Siembra utopía, recoge realidades

england-utopia-elena-lqsElena Martínez Pérez. LQSomos. Mayo 2015

La anarquía es la más alta expresión del orden. Para que el socialismo llegue a su perfecta expresión, es preciso que salvaguarde al mismo tiempo los derechos del individuo y los derechos colectivos. El hombre no es un accidente sino un ser libre, necesario y activo, que, ciertamente, se une con sus semejantes pero no se confunde con ellos
Élisée Reclus

Nos encontramos sumidos y sumidas en un momento histórico importante. Un momento de cambios sociales que producirá, inevitablemente, cambios socio-políticos o político-sociales y, aunque no tengo claro el orden de esos factores, cualquiera que se anteponga determinará totalmente el futuro de las sociedades occidentales y mundiales, y por ende de la globalización, durante los próximos 50 años.
Aunque cada época se siente como única e irrepetible, desde una visión historicista es sencillo buscar analogías a los tiempos actuales en otras épocas históricas, y a poco que ese análisis se apure, encontrar además de esas evidentes referencias, antecedentes y consecuencias en la actualidad de lo que el signo de los tiempos induce a las sociedades.

La posible revisión (o mejor, reversión) del modelo neo-liberal imperante debe de producirse en la Europa de los próximos cinco años, de no ser así, la oportunidad histórica pasará y solamente un proceso revolucionario surgido del proletariado podrá invertir el proceso de fracturación de la sociedad entre ricos y pobres, opresores u oprimidos/as.
Estamos ante la última oportunidad de las sociedades democráticas de llevar adelante un viraje del paradigma dominante mediante el sufragio, pues dentro de poco esta situación será inviable, ya que la democracia necesita inevitablemente una cohesión social para poder existir. En el momento en que la sociedad se fracture definitivamente entre ricos y miserables, la democracia como tal no será posible, será, aunque disfrazada periódicamente con urnas y candidatos, una oligarquía de facto.

Por citar una analogía histórica, a este mismo proceso se enfrentaron los británicos en 1945, justo cuando apagaban los humos de las últimas bombas de la segunda guerra mundial. Después de 10 años de gobierno de Churchill, un aristócrata ultra-conservador e imperialista (aunque durante los 6 años de guerra en su gabinete de concentración hubo varios ministros laboristas), los británicos, regresados/as de la guerra mundial, debían elegir un gobierno con el que enfrentarse a su momento histórico. Partían de una situación de devastación del país, de ruina económica, de una industria totalmente canalizada al esfuerzo de guerra y de dejar, entre civiles y militares, 400.000 muertos y muertas en la contienda.

La segunda guerra mundial, no obstante, forjó un pacto social entre proletarios/as y burgueses, que acometieron con unidad el enfrentarse con determinación al fascismo y al imperialismo nipón. Estuvieron ellos/as solos luchando en cuatro continentes, desde la rendición de Francia en el verano del 40 hasta la invasión alemana de la Unión Soviética en septiembre del 41. Bajo los bombardeos alemanes, en las selvas de Birmania, en los desiertos de Egipto o en las playas de Dunkerque los británicos y británicas de toda condición social y origen, decidieron no rendirse y caminar juntas hacia la victoria, en defensa de su democracia, la más antigua de Europa, de su cultura y de su manera de ver el mundo. La camaradería, el respeto y la confraternidad surgida de los esfuerzos y los sufrimientos de la guerra, creó un nuevo estado de ánimo en la muy clasista sociedad británica.

El símbolo más reconocible de esta resistencia, de esta comunión ante la adversidad, fue la V de los dedos de Sir Winston Churchill, que fue llamado por el Rey Jorge VI en 1940 para sustituir a un Neville Chamberlain como primer ministro, después de que este hubiera fracasado totalmente al aceptar las anexiones y desplantes de Hitler con tal de evitar una guerra con Alemania. Juntos, bajo el liderazgo del viejo Lord del Almirantazgo, vencieron, o cuanto menos, fueron parte del bando vencedor.
Una de las primeras diferencias de la sociedad británica post-bélica con respecto a la de los primeros años 30 fue el empoderamiento de las clases trabajadoras, conscientes de que su potencial era ilimitado y que, principalmente ellos y ellas, eran los que habían conseguido derrotar al enemigo. Tenían claro que la victoria significaba un nuevo escenario, un escenario de ilusión y progreso, que no querían ni iban a volver a las condiciones insalubres y miserables de los años 30, que no iban a perder otra oportunidad como les ocurrió tras la primera guerra mundial. No habían luchado con determinación contra el fascismo para regresar a sus miserables vidas en condiciones infrahumanas, al servicio de un patrón y sin otro condicionante en su futuro que el de nacer en una clase u otra de la sociedad victoriana.
El triunfo de los laboristas con Clement Atlee en 1945 fue incontestable, masivo, e introdujo una nueva mayoría para un nuevo Reino Unido. Si Churchill había sido el líder perfecto para la guerra, Atlee era el ideal para la paz y la reconstrucción del Estado y de la sociedad.
Él era quien iba a liderar ese “new deal” británico, con la reconstrucción de un país devastado, con la creación de un millón de viviendas en cinco años, que serían destinadas a lo que ahora llamamos alquiler social, el que iba a nacionalizar las estructuras de transporte, las minas y la industria siderúrgica; el que iba a crear la perla del sistema británico del bienestar: el Servicio Nacional de Salud.
Estaba claro que el pueblo británico había elegido democráticamente su camino y que este no pasaba, de modo alguno, por volver a reimplantar las estructuras de nepotismo clasista anteriormente imperantes, no habían ganado una guerra para eso.
Paralelamente, ese triunfo de los laboristas, que iban a gobernar Gran Bretaña con políticas económicas claramente socialistas, basadas en lo público y en la intervención estatal sobre la economía; garantizaba que, de modo alguno, el país iba a caer en el influjo del comunismo soviético. De ese modo, mediante ese pacto entre clases, el socialismo keynesiano produjo tal cohesión social que apartó al Reino Unido de cambiar de bloque geo-político y lo permitió convertirse en el principal bastión anti-comunista de la Europa occidental.
Ese status quo se mantuvo, pese a los diferentes gobiernos conservadores, durante más de 30 años.
Y aquí se da la paradoja de esta historia: el sistema del bienestar británico fue quien acabó con la base en la que se sustentaba, el que acabó con la conciencia de clase, con la esencia proletaria y de subordinación de la economía a las necesidades de la sociedad. Este es el antecedente.

En 1979 la conservadora Margaret Thatcher ocupaba el número 10 de Downing Street y con ella una corte de discípulos del neo-liberalismo de la escuela de Chicago, seguidores de Milton Friedman y de sus teorías de que lo mejor que puede hacer el estado por la economía, es no hacer nada, no intervenir y si puede desregular y privatizar, mucho mejor. Ese que convirtió a los ciudadanos en puros consumidores y consumidoras.
En ese momento, occidente empezó a cambiar, la sociedad de la post-guerra, la del pacto entre clases desaparecía, para ser sustituida por un concepto liberal, individualista y egoísta. Para entonces, las tradicionales redes sindicales y socialistas británicas estaban de capa caída, se habían aburguesado. Y Thatcher tenía el arma definitiva para que no volvieran a organizarse: los iba a convertir en propietarios/as. Como es sabido, el pequeño propietario defiende su miserable propiedad con el mismo ahínco que el gran terrateniente sus fincas y prebendas.
Con el pretexto de que Gran Bretaña pertenecía a la clase media, instó a que miles de personas compraran las casas donde vivían, lo que produjo, paralelamente a su asunción de patrimonio, una importante reducción de su poder adquisitivo, ya que pagaban mucho más por la hipoteca que por el alquiler social. Eso nos da otras de las claves sobre lo que debe de preguntarse la ciudadanía, si es más importante la posesión que el usufructo y si las viviendas son para vivir o para crear valor patrimonial.
Es curioso, también, observar la raíz latina de patrimonio, que es la misma que la de patriarcado y es que no debemos olvidar que el capitalismo, la acumulación es patriarcado y el patriarcado se basa en la asimetría, en la explotación y su derecho emana de la fuerza y si es necesario de la violencia. La misma violencia con la que Tathcher, la Dama de Hierro, utilizó contra los últimos coletazos de la resistencia obrera representada por mineros y estibadores, que fueron reprimidos con brutalidad por esa misma policía que ellos pagaban con sus impuestos. Este fue otro claro ejemplo de que el Estado ya no defendía sus intereses, si no los del poder económico.
Los últimos coletazos de esta “patrimonización” o privatización, que significa privar a todos de algo para que sea privativo de uno que lo posee (aunque no necesariamente lo use) de aquello que antaño fue público y se construyó con el esfuerzo de todos se están dando en estos años de inicio del siglo XXI.
Los británicos y británicas se enfrentan ahora a la posible privatización del National Welfare, en aras de una supuesta mayor eficiencia económica (una vez más la economía por delante de la sociedad) la que, según todos los estudios, no se traduciría en una mayor calidad en la atención sanitaria. Es el último bastión, la última frontera, la última barricada donde contener, hacerse fuertes y contraatacar.
No hablaré en esta pieza de la teoría del apoyo mutuo como mejor ejemplo y garantía de avance y éxito en las sociedades, ni siquiera de la bondad del Keynesianismo como camino aceptable para un nuevo pacto social.
Sobre lo que realmente quiero que reflexionen es sobre si podrán aceptar que una persona muera, en un mundo híper desarrollado e híper-tecnificado, por no tener acceso a la mejor sanidad y que esto sea por el hecho de haber nacido pobre.

De eso se trata realmente este momento histórico, de si queremos y somos capaces de construir una alternativa mejor para todos y todas, o vamos a dejar que sean otros los que decidan que es lo que nos conviene.
Del mismo modo en el que millones de británicos/as decidieron en el 45 que no iban, de modo alguno a volver a la mina y a la miseria, éste el momento, quizá la última posibilidad, de que la ciudadanía vuelva a empoderarse recogiendo la esencia de aquel espíritu del 45 y tome las riendas de su futuro. Un futuro de dignidad, felicidad y solidaridad contra el horizonte de individualismo neo-liberal, de sumisión a conceptos acientíficos y cuasi religiosos como la economía (que les recuerdo no es una ciencia y no soporta ningún análisis empírico) y a una rendición inerme ante un destino impuesto.
Esos británicos y británicas del siglo pasado, los que no se arrugaron ni ante la máquina de guerra nazi, ni ante la vileza del imperio japonés, los que consiguieron poner al poder bajo su servicio, los que eligieron el socialismo como camino para la paz y la prosperidad deben situarse como referentes dentro de este sistema.
Atlee dijo que: “la democracia significa gobierno por discusión, pero que solo es efectiva si se deja hablar a la gente”. Es el momento de que el pueblo reflexione y hable, ya que en poco tiempo algunos estarán tan preocupados/as de aceptar cualquier trabajo en cualquier condición a cualquier precio para pagar facturas médicas, que no tendrán ni tiempo ni ganas para las discusiones.

O ahora o nunca, anarquía o barbarie, porque el capitalismo es la barbarie vestida con smoking.

Viñeta de cabecera de Barricada Virtual

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