día 17:

Su intervención no tiene de hecho ninguna significación de solidaridad con la campaña política desencadenada por los comunistas contra España [sic!]. Más bien expresa su pesadumbre por las falsas interpretaciones dadas por la prensa extremista, italiana y extranjera a su gestión, puramente humanitaria y cristiana, y expresa como hizo previamente en su telegrama de respuesta a los estudiantes de Milán, su estupor de que esta agitación, no ciertamente dirigida al verdadero bienestar de España ni de Europa, fuese promovida por agentes de regímenes despiadadamente opresores de toda oposición libre, regímenes a los cuales su telegrama no asimilaba en lo más mínimo al de España.

La cobardía del cardenal arzobispo de Milán estaba en relación con las consideraciones que el papa Pío XII, en el solio desde 1939, concedió al dictadorísimo español, desde el discurso de felicitación por el triunfo de su ejército contra el pueblo español, emitido por Radio Vaticana y retransmitido por todas las emisoras nazionales, el 16 de abril de 1939, hasta el breve pontificio del 21 de diciembre de 1953 concediéndole la máxima distinción vaticana, la Orden Suprema de Cristo, para eterna vergüenza de la Iglesia catolicorromana, protectora de genocidas.
San Montini demostró ser un pusilánime, capaz de asustarse ante las manifestaciones contra el régimen fascista español, que no las impulsó su telegrama, porque se hubieran producido de todas maneras. Existía un consenso general en contra de la dictadura fascista y en apoyo de los que la sufríamos, como en otras ocasiones quedó demostrado. Pero él no fue capaz de mantener su palabra. Por eso lo eligieron papa y ahora lo han canonizado. En la Iglesia catolicorromana no caben las personas decentes.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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