Sevilla, el sur del norte

Hilación es, y necesaria, de cuanto aquí se ha dicho, poder competir estos piratas en crueldad y abominaciones á cuantos en la primera plana de este ejercicio tienen sus nombres, pero creo el que no hubieran sido tan malos como para nosotros lo fueron, si no estuviera con ellos un español que se preciaba de sevillano y se llamaba Miguel … haciendo gala de mostrarse impío y abandonando lo católico en que nació por vivir pirata y morir hereje.
Carlos Sigüenza y Góngora (1690)

Verano de 2002. De Granada a Sevilla, el periplo que comenzamos cuatro días antes en Olite, antigua cabeza de Navarra, empezaba a reclamar su final: todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Nos quedaban tres días en España, dos para pasar en Sevilla y uno para regresar al aeropuerto de Barajas en Madrid. El poco tiempo que teníamos disponible, había que gozarlo bien; después, ¡qué nos quiten lo bailado! Como el que mata dos pájaros de un tiro, saltamos de Granada a Sevilla con la idea de que nos acercábamos más al sur mitificado —¿una entelequia en calzoncillos?—  de la España profunda; el sur que, como un antídoto contra los mitos, almacenaba en el Archivo de Indias una de las grandes memorias de la modernidad incipiente. El sur del norte.

Tete a tete. Al llegar a Sevilla, el encuentro cara a cara con la ciudad se nos hizo difícil; a diferencia de Granada, a la que habíamos oteado desde lo alto antes de abordarla —¡qué cuadro!— nos fuimos metiendo en Sevilla sin saber muy bien dónde nos metíamos. ¿En la boca del lobo? ¿En la garras del demonio? Nunca. Sin una imagen clara y distinta de la ciudad, Sevilla nos pareció, al llegar, como un cuerpo sin cabeza. ¿Dónde estaba la cara de la ciudad, cuna de Velásquez, reposo eterno de Cabeza de Vaca? Más rápido que lento, sin embargo, nos fuimos familiarizando con el Guadalquivir, la plaza de toros, el puente hacia Triana, el Alcázar, la catedral y otras zonas del casco histórico, que en muchas ocasiones nos recordaba el Viejo San Juan. También, claro, nos fuimos familiarizando con el calor, que nos parecía más húmedo que en las otras partes de España donde habíamos estado. ¿No es en última instancia el calor seco una intensidad más agresiva contra el cuerpo —quiebra la piel— que la humedad despiadada del trópico?

Hoteles. Quizás como en ningún otro lugar, en Sevilla se nos hizo difícil localizar un hotel: ¿dónde coño se escondían? Dimos vueltas por la ciudad tratando de descifrar una y otra vez cómo llegar a los hoteles que aparecían anunciados en los letreros, siempre difíciles, por mejor olfato que se tuviera, de rastrear. Sin embargo, como pasa en ocasiones, lo paradójico nos asaltó con una flor en la mano; el cruce de realidades encontradas finalmente nos favoreció. Si por un lado nos dio mucho trabajo hallar los hoteles —y la sensación de que estaban escondidos no era sólo paranoia latinoamericana— por otro lado el hotel de cuatro estrellas que finalmente nos salió al camino, idealmente localizado para ir a pie a todos los lugares que queríamos ver, resultó, debido a una tarifa especial que ofrecían, el mejor y más barato de todos los hoteles —ninguno mayor de dos estrellas— donde nos habíamos quedado, una coyuntura siempre extraña: bueno y barato. De esa manera, sentíamos que no había sido en vano el trabajo pasado para dar con el hotel, como si Sevilla nos correspondiera esfuerzo con hospitalidad.

Sevilla Tour. No bien dejamos las maletas en la habitación del hotel, salimos en busca de la catedral, visita que en estos lares ontologiza al sujeto en turista, pues, como nos había dicho un amigo en Alcalá de Henares, era la más grande de toda la cristiandad. ¿Lo era en verdad? ¿En qué sentido? Sin embargo, antes de llegar a la catedral gótica, nos sedujo la propuesta fácil de Sevilla Tour. ¿Quién no se deja llevar por el cliché, lo cómodo, el conocimiento útil de la Ilustración? Nos subimos estoica pero gozosamente al segundo piso descapotado del autobús inglés y cubrimos, con el caló encima, una mitad del recorrido por la ciudad; la otra mitad la cubriríamos al otro día, pues el ticket era válido por dos días. En general, del tour obtuvimos algo que, nos pareció, no estaba necesariamente a la venta: una lectura entre líneas de la ciudad, fácil de hilar. Por un lado, estaba la realidad que, al llegar cuatro semanas atrás a Alcalá de Henares, habíamos podido corroborar: a saber, el prejuicio interno de España contra el sur en general y contra Sevilla en particular. Como prueba de ello, está el incidente de la basura, un hallazgo apestoso. Justo la semana que llegamos a España en el verano de 2002, un periodista encontró en la basura de un establecimiento comercial conocido, una lista de apuntes escritos por el empleado encargado de llevar a cabo las entrevistas para el puesto. Entre los horrores, sociologías que se repiten, que encontró el periodista  —toda una lista de estereotipos; apuntes escritos como marcas negativas que descalificaban al candidato: parece indio, morenete, es fea, gordita, etc.— apareció uno que decía sevillana.

Por otro lado, estaba la retórica de la narración grabada que sazonaba el recorrido del tour; una narración modernista, con un lenguaje ampuloso, lleno de hipérboles y de adjetivos que remarcaban con fuerza la belleza, la importancia y la valía general de lo que nos mostraban. Si a Juan Flores le pareció pomposo el lenguaje de Ilan Stavans en The Hispanic Condition (1995), éste del Sevilla Tour le parecería inaguantable. Una retórica tan autocomplaciente arriesgaba, como cortocircuito, una reacción opuesta en el que escuchaba bajo la canícula, quemándose la cabeza, las orejas y el culo: la sospecha. Entre el prejuicio interno, del que estaba muy consciente el sur, y este lenguaje que elevaba a la enésima potencia la belleza hispalense, la valía de sus hijos y el patrimonio cultural, otra realidad parecía, desde abajo, socavar lo que veíamos y escuchábamos: una realidad frente a la cual Sevilla se defendía. Todo aquel derroche lingüístico, algo que, por ejemplo, nunca nos pareció que fuera el caso en el tour que hicimos por Madrid, parecía una compensación por las restricciones a las que, a nivel nacional, Madrid sometía a Sevilla, violentándola con sus prejuicios fáciles. El despilfarro verbal, por supuesto, testimoniaba un juego de poder que también marcaba, en muchos casos, la retórica de lo latino en los Estados Unidos.

La Feria Iberoamericana. Del tour nos llevamos tres impresiones memorables. Primero y sobre todo, las referencias a la Feria Iberoamericana de 1929, un año demasiado importante. De esa feria, quedaron los pabellones de tres países hispanoamericanos identificados en el tour: el de Argentina, el de Cuba y el de Guatemala. El tamaño de los edificios correspondía a la fuerza de las economías que los construyeron: el de Argentina era el más grande, seguido por el de Cuba y luego el de Guatemala. En ese mismo año de 1929, en el mes de febrero, se inauguraba en Puerto Rico el Capitolio, en el Viejo San Juan. La idea de conocer más a fondo el contexto de aquella exposición parecía una aventura interesante; quizás tan interesante como fue la experiencia de Baldorioty de Castro en la feria de París de 1867, donde, según Silvia Álvarez Curbelo, los estantes de la exhibición puertorriqueña son una metáfora del país natal.

El retrato de Bolívar y el cuento de un protonuyorican. Lo otro memorable que sucedió en el tour involucraba una estatua de Simón Bolívar, lo que sobre ella se decía en la grabación modernista del tour y,  como un rebote cultural, el recuerdo de un escritor protonuyorican de la primera mitad del siglo XX. Al pasar por la estatua de Bolívar, la grabación modernista de Sevilla Tour decía que el señor venezolano había sido un aristócrata español nacido en Venezuela, algo que no diría un venezolano del siglo XX, como Salvador Garmendia. Según nos alejábamos de la estatua del independentista decimonónico, no pudimos sino pensar en el ensayo de Jesús Colón, “A Hero in the Junk Truck / Un héroe en el camión de la basura” (1961), en el cual el escritor  puertorriqueño radicado en Nueva York contaba cómo, ante la indiferencia de la ciudad que nunca duerme —la Gran Manzana— vio una vez el retrato de Bolívar en un camión de la basura transitando por la ciudad de Nueva York. ¿Qué habría preferido Colón, escuchar en el siglo XXI que Bolívar era español o verlo tirado en la basura, como lo vieron él y su esposa, sin que nadie supiera quién era el hombre del retrato profanado, inmerso en el desecho citadino? Sobre esa ignorancia nuevayorquina frente a lo latinoamericano, Colón lo tenía muy claro: No hay que enfatizar que no se puede culpar a la gente [de esta ignorancia]. La culpa radica en las personas y en las fuerzas reaccionarias que representan y defienden el capital financiero en la educación.

Complicidad imaginaria. Por otra parte, que Venezuela apareciera con frecuencia en la prensa española de este verano de 2002, supuso esta complicidad imaginaria: la manera en que Sevilla descriollizaba a Bolívar respondía a la complicidad que España tramaba con Estados Unidos para destronar a Hugo Chávez, visto como obstáculo en la política que Estados Unidos, con ayuda de Aznar, tramaba en las Américas. En el último ejemplar del Viejo Topo leímos este artículo, “Golpismo de España y EEUU en Venezuela: ¡qué olor a hamburguesa, jabugo y petróleo!,” en el que se delineaba, entre otras cosas, cómo el plan original del golpe vislumbraba sacar a Chávez de Venezuela en un avión con destino a Puerto Rico; dato éste que nos catapultó  al comentario en la novela del dominicano Marcio Veloz Maggiolo, Ritos de cabaret (1991), sobre el papel que desempeñó Puerto Rico en la invasión dominicana de 1965.

Descubrimiento. Si desde la ampulosidad retórica del discurso modernista Sevilla reclamaba para sí misma una gloria hiperbolizada, al españolizar a Bolívar se frotaba con el heroísmo del criollo venezolano. Por supuesto, la grabación modernista de Sevilla Tour hablaba de la conquista y colonización de América como de un descubrimiento, hispanofilia que había  endosado en 1907 el puertorriqueño Luis Muñoz Rivera, veintidós años antes de la Feria Hispanoamericana de 1927: soy español por la sangre de mis abuelos, por mi culto a las artes y a las letras, por mis sentimientos de simpatía hacia los civilizadores del hemisferio en que llegué a la vida. Contragolpe inesperado, igualmente imaginario: al referirse a la conquista como un descubrimiento, el discurso modernista de Sevilla Tour se estandarizaba, hablaba como el discurso oficial, y, en esa misma medida,  perdía la identidad hiperbólica que el oficialismo castellano le asignaba al sur del norte: sevillano.

Chancleteo. Como nos acercábamos a la catedral, a la cual no llegaba el tour bus porque era muy grande para las angostas calles del casco antiguo, nos bajamos en la misma primera parada, frente al Guadalquivir, donde habíamos abordado el tour hacía algún tiempo. Para llegar a la catedral había que subir a pie por una calle a la que, cuando íbamos en automóvil, nunca nos dejó entrar la policía. Ahora, a pie, triunfantes pero sudorosos, pasándole por el lado al mismo policía que nos había vedado el paso, llegábamos finalmente a la iglesia, chancleteando con este poema de Borges —climática, geográfica y metafóricamente  apropiado— en la cabeza: la sombra es apacible como una lejanía.

La política de la religión. Como en otras arquitecturas antiguas por las que habíamos deambulado con otros turistas —¡qué Nietzsche nos perdone!— en la catedral de Sevilla pegaba fuerte, al entrar al edificio, el efecto aire acondicionado: un salto divino del calor pagano exterior a la apacibilidad cristiana interior, como si en una búsqueda desesperada de Dios nos encontráramos de frente con la sombra de un recuerdo en agonía. Una memoria que el tiempo preferiría mantener a distancia. Miramos hacia arriba, uno de nuestros tic para determinar cuán grande se suponía que fuera la catedral, y, en ese instante, nos golpeó otra ausencia: la sensación de vértigo existencial con la que nos había pegado la altura dentro de la catedral de Salamanca —¡por Dios, qué insignificante puede parecer el ser humano!— cuando por primera vez sentimos la grandeza de la política de la religión, había desaparecido. Ahora no nos sentíamos para nada emocionados ni miniaturizados por el alcance del poder humano: esta arquitectura fabulosa de la catedral de Sevilla, olía a sangre. La polilla de Dios recorre la ciudá.

La Giralda. Como se trataba de un lugar más cerrado, con rampas e incluso un letrero con la numeración de cada uno de los pisos, la experiencia de la Giralda fue mundana, demasiado mundana; nada de emociones ontológicas ni políticas, como en la Sagrada Familia, donde el vértigo de ser, pues se trataba de torres más abiertas al espacio y por ello a la experiencia de la altura, nos había sobrecogido: emoción espiritual en la que el cuerpo se contraía ante la contemplación de la caída como una posibilidad fatal. En la Giralda, sin esa sensación del abismo en tus manos, todo se reducía a una experiencia física, ni siquiera una materialidad incandescente, en la que subir hasta el piso treinta y cinco era el único fin, como deporte. Una vez llegamos a la azotea de la Giralda, la tensión entre altura y panorama —aquel horizonte desde el que dominábamos gran parte de Sevilla— se resolvía a favor del segundo. No era lo alto lo que terminaba imponiéndose, como un nudo en la garganta, al llegar uno arriba, donde todo estaba protegido por unos tubos que aseguraban que el cuerpo no se fuera a caer, quizás distraído ante el deleite de la mirada; lo que ganaba la atención y también el respeto, no así la emoción del cuerpo, era el paisaje. Ciertamente, desde allá arriba la visión de Dios se confundía con la mirada y sobre todo el alcance del poder político.

Una gravedad difícil de resistir. Una vez en tierra, mientras le dábamos la vuelta a la catedral desde afuera, esquivando aquí y allá alguna que otra caca de caballo, dimos finalmente —ahí estaba, ¡coño!— con la grandeza de la catedral: no era la altura lo que la hacía grande, sino las cinco naves en las que se multiplicaba la iglesia, una catedral hecha, según se dice, con la idea de impresionar —tirarlo de culo al piso— al que la mirara. Desde la calle, y sobre todo porque en algunos de sus costados la piedra se había ennegrecido con el hollín de la intemperie —el tiempo— la catedral, con toda la arrogancia de su masa, demandaba una gravedad difícil de resistir, ante la cual todos, incluyendo a los ateos, teníamos que girar como sujetos de a pie, enardecidos por la voluptuosidad del templo, palacio del Señor mejor dotado.

La caca. Para el que mira las cosas con un ojo humano, demasiado humano, el cuadro de la catedral revelaba una consistencia inesperada. Las carretas de caballos que se juntaban a los costados de la iglesia, bajo la sombra de una lejanía hermosa, le daban un toque a todo aquello que le habría gustado a Octavio Paz, pues esa movilidad animal no agredía la premodernidad de la arquitectura, como era el caso de los murales mexicanos. Pero sobre todo, desde nuestra mirada turística, la presencia animal le imprimía una catolicidad vieja a todo el entorno. A diferencia de lo que pasa en Nueva York, ciudad de raigambre protestante, donde las carretas de caballos llevan un dispositivo para recoger la caca del animal, por lo que las calles de la ciudad capitalista se mantienen limpias, libre de explosiones fecales, las carretas de Sevilla carecían de tal dispositivo, lo que hacía que la caca fuera también parte del panorama asociado con el entorno de la catedral; y ello a pesar de que los cocheros se ocuparan de limpiarla. En la medida en que el cuerpo no era para el católico el problema que sí resultaba para el protestante, la caca, como un epifenómeno corporal, ha sido siempre más tolerada por el católico que por el protestante; de ahí que éstos asocien el culo con el diablo, algo que el católico, como atestigua su literatura, en la que el culo es Dios, nunca hace. Como las cacas de perro que minan las aceras de muchas ciudades hispanoamericanas —sin lugar a dudas, Buenos Aires— éstas de Sevilla testimoniaban el sentido de comunidad católico que operaba con base en la inclusividad romana.

El baño público. Según íbamos y veníamos por los alrededores de la catedral, recordábamos el cuento que una vez, en una conferencia de la Puerto Rican Studies Association celebrada en la Universidad de Brooklyn, leyó Larry Lafontaine; un cuento en el cual la experiencia de cagarse encima—¿no tiene Calle 13 una canción sobre el mismo tópico?— mantenía al público entretenido. Como había dicho Roland Barthes, la mierda escrita no huele. El cuento nos hizo pensar en dos cosas. Primero, en la tortuosa experiencia de Juan de Casas, en Los infortunios de Alonso Ramírez (1690), a quien el capitán Bel hizo beber, desleídos en agua, los excrementos del mismo capitán. Pero también, pensamos en una dimensión de la identidad hispanoamericana —el baño público— poco explorada en la literatura: un lugar generalmente sucio, pestífero, en horrendas condiciones sobre todo para el sujeto que, precisamente, lo necestia para cagar.

Por el olor lo encuentran. En la península, ahora lo podíamos corroborar con sorpresa, la realidad del baño público no era como en Hispanoamérica. Lo que nos había parecido una marca general del barroquismo hispánico —¡tan culote!— se convertía en algo más localizado. Estábamos listos para apostarlo todo: la suciedad de los baños públicos era una mácula más latinoamericana que ibérica ¿Qué hacía al hispanoamericano sentir tan poca consideración por el sujeto colectivo, sometiéndolo a la experiencia de humillación que implicaba, por lo sucio y lo hediondo, tener que usar un servicio sanitario público? ¿Por qué en ese espacio de intimidad compartida, plural, era aceptable una tortura así? ¿Se trataba de otra dimensión de la colonialidad del poder? Nunca olvidaremos, porque pudo haber sido en cualquier otro país hispanoamericano, la vez que, en un edificio público de Guadalajara, México, al preguntarle a un guardia por el baño, nos hizo una indicación con la mano que remató con este comentario: sí, el baño,  por el olor lo encuentran.

Cagadas. El sentido del humor boricua, con sus vertientes escatológicas  — we find farts funny / los pedos nos parecen cómicos, según Rubén Ríos Ávila— marcaba también los declives de otras idiosincrasias latinoamericanas, que también se reían de lo mismo. Por otro lado, un sentido de la caca más complicado que el del flato inocuamente gracioso, lo ha trabajado en la pintura cubana, en la línea antifidelista, Tomás Esson, quien se ha cagado simbólicamente en el Che y en Fidel. De otro cubano, con una crítica más comprometida, está el cuadro de Alberto Casado, En el objeto esculturado (1996), donde el personaje principal, para denunciar la censura oficial, aparece cagando en un periódico.

Monumentalidad. De la catedral al Alcázar, la movida sevillana fluía ahora de la verticalidad a la horizontalidad. Un mundo dentro de otro mundo; la infinitud en lo finito: el Alcázar, otra monumentalidad de la que, como con las catedrales, ¿nos empezábamos a fatigar?  ¿Nos atacaba una sed de minimalismo? ¿El deseo de un cuento de Augusto Monterroso, o, incluso, la abstracción reposada de Luis Hernández Aquino? Cualquier cosa menos el derroche, dirían los ilustrados de la modernidad céntrica. Salían a diario noticias en El País de la monumentalidad que se habían robado los ejecutivos de muchas compañías presuntamente respetables, como ENRON. En uno de los artículos que leímos, ángulo al que difícilmente tendríamos acceso en los periódicos estadounidenses de tirada masiva, se reflexionaba sobre del problema moral inherente al capitalismo, en vez, como plantearía The New York Times, del problema moral de los ejecutivos inescrupulosos. Como era de esperarse, una de las ironías con las que jugaba el ensayo era la idea de que J.W. Bush, un presidente claramente vinculado a ese tipo de corrupción corporativa, le pusiera coto al desangre de la corrupción —una hemorragia— para restaurar la credibilidad del sistema.

El muro protobarroco. Recorrimos los jardines del Alcázar con la alegría del que distingue entre la fantasía y la realidad, y opta por un punto medio discretamente oscilante. Lo bello no necesariamente tenía que ser lo más logrado. Pasamos bastante tiempo frente al estanque de agua con peces grandes, colindante con el muro —que no el moro— brutalmente prebarroco: la única pared que se levantaba en todo este roquedal infinito como una estética de lo inacabado, unos plastones de materialidad en plena intensidad y ebullición de su potencialidad. A nuestro alrededor, los niños les daban comida a los peces. La caída del agua, como una garantía inalterable, milenaria, llenaba el espacio con su tautología monorrítmica. La hostilidad con la que nos venía acosado el exceso y la grandeza premodernas —una abundancia  de mano de obra— se calmó; quizás porque la caída del agua amortiguara los golpes que, desde la arquitectura, agencia el poder. Como era de una dimensión difícil de acomodar en el tamaño de la memoria —el Alcázar de Sevilla no nos cabía en el recuerdo— nos llevábamos como souvenir una metonimia: por supuesto, el muro protobarroco, predecesor de Gaudí, ese arquitecto —no el fanático católico— inscrito desde muy temprano en el inconsciente de Cortázar, quien de niño, cuando vivía en Barcelona, jugueteaba en el parque Güel.

El caso Robaina. Así como el Alcázar nos había remitido, por su monumentalidad, al grueso de la corrupción corporativa estadounidense, Sevilla nos catapultó esta vez hacia Cuba. En la prensa española del momento estaba candente lo que llamamos el caso Robaina. En todos los periódicos que leímos el día que recorrimos el Alcázar, también se escuchaba en la radio, alguna mención  se hacía sobre el joven político cubano destituido, ex ministro de Asuntos Exteriores, quien, peor que Maradona durante el mundial de fútbol que se vivía es estos días, se había convertido en un hombre caído, que no en un héroe, pues Robaina no llegó a serlo. Una noticia sorpresiva, pues hacía muy poco tiempo habíamos estado inquiriendo sobre el desaparecido personaje cubano que, como ningún otro, había dejado en nosotros, cuando estuvimos en Cuba en 1993, la imagen de una isla joven y reciclada. Entonces, Robaina irradiaba el nuevo look de la Revolución, la articulación abierta entre el neoliberalismo reinante y la revolución perseverante. Robaina siempre nos pareció, por la manera en que vestía, un paquete hecho a la medida del marketing capitalista; le tocó, sin embargo, como les ha tocado a muchos que estiran la mano más de la cuenta, convertirse en víctima ritual del neoliberalismo.

Espejismo. Pero Robaina era también, al fondo de la memoria crítica, donde los recuerdos se imantan entre sí, sin censura, un espejismo más o menos inexacto, pero incidente,  del recuerdo que teníamos de Miguel Barnet, basado en la vez que, a finales de los noventa, en una conferencia sobre tópicos afrocaribeños que se llevaba a cabo en la Universidad de Puerto Rico, lo vimos dar una charla con un chaqueta de cuero negro —¡en Río Piedras, Puerto Rico!— sobre una camisa blanca de cuello Nehru; vestimenta que, en función de lo que se ponía la gente en Cuba cuando estuvimos en Santiago y en La Habana en 1993, lo marcaba como un sujeto de muchas maneras privilegiado, demasiado privilegiado. En esa misma conferencia, ante el comentario crítico más o menos desenfocado de una persona que, a todas luces, no era literato ni académico, Barnet respondió con un tono sumario que nos intimidó a todos.

El peor amigo del sol. Como el que no estaba conforme con el fuego y pedía más calor, esa tarde regresamos a pie del Alcázar al hotel, después de haber estado bajo el sol la mayor parte del día y de haber chupado la humedad que cargaba el ambiente; y quizás también lo cagara. La humedad, decían los puritanos norteamericanos, es el peor amigo del sol. En el camino de regreso, la histórica ciudad de Sevilla resaltaba aquí y allí, entre callecitas y edificios, el parentesco que la ligaba al Viejo San Juan. Al llegar a la avenida que cruzaba el puente hacia Triana, donde estábamos quedándonos, el sol le daba de frente a la acera por la que teníamos que pasar; las pocas personas sentadas a las mesas puestas del otro lado del puente, en la zona de los restaurantes paralela al río, se amontonaban bajo la sombra. El viento caliente levantaba un poco el polvo de la calle; algún que otro papel saltaba con los remolinos de viento que aquí y allá, de una manera tenue, llegaban del Guadalquivir. Cruzamos la calle y mucho más expuestos al sol, nos encaminamos a cruzar el puente, que tenía como acera un piso de acero del que rebotaban acrecentados los rayos del sol. Como si fuera una aventura de vida o muerte, cruzar el puente nos pareció una osadía; por un instante, quisimos tener en las manos un paraguas.

Desde arriba, el Guadalquivir nos pareció un río manso; la gente comía a uno de sus costados con la tranquilidad de que ningún torrencial podía hacerlo subir hasta el nivel de la calle. Al otro lado del puente, en el lado de Triana, nos esperaba la escultura del gitano con la guitarra, un homenaje al flamenco, y, entre muchísimos comercios típicos, el pequeño edificio con arcos moriscos que, sin robarse egoístamente la atención, reclamaba siempre la nuestra.

Auténtico. Una vez llegamos al hotel, procuramos información sobre algún show de flamenco más o menos auténtico; sin problemas, dimos con un local al que podíamos ir a pie por la noche. ¡Perfecto! Descansamos un rato, nos bañamos y nos fuimos otra vez al casco histórico. Salimos con anticipación para cenar por la zona en algún lugar que fuera auténtico. Muy cerca de la famosa plaza de toros, dimos con el restaurante deseado: entre la decoración taurina, la pulcritud aparente, los bajos precios y la gente que lo frecuentaba — empleados municipales con uniforme naranja que iban a tomarse un café o una caña al bar, junto a la clase media joven y adulta que iba a comer antes de irse de juerga— el hallazgo valió la pena. Mientras comíamos, nos atrevimos, a calzón quitado,  hacer esta generalización sana: sin duda, Sevilla era más barato que el resto de España. En el restaurante donde cenábamos ofrecían, desde nuestra perspectiva,  dos comidas por el precio de una; al filete de ternera con papas y ensalada que pedimos, le añadían, por definición, otro filete de pescado. Muy grande para ser una fonda como las de Puerto Rico, el restaurante se abría a toda la gama de la clase media que deambulaba por el casco viejo. En un caso como éste, resistirse al flan constituía un pecado.

Antes del show. Quizás porque todo en Sevilla nos parecía que funcionaba para nuestro beneficio y deleite, la experiencia del show de flamenco también nos pareció que, como en el restaurante, incluía dos espectáculos por el precio de uno: el espectáculo anterior al show de flamenco y luego éste. Para ubicarnos en el espectáculo preflamenco, nos encontramos fuera del club, esperando en la calle a que abran el lugar; unos quince minutos antes de que empezara la última función de la noche, a las diez y media. Frente a la entrada del club, en una callecita del casco histórico, una pareja cincuentona hacía fila antes que nosotros; definitivamente extranjeros, esta pareja interracial hablaba muy poco español, pero se reía de todo. Al rato, otra pareja mucho más joven, de no más de veinte años cada uno, se nos unió; a diferencia de nosotros, que estábamos parados en la calle, esta última pareja llegó e inmediatamente hizo la fila, justo detrás de los extranjeros. Vendiendo toda suerte de artesanías locales, desde antes de que llegara la segunda pareja, se encontraba un vendedor ambulante que, en un momento dado, agarró unas castañuelas y se puso, inofensivamente, a repicarlas, justo al lado de los extranjeros. Nosotros nos pusimos en la fila, detrás de la pareja joven que había llegado hacía poco, no fuera a ser que, de repente, como al que se le cae el mundo de las manos, se llenara aquello y nos quedáramos sin entrar. Ante el buen humor de la pareja extranjera, el vendedor se les acercó sonando las castañuelas; como el que no espera que toquen la campana, se las ofreció; buenos turistas buenos, la pareja se las compró.

El vendedor de castañuelas se arriesgó a hacer lo que haría cualquier vendedor: ofrecernos las castañuelas a todos. Como el mismo truco no mata al mismo gato dos veces, ni la pareja joven ni nosotros mordimos el anzuelo. Nadie le compró. Pero el cuento no terminó ahí; lo interesante fue el drama que se desató entre la pareja joven y el vendedor. Ante el rechazo de los jóvenes, el vendedor no claudicó; arriesgó una estrategia que no parecía parte de su arsenal, pues parecía un vendedor inofensivo. Insistió. Si, presionó. Ante la urgencia de materializar la venta, encaró a los jóvenes, alegando que si los extranjeros le habían comprado, ellos, que eran españoles, debían también ayudarlo. Ante esa acusación, saltó el muchacho con un brinco inesperado. Lo que le molestó al joven no fue que el vendedor los presionara, como tampoco le molestó que los acusara de mal patriotismo, de poca solidaridad con uno de los suyos; más bien, lo que claramente le incomodó al muchacho fue la idea de que el vendedor los considerara oriundos, locales, nativos. Directo, aunque sin agresividad, el joven le dijo al vendedor que ellos eran de Barcelona, y que por lo tanto, insinuó, también eran extranjeros. ¡Genial! Como el que sabía alejarse del peligro cuando no era necesario calentar más el fogón, el vendedor se apartó, murmurando con un tono juguetón que ellos, la pareja, también eran españoles.

El flamenco encima. Según terminaba este sencillo sainete, salieron del club dos tipos treintones de traje gris, que inmediatamente se posicionaron en la acera de enfrente. Uno en particular, el más alto y esbelto, de pelo rizado más o menos largo, aplastado con brillantina, en un peinado que tira el pelo de enfrente hacia atrás y lo deja con rizos colgantes, como un sauce llorón, nos pareció una encarnación emblemática del músico de flamenco; el aura de aquel hombre no nos engañaba. Así, con aquel traje gris sin corbata, camisa blanca, balanceando el profesionalismo con la espontaneidad callejera del que se fuma un cigarrillo, aquel músico llevaba el flamenco encima. No parecía del tipo que, como Charlie Parker o Hector Lavoe, se dejara arrastrar por el delirio y el abismo, sino el que, como muchos otros, no obstante el deseo, equilibraba la noche con el día, el goce con la realidad del trabajo. Pensamos en Gilberto Santa Rosa, un músico, según él mismo ha dicho, atípico, pues ni fuma ni bebe ni usa drogas. Del flamenco, el músico de los rizos caídos, llevaba encima, del flamenco, la masculinidad gitana.

Vampirismo. Al entrar al club, la sensación de que de un lugar así, con aquel tamaño mediano, saldría en cualquier momento la voz de alguien citando Tres tristes tigres (1966), nos pareció posible: Showtime. Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes. Good evenings, ladies & gentlemen. Sin embargo, no fue así; el espectáculo no tenía dimensión paródica ni mucho menos autoparódica. Por el contrario, frente a nosotros teníamos la propuesta de un show serio que, de verdad, pese a la puesta en escena, quería ser auténtico. Un contraste interesante marcaba la atmósfera general del club; por un lado, la cultura de los músicos que viven de la música, y, por el otro, el vampirismo de la administración, atentos como estaban, cual búhos, los camareros al picoteo de los turistas: al saldar la cuenta, nunca nos devolvieron los dos euros que nos debían.

Máquina de ritmo. Del show como tal, muchas dimensiones eran rescatables. Por ejemplo, la dinámica antifonal del flamenco, típica, como diría Ángel Quintero Rivera, de los márgenes mulatos de la modernidad. ¡Encendida oralidad sevillana!, diría Palés Matos; la espontaneidad del improvisador, el diálogo entre el individuo y el grupo, como espaldarazos recíprocos, suministraba al performero de energía al encarar el solo en función de esa comunicación con el grupo. Como en otras prácticas antifonales, la oralidad remarcaba el sentido de colectividad; una comunidad en la que, a pesar de las rotaciones que distribuían equitativamente el trabajo entre los músicos, parecía, sin embargo, un tanto fuera de balance: uno de los integrantes, mujer, parecía llevar en ocasiones, ella sola, el grueso del peso rítmico en las manos. Precisemos: no se trataba de cualquier mujer, sino de la mujer que llevaba el pulso de la canción con las palmadas. El corazón de todo el montaje. Máquina de ritmo —Cortijo habría dicho máquina de tiempo— la mujer le sacaba un sonido hueco y sólido a las manos, como si en vez de dedos estuviera golpeando la clave. Ella se tiraba el peso de la canción al hombro, sola, con un batir de palmas inquebrantable, como si le fueran a estallar las manos. Terminaba la canción sudada, pero no por eso daba la impresión de que estuviera cansada; allí, entre el pulso de la canción y su expresión facial, estoica, se gestaba una intensidad que trascendía el cansancio inmediato. Cansada se sentiría al final, nunca ahora. Como si volviera de un viaje jugoso, al terminar la canción regresaba de aquella intensidad a una mirada inconspicua, a un gesto de gregarismo fiel, como el del arte que se sabe de servicio. Al terminar el show, en el camino hacia el hotel, ella caminaba frente a nosotros en dirección a Triana; cruzamos el puente, quisimos pero no pudimos decirle algo. Nos ganó el silencio, los reflejos de la luz en el Guadalquivir; la tranquilidad de que, en el fondo, no era preciso hablar para entendernos.

Una cuestión de swing. Si esta andaluza sostenía ella sola el peso de muchas canciones, había otra que, por el contrario, se iba por las ramas: la diva vieja, una mujer sesentona con mucha maña en el andar y sabiduría en la mirada. Baja de estatura, moderadamente gruesa pero redondita, su aporte fue también importante: no ya el pulso del flamenco sino su sabiduría, transfigurada en una forma de vivir. Con la diva nos habíamos topado antes de que empezara el show, cuando no la conocíamos, mientras hacíamos la fila frente al club. Comedida, certera, se apareció en un Honda Civic; se detuvo sin regodeos en plena calle frente a nosotros, como el que llega al mismo punto todas las noches, dejó el motor del auto prendido y entró con naturalidad al club. Uno de los meseros salió y se encargó de estacionarle el Honda. Lo de la diva era una cuestión de swing. En su primera actuación, acompañada de una guitarra, empezó cantando desde una silla; a su aire, fue soltándose lenta pero progresivamente, con la seguridad y el aplomo del que ya no tiene que pararse para llamar la atención. Poco a poco, agilizaba las respuestas del cuerpo, hasta que por fin, cuando llegó el momento justo, se paró y dejó que la canción se adueñara de ella. Gestualizó como le correspondía a un flamenco de su edad, que no precisaba del exceso para llegar al sabor.

Reciprocidad. Después de la diva vieja, vino el joven bailarín que, como en todas las danzas premodernas populares, asumía el baile como un diálogo con los músicos, una intensidad en la cual la improvisación busca la sincronía entre el cuerpo y la música, como en la rumba y la bomba. Como si el bailarín con el cuerpo fuera dirigiendo las guitarras, éstas, a su vez, lo obligaban a coincidir con las cuerdas, estableciéndose una reciprocidad que, a pesar del protagonismo del cuerpo danzante, compartía el dramatismo con las guitarras. El baile no era sólo la presencia del cuerpo que bailaba; era también el diálogo con las guitarras: de poder visualizarse, la música se contorsionaría como se movía el bailarín, con agilidad y precisión entre acordes rápidos que subían y bajaban de intensidad. Junto al bailarín, estaban las cantaoras de piel canela, así como el perfil de uno de los cantaores, un hombre alto y esbelto a quien le faltaba un diente.

Más penas que alegrías. Cuando terminó el show, fuimos de los últimos en salir del club. Frente a nosotros, la mujer de palmas sólidas regresaba a su casa a pie. No iba sola. Desde el escenario parecía más alta de lo que realmente era; parecía también más vieja. Pero era una muchacha veinteañera. Desde el escenario parecía una mujer con mucha calle en las espaldas, una veterana joven, con una experiencia sustanciosa que la había llevado, por decirlo de alguna manera, a ver correr mucha leche en los callejones peligrosos de Sevilla, donde el sexo no siempre se le traducía en placer. Parecía una mujer, con el cuero duro, los dedos firmes y los labios gruesos, con más penas que alegrías, cuya sexualidad no parecía su punto fuerte, si bien tampoco se trataba de un ser asexuado. ¿Puede serlo alguien que vive el flamenco?  Una mujer fuerte, así parecía desde el templete la muchachita; imagen del sostén que, incluso como artista, desempeñaba muy bien su función de base, de plataforma segura a la que el deseo del varón se tiraba siempre, de pecho, en búsqueda de la incondicionalidad de la madre. Fuera del escenario, sin embargo, esa impresión cambió. Justo frente a nosotros, de culo, contemplándola en silencio, el aura de vida dura que la marcaba desde el escenario, una mujer muchas veces agujereada sin placer, se le había ido de encima. Ahora, frente a nosotros, caminaba una muchacha joven junto al novio o al amigo que había venido a buscarla en bicicleta; una muchacha que tramitaba muchas precariedades económicas.

Sensación y seducción. Como el antiguo filósofo griego, Solón, que sabía que sólo al morir se podía hablar de tal o cual persona como de un individuo afortunado o no, esa noche nos fuimos a la cama con la idea de que, al morir el día, podíamos decir que habíamos tenido uno afortunado. La sensación de que Sevilla nos trataba particularmente bien, la disfrutábamos con facilidad, como al que no le costaba nada hacerle un favor a uno que iba en su misma dirección. A la mañana siguiente, segundo y último día en Sevilla, pensábamos sobre todo retomar el tour que habíamos dejado a mitad de camino, pero el espectro de la catedral, otra vez, nos volvió a seducir.

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