Con Bernardo Fuster: No se lo digas a nadie

Redacción. LQS. Diciembre 2018

Dígame como médico… de las dos dinastías que han gobernado este país, es decir, los Habsburgo o Austrias y los Borbones, ¿cuál es en su opinión la que ha tenido reyes con más porcentaje de masa testicular en el cerebro en lugar de sesos?

Tras la reorganización del registro catastral ordenado por el dictador Primo de Rivera en 1923, una serie de pueblos son olvidados por un error burocrático… con esta idea como base Bernardo Fuster nos presenta una novela cargada de ironía, irreverente, provocadora, ácrata, republicana y surrealista en el que se reivindica la clandestinidad frente al poder, el laicismo frente al dogmatismo religioso, y la imaginación y el ingenio frente a la incultura y la desidia. El autor consigue trasladarnos a una España de principios del siglo XX, que comienza a levantarse contra la injusticia social y la miseria.

¿Qué pasaría si uno de esos pueblos decide que no quiere vivir a las órdenes de un dictador militar que trabaja para un rey corrupto y putero, y decide desaparecer?

Hemos hablado de esta novela con él…

LoQueSomos: Desde sus primeras páginas, tu novela nos coge de la mano y nos envuelve con ambientaciones e imágenes corales, con una luz y color que parecen planificados por un director de fotografía, con un festivo desfile de personajes a cual más particular que parecen desplegarse ante nuestros ojos como en una pantalla. Al leer, tenemos la sensación de estar viendo una película. ¿Lo has hecho así intencionadamente?

Bernardo Fuster: El proceso de elaboración de esta novela ha sido largo. La primera idea se me ocurrió hace más de diez años. En este tiempo probé distintas maneras de contar la misma historia y al final decidí que la que más me facilitaba el desarrollo narrativo era escribirla como si se tratase del diario de una periodista que llega a este pueblo tan peculiar. A medida que la iba desarrollando me fui dando cuenta de que tenía una cierta similitud con la escritura de un guión. Esta conclusión a la que llegué sin proponérmelo, me gustó, me sentí a gusto y decidí seguir, ya conscientemente en esa línea. Incluso en muchos pasajes me planteaba mentalmente ese tipo de escritura y me imaginaba la situación antes de escribirla. Por ejemplo, exterior, noche, una sala con una mesa central y dos ventanales grandes que dan a la calle. Allí metía a los personajes y les dejaba que actuasen. Ha sido un proceso divertido, sobre todo cuando al escribir ves que la situación crea diálogos que no tenías previstos, ni individuos secundarios que no estaban en la primera idea.

LQS: Seguro que te han dicho más de una vez que Si me ves tiene un aire berlanguiano, de comedia trepidante, divertida, enormemente divertida, y disparatada. ¿Era ese el tono que buscabas?

BF: Fijate que tú me dices que tiene un aire berlanguiano y en alguna de las presentaciones me decía algún asistente que tenía un aire a José Luis Cuerda. Berlanga era valenciano, José Luis Cuerda, de Albacete y la historia se desarrolla en un pueblo que no se sabe si pertenece a Valencia o a Albacete. Es curioso que según quién, vea una influencia de dos zonas tan distintas. Pero como en el pueblo de la novela, coinciden las dos. Es cierto, es un homenaje a Berlanga con el que trabajé en las bandas sonoras de tres de sus películas y por otro lado a Cuerda, con el hice la banda sonora de la serie de televisión Makinavaja. Dos genios.

LQS: Hay novelas que hablan de soledades y otras que hablan de compañías. Las primeras suelen alimentar la melancolía. En el pueblo de tu novela nadie está solo.

BF: Es normal. Cuando un colectivo decide resolver un problema o plantearse una forma de vida que rompe con lo establecido, la soledad desaparece y nace la solidaridad.

LQS: La época de tu novela es poco visitada: la Dictadura de Primo de Rivera. Sin embargo a ti parece interesarte mucho ese periodo histórico; tu novela está cargada de ficción, pero también de personajes y situaciones reales, de la esfera del poder y de la de las revueltas populares.

BF: Si la historia transcurre durante la dictadura de Primo de Rivera es porque es precisamente en esa época cuando se produce un hecho histórico a nivel nacional, que no se produjo en ningún otro momento de la reciente historia de España. Eso me obligó a estudiar esa época y a buscar en esos años los momentos que me permitiesen colocar a los personajes de la novela. Por otro lado, debo decir que es una época tan interesante que no me costó demasiado hacerlo. Para darle más verosimilitud a esta narración, ya de por sí surrealista, introduje en el guion personajes reales de esos años y los relacioné directamente con los personajes inventados. Fue un juego muy divertido y sorprendente para mí, al comprobar cómo la historia real se volvía novela y la novela se convertía en un hecho real, es algo totalmente posible.

LQS: La historia que narras parte de un hecho real: en el registro catastral de 1923, una serie de pueblos no quedan registrados ni en una provincia ni en otra; es decir, desaparecen. Eso de hacer desaparecer todo un pueblo es el colmo de la incompetencia del poder burocrático, pero, visto desde otro ángulo, es el no va más de la clandestinidad rebelde…

BF: Exacto, ese es el hecho real que me obligó a situar la novela en tiempos de Primo de Rivera: la reorganización catastral del general que trajo consigo que un par de pueblos no fueran incluidos por error en la nueva organización del Estado. En la realidad, esos pueblos protestaron y el error fue subsanado, pero, y ahí está el tema central de mi novela, ¿qué pasaría si uno de esos pueblos decide que no quiere vivir a las órdenes de un dictador militar que trabaja para un rey corrupto y putero, y decide desaparecer? Dices que es el no va más de la clandestinidad rebelde… pues sí, estoy de acuerdo contigo: es la clandestinidad llevada a sus últimas consecuencias. Y eso puede provocar situaciones surrealistas, que son en definitiva las que dan cuerpo a la novela.

LQS: Lo cierto es que Apiora, nuestro pueblo desaparecido, es una especie de refugio irreverente, ácrata, republicano, surrealista, algo así como una isla pirata. Eso tiene que ver con tu primer libro publicado en El Garaje: Los Hermanos de la Costa. Pirateria libertaria en el Caribe. ¿Por qué te atraen los refugios piratas? ¿Sólo le cabe a la libertad atrincherarse en refugios?

BF: La libertad es como un rumor que hay que difundir para que la imaginación no tenga fronteras. El mar no tiene fronteras. Pero tiene islas en las que poder pararse a soñar con que esa libertad es posible, hasta que un día te das cuenta de que esa isla no es el fin del viaje y vuelves de nuevo a la mar. Imagínate esto pero en un barco en el que ondea una bandera negra, y viaja sin rumbo fijo, es decir, sin patria, sin rey y sin Dios.
La similitud con esta última novela es total. Imagínate ahora un pueblo que decide desaparecer frente al poder, tanto político como religioso. Es decir, sin patria, pues no existe; sin rey, porque se declaran republicanos; y sin Dios porque se sienten ateos… son como un barco pirata que se salta las lindes entre Valencia y Albacete.

LQS: Parece que todo periodo o intento de transformación progresista en España da a luz o bien situaciones sangrientas y personajes trágicos o bien situaciones cómicas y personajes disparatados. O negrura y tristeza o luz y risa: esa absoluta anormalidad es la normalidad de este país. ¿Es eso la marca España?

BF: Para mí la marca España que me gusta es la de la contradicción, la de la convivencia entre distintos. La que alimenta la imaginación y la creatividad. Fíjate, por ejemplo, el juego que puede dar desarrollar la historia real de los hermanos Pinzones. Fueron los primeros que vieron tierra antes que Colón. Eran unos mercenarios que “trabajaban” en Cádiz para los piratas del mediterráneo. Su padre fue quemado en la hoguera por la Inquisición por converso… Todo datos reales. Y que Colón fue un genocida como Pizarro y Cortés y sin embargo un día, todos ellos se convierten en insignes padres de la patria.
La marca España debería ser la literatura, historias que podrían dar pie a divertidas novelas o a trágicas narraciones. Lo irracional conviviendo con lo real. Esa es la marca que deberíamos exportar. Nos convertiríamos en los reyes de la imaginación, de la creatividad y del arte. Las demás marcas no sirven para nada. Nacen muertas.

LQS: Todos los lectores de tu novela con los que hemos podido hablar coinciden en lo deslumbrante que es el aire de libertad absoluta que se respira en ella, al margen de cualquier doctrina u ortodoxia… La libertad es el aire que respiran tus personajes. Y pareces decirnos que libertad e inteligencia van de la mano.

BF: Siempre van unidas porque no se puede dar una sin la otra. La inteligencia debe de ser tan libre como para poder matar su propia idea cuando ve que es errónea y así poder seguir buscando y buscando.

LQS: El escenario, Apiora, es un pequeño pueblo del interior, su retrato es absolutamente vívido, pero no hay costumbrismo alguno. No son las costumbres, roles y formas de vida tradicionales lo que se describe, sino precisamente lo que en aquella época, principios del XX, era más característico de lo nuevo y especialmente del movimiento libertario: igualdad, pedagogía, humanismo, ciencia, razón, lucha social.

BF: Cuando un pueblo decide desaparecer tiene que romper con todas las tradiciones y costumbres para no dejar huellas… hay que inventar otras formas de convivencia acordes con su nueva realidad.
Por otro lado, en la época en que se desarrolla mi novela se dan unos hechos que para mí son importantes a la hora de confeccionar un nuevo pensamiento. Surge un movimiento anarquista fuerte, liberador, el anticlericalismo se convierte en bandera en muchos lugares, se fortalece, la iglesia queda desenmascarada como una institución al servicio de los poderosos… Por eso en el pueblo no les resulta difícil buscar sus nuevas formas de vida. Ya se están produciendo en otros lugares; solo tienen que buscarlas, aceptarlas y tomar lo que gusta de cada sitio. Si además aparecen por allí personajes reales de gran importancia histórica, pues más fácil se lo ponen…

LQS: ¿Cómo han recibido tu novela los vecinos de tu pueblo, Ayora, el que sí se ve?

BF: Muy bien. Yo tenía un cierto miedo a que pusieran nombre real a algunos personajes, a que dijesen que tal sitio que describo no era así… pero no, han demostrado que tienen una imaginación y un sentido del humor a prueba de novelas…

LQS: Como toda novela está tiene principio y fin, pero es tan torrencial que acaba con muchos frentes abiertos, con muchas historias que parecen pedir continuación. ¿Has pensado en una segunda parte?

BF: Varios de los personajes tienen tal vida propia que ya de por sí están reclamando seguir vivos. En la presentación de la novela, en el pueblo, cuando me preguntaron eso, les dije que por qué no escriben ellos la continuación del personaje con el que más se sintieran identificados. Les gustó la idea. Quizá en unos meses me sorprendan. Yo por mi parte, sé que al menos uno de esos personajes aparecerá en mi próxima novela, que por supuesto no transcurrirá en ese pueblo, ni en esa época. No sé cómo lo voy a cuadrar, pero estoy en ello.

Si me ves, no se lo digas a nadie

Síguenos en Facebook: LoQueSomos Twitter@LQSomos Telegram: LoQueSomosWeb

Si me ves, no se lo digas a nadie

Redacción. LQS. Febrero 2018

Una comunidad libertaria organiza su vida al margen del Estado, durante la dictadura de Primo de Rivera… Un pueblo legendario que decidió hacerse invisible a los ojos de la dictadura. Nueva novela de Bernardo Fuster

Tras la reorganización del registro catastral ordenado por el dictador Primo de Rivera en 1923, una serie de pueblos son olvidados por un error burocrático. A partir de este hecho histórico, Bernardo Fuster, en esta su primera novela, nos presenta a distintos personajes, reales unos y otros probablemente ficticios, en un texto divertido, irreverente, provocador, ácrata, republicano y surrealista en el que se reivindica la clandestinidad frente al poder, el laicismo frente al dogmatismo religioso, y la imaginación y el ingenio frente a la incultura y la desidia, en una España que, a principios del siglo XX, comienza a levantarse contra la injusticia social y la miseria.

Bernardo Fuster (Madrid 1951), músico y compositor, ha alternado su profesión con la faceta de escritor. Exiliado en 1975 por estar implicado en la resistencia contra la dictadura, y bajo el nombre de Pedro Faura, grabó dos discos. Ya en España, crea junto a Luis Mendo el grupo Suburbano, tras formar parte durante un año del grupo de teatro Tábano.
Como músico es autor de canciones tan populares como “La puerta de Alcalá”, “Arde París”, “Makinavaja” o “Me cago en su Excelencia” entre otras.
Ha compuesto música para películas y series de Luis García Berlanga, Fernando Trueba, Ricardo Franco, Gonzalo Suárez y Adolfo Aristarain entre otros.
Ha publicado “Los Hermanos de la Costa. Piratería libertaria en el Caribe” (El Garaje Ed.) y “El contador de abejas muertas” (Varasek Ed.).
Actualmente sigue trabajando con el grupo Suburbano, componiendo canciones y bandas sonoras, y preparando una autobiografía.

Este martes 27 de febrero, a las 19.30 horas, se presentara el libro en la librería Muga de Vallecas (Avda. Pablo Neruda, 89), que contará con el autor Bernardo Fuster, también conocido como Pedro Faura, y Manuel Blanco Chivite, editor, escritor e histórico activista contra la dictadura franquista y en favor de los derechos civiles y sociales durante la democracia.

Síguenos en Facebook: LoQueSomos Twitter@LQSomos Telegram: LoQueSomosWeb

Sencillos pasos para apostatar

Consuelo Delgado. LQS. Febrero 2018

Afortunadamente ya no es tan complicado como años atrás. Ahora si quieres apostatar de la Iglesia Católica (o de cualquier otra religión yendo a su institución jerárquica), es tan simple como seguir estos pasos.

Doy fe de ello: en dos semanas he resuelto el trámite, ¡ya tengo la comunicación formal de mi abandono de la Iglesia Católica y del borrado de mi nombre en sus bases de datos!

Pasos para apostatar:

1. Conseguir la partida de bautismo en la parroquia donde te bautizaron. Es gratis si alegas que otras personas te han asegurado que no han pagado nada por ella y ¿cómo va a haber diferencias entre una parroquia y otra siendo todo la misma Iglesia? En mi caso, el párroco desistió de cobrarme los 10 euros que me pidió al principio.

2. Llamar al Arzobispado de la ciudad donde residas (1) y pedir una cita para apostatar (pide cita con el notario, que es un cura que ejerce de notario). A la cita llevarás la partida de bautismo, copia de tu DNI y el formulario adjunto «Declaración de apostasía» (que es el modelo que te manda por correo la propia Iglesia si no lo has rellenado antes, o te lo da allí mismo el notario eclesial para que lo rellenes en su presencia).

En ese acto te comunican los efectos de la apostasía (sobre todo te intentan meter miedo con la pérdida de la extremaunción), comprueban tu identidad y se formaliza el abandono de la iglesia católica. De esta manera en una sola visita se resuelve todo.

3. Al poco tiempo (en mi caso una semana) se recibe por correo postal la comunicación de haber apostatado, asegurando que tu nombre no figura ya en ningún tipo de listado, fichero o base de datos de la Iglesia. Es una carta por correo normal que va firmada y sellada por el notario y el vicario general.

Otra forma de hacerlo (de hecho es la que puse en práctica yo) es rellenar en casa el formulario «Declaración de apostasía» (2) con los datos de la partida de bautismo, ir a la parroquia de mi barrio y pedirle al párroco que lo firme y selle (para que haga de notario) y enviar después por correo certificado (para asegurarte de que llega) la partida de bautismo, la declaración de apostaría y la fotocopia del DNI (en mi caso, añadí incluso el formulario «Comunicación de apostasía» que me bajé de la web de Europa Laica, rellenado y firmado por mí). Antes de enviarlo conviene quedarse una copia de todo eso.

A los pocos días recibí una carta del Arzobispado donde decían haber recibido mi carta pero me informaban de los derechos que perdía si tomaba esa decisión de abandonar la Iglesia, por lo que me pedían que les comunicara si realmente me reafirmaba en esa decisión por propia voluntad. Ante esto, no me quedó más opción que personarme (sin cita ni nada) en el Arzobispado de Madrid con la copia de lo que les había enviado por correo certificado y decirle al notario de allí (su despacho es el primero a la derecha en la planta baja nada más entrar) que claro que quería apostatar. El notario entonces hizo un apunte en mi ficha en su ordenador y me aseguró que yo recibiría por carta la confirmación del acto de apostasía en un par de días. Al final se demoró la carta una semana, pero finalmente ha llegado.

Como ves, siguiendo esta segunda forma te tienes que dar más paseos (de nada me valió que firmara mi declaración el párroco de mi barrio pues me hicieron ir al Arzobispado para verme la cara) y además tienes que pagar el correo certificado. Por lo tanto, no lo aconsejo.

Creo que es mucho mejor apostatar por la vía directa de pedir cita al Arzobispado (o ir sin cita) una vez que tengas la partida de bautismo y que allí mismo te hagan todo.
¡Eso sí!: lleva fotocopia del DNI y de los papeles rellenados que no quieras perder, pues ¡ojo al dato!, el notario se niega a hacerte ni una miserable fotocopia, y eso que la maquinita la tenía justo a la salida de su despacho (en pleno día de nevada me hizo salir a la calle a buscar una fotocopiadora para un simple papel que él ya tenía y se negó incluso a escanearlo e imprimirlo).

De cualquier forma, ni en la parroquia ni en el arzobispado hay que argumentar nada, basta con afirmar que conoces todas las consecuencias de este acto.

A la Iglesia no le importa si crees o no, lo que quiere es aumentar artificiosamente su número de fieles en las estadísticas con el fin de obtener mayores privilegios y ventajas, sin preocuparles la integridad de las creencias de esos fieles ni si sus prácticas se corresponden realmente con su supuesta condición.

Ya ves, apostatar es sencillo y rápido. Animo a todo el mundo que quiera a que lo haga y luego ¡a festejarlo!

Notas:
1.- Listado de Diócesis españolas
2.- Declaración de Apostasía
*.- Ilustración de K.R. para LoQueSomos

Stop religión, vivan los DDHH

sab340Patxi Ibarrondo*. LQSomos. Agosto 2015

«Los judíos bombardean Gaza, los musulmanes matan dibujantes y los cristianos se follan a niños. Son sus costumbres y hay que respetarlas» En Twitter

El otro día me llamó la atención una gran pintada en una pared de la refinería de Petronor en Muskiz (Bizkaia): STOP ISLAM. Andábamos por allí no por fascinarnos con el maremágnum de tuberías de la refinería de petróleo sucio, sino para patear el bonito paseo que hay detrás del engendro, con antiguas ferrerías incluidas en perfecto uso y visitables con guía, dentro de un sorprendente bosque con variada vegetación. Ese día sorprendentemente, no olía como de costumbre a petroquímicos huevos podridos.

El petróleo mezclado con la religión es el volcán de fatigadas combinaciones políticas donde está sentada la evolución industrial en estos siglos XX-XXI. Dominar y comercializar los pozos donde emana el betún carburante es una obsesión mundial. Ford, también adorado como Su Fordería, inventó el modelo T fabricado en cadena. El coche es el imperativo categórico. El coche crea una poderosa adicción en el bípedo humano. Queremos el coche porque es el fetiche del progreso. No se triunfa en esta sociedad si no se posee un buen coche. Y ahí, en esa línea, están tiranos teledirigidos por la banca, los ejércitos patrióticos y mercenarios, los jeques medievales, los fálicos minaretes y las ostentosas catedrales.

Todos cantando la gloria de Dios en un océano histórico de sangre incesante y putrefacta.

Para que no haya ningún equívoco ni posible salvoconducto a una salvación que no quiero porque no existe, quiero dejar muy claro que no me gusta ninguna religión. Y repudio más aún las del Libro: cristianismo, islamismo, judaísmo. Su furor dogmático y proselitista ha sido y es el mayor causante de las universales lacras, persecuciones, atentados a la libertad, asesinatos y calamidades en general que en el mundo han sido y son. Además de las ínfulas clericales mundanas, las religiones sirven en bandeja los aires tiránicos de cualquier sátrapa con ansia de poder. Al fin y al cabo, los cultos brotan y se expanden como gas mefítico en los ámbitos de mayor pobreza y necesidad.

En primer lugar dominar a la mujer. A las mujeres. La feria de septiembre en la aldea remota de Imilchil (Marruecos) no es muy distinta de la feria de Campóo de Yuso, que he visto este fin de semana. Solo que en esta última se compra y se venden caballos y vacas. A Imilchil acuden las familias con hijas casaderas. Allí se negocia la dote y se compromete el casamiento de chicas con hombres que nunca habían visto antes y que se las pueden llevar un año a prueba. Si no les satisface la pueden repudiar y devolverla a su familia. Se rompe el compromiso.

Ocurre que ese mismo día del Stop Islam estuve dando un garbeo por Muskiz y la vecina Barakaldo. Me llamó la atención que cada vez veo más mujeres, algunas casi niñas, con los cabellos ocultos y cargadas de hijos pequeños y sin sus maridos o bien detrás de ellos, que no acarrean ningún fardo ¿Imilchil?

¿Quién pintaría ese rechazo total en la pared de Petronor? Probablemente algún católico soliviantado y fuera de sí. Si fuera un no creyente, pienso que habría puesto: Stop RELIGIONES o FUERA RELIGIÓN.

Sostengo, a despecho de los tiempos milenaristas que aún corren en este castigado planeta, hay que insistir en que costó mucha sangre, sudor y lágrimas promulgar unos principios básicos de la civilización de tendencia laica. Son lo que comúnmente llamamos Derechos Humanos. Esos mismos que se violan cada día en todo el mundo, sobre todo por los representantes de los cultos de la Biblia, el Corán o la Torah. Según los DDHH no se puede discriminar a nadie por sexo o religión. Entiendo que tampoco por carencia de la misma.

Lo que veo es que, a pesar de derivar del verbo latino “religare” (unir) las religiones separan con el odio. Cuando viajo busco contactar con gente, con la intención de pasar un buen rato intercambiando opiniones. En toda África, en primera instancia el fútbol es el máximo protagonista. La Liga española se sigue con pasión. Se saben todas las alineaciones; no solo del presente sino también del pasado. ¿Barcelona o Real Madrid? Esta es la primera sonda que te lanzan. Depende de si el interlocutor es fan del equipo que tú nombras al azar, las risas o el mosqueo se hacen evidentes. Entonces asistes a un insólito espectáculo de voces y gestos despreciativos entre ellos. Tú no tienes nada que decir o que hacer. Cuando las aguas vuelven a su cauce, porque los rivales se han marchado indignados, se reanuda la conversación.

Dicen que hablando se entiende la gente, pero mi experiencia me demuestra que no siempre es así. O es así mientras no se toca el asunto religioso. La cosa va bien hasta que dejas de hablar de fútbol y entras en terrenos más personales. Te preguntan ¿estás casado? Si respondes que no, quieren comprarte a tu pareja con camellos o dinero. Insisten, con esa especie de descaro de quien está en su territorio y tiene las cosas a favor. La conversación gira sobre ti, para satisfacer su curiosidad. Ellos te cuentan poco y al revés como los pasiegos.
Automática es ¿tienes hijos? Si dices sí la sonrisa se ensancha de muela a muela. ¿Cuántos varones? Las niñas no cuentan. Si dices que no viene el desconcierto y ¿por qué? Pero lo peor es cuando te preguntan a cañón si crees en Dios. Y te lo preguntan siempre. Siempre. Las caras se vuelven hacia ti con la máxima expectación. Si contesto afirmativamente, enseguida se ponen e acuerdo en que Dios y Alá son el mismo. Pero nunca la Torah judía. Esa no.

Yo, después de muchos problemas y sinsabores, he optado por la solución cobarde. He llegado a esa lamentable conclusión después de ver muchos rostros antes cordiales convertirse súbitamente en hostilidad manifiesta. En repudio. Así que, cuando me preguntan si creo en Dios, yo me apresuro a decir que sí. Entonces se produce un gran alivio, como si se hubieran liberado de una carga emocional excesiva. Todos se ponen de acuerdo en que, en el fondo, te dicen benevolentes, Dios y Alá son la misma cosa, etcétera ¡Inch Allah!

Más artículos del autor
* LQSomos en Red

España 2015: ¿Hasta cuándo doctor Esperpento?

virgendelaluz-lqsUrania Berlín*. LQSomos. Abril 2015

Decenas de hospitales públicos siguen llevando nombres de vírgenes y santos

España es un país dado a continuar las tradiciones cavernarias o atávicas más absurdas y supersticiosas, sobre todo si tienen un contenido mitológico-religioso asociado al culto católico. No es exclusivo de aquí, pero sí resulta una de sus peores señas de identidad que, desde luego, debería formar parte, a todos los efectos, de eso que llaman marca España, horterada de nuevo cuño nacionalfranquista que se inventaron los del PPSOE para picar a los “indepes”, no más. El rancio costumbrismo aldeano español consiste en ver desfilar a la Inquisición en las calles (las procesiones, para entendernos) durante una odiosa semana que despide aroma a ejecuciones y torturas medievales, asistir a espectáculos taurinos donde un animal es objeto de toda suerte de maltrato físico (mientras el circo romano aplaude la desdicha del animal) o bien celebrar verbenas integristas tipo Xacobeo o la ofrenda de Estado al “Apóstol” Santiago. Todos ellos, por supuesto, debidamente oficializados y publicitados desde organismos e instituciones públicas, ya sea dotándoles de legalidad mediante festividades religiosas, reglamentos-decretos gubernamentales (la carnicería taurina) o bien declarando el “interés turístico” de turno (desfiles procesionales, etc.)

No por menos relevantes, estarían en el lote de la devoción casposa otros espectáculos “menores”, algunos de ellos de mero contenido simbólico pero con mucha carga religiosa de fondo, con tal, claro está, de mantener activo al parasitismo católico (vía montantes dinerarios con cargo al Estado).Por ejemplo, las romerías o ese abochornante vodevil de condecoraciones y/o nombramientos a determinadas vírgenes como “alcaldesas” perpetuas, algo que debería provocar arcadas a quien siga considerándose integrante de la especie humana. En similar tesitura se puede englobar “patronazgos” a cargo de distintos fetiches religiosos (el patrón, la patrona o la patraña) de instituciones públicas (funcionarios militares o civiles, incluidos médicos). El esperpento es verdaderamente indigno.

Ya, en extremos todavía más grotescos, nos encontraríamos con “tradiciones populares” verdaderamente repugnantes como el lanceado Toro de la Vega, donde una suerte de salvajes terroristas, protegidos por la Guardia civil, se dedican a acribillar cruelmente a un toro hasta la muerte. Animal, parece ser, que no “siente” ni “padece”. Detrás de toda esta vergüenza andan políticos de uno u otro signo, pero siempre proceden de la misma mala raza, la bipartidista (PPSOE), curiosamente, los más corruptos y delincuentes en cuarenta años de democraCIA. Y si no son los anteriores les reemplazan marcas locales “asépticas” que dicen ser grupos políticos “independientes”, que son iguales o peores. Las nuevas estampitas clónicas de los anteriores, Podemos y Ciudadanos, tienen la oportunidad de demostrar que ellos también pueden…defender la “tradición”.

Porque, ésta última manda y en vez de educar y desprogramar a esa mesnada de patanes primitivos, la partitocracia, nuestra “intelectualidad” política, está más pendiente de sacar los suculentos y rentables votos clientelistas. De lo contrario, la chusma no perdona, es sabido. Y si hay que tirar una cabra desde un campanario de una iglesia, bendecida por la sotana correspondiente, la tradición debe continuar. Da igual, yendo a la cuestión mollar de la simbología religiosa, que el artículo 16.3 de la Santa Constitución española establezca que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”, puesto que otra muestra de la religiosidad del Estado es la de decenas de hospitales públicos que llevan nombres provenientes del santoral católico. Nadie sabe a cuento de qué centros médicos de la red pública de salud española, donde se investiga bajo el riguroso método científico, esto es, alejado de cualquier dogma teológico supersticioso, está honrando mitos aberrantes de una creencia que proviene de una determinada confesión religiosa. Uno, que suele compatibilizar, en su rutina diaria, medicina tradicional (complementos vitamínicos o herbales, es decir, medicina bien entendida con mínimos estudios clínicos) y la convencional (aunque en menor medida) no por ello deja de demandar (lo uno no quita lo otro) que en la sanidad pública se haga inexcusable suprimir mitos que están asociados a la superchería e imaginería religiosa.

La cuestión es ¿por qué los médicos, o sus plataformas directivas, no han propuesto el cambio en la denominación de esos centros hospitalarios? ¿Tal vez se trata por esa vieja adscripción ideológica opusdeista y ultracatólica que profesa una parte de la clase médica española? ¿Cuántos centros hospitalarios públicos llevan el nombre de un científico especialista en medicina o cualquier otra materia científica? Juraría que el Ramón y Cajal madrileño, algún franquista como Gregorio Marañón, que defendió el golpe de Estado de 1936 y pare usted de contar…Bajo el disfraz de Complejos Hospitalarios Universitarios hay decenas de hospitales y clínicas con nombres de santos y vírgenes que han sido tomados de una religión (la católica) que no debería tener presencia alguna en el ámbito público y ya no digamos en el espacio científico-sanitario o, mismamente, en el educativo (la escuela concertada).

Para colmo del despropósito incluso, sin tener relación con el catolicismo pero vinculado a él, un hospital del Estado sigue llevando el nombre de un genocida franquista: el General Yagüe, en Burgos, que no fue precisamente médico sino promotor del terror fascista en la guerra civil española (en Badajoz, concretamente), con miles de muertos en su haber; y, hasta no hace mucho, el Hospital de A Coruña se llamaba Juan Canalejo (a nombre de otro probado criminal falangista). ¿Alguien se imagina en Alemania un hospital con el nombre de alguno de los criminales de guerra más odiosos del III Reich, como Heinrich Himmler o Adolf Eichmann? Sólo puede explicarse esta ominosa permanencia, cuarenta años después y en plena «democracia», si los mandarines municipales o estatales de turno profesan la misma fe fascista que el asesino en serie de Badajoz.

Finalizando con el sarao católico-sanitario. Para mayor desvergüenza, hospitales de relativamente reciente creación (como el de La Rioja, 2007) tuvieron la genial idea de bautizarlo (o rebautizarlo) como San Pedro. Ni siquiera la sanidad privada es tan pródiga en hacer uso del revival de nomenclatura fundamentalista religiosa del que hace gala la sanidad pública. ¿Para cuándo una «transición» democrática en los nombres de los hospitales públicos españoles?

El listado de hospitales, residencias y clínicas públicas de la vergüenza…

Andalucía:
La Inmaculada (Almería)
Santa Ana (Granada)
Virgen de las Nieves (Granada)
San Agustín (Jaén)
San Juan de la Cruz (Jaén)
Virgen de la Victoria (Málaga)
Virgen del Rocío (Sevilla)
Virgen de la Macarena (Sevilla)
Virgen de Valme (Sevilla)
San Juan de Dios (Sevilla)

Región de Murcia:
Virgen del Castillo
Virgen de la Arrixaca
Santa María de Rosell
Santa Lucía

Madrid:
San Carlos
Niño Jesús
Santa Cristina
Virgen de la Poveda
Virgen de la Torre

Castilla La Mancha:
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro (Albacete)
Santa Bárbara (Puertollano, Ciudad Real)
Virgen de Altagracia (Manzanares, Ciudad Real)
Virgen de la Luz (Cuenca)
Virgen de la Salud (Toledo)
Virgen del Valle (Toledo)
Nuestra Señora del Prado (Talavera de la Reina, Toledo)

Extremadura:
Perpetuo Socorro (Badajoz)
San Pedro de Alcántara (Cáceres)
Virgen de la Montaña (Cáceres)
Virgen del Puerto (Plasencia, Cáceres)

Castilla y León:
Nuestra Señora de Sónsoles (Ávila)
Santiago Apóstol (Miranda de Ebro, Burgos)
San Telmo (Palencia)
Virgen de la Vega (Salamanca)
Virgen del Castañar (Salamanca)
Santa Bárbara (Soria)
Virgen del Mirón (Soria)
Virgen de la Concha (Zamora)
Santa Isabel (León)

Asturias:
San Agustín (Avilés)

Galicia:
Santo Cristo de Piñor (Orense)
Santa María Nai (Orense)
Nuestra Señora de Cristal (Orense)

País Vasco:
Santa Marina (Bilbao)
San Juan De Dios (Santurce)

Navarra:
Virgen del Camino (Pamplona)

La Rioja:
San Pedro (Logroño)

Aragón:
San Jorge (Huesca)
Nuestra Señora del Carmen (Zaragoza)
Obispo Polanco (Teruel)
Nuestra Señora del Pilar (Zaragoza)
San Juan de Dios (Zaragoza)
San Juan de Dios (Teruel)
Nuestra Señora de Gracia (Zaragoza)
Santo Cristo de los Milagros (Huesca)
Sagrado Corazón de Jesús (Huesca)
San José (Teruel)

Cataluña:
Sant Pau (Barcelona)
Sant Joan de Deu (Esplugues de Llobregat)
Sant Joan de Deu (Manresa)
Santa Caterina (Girona)
Santa María (Lleida)
Joan XXIII (Tarragona)

Canarias
Nuestra Señora de la Candelaria (Tenerife)

* Urania en Berlín

¿Razón o fe?

El autor nos dejó en Mayo de 2015, colaboró con nosotras en los primeros años de LQSomos, ahora de nuevo republicamos algunas notas suyas (agosto 2006), que siguen estando vigentes en pensamiento y obra.
Sit tibi terra levis

losotros354Antonio Pulido Centeno. LQSomos. Agosto 2015

Últimamente se está reclamando, por parte del sector de la población que se autoproclama cristiana, católica, apostólica y romana, la inclusión de la enseñanza religiosa en las escuelas situándola, por lo menos, al mismo nivel que las matemáticas, la física o la lengua y evaluable en la misma medida. Hasta hace poco, esta enseñanza simplemente se imponía. Vamos progresando.

Lamentablemente, a ningún sector se le ha ocurrido reivindicar para sus vástagos el fomento del aprendizaje a: tener criterio propio y sentido común, la enseñanza de la ética, la libertad, el sentido de la justicia y de la responsabilidad, de la solidaridad, de la educación cívica, de la cultura, del altruismo, de la generosidad, de la tolerancia, de la hombría de bien, de la filantropía, en resumen. Materias que, en teoría, estarían comprendidas en la religión, pero que, a la vista de los resultados que estamos viviendo, dista mucho de ser una realidad. Materias que, llevadas a la práctica sin necesidad de la esperanza de un premio ni el temor a un castigo, bastarían por sí solas para alcanzar el nirvana y/o el ingreso automático en el hipotético paraíso de un más que problemático más allá. Pero materias que requieren un notable esfuerzo personal a la hora de ser aplicadas. Y no parece que se esté mucho por la labor.

Sorprende que una materia que entra de lleno en el ámbito de la opción personal, no se imparta en donde debiera, es decir, en el hogar de los padres interesados en ella o en catequesis parroquiales. Comprendo que la enseñanza por parte de los padres y/o del clero no podría limitarse a una simple exposición teórica con evaluación final: requeriría, para confirmar la certeza y validez de lo que se enseña, el esfuerzo de predicar con el ejemplo, lo que, evidentemente, es otro cantar. Infinitamente más sencillo resulta mezclarla con el resto de materias escolares y darle el mismo tratamiento, traspasando de ese modo la responsabilidad al profesorado, del mismo modo que pesa sobre éste la obligación de que la juventud aprenda matemáticas sin necesidad de que los padres sean una autoridad en la materia. Es así como se justifican y tranquilizan muchas conciencias.

Más sorprendente aún es la pretensión de convertir en obligatoria para todos, creyentes y no creyentes, esa enseñanza, amparándose en una supuesta mayoría de católicos -simplemente apuntados en el club sí que lo son- y despreciando al resto de creencias y a los que, en otros muchos casos, carecemos de ella, hasta el extremo de negar a éstos la posibilidad de que sus hijos aprovechen el tiempo, que ellos dedican a la religión, a reforzar los conocimientos de las disciplinas con que tendrán que desenvolverse en su futura vida profesional. Porque «se sienten discriminados», proclaman. Por lo visto, ellos son los únicos acreedores de derechos, mientras que los demás somos los que pisoteamos sus creencias, los que somos intolerantes y los que preconizamos la implantación del laicismo en la sociedad.

Pues bien: Aunque sea de manera superficial y sin el empleo de argumentos teológicos ya que no tengo ni nociones de teología; mi punto de vista es simplemente el de un ignorante aunque pensante ciudadano de a pie, vamos a analizar la doctrina que, ante el creciente rechazo que están experimentando, pretenden imponer a la totalidad de la población; es decir, veamos en qué hay que creer por decreto, que no por convicción:

Sin recurrir a la fe, la creencia razonada en la existencia del dios tradicional resulta altamente problemática y de difícil digestión, al menos para el común de los mortales -los que en definitiva sostienen las religiones- que no es muy probable que posean grandes conocimientos filosófico-teologales. Sobre todo, si analizamos esta creencia bajo la perspectiva subjetivista de los dogmas de las religiones al uso.

Dios, si es que existe, sería algo indefinido e indefinible, inalcanzable e incomprensible para la mente humana. Si tiene algún propósito, escapa por completo a nuestro entendimiento, pero, desde luego, que no es el de premiar ni castigar a nadie. Su propósito sería global sin bajar al detalle ni al extremo de controlar hasta el más leve movimiento. Debe carecer de la noción de pecado porque es la perfección suma y, si nos ha creado, no puede haber realizado una obra imperfecta y menos aún pedirle responsabilidades posteriores por su imperfección, por lo que sería un sano ejercicio de humildad buscar al responsable de nuestra existencia en instancias inferiores a ese pretendido origen divino de la especie. Ese Dios, además, no debe necesitar absolutamente para nada de nuestra adoración servil y humillante. Mucho menos a través de intermediarios ni desde la arquitectura de enormes templos. Me niego a aceptar que exija dolor y sacrificio como medio de alcanzar su gracia, aunque se me argumente que de otro modo, sin la esperanza en un más allá alcanzable a través del dolor y el sacrificio, la vida no tendría sentido: falacia con la que se intenta evitar la «rebelión de las masas» y facilitar y justificar el bienestar de los que viven como dios. Si Dios existe, es Dios; por qué y para qué, escapa a nuestra precaria facultad de razonamiento y comprensión; está ahí y punto. La satisfacción de nuestro ego y nuestras ansias trascendentales o de pervivencia -dado que algo tan «especial» y «maravilloso» como es la especie humana no puede acabar aquí, sino que debe de alcanzar la eternidad-, tienen necesariamente que circunscribirse al ámbito de la simple esperanza especulativa. No es éste precisamente el dios que preconizan las iglesias cristianas ni de cualquier otro signo.

Mas, aunque no creo, ni tan siquiera como en un burdo referente que nos aproximara a su ser, en el dios inventado, antropomorfo y retorcido, sátrapa, misógino y ávido de venganza, impulsor del «ojo por ojo, diente por diente», exigente de dolor y sacrificios, que nos hace jugarnos a una carta la «salvación» o la «condena» y que es el que nos presenta tanto la religión judeocristiana, como cualquiera de las ¿monoteístas? actuales o pasadas, admitamos por un momento la existencia de ese dios y aceptemos que ha creado esa maravilla inconmensurable, desconocida e incomprensible a la que llamamos Universo; algo de lo que únicamente podemos apreciar, de manera muy vaga e incompleta, su espléndida belleza y magnificencia, pero cuya composición, extensión y leyes últimas escapa, en su inmensa mayoría, a la burda capacidad de comprensión de la mente humana; que ni tan siquiera podremos saber si este Universo forma parte a su vez de un mega o supracosmos cuya extensión y características no llegaríamos ni a imaginar, del mismo modo que un simio no puede ni tan siquiera sospechar que vive en un planeta que gira y se mueve flotando en el espacio; del mismo modo que una bacteria nos causa enfermedades sin tener ni el más remoto conocimiento de nuestra existencia como humanos. Cuánto más inaccesible, por lo tanto, nos resultaría comprender la naturaleza de quien hubiera podido crear ese todo del que tan sólo somos una parte infinitesimal sin ninguna relevancia y, desde luego, muy lejos del título aquel de «rey de la Creación» que nos habíamos adjudicado, henchidos de orgullo por haber alcanzado la consciencia de nosotros mismos y haber podido deducir algunas leyes y principios, que creemos constantes e inmutables, del Universo.

Porque, analizando de forma somera y sin enfrascarnos en escabrosos vericuetos filosóficos y teológicos, este Universo que, como humanos, somos incapaces de imaginar sin la existencia de alguien que lo haya creado ¿con qué fin hubiera podido dios crearlo? ¿Para manifestar su poder? ¿A quién? Si en el principio era el Verbo, según nos cuentan, no había nada ni nadie que pudiera percatarse del evento. ¿Por autoestima o vanidad? no concuerda con los atributos de inteligencia y sabiduría infinitas de que ha sido revestido. ¿Por soledad o aburrimiento? representaría, como las anteriores cuestiones, manifestaciones imperfectas de un ser que debería ser la perfección por antonomasia y del que nos dicen que es espíritu puro, infinitamente sabio, justo, poderoso, principio y fin de todas las cosas (que premia a los buenos y castiga a los malos, quedará analizado más adelante), tal y como se describe en el catecismo que se embutía ferozmente en nuestras candorosas mentes de pequeños futuribles. Un ser eterno, intemporal, omnisciente, omnipresente y omnímodo no precisa en modo alguno de manifestaciones vanidosas que, en definitiva, ni condicionarían ni alterarían su poder, su gloria o su esencia porque debería ser inalterable por definición. Si tuvo necesidad de crear, deja de ser perfecto, pues tenía una carencia. Y si no es perfecto, deja de ser el dios que se han empeñado en presentarnos siempre.

Se me objetará, con toda probabilidad y sin margen para error alguno, que estoy incurriendo en un acto de soberbia y que no estoy capacitado para entender las razones de los actos de dios. Efectivamente: mi entendimiento es tan ridículamente precario que no alcanza ni a entender lo que tengo delante de mis narices. Pero resulta que este entendimiento, por ser humano, es exactamente igual, en esencia, en amplitud, alcance y limitaciones, al del objetante que se atreve a explicarme, por mucha teología y filosofía que haya estudiado, la naturaleza y atributos de ese dios, como si tuviera una relación excepcional y directa con él y fuera el depositario exclusivo de sus razones, o el guardián de su única verdad revelada, lo que, evidentemente, no es; motivo por lo que me considero con, exactamente, el mismo derecho a cuestionar aquello que él afirma tan rotundamente. Y no me sirve el socorrido argumento de la revelación, porque ¿cómo ha podido dios hacer tantas y tan diversas revelaciones a cada fracción de la Humanidad que en cada momento se ha erigido y continúa erigiéndose en poseedora de la revelación auténtica y de la verdad absoluta; que ha adorado a tantos y distintos dioses a lo largo de la historia humana? Un dios real, del que dudo mucho que hubiera sentido la necesidad de hacerlo, habría realizado una revelación universal y única, sin lugar a paliativos ni a interpretaciones partidistas, del mismo modo que ha podido establecer, si lo ha hecho, las leyes inmutables, universales e igualatorias que rigen el Universo; del mismo modo que se infundió la necesidad perentoria, irrefrenable e inapelable del sexo y el instinto de supervivencia en todos los seres humanos, sin distinción de razas ni creencias y sin lugar a interpretaciones personales. El no ser así, me hace creer que en cada época se han inventado a dios de una forma interesada y partidista con el evidente propósito de sometimiento de las mentes y manipulación de las masas que, carentes de criterio propio, motivado por su ignorancia congénita -y fomentada posteriormente- y por el miedo hacia lo que no comprende, necesita creer en algo externo y superior a sí mismo que le explique lo inexplicable y que le guíe en este maremagno de deseos e inclinaciones contradictorias entre sus sentimientos y la enseñanza recibida, -entre la razón y la fe-, motivo por lo que se muestra ansiosa por aceptar cualquier idea que los libere de la responsabilidad de la crítica y del razonamiento propio. El hombre-animal todavía precisa del macho dominante, al que gustosamente se somete, llámesele dios, líder, chulo del barrio, ídolo, tótem o tirano, pero en muy raras ocasiones «libertad» ¿Cómo, si no, explicar la multitud de acólitos que se adhiere a la cohorte de dioses, religiones, iglesias, profetas, iluminados, gurús, videntes y sectas que han sido y son, cada una de ellas con sus respectivas y distintas versiones y ramificaciones, cada una de ellas reivindicando para sí la posesión de la verdad y autoproclamándose como la única religión verdadera, cada una de ellas viviendo opulentamente de la multitud de sus seguidores? ¿Cómo ha podido el dios creador de todo lo visible manifestarse únicamente a un sector de la población por él creada, -el «pueblo elegido»- despreciando al resto, e incitando además a sus adeptos a que combatan a sus hermanos, en definitiva, a sus propios hijos, para conseguir la adhesión a su causa o su destrucción en caso contrario? ¿Cómo un dios de amor pudo y puede permitir que, en su nombre, se cometa la cantidad de tropelías que nos narra la historia y de las que aún podemos ser testigos a diario?

Aunque siempre me ha admirado sobremanera la sensibilidad tan a flor de piel que muestran ante las críticas adversas que necesariamente han de recibir -en aras de la libertad de sentimientos y opinión- los que se consideran religiosos; aunque siempre me ha parecido que quienes así actúan tienen muy poca fe en su fe, pues si se está plenamente convencido de algo debería tenernos sin cuidado la opinión de los demás, no quiera verse en estos argumentos intolerancia, falta de respeto o un intento de ridiculizar ni coartar las creencias de cada individuo, muy libres, por otra parte, de comulgar con las ideas que quieran y pensar como les venga en gana. Libertad que, ciertamente, no nos conceden a los que pensamos de distinta manera. Mis objeciones están dirigidas contra la nefasta práctica de querer imponer esas o cualesquiera otras ideas al resto de la población, amparándose quizá en el aforismo, más bien sofisma, del vox populi, vox dei (o también: «millones de moscas no pueden estar equivocadas, ergo…»); es decir: si muchos comparten mis ideas, seguro que voy por el camino correcto; peregrino intento de reafirmar la creencia en algo que le fue dictado y reiterado, más por tradición, inercia o costumbre que por convencimiento, desde la infancia; de lo que no está plenamente convencido, porque no encontró muchos ejemplos a imitar y porque no se le mostró razonadamente sino como algo en lo que había de creer so pena de perder la «gracia» de dios: y en lo que quiere y precisa creer a toda costa, pero que teme analizar por sí mismo hasta sus últimas consecuencias, por miedo o por comodidad. No otra cosa es la fe. Lo repudiable de ese afán proselitista suele ser su intransigente y fanático integrismo fundamentalista, con todas las connotaciones negativas inherentes a estos términos.

Dios creó al hombre, nos dicen, a su imagen y semejanza. Descarto la semejanza en lo físico, porque no entiendo un espíritu puro con forma de primate. Pero creó a cuál de ellos: ¿al australopitecus? ¿al homo habilis o al erectus? ¿tal vez al antecessor o al georgicus? ¿Puede que fuera al cromagnon, al neandertal o al actual sapiens? ¿de raza blanca, negra, amarilla…? ¿O los fue creando y a medida que comprobaba que le salían unas chapuzas -como aquellos ángeles que se le rebelaron, dando origen al «demonio» y el «infierno»- los destruía y reemplazaba? Porque no todas las razas fueron compatibles genéticamente, la mayoría era imposible de cruzar entre sí del mismo modo que actualmente no podemos cruzar a un sapiens con un chimpancé. ¿Y qué hacemos, además, con las especies que filogenéticamente nos precedieron y de las que, al parecer, hemos evolucionado? ¿»A su imagen y semejanza» incluye el intelecto? Porque si la imagen resultante es esta abominable y hedionda humanidad, poco podemos esperar del original del que seríamos el vivo retrato.

Por otra parte, si fuera cierto que dios creó a la pareja humana, Adán y Eva, de la que nos dicen que provenimos el resto de la Humanidad, estamos asistiendo a la narración del más gigantesco episodio incestuoso que jamás se haya dado. Y si incluso las más primitivas tribus del Amazonas repudian la endogamia para evitar la degeneración de su pueblo, ¿no pudo dios, con su sabiduría, haber previsto este detalle? ¿No se podían haber inventado un modo más razonable de mostrarnos nuestros orígenes? ¿Tendrán que transcurrir los mismos siglos que antaño, cuando por fin aceptaron y reconocieron que la tierra es redonda, tras haber asesinado a infinidad de paisanos por no pensar, como ellos, que era plana y centro del Universo?

No se me argumente que, al igual que el episodio de la manzana, la historia está contada metafóricamente para hacerla asequible a la mentalidad y conocimientos del tiempo en que fue escrita y que lo fundamental es «el mensaje». Porque actualmente todos estamos de acuerdo en la esfericidad de la Tierra, en que un cuerpo más pesado que el aire puede volar y en que el cine ya es sonoro y con colorines, pero la religión sigue estancada en las antiguas creencias, (hasta el extremo de que muchas comunidades religiosas rechazan de plano la evolución y se da como artículo de fe único el creacionismo). Al menos, la religión que se enseña al pueblo llano. Lo que creen en su fuero interno los estamentos jerárquicos superiores, es materia reservada y personal que sería curioso conocer y que posiblemente nos revelaría todo un mundo de sabrosísimas sorpresas.

¿Y qué decir del enorme cabreo que coge dios, todo un hacedor del Universo, por la simple desobediencia o por el intento de alcanzar el nivel de conocimientos que su creador poseía, -¿qué padre no desea que su hijo alcance y supere su saber?- de un menos que nada individuo por él creado, con el agravante de que si es infinitamente sabio debió prever que tal cosa ocurriría? ¿Cómo es posible que a raíz del hecho condenara al infractor y a toda su descendencia a las más horripilantes penas en las calderas del infierno, con sus «llantos y rechinar de dientes»? Y cuando advierte que la humanidad de entonces le ha salido rana, le suelta un «diluvio universal» que no deja títere con cabeza fuera del arca. ¿Y nos cuentan que dios nos ama? ¿Puede un ser infinitamente sabio desconocer los hechos que se habrían de avecinar, sin, pudiendo, evitar que sucedieran? ¿Puede un ser todopoderoso realizar, al crear a la raza humana, una chapuza de tal envergadura que le obligue a su destrucción? Porque si la perfección por antonomasia realiza un acto imperfecto, ya no es dios. ¿Es posible que para calmar su cabreo, su ira y ansias de venganza, tenga que enviar a un hijo, o a sí mismo si pensamos en la trinidad, para que se lo asesinen -¿hay algún hombre capaz de matar o hacer matar a un hijo para satisfacer su ego?- y así poder dar, de paso, una oportunidad a la nefasta humanidad de alcanzar la «salvación eterna»? ¿No es esto un exceso de engreimiento? ¿Puede un dios ser vanidoso?

Pero además, ¿La salvación de qué? ¿De sus pecados? ¿Y por qué fabricó al hombre con esa cantidad de defectos, pudiendo haberlo hecho impecable? Además, ¿alguien me ha pedido opinión sobre si quería nacer y arriesgarme a terminar tostándome en el infierno? ¿Alguien me ha propuesto la vida, explicándome antes los pros y los contras, dejándome entonces decidir libremente? Y si me han puesto aquí sin mi consentimiento, pero eso sí, dotado del «libre albedrío» para que me «salve» ¿Cómo se me piden responsabilidades no sólo por mis actos, sino por lo que pudo hacer con una manzana un pobre australopiteco que apenas si contaba con la facultad de razonar? ¿Y todo para ponerme a prueba y ver si soy merecedor de ocupar una plaza en el cielo? ¿Es esta la actuación inteligente de un dios, su infinita justicia? Porque, por otra parte, si dios es infinitamente sabio y conoce nuestro destino porque todo lo tiene presente ¿no es una crueldad crear a aquellos que sabe que se van a condenar, -metiéndonos de lleno en la teoría de la predestinación-, conociendo asimismo de antemano -porque es infinitamente sabio- el uso que va a hacer su creado del libre albedrío? No es posible que dios, si existe, sea ese estúpido con ínfulas de superdotado, que algunos se han inventado y que nos quieren imponer. Y si lo es, que no cuente conmigo: declino el honor de compartir con él una eternidad.

Es inconcebible su necesidad de ser permanentemente adorado en enormes templos de gran opulencia y a través de numerosos intermediarios, ahítos de vanidoso orgullo y adornados de excesiva y ridícula parafernalia travestida y carnavalesca. Mucho menos comprensible, si además se da el caso de que una ingente multitud de sus criaturas, -que ha recibido el «don inapreciable de la vida» y que cuenta con el «libre albedrío», eso sí-, carece de toda probabilidad de sobrevivir, no sólo con un mínimo de dignidad, sino simplemente de sobrevivir y ver sobrevivir a su hijos y que, presa de la desesperanza, incurre en horrendos «pecados» que les acarreará su ingreso directo en la nómina del más terrible de los infiernos.

Por supuesto, se les ofrece la posibilidad de conversión y arrepentimiento, mediante mucha fe, más el apuntarse en la Iglesia-fuera-de-la-cual-no-hay-salvación y la aceptación alegre, sumisa y paciente -tomen ejemplo del santo Job- de sus penurias y sufrimientos, con promesa incluida de una vida mejor… aunque no aquí. Y a eso le llaman esperanza. Se les ofrece las migajas de la limosna, porque se niegan a ofrecerles la justicia a la que son acreedores aquí y ahora. Y a eso le llaman caridad, amor. Mantienen al pueblo sumiso, con la mente domeñada y a la expectativa del paraíso (que le será negado, por supuesto, a los ricos), todo es cuestión de un poco de paciencia. Y a eso lo llaman «cumplimiento de la ley de dios».

Y a estos comentarios, lógicamente, los llaman… demagogia.

Y todo eso lo permite un dios único, que a la postre no es tal, pues está rodeado de dos personas más formando la indigerible trinidad, amén de una relación abultada de santos, vírgenes -con sus abundantes advocaciones-, beatos y demás especímenes, a los que se encomienda con fervor el pueblo en busca de favores directos o por recomendación. Si dios es tan poderoso ¿porqué recurrir a tanto santo y virgen, pudiendo ir al origen de todo que, en definitiva, es quien habría de conceder la petición? ¿No parece que la idea del politeísmo está más arraigada en las creencias de la humanidad que la confianza en un solo individuo?

Por lo demás, me cuesta creer que dios pueda estar pendiente de todas las cuestiones humanas, guerras, forma de hacer una tortilla -como dios manda- y partidos de fútbol incluidos, interviniendo a favor de unos y perjudicando claramente al contrario; que conceda «milagros» a depende de quién y con qué grado de «fe» se lo pida, lo que me lleva inmediatamente a pensar que algún mecanismo inconsciente de nuestra mente es quien realmente realiza el tal prodigioso «milagro» y no mediación divina alguna. Enuméreseme, si no, los casos de idiotas profundos convertidos súbita y milagrosamente en Premios Nobel por la mediación de algún dios, virgen o santo.

Se ha pretendido continuamente presentar el hecho religioso como actos de factura extraordinaria, vedados al común de los mortales y que demuestren su origen divino. Lo malo es que se han pasado y cada vez lo han embrollado más y hecho menos creíbles. Recordemos a la virgen María -cuya «inmaculada concepción», por cierto, se dio como dogma a mediados del siglo XX. Antes no se había dicho ni «mu» sobre el evento-, «madre» de dios, en clara referencia a antiguas diosas paganas.

¿Qué le ocurría por aquellos pagos a una mujer sorprendida en adulterio? Pues que era automáticamente repudiada y lapidada. Algo similar a lo que les ocurría, en tiempos de la «santa» Inquisición, a las pobres «brujas» que confesaban estar preñadas tras su pecaminosa relación con un íncubo. María, al fin y al cabo, era una mujer casada con José. Y mucha fe debía de tener este señor en sus sueños con ángeles y querubines enflautados para tragarse la explicación del «milagroso» embarazo de su esposa. Mención aparte merece la consideración de averiguar dónde, un espíritu puro, lleva el semen compatible con una humana.

¿Cómo un dios puede ser tan retorcido? ¿No encontró un método más «normalito» para escribir la historia? Porque también tiene bemoles el que una señora sea virgen antes de un parto, en el parto y siga siéndolo después del parto. Se me dirá que un ser todopoderoso como es dios, puede hacer esto y mucho más. Pues por eso: ¿no pudo hacer aparecer a su hijo de un modo más digerible, más acorde con sus propias leyes? Porque lo de la lapidación estaba escrito en sus propias leyes.

Igualmente ¿cómo el hijo viene desautorizando a su padre o a él mismo, depende de cómo se mire? Véase el episodio de recomendar el «amarás a tu enemigo» en contra de lo que estaba escrito: «ojo por ojo…» en la Ley del Talión.

Que no me parece mal, en absoluto. Al fin y a la postre es más conciliadora, razonable y humanitaria esta postura que la vengativa dada en un principio por el padre. Y no sólo en esta cuestión: las enseñanzas que dicen que dejó Cristo son más ajustadas a razón, sentido común y ética que las que proponía la ley antigua, aunque continúa con la nefasta y antinatural preconización del dolor -si tan meritorio es el sufrimiento ¿porqué lo rehuimos por todos los medios?-, el sacrificio y la espera de pasarlo bien en otra vida -¿y porqué nadie quiere morir si le espera una vida mejor y eterna?- mediante la «salvación». También le sobra el macabro relato de azotes , crucifixión y resurrección contra natura, además de entender que para enseñar esto no era necesario presentarlo como «dios», «redentor», ni «salvador» como narran los evangelios que la jerarquía nos ha permitido conocer, que son, lógicamente, los que mejor se adaptaban a los intereses del imperio eclesial, eliminando todos los apócrifos y gnósticos que dan versiones distintas (y más «humanas» si se quiere) de la historia.

Insisto en que estos comentarios no son más que un simple deseo de reclamar para mí el mismo respeto hacia mis no creencias que reivindican para sí los adictos a la religión. Ellos tienen perfecto derecho a creer en lo que deseen, pero yo tengo el derecho de que no se me imponga, como han venido haciendo a través de siglos, una fe y unas normas de conducta que no comparto en absoluto y con las que estoy en total desacuerdo. Simplemente reclamo lo que ellos predican pero que aplican según su conveniencia: «No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti».

Artículos del autor

Carta a los obispos

El autor nos dejó en Mayo de 2015, colaboró con nosotras en los primeros años de LQSomos, ahora de nuevo republicamos algunas notas suyas, que siguen estando vigentes en pensamiento y obra.
Sit tibi terra levis

losotros160Antonio Pulido Centeno. LQSomos. Agosto 2015

Por el derecho a rechazar la religión impuesta.

La teocracia, más o menos encubierta, impuesta por la Iglesia a lo largo de siglos, ha situado a los señores obispos en una especie de paraíso terrenal, mucho más tangible, fructífero y cercano que esa entelequia que predican como posible premio en un hipotético más allá.

Tan es así, que cualquier movimiento que tan siquiera huela a revisión de sus parcelas de poder o, lo que es peor, a su bolsillo, los pone de los nervios.

Alarmados y revueltos, recaban firmas, -a pesar de que la Iglesia no se rige por el número de firmas, según manifestó uno de ellos (doble vara de medir)-; animan manifestaciones -aunque no las convocan- y caldean los ánimos del rebaño -de fieles- a golpe de pastoral en la que nunca manifiestan el verdadero motivo de su inquietud, sino que apelan a los derechos de no sé cuántas historias o a los tabúes de otras tantas: los padres con respecto a la educación religiosa de los hijos; los homosexuales con anhelos de matrimonio y adopción de hijos; los divorcios; el aborto, la eutanasia, las células madre y hasta la madre de las células. Pero lo que no manifiestan abiertamente es su temor a que les revisen la subvención económica del Estado.

Poca confianza tienen en sus fieles. Quizá piensen que no serían tan fieles si tuvieran que sufragar ellos solos mediante el rascado de su bolsillo el mantenimiento de lo que ahora costeamos entre todos, creyentes y no creyentes.

¡Por supuesto que los padres tienen derecho a dar a sus hijos la educación religiosa acorde con sus creencias! Que yo sepa nadie niega ese derecho. Pero también reivindico el mío a que no reciban mis hijos unas ideas que no concuerden con mis sentimientos. ¿Por qué convertir una opción absolutamente personal en materia obligatoria, puntuable a todos los efectos? Si tanto interés tienen los padres y los obispos ¿por qué no organizan catequesis en las parroquias a las que acudan todos aquellos interesados en la materia? Pues porque -pensarán los señores obispos- tal vez no hubiera tanto piadoso interés si esta medida obliga a los padres a detraer parte de su tiempo libre y posiblemente algo de sus ingresos. Evidentemente, es más cómodo meterlo todo en el mismo saco de la escuela que, además, resulta más barato. Si en la escuela hay islamistas, o protestantes, o simplemente agnósticos, pues se hace gala de espíritu tolerante y con la más exquisita caridad cristiana se los manda a otra parte, que para eso están en minoría. O mejor aún, se les obliga a abrazar el catolicismo, ya que, como siempre se ha dicho, en la Iglesia no se aprende nada malo. Pues verá usted, es cuestión de opiniones: la teoría que enseñan es magnífica: amor al prójimo, solidaridad, hacer el bien y rechazar el mal, y cosas por el estilo.

Lo que ocurre es que una teoría sin práctica es un conocimiento hueco. Pero una práctica que sea la antítesis de la teoría, es nefasta por hipócrita. Y he de confesar que esa es la enseñanza que he recibido de la Iglesia, me da igual que sea católica, protestante, islamista o de cualquiera de las confesiones que pululan por este planeta. ¿Es mejor el mundo con la religión? ¿Ya no hay guerras, ni hambre, ni explotación, ni corrupción, ni egoísmo, ni hipocresía, ni desinterés por todo aquello que exceda el ámbito de mi ombligo? Todo lo contrario. Aún no se ha visto a los señores obispos clamar contra las guerras, mucho menos si son promovidas por los de su bando: al causante de nuestra Guerra Civil y sus muchos miles de muertos y asesinados, lo llevaban bajo palio cuando asistía a algún acto religioso en el que se le daba la comunión y se le envolvía en densas nubes de incienso. Esto, por poner un ejemplo muy cercano a nosotros. Pero todos conocemos el cortejo de gente de iglesia que rodea a los numerosos déspotas del planeta que tratan de justificar su infamia buscando la aquiescencia y el apoyo -interesado- de la cúpula religiosa.

Si Cristo, tal como predican, volviera a la tierra, me temo que se tendría que dedicar a arrojar a muchos mercaderes del Templo y a tildar nuevamente de sepulcros blanqueados a muchos fariseos actuales.

Están en su pleno derecho los señores obispos de continuar con su proselitismo y de engrandecer cada vez más su imperio. Pero por favor, dejen de imponer su criterio a la totalidad; respeten a esa gran minoría que componemos los que no comulgamos con sus ideas y acepten el hecho de que a lo mejor preferimos condenarnos pero bajo nuestro criterio y nuestra responsabilidad, sin notas a pie de página y sin el dirigismo de su Iglesia.

Se niegan los señores obispos a aceptar el matrimonio entre homosexuales, cuestión que suscita en mí únicamente el respeto por una opción personal; exactamente el mismo respeto que pueda sentir hacia la decisión del clero de abrazar el celibato. En ambos casos se trata de una opción libremente asumida y la expresión de un modo de amor que, en cualquier caso, siempre es preferible a las manifestaciones de odio e incomprensión tan comunes en nuestro entorno.

Condenan los señores obispos la adopción de hijos por parejas homosexuales, preocupados por la educación de los infantes y por su posible futuro como continuadores de la saga homosexual. Curiosamente, no suscita en los señores obispos la preocupación y alarma el futuro de los menores que son objeto de los frecuentes casos de pederastia en el seno de sus parroquias.

Se oponen los señores obispos al divorcio, cuestión perfectamente comprensible si tenemos en cuenta que por una causa de nulidad, en el tribunal eclesiástico cobran actualmente quinientos sesenta y cinco euros. La pela es la pela.

Se horrorizan los señores obispos ante la investigación con células madre -que podría en un futuro salvar muchas vidas- y se rasgan las vestiduras ante la sola idea del aborto aduciendo en ambos casos la protección de vida inocente.

Sorprendentemente, no abren la boca para clamar contra los poderosos gobiernos y grupos de poder que permiten el que cada dos segundos muera de hambre una persona en el mundo, amén de los que mueren asesinados en guerras injustas, los que mueren de desesperanza e insolidaridad, los explotados por las grandes potencias y un largo etcétera de horrores mucho más denigrantes para la raza humana que la simple permisividad de un aborto o una manipulación celular.

Quizá piensen los señores obispos que si abren la boca al respecto abrirían la caja de Pandora. Puede que su rebaño -de fieles- se preguntara si las enormes riquezas de la Iglesia no deberían tener un destino más digno y solidario, más acorde con las enseñanzas de Cristo. Y no me vengan los señores obispos con la milonga de que esas riquezas son donaciones de los devotos para honrar a Dios -no creo en un Dios tan cretino como para necesitar este tipo de manifestaciones- y que en realidad estos tesoros pertenecen al conjunto de los fieles.

Y no me vengan con esas, porque su obligación, como pastores y guías del rebaño -de fieles- es la de enseñar a esos devotos a encauzar sus donativos a empresas dignas de mejor causa.

¿Y dicen los señores obispos que existen actitudes beligerantes contra los fieles católicos?

Si la preocupación de esos fieles católicos se limita únicamente a que les impartan o no clases de religión a sus hijos, mirando hacia otro lado cuando se denuncian los hechos anteriores, estamos verdaderamente perdidos: la Humanidad no merece tal nombre en ese caso. O realmente quizá sea el que le corresponde.

Es posible que a los señores obispos les suene esta carta a pura herejía y consideren a su autor merecedor de una de las monstruosidades de las que impartía la ¿Santa? Inquisición.

Por mi parte no habría objeción a que me excomulgaran, habida cuenta de que no se muestran muy proclives a aceptar la apostasía -de hecho no soportan el que ninguno de los apuntados en su club pida la baja voluntaria y públicamente- , a juzgar por la negativa del arzobispo, creo que de Valencia, a un colectivo que deseaba apostatar. De su Dios hace muchos años que apostaté sin necesidad de intermediarios, peticiones ni permisos.

Artículos del autor