Si se incendiaran las calles

Juan Gabalaui*. LQS. Octubre 2020

Incendiar las calles es sinónimo de tomar la responsabilidad de una misma y ejecutarlo colectivamente. Rechazar el lugar asignado y construir uno nuevo. La trampa del sistema capitalista consiste en promover el deseo de apropiarse de otros lugares ya establecidos…

Ni siquiera cuando hay un número cada vez mayor de personas que pasan hambre, viven hacinadas en habitaciones y pierden su trabajo, o el que tienen no les permite mantener un nivel de vida digno que les permita ser independientes, comprar alimentos y habitar una vivienda adecuada, ni siquiera, digo, se deja de jugar al mismo juego de siempre. La pandemia que mata, no de forma masiva, pero sí en condiciones inhumanas, en la que los familiares apenas pueden llevar a cabo un rito de despedida, es el nuevo decorado en el que se desarrolla la obra grotesca a la que nos tiene acostumbradas el capitalismo. Los medios y las redes sociales están llenas de noticias intranscendentes frente a la tragedia que están viviendo las clases sociales más desfavorecidas. No es hiperbólico decir que hay personas que pasan hambre en Madrid o en otras ciudades del territorio. Es una realidad que, las declaraciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Díaz Ayuso, o el gobierno español de coalición, ocultan. Este ruido mediático y político sirve para distraer y enredarnos en polémicas partidistas e ideológicas.

Las calles deberían estar ardiendo, clamando contra las agresiones socioeconómicas a las que las autoridades políticas, desde sus castillos de cristal, condenan a las clases más desfavorecidas. De qué sirve un sistema que hunde en la miseria a las que menos tienen durante crisis cíclicas que se encadenan eternamente. La pobreza es la contraparte de la riqueza de las desalmadas. Los escraches serían una broma si incendiaran las calles exigiendo mínimos como la justicia social. Pero tienen las fuerzas justas para sobrevivir. Para llegar a fin de mes. Para dar de comer a sus hijos e hijas. Cansadas de buscar papeles para que les concedan una ayuda miserable. Las espaldas rotas por dormir encima de somieres o en gastados colchones tirados en el suelo. Humilladas frente al desprecio de gran parte de la sociedad. Les hacen lo peor que se puede hacer a las personas. Desconfirmarlas. Como si no existieran. Son fantasmas que, como mucho, solo asustan en sueños. O en el mejor de los casos, les sacan en los programas de televisión de máxima audiencia para exhibirles como monos de feria y estimular las buenas conciencias de los espectadores.

Nada de esto es nuevo. Es la misma historia de siempre. El ejercicio de la política sirve para ocultar los márgenes del sistema. Generan ficciones que permiten fantasear con pertenecer a una clase diferente a la que realmente se pertenece. Hay partidos que se vanaglorian de haber creado una clase media fuerte, un mito que se ha venido abajo en los periodos de crisis o con una simple pérdida de trabajo. Si dependemos de un salario para sobrevivir, estaremos condenados a la incertidumbre cada vez que varíe nuestra situación laboral. Nos dejaron a expensas del mercado de tal forma que las crisis económicas y financieras recolocan a muchas familias en el lugar que el sistema les tiene asignado. Además este reajuste se carga en la conciencia de las trabajadoras, como si fuera cuestión de su desempeño. Las convierten en responsables de su precariedad. Este movimiento sistémico, que da y quita, permite mantener la ilusión del ascensor social. Las familias acomodadas se convierten así en la aspiración de las familias que viven en la precariedad.

Incendiar las calles es sinónimo de tomar la responsabilidad de una misma y ejecutarlo colectivamente. Rechazar el lugar asignado y construir uno nuevo. La trampa del sistema capitalista consiste en promover el deseo de apropiarse de otros lugares ya establecidos. De avanzar en la escalera social. Está lógica nos atrapa en la ficción de un mundo inalcanzable, que genera frustración pero, sobre todo, después de siglos de domesticación, resignación. Las pobres contemporáneas roban en las tiendas para conseguir objetos que les instalen en la ilusión de vivir un mundo creado por el sistema. Sueñan con comprarse coches, grandes casas con piscina o hacerse famosas. Sus sueños siguen las lógicas propias del capitalismo, persiguiendo así replicar aquello que los margina e invisibiliza. La apropiación de los espacios inherentes al capitalismo implica una reproducción del mismo por lo que la cuestión no radica en apropiarse de sino en construir algo que funcione con una lógica diferente basada en la justicia social.

Pero incendiar las calles también admite la literalidad. Hacer visible lo invisible. Convertir lo marginal en un aspecto central de nuestra realidad. Evitar las estrategias de distracción de los medios de comunicación, los partidos y el juego de la política, colocando lo esencial en un plano en el cual sea imposible apartar la mirada. Patear lo intranscendente y poner frente a todo el mundo la realidad de una parte de la sociedad que pasa hambre y vive en condiciones indignas. Sin amabilidad ni delicadeza. Las cosas como son. Descarnadas.

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* El Kaleidoskopio

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Un comentario en “Si se incendiaran las calles

  • el 24 octubre, 2020 a las 19:14
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    Necesitamos fuego, será la única manera de despertar de esta pesadilla consentida

    Respuesta

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