Guadi Calvo*. LQS. Febrero 2018

El presidente Donald Trump inicia su segundo año de mandato condenado a seguir perdido en el laberinto afgano, tal como lo padecieron sus antecesores: Barack Obama, George W. Bush, quien metió a los Estados Unidos en este dédalo.

Sin encontrar ninguna solución ni diplomática ni militar, Washington, observa pasmado como Kabul sigue perdiendo territorio y presencia en el país. Desde enero de 2015, con la finalización de la misión de la OTAN, ya casi un 50% del territorio se encuentra o bien bajo control de Talibán o en fuerte disputa. Incluso en la propia capital, donde desde principio de año se han producido dos ataques, que dejan en claro, ya no solo la osadía de los hombres del Mullah Hibatullah Akhundzada y del califa Ibrahim, si no su altísimo nivel de entrenamiento.

El sábado 4 de enero, se produjo el primera ataque del año en la capital, en el que 15 personas murieron, cinco de ellas policías, y otras 25 resultaron heridas, después de que un atacante suicida se detonara cerca de un control policial que vigilaban una concentración vecinal en el barrio de Banaee, al este de Kabul. El ataque fue reivindicado por el Daesh, por intermedio de su agencia de noticias: Amaq, que eleva el número de policías muertos a 80, aunque otras versiones responsabilizan al Talibán.
Este pasado sábado 20 de enero,  entre 20 y 40 personas murieron, por el enfrentamiento que se suscitó, tras el intento de toma del Hotel Intercontinental de Kabul. Los combates que se prologaron durante cerca de 19 horas, comenzaron cerca de las nueve de la noche, cuando en la puerta del hotel, un atacante suicida se inmoló, para enseguida entre seis y ocho milicianos ingresaran vestido con uniformes militar, dando inicio a una cacería de huéspedes y personal del hotel, alentados por gritos en pashtún, la lengua más hablada de Afganistán a que los matasen a todos. Es posible que hombres de la red Haqqani, antiguos aliados del Talibán hayan sido quienes han llevado a cabo el ataque ya que esa fuerza se especializa en objetivos urbanos.

Hasta ahora se sabe que entre los muertos aparecen 16 son extranjeros: dos venezolanos, nueve ucranianos, un griego, un kirguizo y los tres restantes todavía no había sido identificados. Los venezolanos según la prensa de Caracas son Adelsis Ramos y Pablo Chiossone, los dos empleados de la aerolínea afgana Kam Air, al igual que la mayoría de los extranjeros asesinados.
En los duros combates que se dieron fundamentalmente en el cuarto y quinto piso del edificio, las fuerzas de seguridad rescataron a 151 huéspedes, de ellos 41 extranjeros, y empleados del establecimiento. Mientras las Fuerzas Especiales, combatían en el interior, un fuerte control perimetral se había armado a las afueras del Intercontinental, con vehículos blindados del ejército norteamericanos, junto a unidades de la policía afgana.

El Hotel Intercontinental, ubicado en los altos de una colina al oeste de la capital, siempre ha sido un objetivo fuertemente vigilado por las fuerzas de seguridad, ya que en allí se desarrollan constantes congresos, conferencias y convenciones tanto privadas como oficiales, además de ser el preferido por la mayoría de los extranjeros que visitan Kabul y el lugar favorito de la clase alta del país para diferentes celebraciones.
Apenas hace 20 días, la seguridad del hotel, que siempre estuvo a cargo de la policía afgana, pasó a ser controlada por una empresa privada. Por lo que se abrirá una investigación sobre las posibles fallas, ya que la embajada de Estados Unidos, había advertido sobre la posibilidad de ataques contra diferentes hoteles en Kabul.

El Intercontinental, ya había sido objetivo de los talibanes en junio de 2011, cuando nueve insurgente, coparon el edificio en el que resistieron por cinco horas, dejando un saldo de una veintena de civiles, dos de ellos extranjeros.
Este año parece seguir la dinámica que tuvo todo el 2017, que fue uno de los años más virulentos que se recuerden desde la invasión norteamericana de 2001, no solo se han producido ataques en la capital, el más importante sucedió en mayo cuando un camión cisterna cargado con una tonelada y media de explosivos, estalló en la zona verde de Kabul, dejando 150 muertos y cerca de 500 heridos (Ver Afganistán: Cuando se disipe el humo, cuando se asiente el polvo), sino que se han librado fuertes combates en diferentes provincias, donde tanto el Talibán como el Daesh, cada vez con más presencia, están en pugna con el ejército afgano, palmo a palmo por el control del territorio.

Las erráticas políticas norteamericanas respecto a Afganistán han llevado a que en estos 17 años de intervención, la cuestión se haya agravado, no solo desde el aspecto de la seguridad y la presencia de insurgentes en todas las provincias, sino que el cultivo de adormidera y la producción de opio y heroína para su “exportación” se hayan elevado vertiginosamente llegando de las 200 toneladas de 2001 a las casi 10 mil en 2017, la producción se ha incrementado en un 87% el último año, con un aumento del 63% de áreas de cultivo. Es esta producción la que financia en más de un 60 % el sostenimiento de la guerra por parte del Talibán.

Pakistán y Rusia culpables del fracaso

Los ataques de este mes en Kabul, a los que hay que sumarles este último domingo dos nuevos choques entre el Ejército afgano y el Talibán, uno en la provincia de Herat donde murieron ocho personas, tras el estallido de una mina colocada al costado de un camino y el otro incidentes en la provincia norteña de Balkh, que dejó una veintena de miembros de la fuerzas de la milicia provincial muertos en un puesto de control, aún no dejan en claro, si forman parte de una estrategia por parte de los hombres del mullah Akhundzada para sentarse con más fuerza a una posible mesa de negociaciones, por la que está bregando Pakistán, (Se ha conocido que una delegaciones de cinco hombres del Talibán se reunieron con autoridades de Islamabad, en procura de una posible mesa de diálogos, pocos días antes de que llegue a ese país, Alice Wells la subsecretaria de Estado de los Estados Unidos, para Asia meridional y central aunque el vocero de la embajada norteamericana negó cualquier relación de la estadía de la señora Wells con los enviados del Talibán) estos ataques son el resultado de una desavenencia interna del Talibán o un boicot orquestado por el Daesh, quien de cerrar un, hasta ahora remotísimo acuerdo con el Talibán, dejaría a la organización de al-Bagdadí, con cerca de 10 mil hombres en Afganistán, como él único objetivo del ejército afgano y el de los Estados Unidos, que se espera , según lo prometido por Trump, envié entre 3 y 5 mil hombres para combatir a los fundamentalistas, que se sumarian a los casi 9 mil que Obama no se atrevió a retirar y allí han quedado.

Pakistán fuertemente castigado por Trump, tras acusarlo de no hacer nada por combatir el terrorismo (Ver Pakistán: El Gran Juego de Donald Trump) está intentado salvar su situación, por lo se apuró a dar un comunicado donde rechaza las denuncias, llegada desde “algunos círculos afganos” que lo apuntan como responsable por el ataque terrorista contra un Hotel Intercontinental.

Otro de los involucrados en el fracaso norteamericano en Afganistán, es otra vez Rusia, ya que una fortísima campaña de prensa, iniciada por el general James Mattis, actual Secretario de Defensa norteamericano, insiste en responsabilizar a Moscú, de suministrar al Talibán, a través de Irán, desde hace ya dos años, equipos y armas pequeñas, ametralladoras medianas y pesadas, con la excusa de que dicho material es usado para combatir al Daesh, que se ha establecido en el este de Afganistán, aunque la acusación señala que armas rusas ya han aparecido en provincias del sur como Helmand y Kandahar.
Trump y su torpeza, desde hace ya un año, no ha hecho más que entrar más profundo en el laberinto afgano, y si lograra alguna vez salir de allí, solo lo podrá hacer empapado de sangre.

* Escritor y periodista argentino. Publicado en Línea Internacional
Asia global – LoQueSomos

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