Tibet: el paraíso feudal (II)

La pasada semana hablábamos de que Tibet fue un paraíso feudal con su “Señor” a la cabeza, “Señor” que ahora vive un exilio de “paraíso” rodeado de todo lo que cualquier “Señor feudal” envidiaría, más que nada por los tiempos actuales, donde el feudalismo, se dice, fue abolido.

Si comparamos las condiciones de vida del pueblo tibetano de a pie (no de la casta de los monjes) antes de 1949, fecha del triunfo de la Revolución China, y en la actualidad, nos damos cuenta del cinismo interesado con el que algunos medios de comunicación tratan este asunto.
Solo hablan de la represión que Tibet está sufriendo (obviando quien atiza esas algaradas) pero nadie dice, a excepción del sociólogo Jose Antonio Egido en su análisis “Por el pueblo de Tibet y contra el feudalismo lamaísta”, cual era la verdadera situación de los tibetanos cuando eran gobernados por el Dalai del momento.

Es posible que el pueblo tibetano sea un poco masoquista y estén luchando por volver a un pasado de esclavitud y oprobio.
Siempre de la mano de Jose A. Egido, vamos a enumerar algunas de las condiciones de “vida” que “gozaban”:

  • Los siervos trabajaban de 16 a 18 horas diarias con la obligación de dar a los amos el 70% de la cosecha. Evidentemente… los amos no trabajaban. Recibían latigazos si tocaban alguna pertenencia del amo pero, eso sí, podían casarse o salir de la finca si el amo lo permitía. Eran los siervos y las mujeres considerados como animales parlantes que no podían mirar a la cara del amo.
  • Las mujeres eran consideradas seres inferiores. No podían levantar la vista más allá de las rodillas de los hombres. Si las cogían practicando otra religión diferente eran quemadas por “brujas” (bueno, eso nos suena familiar…). Dar a luz gemelos probaba que había copulado con un espíritu malo y, a veces, eran quemadas con los gemelos recién nacidos.
  • Antes del año 1949 no había en Tibet ni electricidad ni carreteras ni hospitales ni escuelas. Los siervos estaban desnutridos mientras en los monasterios se quemaban grandes cantidades de alimentos como ofrendas. La mortalidad infantil estaba en un 43% y la esperanza de vida en 35 años.
  • El sistema feudal impedía la utilización de arados de hierro, extraer carbón, pescar, cazar; no había comunicaciones ni comercio ni industria.
  • Mil años atrás, cuando se introdujo el budismo, se calcula que en Tibet vivían 10 millones de personas. En 1950 tan sólo había unos 2 o 3 millones.

A este panorama desolador que nos pinta Jose A. Egido, se contrapone el que comenzó a partir del año 1959. Los tibetanos comenzaron a trabajar por un sueldo; los jóvenes comenzaron a estudiar en Institutos para Minorías Nacionales en ciudades chinas; comenzaron a CONOCER elementos básicos que a nosotros nos produce risa como son el té o los fósforos; se abrieron los primeros telégrafos, emisoras e imprentas, etc.

Pero eso era demasiada modernidad para un pueblo que estaba acostumbrado a bajar la cabeza ante sus amos. Las cosas no podían seguir para el “divino Dalai” y sus “señores feudales”. Se hacía necesario poner remedio a tanto libertinaje. Organizan rebeliones armadas (menos mal que practican la no violencia) en 1956 y en 1959, con el apoyo ciego de la CIA, se enfrentan al Ejército Popular de Liberación y son derrotados. (En esas luchas no iban armados de palos como ahora nos hacen ver por TV. Llevaban moderno armamento suministrado desde aviones C-130 de los EE.UU).

El Dalai Lama tiene marchar al exilio dorado siendo acompañado por un séquito de, según nos cuenta Egido, 13.000 personajes del alto clero y la nobleza, siervos, guardias armados (¿para qué querrá las armas un Premio Nóbel de la Paz?) y una gran caravana de mulas cargadas de riquezas. Vaya, vaya… con el Dalai Lama que no está “interesado en lo material…”

Pues en estas circunstancias huye este “personaje divino” que enseguida entra a formar parte de los “trabajadores” de la CIA (1964) con el modesto sueldo de 1,7 millones de dólares al año para su Gobierno y otros 180.000 dólares para que él pudiera llevar las túnicas al tinte. Eso si, le dan Premio Nóbel de la Paz, como a HenryKissinger; apoya con vehemencia la guerra de la OTAN contra Yugoslavia en 1999 y, en ese mismo año, como otra muestra más de su “no violencia”, se opone públicamente al procesamiento de Augusto Pinochet.

Es muy interesante la lectura completa del análisis que sobre Tibet, realiza José Antonio Egido. Al menos tenemos otra visión de una realidad que nos duele a todos. Pero que no nos vengan los manipuladores de siempre contándonos eso de comunista malo y Dalai Lama, bueno. Tibet era en tiempos del Lama, tal y como hemos contado brevemente. Egido, tuvo la paciencia de documentarse muy bien y nos ofrece todas sus fuentes. Aquí les dejo el enlace: http://www.nodo50.org/ceprid/territorios/asia/asia26.htm

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