Daniel de Culla. LQSomos. Febrero 2015losotros51

Lola montes, mujer

O Amor de una Señora a un Asno
Estoy leyendo sobre Lola Montes
Celebre aventurera
Que cabalgaba en Asno
Favorita omnipotente
Del rey Luis de Baviera
A quien conoció en Getafe, Madrid
Inesperadamente a la luz del día
Y pegando horribles Rebuznos
Porque los hijos de Atenaida
Todos bastardos
Marquesa de Montespán
Y coneja concubina de Luis XIV
Le acosaban con una lluvia de dardos
Por ese reírse de ella torciendo la boca
Pues cantaba:
“En Valverde, moquillo verde
En Berlanga, lanza y albarda
Y en Getafe, la lerda pollina bien atada”
Todos lugares de Extremadura
Menos Getafe
Marchando saltando
Por un portillo de una tapia
Como la zorra que huye de una casa
Donde ha entrado
Y, al pasar
Toca las cuerdas de una guitarra
Huyendo
Sin poder evitar ver a Lola Montes
Pasando hoja en el Arte de Amar
De Ovidio
Que, ahora, está leyendo
Acordándose de su rey
A quien cariñosamente llamaba en broma
“Mi Luis de Verga”
Y, en punto serio, “Mi adulador Asno”
Rebuznando riendo
Como dice el autor del libro
Que Rebuzna el bello sexo
Pues de su Arte Amatoria ella sabía muy bien
Desde pequeña
Aun sin leerlo.

Dar latidos el perro

Alisaba la cabeza de mi novia
Rayándole enteramente el pelo
Y ella me mesaba repetidamente la barba
Arrancándome un pelo
Mientras escuchábamos una conversación
Sobre la remembración de las muertes diarias
Que tienen mella
En los labios y los párpados de los ojos
De la prensa vueltos hacia fuera
Anunciando que la función dada
Al “Je suis Charlie”
No era más que un “remedión”
Función con que se suple
La anunciada en un teatro
Cuando esta no puede ejecutarse
Colocándose los jerifaltes de las naciones
En el remiche
O espacio que hay en las galeras
Entre banco y banco
Con extraordinaria concurrencia
De mercaderes y negociantes
Dejando enteramente muerta la muerte
En el canal o hueco
En que las ventanas se ajustan sobre la corcheta
Pues “la muerte llama a la muerte
Y varea y menea los olivos
Para que suelten la aceituna
Dando latidos el perro
Anunciando
Que el crimen mortal es un remedo de la muerte
Ejecutada generalmente por burla”.
Que así fue por los realces o bultos
Que quedaron sobre las mesas y en el suelo
Tomando la vida el hábito del crimen y la muerte
Por quienes sostienen que no puede haber salvación
Fuera de las falsas creencias y embustes religiosos
Cayendo en pequeña hijuela de acequia de sangre
Los asesinados de ayer, de hoy y de siempre
Por afirmar que “ninguna creencia
Merece veneración y culto
Si para besar y dibujar las cosas materiales
E inmateriales
Necesita de la maestría del ultraje y el asesinato
Como tampoco
Que a los gemidos
Lamentos y muestras de dolor
Que excitan la compasión y la lástima
Se les cargue con el peso de la opresión
Con síntomas que ocultan
Su verdadera naturaleza autoritaria
De crimen revertido
Naciendo en la huerta
Lo que no siembra el hortelano
Quitando o haciendo perder
La garantía o fianza de humanidad
Que se tenía concedido.

Méjico, sangre de varia lección

Méjico está siempre en la escena del crimen.

En cada una de las partes en que se divide cada acto del poema dramático,
hay un decapitado, algunos y algunas, muchos,
violentados y asesinados,
otros, los más, desaparecidos.

El espectáculo de algún suceso de la vida real,
más o menos extraordinario, cruel y conmovedor,
está al orden del día:
La célebre historia de Iguala,
por haberse firmado en ella en 1.821 el llamado “plan de Iguala”
o “de las tres garantías”,
en cuya virtud quedó establecida la independencia de Méjico,
hoy cae por su peso, y se baña en sangre
por la matanza de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa,
poniendo al igual del crimen la manera de los conquistadores
o los virreinatos de gobernadores, obispos y frailes
dedicados al sometimiento por el crimen, la violación y el degüello
del estado mexica o azteca,
principiado por el asesino Hernán Cortes
en nombre del rey felón y estuprador Carlos I de España.

Los amuletos, los colgantes, los exvotos,
las imágenes de santas y de santos del Cristianismo
impuesto por las armas y el estupro
lloran lágrimas de cocodrilo en el santuario de Guadalupe, en Guadalupe-Hidalgo, en la catedral de Durango, en la catedral de Méjico,
lo mismo que el monumento a Guanthemoc, (Guatimozín),
sucesor inmediato de Montezuma,
último soberano indígena que reinaba cuando llegó al país
la expedición conquistadora,
débil y amariconado en el trato con los invasores,
lo que le valió recibir una “puñalada trapera”
con herida de muerte en un motín de sus súbditos.

Sin embargo, Teoyamici, dios de la muerte y de la guerra,
en el Museo de Méjico,
sí que llora lágrimas de sangre,
pues se parece a la antigua fuente del salto de agua en efusión de lágrimas acompañadas de lamentos y sollozos
por la muerte de estos estudiantes
detenidos por policías locales y entregados a miembros
de un grupo criminal venático con vena de locos,
sinvergüenzas de condiciones despreciables,
quienes les transportaron en camionetas hasta una brecha o barranco
junto al basurero de Cocula
para que una vez envueltos en mortaja
como el papel en que se envuelve el cigarro,
despeñarles y quemarles vivos,
como si fueran leña en la pira de quemar los cadáveres
o las víctimas del virreinato,
para después de apagado el pavoroso incendio provocado,
desmembrarles, dividiendo y separando sus miembros
para meterles en bolsas de basura de plástico negro
que arrojaron al río,
con las que el venaje, su manantial o caudal, aumentó
corriendo al agua sus vidas que les salía por los huesos calcinados
hacia el seno de la muerte entre río san Juan y Nuevo Balsas,
estando el aire como pasmado o asombrado
en sus riberas.

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