Tigres, príncipes y caza humanitaria

Por Nònimo Lustre*. LQSomos.

Trilogía indostánica 2ª parte

“1921.El futuro duque de Windsor, cazando tigres en Bhopal”.
Fragmento de un retablo de sir Anthony Peterson

En el collage que inspiró la Primera Parte de la Trilogía Indostánica (Análisis de un cuadro histórico), aparecía la Raní de Jhansi observando la cabeza cortada de un milico británico. Ojalá hubiera pertenecido al comandante de caballería William Stephen Raikes, inescrupuloso represor de los cipayos amotinados, pero los sepoys nunca lograron decapitar a Raikes. Hoy, le descubrimos en este otro cuadro pero en efigie. O en salacof porque le pertenecía el casco-gorro que protege el flanco izquierdo del fusilero royal.

En 1921, el entonces Príncipe de Gales anduvo tiroteando en India y Nepal a cuanto animalito le pusieron en bandeja. Poseído por esa obsesión, el futuro Edward III llegó a Bhopal donde fue recibido por el príncipe Hamidullah Khan. Pero el siguiente ensayo no volverá a mencionar a este personaje porque sólo tuvo dos gestos en su vida: uno, honorable –abdicar- y otro, despreciable –venerar a Hitler-. Sólo añadiremos que la foto está tomada ¡en Bhopal! durante una cacería de tigres. Bhopal… ciudad maldita donde la avaricia de la Union Carbide ocasionó en 1984 una catástrofe química con más de 30.000 muertos en los primeros días.

En lugar del frustrado y frustrante Edward III, dedicaremos los siguientes párrafos a las cacerías que, medio siglo antes, perpetró su antecesor, el otro Príncipe de Gales –este, sí llegó a ser coronado como Edward II. Pese al tiempo transcurrido entre unas y otras matazones de felinos rayados, no hay mucha diferencia entre ambas. Y no podía haberlas porque los dos príncipes disfrutaron de las mismas condiciones de seguridad… y de éxito en sus disparos.

El tour de 1875-1876. El Príncipe de Gales contra India, Ceylán… y España

Este periplo tuvo una enorme y exitosa repercusión mundial. Políticamente, fue la mejor preparación posible para que, al año siguiente (1877), la reina Victoria asumiera el título de Emperatriz. El éxito mediático estuvo abonado porque, desde aquellos años y hasta principios del siglo XX, la prensa ilustrada del Reino Unido se interesó por las guerras imperialistas. De hecho, entre el 50 y el 70% de los dos principales medios ilustrados con grabados y proto-fotografías –The Illustrated London News y The Graphic– eran propaganda colonial pura y dura. Y no olvidemos que, en los 1870’s, el Illustrated vendía cinco veces más que el elitesco The Times.

El Príncipe mata, pero seguro

Probablemente con el ojo puesto en la gráfica mediática, el viaje colonial del de Gales se planificó para lograr una espectacular convergencia de exhibición cortesana, teatro colonial y teatro del turismo exótico. Y lo consiguió en pleno siglo XIX gracias no sólo al avance de la gráfica sino también porque diaria e insistentemente, mantuvo al Príncipe ‘en pantalla’ durante más de un año –efectivo modo de afirmar la autoridad imperial.

En Bombay fue recibido por “densas multitudes de nativos, con sus mujeres luciendo en sus vestimentas brillantísimos oros y platas”. Los periodistas reprodujeron en sus crónicas lo publicado en los 88 volúmenes de la enciclopedia The People of India (1868-1875) que contenía las fotografías de los ‘ethnic types’ hindúes como representaciones de especímenes científicos. La India tradicional era “atemporal, auténtica, romántica y exótica”. Y, por ende, los colonizados estaban obligados a entretener a los colonizadores.

El tour no fue uniformemente popular en el Reino Unido y, desde luego, no fue bienvenido en India. Es más, hubo momentos de abierta hostilidad como cuando el Príncipe visitó Lucknow en febrero de 1876. Para los colonialistas, esa ciudad, bastión de los cipayos leales a la Corona durante la Indian Mutiny –mencionada sin ese nombre en la primera parte de esta Trilogía Indostánica-, se había convertido desde hacía 19 años en el destino de un peregrinaje obligatorio. Munido de una prepotencia insultante, el Príncipe puso en ella la primera piedra de un monumento a los sepoys que habían muerto defendiendo la British Residency.

Sin embargo, la abierta o callada hostilidad popular no era compartida por las élites hindúes. Con toda la intención, se difundieron las imágenes de los notables esperando al Príncipe, elevado así a la posición de intermediario entre los mandones locales y de cemento unificador del ‘Hindoostan Empire’. Por su parte, la India de los rajás y maharajás se decantaba más por el mandato británico que por las políticas nacionalistas. Para fraguar alianzas con ellas, las batidas de tigres constituían un estupendo pretexto.

Nagas Dancing before the Prince of Wales’s Elephant in the Torchlight Procession at Jeypore. El de Gales, con chaqueta roja, cabalga el elefante puntero

Comentando las batidas contra los tigres, Bahadur, maharajá de Cooch Behar, escribió en su diario que esos acorralamientos eran “un testamento de cómo algunas principescas familias hindúes apaciguaban su inseguridad cultivando una insensata sumisión a la moda europea” –por otra parte, Bahadur presumía de haber eliminado más de un millar de tigres y de sus cachorros solamente para diversión de sus invitados.

Y otro hindú de alcurnia, se quejó de que los europeos “se ríen de nuestra fantasía ornamental y se olvidan de cuán insólita nos parece una lady inglesa con su (chignon) o, para los brahmines animalistas, cuán cruel resulta la matanza de cientos de aves para que adornen sus sombreros con plumas. Se mofan de nuestra adoración por las maderas y las piedras pero no de la reverencia de las mismas entre los católicos”. De cualquier forma, estas manifestaciones de sentido común inter-cultural fueron raramente recogidas por el séquito mediático del Príncipe.

Los británicos presentaban sus monterías de tigres como una prueba de que su hegemonía les exigía proteger a los hindúes de tan letales bestias. En el plano simbólico, la caza del tigre, especialmente si eran comehombres (man-eaters), constituía la cumbre del ideal imperialista pues se justificaba en la asistencia a sus súbditos coloniales. Dicho en plata, los invasores crearon una situación peligrosísima para mucha gente para dar un paso al costado ubicándose como paternales salvadores. De paso, insistiendo en sus cacerías humanitarias, ocultaron ladinamente mencionar siquiera un peligro mucho mayor que el encarnado por el gran felino: la malaria.

Anegados en la hipocresía y en un racismo paternalista, Rudyard Kipling tenía el ambiente propicio para publicar su The Jungle Book de 1894, la historieta de Mowgli, un niño hindú al que persigue el malvado tigre Shere Khan… hasta que el niño salvaje logra regresar a la ‘civilización’.

George V, en la jungle con corbata y salacof

Cómo se caza un tigre

Los exégetas académicos no aportan apenas detalles de la logística de las principescas cacerías de tigres. Para ojearlas con la debida (casi nula) atención, conocerlas, hemos recurrido al libro de Wheeler –disponible en internet; del que, al final de estos párrafos, también aprovecharemos sus extravagantes impresiones de la extensión a España de este tour:

En Jaipur, el Príncipe cobró su primer tigre que, al ser destazado, resultó ser una tigresa embarazada de tres cachorros, hallazgo que fue recibido con ‘extraordinario alborozo’ –semanas después, mataría a otra con seis cachorros en su vientre pero no sabemos si el alborozo fue doble.

La última parte del tour fue dedicada a las Kumaon Hills del Terai, famosas por sus tigres comehombres. Para despertar el apetito de estas bestias, durante los meses previos a la visita del Príncipe, se soltaron más de 60 vacas que oficiaron como señuelos para atraer a los tigres… En una ocasión, se utilizaron más de cien elefantes y veinte fusiles para sacar a los tigres de la espesura y empujarlos a campo abierto donde fueron fácilmente eliminados… En otra, se llegaron a usar seiscientos (600) elefantes.

George V, Nepal 1911. Hasta para los reyes británicos, comenzaban a escasear los tigres

Durante un solo día en Nepal, de los siete tigres que mató el Príncipe, dos eran unmistakably man-eaters. ¿Por qué eran inconfundibles?, ¿por qué eran viejos desdentados? Pues no, porque eran ‘largos, esbeltos, de sombría mirada, brutos de arriba abajo, probablemente aquejados de una enfermedad que les corroía las entrañas.’ Quizá por ello, cuando esos hipotéticos enfermos son abatidos, no son tratados con el respeto debido a los tigres ‘sanos’ sino que su cadáver es apaleado y pateado.

Otras royal monterías en India y Nepal

En 1911, el king Jorge V, mató 16 tigres durante su visita a Nepal. ¡Qué demostración de excepcional puntería porque mató a más felinos que todo su séquito!

La más reciente de las royals batidas de tigres en India, fue la de Elizabeth II, en 1960:

Aunque en las líneas anteriores hemos manejado cifras de decenas de tigres asesinados con premeditación y alevosía –no hemos incluido a otras piezas cinegéticas-, las hazañas de los royals británicos se quedan cortas si las comparamos con las perpetradas por algunos de sus pares aristocráticos. Por ejemplo:

La actual Queen en el centro, el duque de Edimburgo, a la izquierda de la foto

Durante su vuelta al mundo de 1892-1893, el archiduque Franz Ferdinand –luego ejecutado en Sarajevo 1914-, visitó Nepal donde, en pocas semanas, mató 17 tigres, 6 leopardos e incontables venados, osos, etc. A lo largo de su vida y según su propia burocracia, mató 274.899 animales -2.140 en un solo día. Su vesania le llevó a disparar en los EEUU, ¡incluso a las ardillas! Sin embargo, estas infamantes cifras fueron superadas por Lord Ripon quien despachó a 556.813 animalitos entre 1867 y 1923. Pero la mitad eran faisanes y el resto, otras aves y unos 300 ciervos europeos así que no hay comparación con las proezas del occiso en Sarajevo. Otrosí, ¿qué lugar ocupa en esta desdichada lista Juan Carlos I, ursicida de Mitrofán –mascota de un pueblo paupérrimo- y matador ventajista de unos cuantos elefantes?

La industria y los números

Como se dice en castizo, “Así se las ponían a Fernando VII”.

A mediados del siglo XIX, había 100.000 tigres en India. Pero, a medida que se afianzaba el dominio británico, se incrementó la matazón –llegaron a eliminarse 1600 tigres/año. Entre 1875 y 1925, se aniquilaron 80.000. Hacia 1953, la especie estuvo a punto de ser exterminada pues sólo quedaban 2.000 ejemplares. Pero, en 1969, Indira Gandhi prohibió la exportación de las pieles de tigre; y en 1971 prohibió directamente la caza del gran felino símbolo nacional. Últimas cifras fidedignas: en 2018, en India sobrevivían 2.967 tigres.

Generalmente, se omite que, en esa campaña Durante el periodo colonial británico (1857-1947), se fundó una lucrativa industria turística en torno a la caza del tigre, industria reservada casi por completo a los cazadores europeos. Y se olvida la importancia que tuvo la Forest Act de 1878, la ley que convirtió los bosques naturales en bosques comerciales abiertos a todo tipo de explotación.

Asimismo, se olvida el imprescindible papel que jugaban los shikaris (cazadores, en hindi) en la caza del tigre. Un atisbo de lo que esa caza comercial representó en la economía de la Colonia es que, en 1912, la empresa taxidermista Van Ingen vendió en pocos años 43.000 cueros de tigre. En cuanto a los fusiles, en 1904, los periódicos hindúes publicitaban los Cordite Rifles de alta velocidad como los idóneos para matar tigres.

Algunos se preguntarán, ¿y los nativos no reclamaron nunca su porción del pastel? Pues no, nunca, por la sencilla razón de que la fauna hindú jamás fue de su propiedad.

Apéndice español

[Según publicó George Wheeler, en su libro India in 1875-76. The visit of the Prince of Wales. A chronicle of His Royal Highnes’s journeyings in India, Ceylon, Spain and Portugal (1876), este periodista que acompañó al de Gales en su periplo cinegético, nos ofrece sus chocantes impresiones del recorrido que el susodicho Príncipe efectuó en España. Helas:

Cádiz: alegre y moderna gracias a que, hace 90 años, un gobernador irlandés la modernizó y adecentó.

Sevilla: la catedral alberga unos Murillos y otras pinturas de tan enorme valor que, si se vendieran en Christie’s, “would take London by storm”.

Madrid: Alfonso XII –el puigmoltejo por ser hijo biológico del guardaespaldas Puigmoltó- le invita a una corrida de toros pero el futuro Edward II renuncia por deferencia hacia el sentimiento popular de los británicos.

Museo del Prado: le maravilla la preservación de esos viejos cuadros debida, según el periodista, a que la sequedad del clima ha formado una espesa capa de polvo para protegerlos.

Toledo, the ancient city of the Jews: cuando los soldados de Napoleón expulsaron “como ovejas” a punta bayoneta a los españoles [hasta que fueron salvados por los ingleses, huelga añadirlo], los franceses tendrían que haber sido más respetuosos con los edificios sagrados de España.

El Escorial: alberga un museo que concuerda con el fanatismo (intolerable bigotry) de Felipe II. Huesos, dientes y harapos de unos santos que, en vida, se morían de hambre sin que sus vecinos les socorrieran.]

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