Siempre nos quedará Madrid…

Ángel Escarpa Sanz*. LQS. Junio 2019

Aún nos queda el Madrid testigo de la ejecución de Julián Grimau; aún nos queda el Madrid presente en las acciones en las calles del PCE, de los “felipes”, de MC, LCR, del FRAP; las últimas ejecuciones del franquismo, con toda su secuela de caídas

Recordadme un día que os hable aquí de mis días de ese parque madrileño, cuando lo descubrí de la mano del padre, en aquellos remotos años cuarenta, con un bocadillo en el bolsillo y mientras padre me hablaba del “Abuelo”, aquel viejo cañón que, emplazado a la puerta de este entrañable parque del Retiro, aún cumplía con su deber de fiel republicano en la Guerra Civil; mientras se proyectaba en los cines de barrio “Robín de los bosques” y caía bajo las balas franquistas aquel héroe legendario de la batalla de la Madeleine, Cristino García Gándara –que su nombre y la gesta de aquellos valerosos guerrilleros no caigan jamás en olvido. Recordadme que os hable aquí de aquellos días en los que los chicos del extrarradio madrileño dedicábamos el tiempo libre a recoger la metralla que habían sembrado los fascistas, en los inmisericordes bombardeos sobre la ciudad -para, con las monedas que nos daban en la chatarrería, comprar orejones de ciruela, milhojas, tiradores con los que cazar algún pájaro; a fabricarnos nuestros aros y nuestros propios juguetes. Recordadme que os hablé de aquellos trabajadores –los esclavos de Franco- que reconstruían el puente de Praga, sobre las aguas del Manzanares. Os hablaré de aquellos sábados en que nos obligaban a rezar el rosario en las escuelas, observados muy de cerca por el cristo, las fotos del Generalísimo y del fundador de la Falange, mientras madre, a falta de agua corriente en casa, acarreaba ésta desde el alejado Barrio de las Carolinas. Os hablaré de los días de vacaciones escolares, correteando por los pueblos segovianos de la familia materna, espigando en los campos de mieses, robando sandías en las noches, trillando en las eras, recogiendo piñas y ramera en los pinares, acarreando el trigo y la paja hasta el sobrado o el molino; amasando pan a mano, al pie de aquel horno familiar de donde salían aquellas doradas, hermosas hogazas de dos kilos; os hablaré de las tardes de cerner la harina en el sobrado. Os hablaré de aquellos días con capturas de lagartos. Os hablaré de tardes con hogueras en las calles, mientras nos calentábamos y nos contábamos las pelis de Alan Ladd, del “Gordo y el Flaco”, de Luis Sandrini, de Lon Chaney, James Cagney, Gary Cooper, María Montez, John Hall y Sabu; aquellas pelis de tiros: “Gunda Din”, “La jungla en armas”, “Por el valle de las sombras”, “Sudán”, “Alí Babá y los 40 ladrones”, “Revuelta en la India”.

Ya hacía años que entraron los “nacionales”, pero aún seguían oyéndose los triunfales “¡Arriba España!” aquí y allá, se veía todos los días a Franco en el No-Do y viajando de aquí para allá, inaugurando pantanos, pescando; despliegues de masas con camisas azules, boinas coloradas y sinnúmero de banderas de los vencedores.
Aún nos queda aquel Madrid de las primeras acciones en las facultades, las primeras carreras de finales de los sesenta en las concentraciones en la glorieta de Atocha -con mayor presencia policial que de manifestantes. Aún nos queda el Madrid testigo de la ejecución de Julián Grimau; aún nos queda el Madrid presente en las acciones en las calles del PCE, de los “felipes”, de MC, LCR, del FRAP; las últimas ejecuciones del franquismo, con toda su secuela de caídas de Carlos González, de Arturo Ruiz, de Yolanda González; muertos en Granada, en Almería, en Vitoria, en Montejurra, los asesinatos de Atocha… Aún nos queda el recuerdo de la multitudinaria concentración de 1976 en la calle Preciados; aquella masiva primera manifestación del Iº de Mayo por el Paseo de las Delicias y el Paseo del Prado.

Siempre nos quedará el entrañable recuerdo de sus 150 salas cinematográficas: “La sangre del cóndor”, de Sanginés, en el California, “Calle Mayor” en el Galileo, “Campanadas a medianoche” en el Príncipe Alfonso. Las decenas de salas sembradas en los barrios donde vimos películas “de miedo”, “de amor”, “de tiros”, “de indios”, de la perrita “Lassie”, de Shirley Temple, de Wallace Berry, de Mickey Rooney y de Hopalon Cassey. Siempre nos quedará el aroma de los paseos por la Casa de Campo de los años cincuenta y sesenta, el recuerdo de los entrañables y desaparecidos bulevares, las horas de aquella memorable manifestación desde la Ciudad Universitaria hasta Colón, todo dios a una gritando ¡OTAN no, bases fuera! Teatros Infanta Beatriz, el de la Comedia, el Lara, Martín, Reina Victoria, Cómico, Muñoz Seca… con el paso por sus salas de las obras de Sartre, O´Cassey, Sastre, Casona, Buero… Siempre nos quedará el recuerdo de aquella remota velada de boxeo de nuestra infancia, aquel encuentro de fútbol, en el Campo del Gas. Las freidurías de gallinejas, la voladura del coche de Carrero Blanco, las marchas sobre Torrejón, aquella memorable primera fiesta del PCE en Torrelodones, las partidas de futbolín, los duelos entre chiquillos de los barrios a pedrada limpia, el recuerdo imborrable de aquellas entrañables pelis de Manolo Summers, la primera aparición en público de “Pasionaria”; las escapadas para los homenajes a Machado: en el setentaicinco a Segovia, en el setentainueve a Colliure; todas las manifestaciones en la Puerta del Sol, ya con banderas republicanas, con banderas rojas. El recital de Paco Ibáñez en el Alcalá Palace, acompañado de Alberti; las verbenas de los años cuarenta en la pradera del Paseo de la Chopera. Cuán lejos y qué cercano: mi abuelo encendiendo con un mechero las farolas alimentadas por el gas de Gas Madrid, aquellos tranvías que unían entre sí Peñagrande, Vallecas, Usera, Fuencarral, los altos del paseo de Extremadura, Tetuán de las Victorias, Canillejas…
Madrid de los frontones en la calle de la Aduana, el “Recoletos”, el “Fiesta Alegre”; el de las salas de billar en Callao, en Doctor Cortezo; el de las salas de baile “Las Palmeras”, “Conga”; el de los coches pirata los domingos: ¡Al Bernabéu!, ¡Al Parque Sindical!, ¡Al Metropolitano! El de los mercados de la Cebada, Maravillas, Olavide; el de las excursiones en aquellos camiones de la grava hasta cualquier lugar con sombra donde comer una tortilla y beber una sangría.

Todo aquel Madrid de hace ochenta años acude a nuestro encuentro, ahora que lo perdimos en los avatares de la vida.

Uno no puede dejar de preguntarse qué sentirían aquel Antonio Machado, aquel Juan Negrín, aquel Enrique Líster, llegados a Madrid desde sus lejanas tierras de origen un día, cuando tuvieron que abandonar esta ciudad, bombardeada, asediada por los franquistas, sin saber si volverían a pisar de nuevo sus calles, sus parques, aquel viejo Ateneo de la calle del Prado, aquel Paseo de Rosales, aquel circo Price de “Nabucodonosorcito” y “Zampabollos”, “Pompof”, “Thedy”; aquel Madrid del “Angelillo” de las películas “La hija de Juan Simón” y “Suspiros de Triana”.
Casi 20 años alejado de la vorágine de su tráfico, de las colas ante los Griffith los fines de semana para ver películas de Ken Loach, de Isabel Coixet, de Icíar Bollaín. Casi 20 años alejado del trajín y de la pasión con que viví aquellas 20 ferias del libro. Años y años sin compartir con estos hombres y estas mujeres los rigores del invierno, el tedio de las estaciones del metro, los disgustos de las multas de tráfico.

Siempre nos quedará el recuerdo de aquellos días en que íbamos con el padre a rebuscar el carbón quemado en las escombreras de aquel solar de Pirámides donde los camiones de la cercana Gas Madrid arrojaban los restos de escoria de las calderas. Madrid de las librerías de viejo, el del Paseo del Prado, el de los barrios más extremos, con ropa secándose en los balcones. Madrid del entierro de los abogados en el despacho de Atocha, el de las vaquerías y las imprentas en los barrios; el de Emilianao Barral y el de los perdedores que duermen en los soportales de la Plaza Mayor. Madrid del Rastro, donde vendí libros durante 38 larguísimos años. Madrid de la orgullosa Torre de Madrid, en cuyos bajos se instalaron Discoplay y el cine Torre de Madrid. Madrid de tardes de toros, de tardes de lluvia refugiados en una cafetería. Madrid de Machado, del teatro Fontalba, el Alcázar, el del Matadero y el mercado de frutas y verduras de Legazpi. Madrid de “El Gallo vallecano”, el de los días de hambre recogiendo collejas y cardillos en el Prado del Hongo. Madrid de la universidad antifranquista de las postrimerías de la Dictadura, con apasionadas asambleas de estudiantes antifranquistas, mientras los “grises” hacen guardia montados a caballo, tras el asesinato de Enrique Ruano. Todavía nos queda Madrid, aunque ya no sea el de 1936, con sus consignas revolucionarias; aunque ya no sea el mismo del 15-M, aunque ya no sea el de la “semana roja”, cuando se legalizó el PCE, aunque no sea ya aquel en el que los vecinos dormían en las calurosas noches a la puerta de sus humildes casas. Aún aquel Madrid, cuando tantos jóvenes nos alistamos a la Legión, cuando su banderín estaba en la calle Picos de Europa. Madrid en el corazón, con sus cementerios, donde descansan los restos de folclóricas y toreros de “tronío”, los restos de los padres y de los abuelos, los restos de los presidentes Estanislao Figueras, Francisco Pi y Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar. En esa esquina mataron al teniente Castillo, ahí está todavía el colegio donde me llevó mi madre, aún no había acabado la II GM; ahí el Prado, donde tantas veces nos emocionamos ante los lienzos de El Bosco, Tiziano, Rembrandt, Solana y Fra Angélico; ahí donde se atesoran las fotos de Gerda Taro y Capa; ahí donde se erigía el Cuartel de la Montaña; ahí se hizo una foto “El Che” cuando pasó por Madrid.
Madrid de los merenderos al aire libre, el de las escapadas para darnos un baño en el Jarama, el del puente de Arganda, el del Cerro de los Ángeles, el de las estaciones de Mediodía, Príncipe Pío, Delicias; el de los verdugos y los curas puteros de Galdós. Madrid republicano, Madrid humillado en las horas de las grandes concentraciones en la plaza de Oriente, en las horas en que el dictador y Juan Carlos de Borbón recibían los vítores y los aplausos de la “afición”. Ese Madrid que se niega a perder la memoria, con sus bunkers, su escudo republicano en la fachada del Banco de España, sus banderas tricolor en Cibeles el 14 de abril. Madrid y la cinta plateada del Manzanares, donde nos bañábamos de niños. Madrid en el acero y el vidrio de sus modernas torres. Madrid desde Orcasitas, Chamartín, los Carabancheles, Aluche, Palomeras, el Pozo del Tío Raimundo, Usera; el del Ateneo; el de “Las 13 Rosas”; el de los Estudios CEA.
Donde quiera que muramos mañana siempre nos acompañará en nuestro viaje aquel Madrid de los traperos recogiendo los desechos de las casas burguesas, el Madrid del mercado de la Cebada, donde acompañamos tantas veces a la madre en la compra; el Madrid de los barrenderos regando sus calles, el de los tranvías por la cuesta de la calle Toledo, en lo más tórrido de sus veranos. Imposible desprenderse del recuerdo de esa Plaza Mayor, y “Candeal”, “Nuevo Méster de Juglaría”, actuando en las noches de San Isidro; el de los recitales de Silvio Rodríguez, Aute, Elisa Serna, Mercedes Sosa, Ana Belén, Víctor Manuel, “Quilapayún”, Rosa León.
Madrid en las colas de la iglesia de Medinaceli, en las colas para pillar un plato de comida de la caridad en Doctor Cortezo. Madrid de Azorín, de Millán Astray, de la Piquer, de Umbral, de Haro Tecglen, de “Triunfo”, de “Cuadernos para el diálogo”, del diario “Madrid”, el “Ya”, el “Mundo Obrero” circulando clandestinamente en San Blas, en Pegaso, en la Electra. Madrid miliciano defendiendo Madrid. Madrid inmovilista concentrado en Colón, Madrid de las manis en Cuatro Caminos, en Moratalaz, en Vallecas. Madrid recibiendo los restos de Largo Caballero; Madrid enterrando a Marcelino Camacho, a Tierno Galván. Madrid despidiendo a Enrique Líster, a Blas de Otero, a Celaya.
Madrid es también Baroja, Antonio López, Aldecoa, Zuloaga, Bardem, el “Comercial”, Valle Inclán, los discursos de “Pasionaria” en el cine Europa y en el Olimpia. Madrid y “Cayó Durruti en la Ciudad Universitaria”. Madrid de las Brigadas Internacionales, “¡Madrid será la tumba del Fascismo!”. Madrid, del 15-M, del 23-F, el de octubre de 1982, el del 11-M, el del Sabina, el del 20-N y de la Lina Morgan; el de la “avenida de los obuses”, el de Arturo Barea y el de los “Guerrilleros de Cristo Rey”.
Los que por una razón u otra fuimos expulsados de Madrid en el pasado no podemos sino sentirnos exiliados, allí donde el trabajo o el naufragio nos lleve. Atrás queda la tumba de los seres amados, la del poeta predilecto, el lugar aquel donde tomamos por vez primera a una mujer, en la lejana adolescencia; los paseos en bicicleta; la Puerta de Alcalá y el aroma de los parques.
Cómo no regresar a esa ciudad donde descansan los abuelos, los padres; cómo no regresar a esa calle, esa plaza, de los cines Renoir, Golem Alphaville, Princesa. Cómo no detenerse ante la que fuera la “Casa de las Flores”, residencia de Pablo Neruda en aquellos años. Fotografiar los hermosos paseos, los monumentos, ese estanque de nuestra lejana infancia, en el Retiro. Fotografiar una vez más el cine Doré, visitar la tumba de Grimau, la de Baroja. Volver a pasear Lavapiés, fotografiar por enésima vez la Puerta del Sol, Postas, la Plaza Mayor, Callao, la Gran Vía, la plaza de España, Atocha, Recoletos, tantos y tantos lugares donde nos dejamos la juventud, la vida, en los largos años vividos en esta hermosa ciudad de hoy.
Bien merecido ese monumento a Mingote en el Retiro. Espléndida, esa exposición sobre la enseñanza en el periodo 1898-1938 en Madrid, en el Museo de Historia de esta ciudad (41 escuelas construidas por la República en aquel Madrid de 1935 eran demasiadas escuelas, para que curas y fascistas no se levantaran). Madrid del matadero de Legazpi, el del Palacio de Oriente, el de los paseos a lo largo del Manzanares, sin olvidar sus puentes de Segovia, de Toledo, el de la Reina Victoria, el de los Franceses, el de la Princesa, San Fernando… Madrid canalla, y fonda para Machado, Valle-Inclán, Aleixandre, Lorca, Alberti y María Teresa, Maruja Mallo. Madrid tumba de Eugenio Noel, de Juanita Rico, Besteiro, Castelar, Figueras, Pi y Margall, Salmerón, Lola Flores, Giner de los Ríos.
Madrid cantado, celebrado, exaltado, en libros y en lienzos, por Velázquez, por Cervantes, por Goya y por Miguel Hernández.

Será para otra visita ir el cementerio de Fuencarral, con la memoria de los internacionales caídos en estas tierras. Esta hermosa ciudad que no se sometió a las bayonetas de Napoleón, se somete ahora a esa derecha abyecta, 80 años después de que “los nacionales” la rindieran. Madrid, que conserva con el mismo celo las tumbas de “Pasionaria” y de Pablo Iglesias, que “La dama de Elche”, las ediciones príncipe del Siglo de Oro en la Biblioteca Nacional, y “La Mariblanca”.

Será para otra vez volver a Segovia, a Chinchón, a fotografiar una vez más el viejo puente acero de Arganda, la “Colina del suicidio”, donde cayeron británicos e irlandeses. Para otro día, volver a mis barrios de la Puerta de Toledo, a Usera, a la Fuentecilla, a las Vistillas y al Viaducto. Para otro día volver a la Casa de Campo, al Paseo de Rosales, al Observatorio, al Canal de Isabel II y al Parque de la Fuente del Berro. Será otro día, otro año, volver a aquellos teatros donde tan calurosamente aplaudimos en el pasado las obras Brecht, las de Ibsen y las de Alejandro Casona. Para otra vez subir al mirador del Círculo de Bellas Artes, el Mercado de San Miguel, y una visita a ese cementerio de Paracuellos, que también conserva el dolor de otros días. Aún hubo un hueco para acompañar a los veteranos de la memoria histórica ante el Supremo para exigir la salida de la momia de Franco del Valle de los Caídos.

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