Juan Gabalaui*. LQSomos. Enero 2018

Se les dibuja la sonrisa en la cara. No disimulan. A periodistas como José María Calleja o Fernando Garea no les importa ridiculizar o reírse de las opiniones de los que se atreven a defender posiciones independentistas. Gesticulan, se llevan las manos a la cabeza o sonríen con desdén. Convierten una aspiración legítima en una estupidez de gente poco preparada y reducen un hecho político relevante, desde el punto de vista del ejercicio de la democracia, a un acto criminal.

Esta posición no es ajena a la estrategia que ha operado durante décadas en relación a las reivindicaciones independentistas de países como Catalunya o Euskal Herria. La firmeza con la que defienden las posiciones del estado contrasta con su boca chica ante la evidente connivencia entre el poder ejecutivo y judicial, la criminalización de activistas y políticos o la utilización de la violencia por parte del estado. Lo cual muestra la domesticación y la complicidad de gran parte del periodismo español con los poderes del sistema.

Por el momento 249.246 personas han votado en change.org por que Tabarnia se convierta en una nueva comunidad autónoma. La mayor parte, seguramente, de fuera de Catalunya. Tabarnia es una manera, como cualquier otra, de ridiculizar posiciones políticas e ideológicas legítimas y respetables. Es el chascarrillo en círculos derechistas. Pero detrás del chascarrillo y de las opiniones destempladas se oculta un temor real, cercano, a que las aspiraciones independentistas tuvieran éxito. El vaporoso fantasma del independentismo casi se hizo cuerpo cuanto más gritaban prisión y mano dura. Los comentarios enfurecidos y desmedidos que aparecían en los medios de comunicación y redes sociales eran un indicador del miedo que provocó que miles de personas salieran a las calles a pedir, ya no la independencia, sino poder votar en un referéndum. Consiguieron meterles el miedo en el cuerpo.

La confrontación con el Estado de parte de la sociedad catalana, que demandaba la celebración de un referéndum, junto con el 15-M son los dos acontecimientos de naturaleza democrática más relevantes del siglo 21 en el Estado Español. Hubo un antes y un después tras el 15-M y lo habrá tras la declaración unilateral de la República Catalana. Ese después es incierto. Como todo lo que tiene que ver con el futuro, se tiene que construir. Por el momento la maquinaria del Estado está sacando músculo, pero ni la propaganda mediática ni la represión estatal pueden ahogar la defensa de que lo que ha ocurrido en Catalunya ha sido un acontecimiento democrático. La democracia implica luchar por poder decidir y para ello hay que hacer frente a los poderes del sistema que impiden u obstaculizan. Ante la acción democrática habrá siempre una reacción. La confrontación es inevitable.

Todos hemos podido ver la capacidad de respuesta del Estado. Nada fuera de lo esperado. Lo preocupante es la reacción de una gran parte de la sociedad española. La semilla plantada por el régimen fascista ha florecido cuando se han dado las condiciones necesarias. Así la defensa de la unidad de España ha llevado a justificar la represión estatal, policial y judicial y la campaña de desinformación de los medios pro sistema. La persecución y el amedrentamiento son vistas con aprobación por muchos ciudadanos. Se han convertido en amantes de la contundencia y de las medidas extremas dirigidas a domesticar a un sector de la población que opina y actúa de forma diferente. Esta parte de la sociedad es cómplice de la reacción antidemocrática del Estado al poner la unidad por encima del derecho a decidir sobre los asuntos públicos que nos afectan. Por encima de la democracia. Su sonrisa, de esta manera, es el no va más de la idiotez.

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