Tribueñe y Zaranda, cuando el teatro es una forma de vivir

Carlos Olalla*. LQS. Noviembre 2019

Actores y actrices porque renuncian a ser ellos mismos para ser sus personajes, y espectadores porque dejan en la puerta del teatro a la persona que son para ser un jugador más de ese juego poético y mágico que es una obra de teatro

El teatro, el verdadero teatro, es más, mucho más, que mero entretenimiento y mucho más también que una herramienta de transformación social, por muy potente que ésta llegue a ser. Sin duda puede entretenernos y hacernos pasar un buen rato, alejarnos de los problemas y distraernos. Y sin duda también puede hacernos reflexionar sobre las desigualdades del mundo y todas las injusticias que hay a nuestro alrededor.

Pero hay para quienes el teatro, además de todo eso, es algo más profundo, algo espiritual y sagrado. Compañías como Tribueñe o La Zaranda pertenecen a ese mágico universo de quienes no solo hacen teatro, sino que lo viven como un hecho poético y una experiencia mística. Porque el teatro, el verdadero teatro, es una puerta que, si nos atrevemos a abrir, nos lleva a un mundo totalmente diferente al que estamos acostumbrados a ver, a un mundo donde a través de las acciones y las sensaciones alcanzamos a ser, un mundo vetado a actrices y actores donde solo tienen cabida los personajes, esos personajes que, si tenemos el valor de permitírselo, nos habitan y cobran vida a través de nosotros. Quienes comprenden así el teatro saben que el teatro no pasa en los escenarios, sino en la mente y el corazón de los espectadores. Por eso cada función, cada obra y cada escena son no solo únicos por cuanto pasan una vez, sino porque ocurren de forma única e individual en la mente y el corazón de cada espectador. Cada espectador o espectadora verá una misma escena de forma diferente porque le dirá cosas diferentes, accionará resortes interiores diferentes, le hará recordar o imaginar experiencias diferentes y únicas, y las relacionará con experiencias personales diferentes y únicas. Desde esta perspectiva el juego que se establece entre personajes y espectadores, ese en el que ambos aceptan creer la verdad que vive en la mentira, les permite a ambos adentrarse en lo más hondo de sí mismos para conocer cosas que solo hasta entonces habían podido ser presentidas o intuidas.

Actores y actrices porque renuncian a ser ellos mismos para ser sus personajes, y espectadores porque dejan en la puerta del teatro a la persona que son para ser un jugador más de ese juego poético y mágico que es una obra de teatro, ese juego en el que no hay ganadores o perdedores, sino simples compañeros en ese maravilloso viaje que es acercarnos un paso más a la conciencia de nuestra pertenencia a ese Todo del que formamos parte y que, desde antes de que naciéramos, nos ha estado esperando al otro lado de la puerta que abrimos al entrar en un teatro.

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