Sevilleos de tercer orden

En las montañas el camino más corto va de cima a cima; mas para eso es menester que tengas piernas largas. Frederich Nietzsche

Del edificio andaluz al libro venezolano . Un edificio juguetón, el Ayuntamiento de Sevilla, con su mancha barroca por un lado y su borrón neoclásico —una pared en blanco— por el otro; un edificio fabuloso para un turista latinoamericano, acostumbrado al mestizaje cultural y estético: esa tarde el Ayuntamiento me había salido al paso en un momento oportuno, justo cuando sentía el peso de la tardomodernidad sevillana —todo ese turismo a borbotones— latir con fuerza sobre el trasfondo premoderno del sur español, como si se tratara de una disputa fuera de foco —¡viva Pedro Pietri!— entre la posmodernidad y la filosofía escolástica. Pero esa disputa desde la pared del Ayuntamiento entre lo neoclásico y lo barroco se podía imaginar desde otra relación, más afín al pragmatismo y al turismo existencial de la época. Desde ese enfoque, el parche barroco y la superficie neoclásica no antagonizaban, sino que se complementaban ecológicamente, de una manera beneficiosa tanto para el exceso barroco como para la cordura neoclásica. En vez de escupir contra la antimodernidad barroca, negando en el proceso la pluralidad, aquella verruga quedaba como testigo del pragmatismo neoclásico —¡el conocimiento útil!— y su valiosa autoconciencia, que entendía claramente que, en última instancia, mantener la cicatriz barroca reforzaba, en el mejor de los universos, su propia modernidad. Ganaba la razón instrumental, como siempre, pero la verruga no lo perdía todo. ¡Sevilla!

Al otro lado de ese pragmatismo posmo , en el de la reciprocidad basada en una sociabilidad anterior y posterior al individualismo posesivo, el rebote cultural que se disparó desde el edificio andaluz, como un rayo de luz, iluminador y tibio, me remitió a un libro venezolano, La música folklórica de Venezuela (1969), donde, igual que en el Ayuntamiento de Sevilla, se superaba con creces la materialidad de un simple error. En ese libro, el autor, Luis Felipe Ramón y Rivera, incluía la mejor fotografía que había visto sobre la sociabilidad latinoamericana; una sociabilidad que, desde el Caribe, Ángel Quintero Rivera había planteado en ¡ Salsa, sabor y control! (1998) ; una sociabilidad parecida a la que, desde lo andino, manejaba el sociólogo peruano Aníbal Quijano.

Se trataba en la fotografía del libro venezolano de un bandolinista manco y su compañero ejecutante : el retrato de un músico sin una mano que, acompañado de otro, se las ingeniaba para tocar la mandolina. Imagen poética de la intersubjetividad que, según la sociología tropical, está al fondo de la sociabilidad mulata, popular y marginal: mientras el músico manco se encargaba de coordinar las notas y los acordes con la mano izquierda, con la derecha el otro músico rasgaba las cuerdas con la derecha. Perfecta sincronización: retrato de la Música tropical; pero también de otro proceso igualmente poético: el de la intersubjetividad transformándose en una propuesta de intrasubjetividad. Los dos músicos —¿místicos de las cuerdas?— se habían vuelto uno.

Como la resonancia del Ayuntamiento de Sevilla me había deslumbrado, me fui alejando del mismo con calma, como el que, para que le dure más, se come algo en pedazos pequeños. Atrás iba quedando la imagen del inmueble como una premonición de la estética de lo inacabado que las vanguardias históricas legitimarían después, durante las primeras décadas del siglo veinte. Con esta diferencia circunstancial, sin embargo: el poder de interpelación que ejercía la pared del Ayuntamiento, por estar en un espacio público, era mucho mayor. A diferencia de lo que había hecho respecto del café marca Puerto Rico que vi en Barcelona y de los panecillos portugueses que reaparecieron en la pastelería aledaña a la catedral de Sevilla, pregunté; sí, dos veces pregunté si me podían explicar el porqué de aquella fachada bífida, pero resultó en vano: ninguno de los transeúntes me pudo explicar por qué la casa de gobierno tenía dos pieles contrapuestas.

Al alejarnos del Ayuntamiento, la casa del poder parecía humanizada por aquella cicatriz que, de tantas maneras, nos hacía pensar en la provisionalidad de la historia. Como si de golpe, desde aquella pared mestiza, híbrida, se quisiera explicar el mundo, la humanidad toda con sus virtudes y defectos. El Ayuntamiento permanecía en silencio ante el flujo cotidiano de los lugareños, para quienes el edificio había dejado de hablarles desde hacía mucho tiempo. Sólo a los turistas nos inquietaba ver la realidad interceptada de aquella manera, como si al abrir una puerta el cuerpo desnudo de un desconocido nos remitiera de golpe a nuestro propio silencio. Como aquella escultura de Don Quijote que, en 1990, me salió al paso en Colonia, Uruguay; o el paisaje lunar que, en Cabo Rojo, Puerto Rico, descubrí en 1979; el Ayuntamiento de Sevilla pasaba a la lista de apariciones que se hacían difíciles de olvidar, en la base de las cuales estaba, desde 1977, la aparición del viejo en la isla municipio de Culebra, Puerto Rico. Entonces, se trató de una aparición mística: un campesino tirado en la calle aparece recogiendo el maíz que se le había caído de la bolsa de papel que llevaba en las manos, a la vez que nos hablaba desde el suelo, con la voz del que cuenta una memoria comunitaria, sobre el último altercado que había tenido el pueblo contra la marina de Estados Unidos, a la cual, en 1975, dos años antes, la gente como él había forzado a abandonar Culebra.

Si atrás quedaba finalmente el Ayuntamiento con su humanidad marcada, demasiado humana , frente a mí tenía, otra vez, las tiendas de souveniers tardomodernos . Retomamos el merodeo turístico, esta vez en busca de un mantón sevillano de tamaño pequeño.

No había libros a la venta . Durante el recorrido que emprendimos entre tanta tienda, buscaba siempre que podía la sombra, aunque el calor que se sentía no era para nada como el del día anterior, un caló que le tumbaba el moco al más guapo. Me escurría de una tienda a la otra como el que, al mudarse, le daba la impresión de permanecer en un lugar parecido; cada una de las tiendas me parecía una copia de la anterior, pero una copia con diferencias, sobre todo en cuanto a las dependientas. Además, entre una tienda y otra, parecía incluso que también nosotros éramos una copia de los demás, como si todos al coincidir en el mismo deseo dejáramos un poco de ser. Y entonces, cuando ponía en su lugar un abridor de botellas en forma de pene que había agarrado, concluí que la repetición no era, después de todo, cosa fácil en el teatro de la humanidad, donde incluso un testículo era diferente al otro. Como el que buscaba un peso y encontraba dos, una diferencia importante entre el turismo de Sevilla y el de Santa Pola —donde habíamos parado antes de llegar a Sevilla— resultó ésta: por estas calles de Sevilla no había libros a la venta en las aceras, como en las calles de Santa Pola, un pueblo alicantino turístico y pescador.

En Santa Pola, los libros que nos salían al paso, según uno se movía por el circuito turístico, eran mayormente comerciales; incluso, se veían ejemplares en inglés de esa literatura popular que tanto se vende en los Estados Unidos, de autores como Stephen King. Pero también uno se podía encontrar una que otra sorpresa. En un puesto de revistas que tenía una estantería portátil en la calle, junto a toallas de playa, loción bronceadora y gafas de sol, vi el ameno libro de Pablo da Silveria, Historias de filósofos (1997), que yo había leído en Buenos Aires durante las navidades de 2001; un librito que cabía perfectamente en aquel espacio turístico alicantino, ya que se trataba de extraer de la biografía del filósofo en cuestión (por ejemplo, Sócrates, Tomás de Aquino, Spinoza, Hume, Kierkegaard, Wittgenstein) una historia entretenida para el lector general, un relato que a la misma vez conectara con un esbozo rápido del pensamiento que había propuesto el filósofo.

En Santa Pola, por ser un turismo playero y además asentado, con espacios de tiempo más prolongados, el quietismo al que puede llevar la playa facilitaba la venta de libros junto a la de souvenirs , mientras que en Sevilla, que es un turismo más nómada, donde lo que uno hace es caminar por la ciudad, la presencia de libros que se venden para ser leídos, en vez de para ser, además, contemplados como objetos bellos, era menos rentable. Según esta hipótesis, una que Edgardo Rodríguez Juliá aceptaría, la playa está mucho más conectada al libro y a la literatura que el casco histórico de Sevilla, donde, paradójicamente, en un sólo edificio había más libros que en todo el pueblo de Santa Pola. Busqué pero no lo encontré por las calles de Sevilla, el CD con el librito de Martirio, Coplas de madrugá (1999), para releer este poema emblemático de la diva: me dejo el pellejo por sentir y eso me da la vida. Creo mucho, tengo mucha fe. La música es el lugar que he encontrado para ser feliz. Soy una mujer del Sur de las cosas . En medio de toda la confusión entre el turismo, la filosofía light y las coplas, se me ocurrió pensar que Alvar Núñez Cabeza de Vaca era sevillano, y que Andrés Serrano, que en 1984 había fotografiado un tableaux con la cabeza sangrante de una vaca, titulado, por supuesto, Cabeza de vaca , le había hecho el homenaje más acertado al explorador sevillano: una tautología imposible.

Un libro tan breve . De una tienda a la otra, mientras la mayoría de mantones sevillanos que veíamos era muy grande, pensaba que, frente al trabajo monumental de los murales mexicanos, un libro tan breve como fue la versión original de El laberinto de la soledad (1950), era en sí mismo un fenómeno interesante, algo así como el caso de Borges y su breve Historia universal de la infamia (1935). Si por un lado podía decirse que el libro emblemático gringo y español era largo, el boricua podía imaginarse, como el de Octavio Paz, más bien como corto. Tres de los libros más importantes del pensamiento boricua durante el siglo veinte, fueron libros relativamente cortos: Insularismo (1936), El país de cuatro pisos (1980) y La memoria rota (1993). Por eso, quizás, Rodríguez Juliá contempló en una ocasión la posibilidad de que La oscura noche del Niño Avilés (1984) no fuera sino una novela excesivamente larga. La angustia que confesó José Donoso ante la dificultad de terminar El obsceno pájaro de la noches (1970), no tenía parangón en Rodríguez Juliá, a quien nunca le dolió la extensión de la novela. En este sentido, como fue el caso de Reinaldo Arenas, la grafomanía de Rodríguez Juliá era necesariamente una escritura postboom. Asimismo, me dejaba llevar por la diferencia entre la escritura de Quintero Rivera, que por lo general no opina sobre aquello que no pueda documentar bibliográficamente, frente al modelo de García Canclini en Culturas híbridas (1990), donde pocas veces se interrumpe la narrativa para documentar algo.

Flamenco en zona de bar turístico . Mientras pensaba en esas cosas librescas, me ganó de repente el canto de unos muchachones andaluces, congregados alrededor de dos mesas en el portal de un bar; aunque se sabían mirados, el que cantaba se lo tomaba en serio. Y no cantaba mal: era un cante que, a pesar de que parecían muchachos de la clase media sin grandes apuros existenciales, salía del alma, pues llevaba piel y sentimiento en su empeño de mostrar el corazón, incluso en un ambiente de risotadas y cervezas, donde a veces no se sabía exactamente si se trataba de una música en serio o de una broma. Flamenco callejero, o mejor, flamenco en zona de bar turístico; la alegría arquetípica del sur me confrontaba con aquella realidad inscrita en la frontera entre la actuación y la espontaneidad, sacándome un poco de equilibrio. Allí, por supuesto, había teatro, el problema era que se trataba de un teatro de sí mismo: aquellos andaluces se divertían simulando en parte lo que eran. Por eso también, había realidad.

De regreso al hotel, cargados de souvenirs , cansados y con necesidad de una buena ducha, nos detuvimos brevemente en el kiosco que había justo a la entrada del puente hacia Triana, donde habíamos parado antes a preguntar por los tickets para el Sevillla Tour. Un hombre simpático lo atendía, no como el que, atípico, tenía un puesto un poco más allá; un ogro, duro como la piel de un cocodrilo, que ni siquiera lo miraba a uno cuando hablaba. Nos detuvimos en el kiosco para preguntarle al hombre simpático, ya que esa noche pensábamos cenar en los restaurantes al costado del Guadalquivir, si los pájaros que veíamos volar por allí eran murciélagos. Un tanto desconcertado, quizás porque no quería hacerle mala propaganda a los restaurantes, dudó muchas veces antes de responder que, en efecto, aquellos pájaros podían ser murciégalos .

Al costado del Guadalquivir . Primero, y sobre todo, la cena no resultó muy oportuna; la comida decía muy poco para lo que costaba y la atención de los camareros fue asombrosamente seca y hasta ríspida. Ahora sabía que existían andaluces de muy escueta leche. Ante la idea de comerme una carne mechada, desde el subtexto de la carne mechada de Puerto Rico, los cuatro trocitos delgados de carne que me sirvieron me parecieron de primera intención una broma, como si aquél fuera un plato para niños. ¿Me insultaba aquel hijo de su madre? Tampoco se podía decir mucho del sabor, que parecía escondido, latente o cansado. Como el que come resignado a tragar para no explotar, al terminar de comer quería desaparecer. Sólo una memoria salvaba la noche del desastre total: el brote contrarreformista que se le salió al camarero cuando le pedimos el potaje de garbanzos descrito en la carta. Un exabrupto confundido, según el cual el dueño del negocio se cree con derechos sobre el consumidor, a quien considera su inferior. Cuando le pedimos el potaje de garbanzos, el mesero nos regañó; ese plato, dijo, era de invierno, de modo que, de ninguna manera, podía servirse en el verano. ¿O no nos habíamos dado cuenta de que era verano? Como lo que empieza mal a veces termina peor, el postre lo fuimos a buscar a una heladería cercana a la que, para mi desgracia, se le había dañado al local el aire acondicionado; incluso desde afuera, donde me quedé, se sentían las ráfagas de aire caliente que despedían los motores de los frigoríficos que enfriaban los helados.

La mirada . De vuelta al hotel, con la certeza de que aquella era la última noche en Sevilla y la penúltima en España, decidimos extender la caminata algunas manzanas más allá del hotel; como el que se resistía a devolver algo que acababa de encontrar, nos opusimos a claudicar fácilmente: si el tiempo se acababa, nosotros lo estiraríamos un poco más. Caminamos un buen trecho; a la altura del bar en el que no había nadie, ante la atención inesperada que nos prestó con la mirada el mozo aburrido por la soledad, nos detuvimos, dimos media vuelta y regresamos al hotel. La idea de que se nos acababa el tiempo en España parecía brutal, sobre todo porque, a pesar de las diferencias, en la península la manera en que nos habíamos sentido extranjeros ese verano de 2002, había sido diferente a la extranjería que sentíamos en los Estados Unidos, donde residíamos. Y, por supuesto, no se trataba sólo del idioma. Más bien, se trataba de un detalle, que no era únicamente español sino sobre todo católico: el universo de la mirada. También en España la gente se miraba. ¡Ésa era la gran diferencia! La mirada en la que se había cagado el protestante hacía quinientos años, cuando se deshizo de las imágenes, era aquí, como en Latinoamérica, mecha de una intersubjetividad casual, pública, callejera y gustosa; una realidad que el protestante combatía y evitaba en la medida de lo posible, circunscribiendo la mirada a los espacios organizados, con reglas, donde la mirada esquinera y ocasional pierde la sazón y el gusto por el juego con el otro; juegos que no interesaban al protestante, para quien el otro supone más bien un problema a priori, una presencia que rivaliza con el individualismo posesivo.

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