“Testamento” para la recuperación de la I.L.E.

Arturo Fernández Domínguez*. LQSomos. Marzo 2016

Plan o programa general (proyecto) de futuro, verdadero «testamento», para la «restauración» (recuperación definitiva), continuidad y desarrollo de la «Institución Libre de Enseñanza» (ILE), el Instituto-Escuela y la Residencia de Estudiantes de Madrid en España, de D. Bernardo Giner de los Ríos y la “Corporación de Antiguos Alumnos (Grupo de México)”, aparece -perfectamente (con claridad y resumido)- expuesto (recogido) en la “Carta abierta a los compañeros de España” de la Asociación de “Antiguos Alumnos del Instituto-Escuela”, con motivo de la celebración del Cincuentenario de la creación del Instituto-Escuela (1918)”

Dicho importante “Plan o Programa general (proyecto) de futuro” está aún pendiente de realización -desgraciadamente- a fecha de hoy a pesar del largo tiempo transcurrido, pero será realizado en un futuro inmediato.

Publicada en hoja impresa para su distribución, y que fue también reproducida en el Boletín (BILE) de la “Corporación de Antiguos Alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, el Instituto-Escuela y la Residencia de Estudiantes de Madrid. Grupo de México”, Nº 109, de octubre de 1968. Reproducción -completa- del texto:

Carta abierta a los compañeros de España” de la Asociación de “Antiguos Alumnos del Instituto-Escuela”, con motivo de la celebración del Cincuentenario de la creación del Instituto-Escuela (1918)

«Nos invitáis a que celebremos de algún modo los cincuenta años de la creación del Instituto-Escuela: escuela ejemplar, coeducación, espíritu de tolerancia. La religión como materia optativa, no discriminatoria. Enseñar enseñándose, mostrándose por los cuatro costados. Noble afán de comunicación, de ayudar a cada cual a que rompiese el cerco de su pubertad y aflorase a la madurez con un espíritu sano, liberal, seguro de sí.

Nacía el Instituto-Escuela a impulso de la misma corriente que llevara a Don Francisco Giner a crear la Institución Libre de Enseñanza. Es claro que un ensayo por hacer al español amoroso, amoroso de Unamuno y de Santa Teresa, amoroso de la libertad, amoroso de sus semejantes, necesariamente había de suponer un riesgo y una rebeldía en la época en que el Instituto-Escuela inició su singular intento. Mucho más lo supondría hoy.

De ahí que los primeros años de su vida fueran precarios. De los pasillos y salas del prestado edificio de Miguel Ángel 8 -invernadero marmóreo que dio provisional albergue a los apóstoles de la nueva pedagogía- los alumnos que así nos atreveríamos a seguir el plan de estudios, todavía no reconocido o reconocido a medias por las autoridades oficiales, pasamos a enfrentarnos con la dureza del clima que prevalecía allá por los altos del Hipódromo; afilado acero de Madrid el de aquellos inviernos, que ahora recordamos desde el trópico, en aquel Instituto-Escuela plantado osadamente en las últimas casas de ladrillo rojo de la Residencia de Estudiantes, en la proa de aquel intento de renovación de la escuela española.

Tomó el colegio un aire agreste que no le venía mal. Y se nos pegó a los alumnos un color saludable y un desembarazo peculiar que no tardaría en llamar la atención de la sociedad que nos rodeaba.

Nos sentíamos distintos. Para liberarnos de una tradición que de ninguna manera nos parecía respetable, pensamos que la cultura suponía el único agarradero que le quedara al español. Acaso, también, el deporte. El deporte cultivado como práctica de compañerismo, como ejercicio educativo, no con la intención con que se ha utilizado después, como adormecedor y embrutecedor de las multitudes.

Culto a la verdad, a la verdad científica, inalcanzable, y a la verdad íntima, sospechada, a que los niños dijéramos la verdad, nuestra verdad. Honestidad. Sencillez. Cultivo apasionado de un cierto humanismo a la española. Y al mismo tiempo un anhelo por incorporar España al mundo, por hacer afable al español. Excursiones para conocer el paisaje, a pie y jadeantes, y excursiones estáticas para sumirnos en el alma española, en el otro paisaje: el Greco, Velázquez, Goya… o en aquellos cuadros de Patinir, del Bosco, tan delimitados, tan brillantes en el piso bajo del Museo del Prado. Excursiones también a las minas españolas, a las fábricas. El Instituto-Escuela tenía el propósito de mostrárnoslo todo, de servir como sutil intermediario entre el español y su patria.

¿A qué seguir? Sabéis tan bien como nosotros cómo era el Instituto-Escuela. Y conocéis asimismo las circunstancias en que los antiguos alumnos, los antiguos hermanos, fuimos dispersados. No se rendía culto especial a la política en nuestro Instituto, pero sí y de la manera más ferviente, a cierta manera de ser, a cierta elevación del espíritu, alta política en todo caso, incompatible con la barbarie y la ramplonería. Nos estaba vedado a los alumnos del Instituto-Escuela sumarnos a la brutalidad, mucho más sentirnos cruzados de una causa que no es tal, sino efecto o defecto de una España en declive.

En esta España sin Instituto hubisteis de quedar vosotros, mientras un grupo, el nuestro, se lanzaba del brazo de sus maestros Barnés y Navarro a la más sorprendente y nunca vista excursión que acometieran nunca los alumnos del Instituto-Escuela. Y, esta excursión, que consistía nada menos que en ausentarse de la patria por tiempo indefinido, entraba de lleno en el espíritu de la casa.

¡Qué lejos nuestros hermanos, vosotros, nuestro colegio cerrado!… ¡Que distantes aquellas mañanas neblinosas del invierno de Madrid en que subíamos a la carrera la cuesta del Pinar y hollábamos la escarcha de aquel medio paisaje de morados lirios, o amoratados por el frío, para sentirnos seguros y abrigados llegar a la clase! Un idioma claro, familiar, para entendernos. ¿Seguís hablando vosotros aquel idioma? Si es así comprenderéis muy bien lo que vamos a deciros. Y es que sentimos una honda preocupación por el porvenir de España y por la vida que en esa España, que habrá de ser rehecha -vuelta a la vida, como a la vida habrá de volver nuestro Instituto-Escuela- nos esté reservada a los españoles. No somos partidarios de festejar ahora, antes de que finalicen los años dramáticos que truncaron tantas vidas españolas -las de muchos alumnos y maestros de nuestro Instituto- el cincuentenario de aquella iluminada creación. Mejor os invitaríamos a reflexionar. No estaría de más que meditásemos todos en las causas que motivaron la invención del Instituto, en aquellas otras que determinaron su corta vida, a todas luces sabida, y en las que a la fecha prolongan su desaparición. Por qué no hay, no puede haber, un sucedáneo del Instituto-Escuela. Como no puede haber una España sucedánea de otra más entera. Quede esto bien claro. Entre otras razones, porque sólo en un clima de tolerancia y de libertad podría volver a existir el Instituto. Entendámonos, tal como ha de ser. Y, lo mismo España. Con todas las de la ley. Lo demás será apócrifo.

Por eso, si queremos que el Instituto-Escuela vuelva a la vida, y valdría la pena hacer el intento en cuanto fuera posible, lo que nos corresponde hacer no es soslayar u olvidar los hechos tan significativos que conmovieron a España y provocaron la clausura de aquel centro de enseñanza, sino a atrevernos a dar a cada uno de estos hechos su nombre, usando el lenguaje de la verdad, único que se nos enseñó.

Mucho hemos caminado nosotros y mucho nos habéis esperado vosotros a pie firme. A veces os sentimos un poco rancios. Rancios de tanto tiempo como lleváis ahí. O quizás seamos nosotros los que nos hayamos quedado rancios de tanto andar por el mundo, el pensamiento quieto, detenido en aquel instante, en aquella situación en que nos separamos de vosotros, en que nos separaron de vuestro lado.

En tan larga separación hemos pasado del dolor de perder aquellos dos maestros que os decimos. Otro nombre viene a nuestra memoria, el de Moles, asociado al Instituto-Escuela del Retiro, maestro que murió también en este exilio, a tantas leguas del árido paisaje de Vallecas, aquel que se veía desde la paradójica Rosaleda.

No murieron ellos aquí, en este destierro, sólo porque en algún lugar habían de morir y en algún tiempo, sino para darnos con su muerte la ejemplaridad de su conducta. Conducta y ejemplo que estamos seguros no os han faltado a vosotros, brindados con tanta generosidad como valentía por cuantos profesores y alumnos padecieron persecución y temor en España.

Ved ahora cómo al pensar que haríamos para conmemorar los cincuenta años de la creación del Instituto, de los cuales más de la mitad fueron de muerte, no se nos ocurra nada mejor que guardar silencio.

Quisiéramos, eso sí, que este silencio nuestro, mantenido durante tantos años, y que tiene -a qué negarlo- el sentido de una protesta, fuera un silencio fecundo. Algún día, unidos de la mano, subiremos con vosotros, paso a paso, por aquella calle de los pinos, o bordeando el viejo Museo de Ciencias Naturales, hasta remontar la colina de los lirios, de la que tan injustamente fuimos desalojados, y volveremos, en un ambiente de libertad y de amor, a abrir de nuevo, en aquella atalaya, el Instituto-Escuela. ¡Eso sí que sería digno de celebrarse! Un Instituto-Escuela con el mismo espíritu que tuvo siempre, con la misma tolerancia, con el mismo nombre. Pero también con un ímpetu de cosa nueva. Con la juventud de España, también nueva e impetuosa, a nuestro lado.»

Una “institución libre de enseñanza” (ILE) del exilio para el siglo XXI

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* Hijo del Exilio republicano y socialista español e “institucionista”. Doctor en Derecho y ex-Profesor Titular interino de Historia del Derecho Español de la Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga, y Secretario Judicial

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