Tocando el paraíso con las yemas de los dedos

La isla estaba aún lejos, pero mostraba ya sus contornos en el horizonte; ya se perfilaban los relieves de sus montañas emergiendo del agua, como lo hace un faro en la noche para orientar a los navegantes, a esos pescadores que cada día arriesgan sus vidas para una nueva captura. En breve, todos ellos, los treinta, podrían desembarcar en alguna acogedora playa y buscar abrigo, comida y agua en alguna de sus poblaciones, antes de que la deshidratación y las bajas temperaturas acabasen con ellos.

Tras ser salvados los riesgos ciertos del mar, ahora quedaba por delante lo más difícil: no ser interceptados por los uniformados, que, con seguridad, les aguardarían en la costa y les devolverían a sus países de origen, y después llegar hasta Madrid, donde el hermano mayor le conseguiría un trabajo, aunque fuese vendiendo bolsos en las calles, fregando platos en cualquier restaurante de aquella ciudad llena de gente, de tiendas y de automóviles; o alquitranando carreteras, como aquel primo que ya iba para dos años que había escapado de la aldea. Lo importante era sortear aquel primer filtro en la costa de la isla.

Aún nadie sabía el nombre de aquella isla, nada le indicaba que la vida que le esperaba a él en particular a partir de aquel momento iba a ser maravillosa, pero, cualquiera que ésta fuese, seguro que sería mejor que la que dejaba atrás, aunque tuviese que pasar un largo tiempo sin ver a los padres y a los abuelos.

De momento, la presencia de aquellas gaviotas que graznaban por encima de sus cabezas buscando su alimento entre las aguas lo interpretaba como un buen augurio para esperar lo mejor.

En el fondo, a lo que aspiraba era algo tan sencillo como vivir, vivir de su trabajo con otras gentes, no importaba el color de la piel de éstas, su lengua, sus creencias religiosas; disponer de un espacio propio en algún lugar con una cama donde tenderse a ver en la televisión un partido de fútbol, ver a aquellos negros cómo se rompían el alma pegándole patadas al balón, mientras hacia sus cuentas corrientes fluían los millones; leer un libro, como cualquier mortal, mientras la lluvia se precipitaba sobre las cúpulas de las iglesias y sobre el asfalto de las calles de la ciudad. Disponer de una simple mesa, y una silla donde sentarse a escribir a la aldea, tras una dura jornada de trabajo; entrar en una biblioteca, pedir un libro y sentirse una persona en el silencio de la sala de lectura. Visitar un museo y mezclarse con las gentes, mientras observan los lienzos y hacen comentarios. Ir regularmente a orar a una mezquita, como le pedían los padres, sentir lo que se siente extraviado en medio de la multitud, rodeado de luces y de árboles navideños en los días de la fiesta cristiana, mientras los hombres y las mujeres parece que se resisten a regresar al hogar; escuchar a aquellos tipos que cantan en la calle y en el Metro a cambio de unas monedas, mientras, sentado en el santo suelo, devoras un bocadillo de calamares, al pie de aquel monumento y de aquel reloj de la foto que un día le mandó su hermano, recién llegado; mandar periódicamente unos billetes a los padres…

Le costaba creer que, tras haber arriesgado su vida en el mar, aquellos uniformados de que hablaban le pudieran devolver a su país. ¿Qué daño podía hacer un negro más en aquellos campos, aquellas ciudades, recogiendo fruta, lavando coches, cuidando a un anciano enfermo?

Comprarse un pantalón vaquero nuevo, una vistosa camisa, un par de zapatillas deportivas para correr por los campos en las horas libres; comprarse un teléfono móvil para llamar a los padres e informarles de que este negro estaba bien, que prosperaba. ¿Qué tenía de malo que este negro se sentase como una persona más en la butaca de un cine, aunque aún no entendiese el idioma, por el solo placer de comerse un cartucho de palomitas lejos de la miseria de la lejana aldea y ver en la pantalla moverse a las estrellas del cine, en medio de la acogedora y cálida oscuridad? Gozar de la paz de una mañana de descanso, mientras alimentas a los pájaros en cualquier plaza pública. Escribir todas las semanas a la familia: Tengo un buen trabajo, voy a orar a la mezquita periódicamente, respeto el Ramadán, estoy aprendiendo el idioma de este pueblo, respeto a los hombres y a las mujeres…

Sí, en algún lugar de esa isla o en otro lugar cualquiera tenía que haber una chica esperándole para construir una vida juntos; un lugar donde nadie le molestase y donde lanzar piedras a las aguas de un río; un lugar donde ir con una mujer a besarse, a bailar; alquilar una barca y remar en las aguas de un estanque, mientras ella grita de miedo o les arroja maíz a los patos. Una mujer con la que tener un día unos hijos a los que les hablaría de la aldea, de los abuelos, de las penalidades de su pueblo. Comprarse una sencilla camarita y salir de mañana a descubrir la ciudad: fotografiar a los perros, los elevados edificios, los árboles de los parques y a los jóvenes riendo y practicando deportes en los bulevares y en las ramblas. Salir de la panadería los domingos con una barra de pan envuelta en un cartucho de papel bajo el brazo y el periódico en la mano. Entrar en el mercado y embriagarse con los aromas de las especies, las frutas y los quesos del país; caminar en la oscuridad de la noche por una calle cualquiera camino de casa, tras haber escuchado quizás un concierto en algún lugar, mientras quizás llueve y la lluvia te envuelve con su rumor al estrellarse contra el empedrado, pedalear a lomos de una bicicleta por las sendas de cualquier colina, colaborar con una organización humanitaria, ordenar los libros, la ropa, la habitación, en días de descanso, sabiendo con certeza que nadie va a dar una patada en la puerta en mitad de la noche y te va a reventar la cabeza de un tiro…

Algo así como el vuelo de un insecto se venía oyendo desde hacía unos minutos.

Abandonó sus reflexiones para concentrarse en el origen de aquel ruido. La gente señalaba hacia un punto invisible para él en el cielo. Conforme el ruido se hizo más patente, algo así como un ave extraña fue cobrando tamaño en el horizonte. Pasados unos minutos el enigma se resolvió: aquello no podía ser si no un helicóptero de los uniformados, con su bandera en la superficie de la carrocería y las aspas girando en el aire, como las de uno de aquellos insectos: las libélulas, que causaban su estupor cuando no era más que un niño, en la lejana aldea.

Ya, sobre sus cabezas, se oían voces a través del megáfono que portaban los uniformados, pero como nadie entendía nada con los gritos de los niños, todos los hombres y mujeres que viajaban en aquella patera empezaron a ponerse nerviosos. Fue la última visión que se llevó al agua antes de que la barca zozobrara y todos empezaran a manotear en el mar. Si al menos alguien le hubiera enseñado a nadar antes…

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