Transgénicos: somos lo que comemos

Transgénicos: somos lo que comemos

Según un estudio realizado recientemente en China, todos somos en parte arroz. Y en el mismo sentido, ¿somos también en parte insecticida o herbicida de plantas modificadas genéticamente? El científico Mike Adams plantea públicamente esta posibilidad en su video 'Cómo los alimentos que provenien de organismos genéticamente modificados (OGM) alteran la función de los órganos y representan una amenaza muy concreta para la salud de los humanos'.

Investigadores celulares chinos descubrieron que el microARN de la planta de arroz y otros vegetales es absorbido directamente por el torrente sanguíneo de los mamíferos sin que la digestión pueda descomponerlo. Al igual que ADN, el ARN (ácido ribonucleico) lleva información genética. El microARN o miARN es una molécula de ARN pequeña que puede suprimir la actividad de los genes.

Mediante una serie de pruebas, se descubrió que el miARN de cierta planta de arroz llega intacto a las células del hígado de los mamíferos, donde inhibe la eliminación del "colesterol malo" (LDL) -que tapa las arterias- de la sangre.

Los ratones que tuvieron una dieta a base de arroz mostraron un significativo incremento del colesterol malo en sangre en pocas horas. Después de tres días de dieta de arroz, el colesterol malo era mayor, mientras que los niveles de “colesterol bueno” (HDL) y de triglicéridos no habían cambiado.

También se analizó a individuos chinos saludables. Cuando se les hizo análisis de sangre, también se encontró miARN de arroz.

Se encontraron diez miARNs de plantas en la sangre de sujetos chinos, ratones, caballos, ovejas y terneros. El miARN de arroz no solo se halló en el hígado, sino también en los pulmones, bazo, riñones, estómago y cerebro. Pero los efectos sobre estos órganos –de haber alguno– no fueron señalados.

“Tenemos entendido que este es el primer informe que indica que los nucleótidos, miARN, con estructura funcional completa son resistentes a la digestión en el tracto gastrointestinal y que pueden ser transmitidos intactos a otros tejidos”, escribieron los investigadores en su informe.

“En este sentido, el miARN puede representar una clase novedosa de moduladores universales que juegan un rol importante en la mediación de la interacción animal-planta a nivel molecular”, agregan. El estudio se publicó online en el sitio de información especializada cellresearch.com, en septiembre de 2011.

Aquí surge la pregunta: ¿El miARN también podría contribuir a la destrucción de estructuras y funciones del cuerpo? En el caso de plantas modificadas genéticamente (GM, sus siglas en inglés) que solo han estado presentes desde la década de 1990, se desconocen los efectos de estos nuevos miARN que podrían pegarse a nuestros órganos.

De acuerdo con la introducción del estudio, el miARN tiene la capacidad de “modular varios procesos biológicos cruciales, incluyendo la diferenciación, la apoptosis, la proliferación [de destrucción celular], la respuesta inmunológica y el mantenimiento de la identidad celular y del tejido”.

Al respecto, Adams trae a colación una declaración de la empresa Monsanto -líder en modificación genética para la agricultura- en su sitio web, que dice, “No hay necesidad, ni valor, de analizar la seguridad de los alimentos modificados genéticamente en humanos. Mientras se determine que la proteína introducida es segura, se espera que los alimentos de cultivos modificados genéticamente, determinados como sustancialmente equivalentes, no planteen ningún riesgo para la salud”.

La frase de Monsanto “mientras se determine que la proteína introducida es segura” plantea una contradicción con la investigación del Dr. Arpad Putzai, del Instituto Rowlett. El Dr. Putzai recibió una subvención del Reino Unido para crear un protocolo para la investigación de la seguridad de los alimentos modificados genéticamente.

El Dr. Putzai eligió un gen foráneo de una papa modificada genéticamente con la que había trabajado antes,  que produce una proteína insecticida inocua para los mamíferos. A tres grupos de ratas se las alimentó con tres variedades de papa: papa común, papa inyectada con insecticida y papa modificada genéticamente con un gen insecticida. Las ratas que consumieron los dos primeros tipos de papa no tuvieron problemas. Las ratas que consumieron las papas modificadas genéticamente tuvieron casi todos sus órganos y sistemas inmunológicos afectados negativamente después de tan solo 10 días.

Al mismo tiempo, ratas que habían consumido 700 veces la cantidad del insecticida encontrado en papas modificadas genéticamente no resultaron afectadas, por lo que el Dr. Putzai concluyó que los alimentos modificados genéticamente requieren más estudios sobre su seguridad.

El Dr. Putzai había llamado la atención sobre este tema en agosto 1998 cuando fue entrevistado por una cadena de televisión del Reino Unido; pero el 12 de agosto del mismo año fue despedido del puesto de investigador que había ocupado durante 35 años, y su equipo fue disuelto.

Siete meses después, el Parlamento invitó al Dr. Putzai a testificar, con lo cual la prensa volvió a informar sobre los peligros por la falta de análisis de los alimentos modificados genéticamente. Aquella vez, la industria biotecnológica no pudo sofocar a la opinión pública. Como resultado, las grandes empresas alimenticias de Europa eliminaron de sus productos los alimentos modificados genéticamente, para evitar tener colocarles dicha etiqueta, que es obligatoria en los países de la Unión Europea.

* La Gran Época

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