Saqueadores ejemplares

Nònimo Lustre*. LQS. Octubre 2019

El empalamiento es una forma de asesinato legal que hunde sus raíces históricas en tiempos tan remotos como el código de Hammurabi. Todas las sociedades han practicado el arte –nadie diría que noble- de sentar al reo sobre una estaca puntiaguda y luego, que el tiempo decida cuando la perforación le causa el óbito. Sin embargo, parece ser que la imaginería popular, siempre tan reduccionista, tiende a creer que el único verdadero empalador fue Vlad Draculiae a quien, continúan, los otomanos le enseñaron las virtudes escénicas de semejante tortura –el eurocentrismo no podía admitir que tan espantoso método fuera europeo, tenía que ser oriental.

Caupolicán en el patíbulo

Durante la Invasión de las Yndias, los Conquistadores ensayaron una gran variedad de formas de exterminar amerindios, desde la hoguera hasta el aperreo. Pero, como eran unos investigadores natos, no se limitaron a azuzar mastines ni tampoco a decapitar por la espada -formas rutinarias de pasaportar al prójimo. Expandiendo su ciencia tanatológica, también se aficionaron a empalar a cuanto amerindio se les opuso hasta el punto que hay un montículo en Cagua (Venezuela) que se llama Cerro El Empalao, por ser precisamente el ominoso lugar donde el Invasor de turno –cuyo nombre omito para no provocar el vómito- asesinó en masa a los rebeldes Meregotos. No conocemos los nombres de aquellos empalaos ni de casi ningún otro indígena perforado a lo ancho de las Yndias. De hecho, las Crónicas sólo subrayan el nombre del que, sin querer queriendo, es ahora el más famoso de los amerindios empalaos: Caupolicán.

Este toqui mapuche, el mismo indígena que Rubén Darío popularizó en un soneto modernista (“e irguióse la alta frente del gran Caupolicán”), fue empalado en 1558, año de poca gracia. Desde entonces, la chusma monárquica europea no ha cesado de emborronar sus huellas y, como muestra, abajo tenemos el manuscrito que pergeñó un misionero con ínfulas de historiador. ¿Es razonable creer, como pretende el tal Diego de Rosales que, al borde de la estaca asesina, Caupolicán regalara su hijo a los verdugos? Podríamos elucubrar que tan insólita medida se explica por las diferencias culturales entre mapuches y españoles, que el concepto de educación difería, que bla bla bla. Necedades: es más sencillo y más plausible sostener que Rosales –jesuita y Calificador de la Inquisición- miente como un bellaco.

Manuscrito de la Historia del Reyno de Chile según Rosales SJ

Lo que Rosales SJ no escribe es que los empalamientos eran seguidos por el infame lenitivo de los espejuelos. La Invasión no fue sólo patibularia sino también perversamente dadivosa. El clavo en el ojete del rebelde se complementaba con el don regalado a los sumisos. La tortura de Caupolicán fue el palo y los subsiguientes espejuelos, la zanahoria. Ocurrió hace siglos y sigue ocurriendo pero, en el Chile de hoy, ha habido una importante alteración de esa rutina pentasecular. La analizaremos a continuación…

Hagamos un sencillo ejercicio visual: en el grabado de arriba, sustituyamos la estaca que figura en la izquierda por los mentadísimos espejuelos que intercambiaron los Invasores con los amerindios. Si proseguimos el ejercicio hasta la actualidad, habremos de sustituir aquellas bagatelas por las televisiones y otros electrodomésticos, sean grandes como neveras sean de bolsillo cual teléfonos celulares. Y ello por una sencilla razón: porque las televisiones –entendidas como epítome de la burricie inducida desde el Trono-, cumplen la misma función que las mentadas baratijas; a saber, edulcorar la sumisión, instigar al consumismo y embrutecer al súbdito. Además, si los espejuelos fueron un factor muy importante durante la Invasión, en la actual invasión des-educativa poco subliminal las televisiones de hoy no lo son menos. Pero con una pequeña diferencia: mientras existe un inmenso corpus de críticas a la alienación que perpetran los mass media, poco se ha escrito sobre la importancia de los espejuelos. Y, por supuesto, menos aún sobre cómo las estacas se complementaban y complementan con el miserable regalo de las baratijas –ay, el peligro del don, diría Mauss-.

Un joven se las promete muy felices habiendo saqueado un televisor
Hasta que los saqueadores ejemplares se lo arrebatan y lo botan a la hoguera

En todo caso, los Malos no siempre obtienen una victoria aplastante. El régimen chileno de hoy –heredero directo del neoliberalismo de Pinochet- ha asesinado a no menos de 19 personas (a fecha, 24-octubre) pero sólo puede vanagloriarse de esta matanza en la intimidad. No puede mostrarse orgulloso por lo que, en su psicopática idiosincrasia, la victoria sobre su propio pueblo sólo es un triunfo a medias. Y es que ha empalado a muchos caupolicanes pero tiene un serio problema de gobernanza porque algunos sobrevivientes rechazan los espejuelos.

Esos 15 asesinatos –cuenteo menos que mínimo- que seguramente quedarán impunes, empañan las raras e hipotéticas victorias de los Buenos. Aun así, con la tristeza y la rabia sobrevolándonos, debemos sobreponernos para festejar un éxito parcial. Por ello, nos es sumamente grato recordar que, en el mismo Chile ensangrentado, ha ocurrido un gloriosísimo episodio de la presente sublevación popular: algunos saqueadores ¡han quemado las televisiones recién ‘privatizadas’! Dicho sea en estilo cronicón colonial: ¡han quemado los espejuelos! Maravillosa conquista. Pero ha habido un incidente todavía más digno de ser labrado en piedra de oro: como cúspide inmarcesible del triunfo sobre la mediocridad del regalo televisivo, unos saqueadores han arrebatado a un joven consumista el televisor que acababa de afanar, ¡y lo han arrojado a la barricada! Infeliz… incautaba un botín arrebatado al enemigo sin percatarse de que se llevaba su arma principal: la víbora consumista.

Bravo, bravísimo. No tengo palabras suficientes para enaltecer a los saqueadores que quitaron el brillante pero mefítico veneno al incauto joven manifestante. A mi juicio, este puñado de saqueadores ejemplares han vengado a Caupolicán. Porque, en las barricadas están quemando las estacas empaladoras pero, mejor aún, están incendiando la modernización en plasma o led de aquellos espejuelos invasores.

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