Testimonio: Calle 13 (mayo de 2009)

Francisco Cabanillas. LQS. Junio 2019

La radicalidad política de Calle 13 tiene entonces menos que ver con su ocasional temática nacional que con replantearse la función del intelectual en la coyuntura actual. En un momento en el cual sobra la basura política y simbólica, Calle 13 insiste en que la porquería no se debe enterrar, ni esconder, ni suprimir. Más bien, se debe echar hacia fuera como “gargajo” para mostrar de qué forma el poder opera no solo en la parafernalia estatal sino también, y de forma más efectiva, “a través de todo nuestro ser”, según escribiera la crítica Suzanne Roussi en otro contexto. De ahí que el reto político más urgente no es el colonialismo ni el capitalismo entendidos como estructuras externas a nosotros mismos, sino en algo infinitamente más simple y más complejo: cómo transformar con humor la porquería de la cual estamos hechos, y la basura que nos cae encima todos los días por nuestra complicidad con esas mismas estructuras.
Francés Negrón-Muntaner, “Poesía de porquería: la lírica post-reguetónica de Calle 13”

Incluso, creo que es en el rap y en el reggaeton donde parecen seguir escuchándose, entre algunas voces, los efectos de esta lengua espesa y retozona. Allí hay intérpretes que todavía molestan con sus palabras y gestos; sus salidas al ruedo público tienen el trasunto de ese desespero majadero de los cuerpos que apenas pueden contenerse y que la salsa, en otros tiempos, expuso en su tarima.
Juan Carlos Quintero Herencia, La máquina de la salsa (2005)

Lejos está de mi intención negar el valor del libro como medio de expresión literaria.Simplemente creo que convendría empezar a cuestionar su monopolio. Eduardo Galeano

Prefacio. En una universidad del estado de Ohio, entre puertorriqueños, cubanos, argentinos, peruanos, italianos, alemanes y gringos, el etnomusicólogo costarricense, Manuel Monestel, conversaba sobre el calypso afrocostarricense, cuya sociabilidad ha delineado en Ritmo canción e identidad: una historia sociocultural del calypso limonense (2003).

En el transcurso de la charla, sobresalieron tres puntos. Primero, la fea historia del racismo costarricense ante la presencia de la cultura afroangloparlante de la costa caribeña; después, la ausencia de steel drums y la presencia del banjo en la versión del calypso local; finalmente, el proceso de fusión musical que, poco a poco, se viene dando entre la cultura de la costa caribeña del calypso y la de San José, fusión que, según Monestel, enriquece a la cultura costarricense.

En medio de la discusión, después de que Monestel, también músico, interpretara su propia versión de algunos de esos calypsos, publicados en el CD One Pant Man (2004), el tema del reggaeton irrumpió de una manera inesperada. Sin pelos en la lengua, el etnomusicólogo centroamericano planteó que aquél era una corrupción del reggae; propuesta ante la cual se miraron de reojo puertorriqueños y cubanos. De la parte cubana surgió esta contrapropuesta: ¿corrompe el reggaeton del boricua Tego Calderón el legado de Bob Marley?

Al cabo de la charla, Monestel prometió revisitar el reggaeton para ver si era necesario repensar lo que había dicho. Todavía la edición de Duke University Press, con la fotografía de Plantain Pride (2006) en la portada, Reggaeton (2009), no se había publicado (1).
Entre los nombres de reggaetoneros que los contertulios le sugirieron a Monestel, brillaba el del grupo Calle 13, una banda de puertorriqueños —¿de reggaeton o íntimamente ligada al reggaeton?— liderada por dos hermanos, Residente y Visitante, quienes, en poco tiempo —empezaron en 2005— habían capturado la atención del público hispanoparlante, como lo comprobaba tanto la colaboración con Gustavo Santaolalla en “Tango del pecado” (2007), como exitosa gira suramericana de 2008 (Colombia, Perú, Bolivia, Chile, Uruguay, Argentina).
De una manera importante, Calle 13, cuyo primer concierto internacional se llevó a cabo en Panamá (2006), llegaba al resto de las Américas y de España con el lenguaje más callejeramente poético —y por eso mismo político— que había logrado la tradición de la literatura soez en Puerto Rico, legitimada en la segunda mitad del siglo XX por la novela de Luis Rafael Sánchez, La guaracha del Macho Camacho (1976).
Entre los caribeños, el comentario de Monestel devino pesquisa autocrítica. Inmediatamente, se cuestionó la “arrogancia” de Residente —el más intelectual de todos los reggaetoneros, según la revista Time (2006)— frente al reggaeton que se viene haciendo en Puerto Rico, cuya historia la cuenta el documental de la productora Xenon Pictures, Straight Outta Puerto Rico. Reggaeton’s Rough Road to Glory (2007) (2).
La pregunta no se hizo esperar: ¿qué tipo de frontera trazaba Residente (el cantante, el poeta, el intelectual) entre Calle 13 y el grueso del reggaeton boricua, cuando, a la vez que participaba en el Día Nacional del Reggaeton, el 15 de septiembre de 2007, remarcaba por otro lado, firme, la identidad no reggaetonera de Calle 13? ¡Esto no es reggaeton! ¿Se trataba de otra, como la de Monestel, negación del género corruptor?
De esa pesquisa autocrítica surgió la propuesta que este testimonio bosqueja. Cuando, en su defensa a quemarropa de la música urbana, Calle 13 “ataca” lo que Residente ha llamado el “reggaeton pop” —¿la misma alimaña a la que se refería Monestel?—, lo hace, salvando todas las distancias, desde una complicidad critica con la ciudad letrada, espacio que, desde Ángel Rama, vincula la escritura latinoamericana con el poder. Giro de tuerca: la música urbana es lo que le permite a Calle 13 trascender el reggaeton que, ciegamente pop, excluye del cuerpo reggaetonero el mundo de las ideas críticas que se cocinan —y sí, en el lenguaje de Calle 13 la comida es un tropo protagónico— en el espacio de la ciudad (3).
Desde la calle, pero también trascendiéndola —lo prueba, en la gira suramericana, el descubrimiento gozoso de la serranía andina—, Calle 13 reclama, desde una estética de la lengua sucia, el espacio de la escritura y del libro.

El intelectual soez. Para mejor abordar esa propuesta, el sábado 2 de mayo de 2009 asistí al concierto en el Coliseo José Miguel Agrelot, en Hato Rey, Puerto Rico, donde Calle 13 presentaba su segundo show en ese local (el primero fue en 2006) bajo unas condiciones sociales parecidas: la creciente tensión entre el gobierno de la isla y los empleados gubernamentales, en ambos casos amenazados con perder el empleo, esta vez, unas 30,000 almas. Fue un concierto que agarraba a Calle 13 al término de su gira suramericana de 2008, listo para volver a México después del concierto, en medio de un fresco proceso de latinoamericanización descrito por Calle 13 como un diálogo con el español y con la música de las Américas.

En contraste con la imagen performativa de Residente —un personaje extrovertido, impúdico, indómito, soez y misógino—, Calle 13 explicaba sus viajes por Latinoamérica en términos pedagógicos: se trataba de aprender sobre la diversidad cultural latinoamericana para renovar y reciclar la latinoamericanidad puertorriqueña. “A fuego”, como dice Residente (4).

Desde el estacionamiento del coliseo, a veinte minutos del comienzo del concierto, previsto para las 8:30 de la noche, el número de automóviles comprobaba lo que la carátula del documental, Straight Outta Puerto Rico, planteaba de una manera muy simbólicamente exacta; a saber, que en el reggaeton isleño encabezado por Tego Calderón a la izquierda y Daddy Yankee a la derecha, Calle 13 tenía que estar muy al fondo del lado izquierdo de Tego (Residente es la última cara de ese grupo).

Por eso, el coliseo acomodó a la mayoría del público en el nivel principal de la arena (en el recuadro, los espacios en colores del interior), suficiente espacio para meter a más de cinco mil personas, un número razonable para la propuesta crítica y política —y también cómplice— de Calle 13 en el Puerto Rico de mayo de 2009, gobernado desde enero por una administración abiertamente neoliberal.

En el caso de Calle 13, no podía tratarse de la multitud que, como se comentó en la prensa, había llenado varias veces el coliseo (con capacidad para 18.000 personas) en busca de la bachata del grupo Aventura; sino de una muchedumbre más proclive a la “poesía de porquería”, según el epígrafe de Negrón-Muntaner, en la que se fundaba la “lírica post-reguetónica” del grupo.

Frente al escenario, antes de que empezara la música, eso mismo significó el ataque de Calle 13 al “reggaeton pop”: una crítica que “redefine al rapero como una nueva figura intelectual cuya aportación principal es renovar y radicalizar la porquería de los espacios corporales, políticos y mediáticos” (Negrón- Muntaner).

El libro. Si en el primer concierto de Calle 13 (2006) la temática fue circense, en éste, centralizada en los temas de la última grabación —(1º) Calle 13, 2005; (2º) Residente o Visitante, 2007; (3º) Los de atrás vienen conmigo (2008)—, la propuesta resultó, desde la escenografía, mucho más teatrera, siempre distante de las megaproducciones reggeatoneras al estilo de Dady Yankee.

Según ha dicho Residente, “el concierto es como si fuera un libro para niños que lo abres y salen los pop-ups. Es una onda chévere, como si entraras dentro de un libro con una estructura así, medio teatro antiguo también» (5).

Desde la propuesta de la música urbana, que Residente definió en el concierto en contraposición al reggaeton como una práctica musical que incluye —no que la evade— la crítica social de la ciudad, Calle 13, siguiendo quizás los ecos de José Martí —un revolucionario decimonónico que escribió literatura infantil—, imagina el show en el contexto de un libro que, como la poesía concreta, hace de la lectura un diálogo entre la materialidad del libro (o el cuerpo del poema) y las ideas.

De ahí también, en un sentido ahora más suelto, el surrealismo que le atribuye Negrón-Muntaner a Calle 13; un surrealismo —en nuestro caso, estar metidos dentro de un libro infantil— en cierta medida real, pues Residente ha dicho estar interesado en escribir cuentos para niños (6).

En ese sentido librescamente teatrero, el concierto de Calle 13 se debería ver, además, como un tributo festivo a la madre (no al padre de la ley colonial ni al de “Daddy” Yankee); no solo a la madre cuya cara Residente se ha tatuado en el brazo izquierdo, sino también a la madre que ha sido actriz de teatro en Puerto Rico, cuya voz aparece en dos de los CD de Calle 13, a quien Residente invocó varias veces en el concierto (dedicado también a su abuela y a su novia, ambas presentes, y también a la hermana, PG 13, que canta con los hermanos) (7). Quizás por ese tributo juguetonamente femenino, al final del concierto Calle 13 le lanzó al público varios globos enormes en forma de tetas.

Además de inscribir la música urbana en el contexto surrealista de un libro infantil para jóvenes y adultos —Andrés Jiménez, El Jíbaro, estaba en el concierto—, Residente ha hecho de su cuerpo una referencia pictórica importante: la única cita en el reggaeton que remite al lector, desde el hombro derecho, al espacio de la pintura estadounidense de la década de 1980, marcado por el torbellino que significó la corta pero intensa y prolífica irrupción de Jean Michell Basquiat (1961-88), bólido haitiano-boricua que, desde el graffiti, se instaló, de la noche a la mañana, en el centro de la movida artística nuevayorquina (junto a Andy Warhol).

Esa figurita neoexpresionista de Basquiat que Residente se tatuó en el hombro derecho, vista en la foto de Wikipedia, es uno de los muchos sin títulos de Basquiat, Untitled (1982), que le dan nombre al drama de una pintura lúdica y agónica. Pero la influencia Basquiat trasciende la imagen pictórica de una carita alarmada, sentada en una silla o en un trono. Incluye, además, el gusto por la inscripción de símbolos, también tatuados en el hombro derecho de Residente, y sobre todo, la inclinación de Basquiat de “escribir” la tela, grafomanía que, en el caso de Residente, se traduce en una proclividad por escribirse la espalda para los conciertos, como en el caso de “Fuck Bush,” a quien Calle 13 le dedicó el show libresco por haber sido el peor presidente en la historia de Estados Unidos (la foto es de un show anterior).

La escuela. En sus diatribas con los reggaetoneros de la isla, Residente ha sido claro y consistente; una de las razones por las cuales Calle 13 trasciende el reggaeton emblemático de la isla es porque incorpora una gama de ritmos, como, entre otros, el jazz, la cumbia, el tango, que el reggaeton no explora (Residente habla también de la energía rockera del grupo). Pero además de experimental (surrealista y radical), la propuesta de Calle 13 establece otro reclamo más frontal; su manejo del lenguaje, plantea el intelectual rapero de Carolina, está muy por encima del registro reggatónico ortodoxo, pues Residente —también lo es Visitante— es un sujeto letrado (diestro en el arte y en la animación digital).

Desde esa solvencia letrada, Calle 13 se debate con los reggaetoneros de la calle de tú a tú, a calzón quitado, sin pelos en la lengua; Residente plantea que él, a diferencia de los que, acríticos, lideran el reggaeton pop (una misiva que excluye a Tego), fue a la escuela, es decir, tiene estudios universitarios, y que por eso, maneja un vocabulario más extenso y más rico en recursos literarios (metáforas, sinestesias, sarcasmos, ironías) que el de los reggaetoneros de a pie, autodidactas en su mayoría.

Para entender a Calle 13, subraya Residente, se tiene que poder disfrutar de la palabra cuidadosamente labrada en el molde de la poesía callejeramente soez. Por eso, en contrapunto con uno de sus éxitos iniciales, “Se vale to’ to’,” Calle 13 se vale de una movida diferente en sus debates (o tiraderas): en la música urbana, dice Residente, no se vale todo. Sobre todo, no se vale la canción fácil y meramente comercial; Calle 13 entretiene, sí, pero quiere también comentar y criticar “la porquería de los espacios corporales, políticos y mediáticos.”

Desde esa óptica letrada, una que valora, además los contextos, el trabajo lingüístico de lo difícil bien articulado, Residente aboga, ahora como gremialista tras bastidores, por un mayor reconocimiento (por parte de la industria que premia) de todos los raperos, quienes, en virtud del género que trabajan, manejan grandes cantidades de palabras; una coordinación que supone, en el espacio de la canción, una destreza que debería condecorarse más.

La cabeza y la lengua. A diferencia de Celia Cruz, quien, según Negrón-Muntaner en “Los zapatos de Celia,” privilegió por razones sobre todo de clase esa parte del cuerpo —los pies— donde más cerca se estaba del suelo, del piso que tanto se relaciona con la pobreza familiar de la “reina rumba,” Calle 13 privilegia la cabeza —la cual transforma en cuero con afeites geométricos—, no por ser el espacio más alejado de la calle sino por ser el espacio o la geografía de la crítica, casa de la lengua que escupe, como “gargajo,” poesía callejera —y de clase media baja— de Carolina (8).

Por eso, durante el show, Residente le tiró al público las tenis nuevas que calzaba, quedándose descalzo pero no en pelotas, si bien no estuvo dispuesto a hacer concesiones con el filo cortante de las canciones, las cuales, como en el caso emblemático de “Querido F.B.I.” (2005), con la que cerró el concierto, deben dialogar —“a fuego”— con la realidad social que la sonoridad urbana musicaliza.

Epílogo. La “arrogancia” de Residente frente al reggaeton —una fuerza que endosaría un materialista, a la izquierda de Nietzsche, como Michael Onfray— quedó por el momento justificada. En vez de luchar contra el idealismo cristiano que, desde el privilegio del alma/mente, ha excluido el cuerpo, ninguneando así la materialidad del individuo (Onfray), la maniobra urbana de Calle 13 era inversa; en una realidad abrumada por la materialidad del cuerpo consumidor que reproduce acríticamente el reggaeton pop —mucho blin blin de oro, abrigos de invierno en climas tropicales y automóviles de lujo, según critica Residente—, se abogaba por la inclusión de la cabeza, espacio de las ideas y de la lengua crítica (aunque inevitablemente cómplice) del poder hegemónico que abusa de la fuerza económica, política y militar.

Desde la complicidad con la tradición de la ciudad letrada, Calle 13 privilegiaba la escritura y el libro; incluso, cuando subrayaba la ventaja de la educación universitaria, se acercaba oblicuamente a la pedagogía positivista de los letrados criollos. Por eso, la superioridad que Residente reclamaba frente al reggaetonero de a pie repetía, pero con diferencia, el ninguneo de los patricios frente al saber popular; con esta salvedad, sin amargo: la crítica de Calle 13 no se hacía desde fuera de la tiradera, lo que validaba que se atacara con todo lo que se tuviera a disposición. En el caso de Calle 13, un arsenal lingüístico que, según Negrón-Muntaner, traspasa las fronteras de la “lírica regatónica.”

A partir de la crítica a la tradición de la ciudad letrada, la escritura de Calle 13 arremetía —en vez de endosarlo— contra el poder establecido; no solo el de brutalidad de la F. B. I. o el de la policía de Puerto Rico (“Tributo a la policía”), sino también, a pesar o quizás por los tropos machistas que enarbolan —desde lo literario— su retórica de una masculinidad de esquina, el poder como brutalidad del abuso doméstico, un atropello real, no literario, que Residente le imputa a algunos reggaetoneros de a pie.

En términos de la puesta en escena, el concierto mitigó la propuesta abiertamente comercial, un tema del que habló Residente en el show, al subrayar que Calle 13 se planteaba la música independientemente del éxito comercial de sus canciones. Por eso, fue un concierto de más de dos horas de duración, enérgico, retumbante, alegre, cómico, cósmico, crítico, cómplice, en el que se representaron más de veinte temas. Un concierto abundante no solo en términos de invitados (Shakira, Voltio, Lin Manuel Miranda y desde Panamá, vía grabación, Rubén Blades), sino de coreografías y de percusionistas, tanto en los formatos brasileños como puertorriqueños. Una fiesta colmada de invitados; más allá del cálculo comercial, Calle 13 perseguía simbólicamente un tipo de reciprocidad con el público: darle a la gente lo mejor de su música urbana, incluido el reggaeton (“Atrévete-te-te”).

Inevitablemente cómplice —cómo no— de “esa basura que nos cae encima todos los días,” el concierto de Calle 13 asumió el endoso de firmas como A T & T, al igual que de empresas locales como El Nuevo Día . Una dimensión de la música —la única, cumplir con las corporaciones— que Residente considera como trabajo: “Tengo que trabajar… Es algo que tengo que hacer para poder hacer las cosas que hago y las que digo y poder viajar. Le tengo que dar algo a la disquera, un intercambio. Lo trabajo, yo soy bastante trabajador, estoy to’ el tiempo trabajando y trabajando entre comilla, porque me lo disfruto. Lo menos que me disfruto en verdad es la promoción, pero disfruto lo que hago, escribir, inventándome cosas” (9).

Desde esa complicidad inevitable y trabajosa, me hice una foto con Residente y Visitante al final del concierto frente al logotipo de uno de los sponsors exclusivos del coliseo, Coors, la cerveza de más venta en la isla, una de las firmas promotoras del arrobo republicano de Ronald Reagan a George W. Bush, enredado todavía en Obama.

Después de una intensa faena ostensiblemente corporal —Residente tiene claro que la crítica, en vez de universalista, se da desde una corporalidad históricamente marcada; que el sentido no está separado de la materia—, me tocó abrazarme con Residente en el odioso estadio de la promoción, después del concierto; cuando el poder reclamaba la complicidad del crítico, activo o pasivo.

Por esa deuda contraída con Calle 13, termino la reseña con un poco del humor —tantas veces crudo, negro, pero certero y contumaz— que caracteriza a Residente, de modo que éste tenga la última palabra del tema aquí bosquejado: “Yo no identifico a Calle 13 como un exponente del reggaeton pero sí como un grupo alternativo urbano porque apelamos mucho al rap, el hip hop y la cosa callejera. Utilizamos al reggaeton como una herramienta más y me gusta bailarlo. Pero llega un punto en que me cansa. En el disco también hay ritmos andinos y electro bossa pero no por ello vamos a salir a decir que somos un grupo de música andina o de bossa nova (risas)” (10).

Notas:
1.- En la página de una de las editoras del libro, Raquel Rivera (http://www.reggaetonica.blogspot.com/), se pueden leer extractos de losensayos., incluido el de Frances Negrón-Muntaner (en el epígrafe).
2.- Disponible en You Tube con subtítulos (poco legibles) en español.
3.- Según Residente, la música urbana «es la que habla de todo lo que te rodea y es música que está consciente en letra y en música sobre lo que pasa en el mundo. Es la música que habla sobre lo cotidiano, la calle en todos los aspectos: político, sexual, social, religioso». http://www.periodismo.com/modules/news/article.php?storyid=9594.
4.- http://www.terra.com/ocio/articulo/html/oci591373.htm
5.- http://www.worldreggaeton.net/2009/04/calle-13-afinan-ultimos-detalles.html
6.- http://www.worldreggaeton.net/2009/04/residente-calle-13-escribira-libro-de.html
7.- En la página web oficial, http://www.lacalle13.com/, haciendo clic en la Versión Flash, se reitera el teatro.
8.- “Los zapatos de Celia,” La cultura material del deseo: objetos, desplazamientos, subversiones (2007): 69-96.
9.- http://www.lavibra.com/Article.aspx?articlepath=RSS\LaVibra_EnPortada\20081025\Calle-13-expande-su-horizonte.xml&cat=EnPortada&subcat=&pageid=1
10.- http://www.10musica.com/notas/19242-CALLE-13:-

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua castellana, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014). Miembro de LoQueSomos

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