Último calor del 2013: Buenos Aires

Y así fuimos caminando por la calle Santa Fe
Leonardo Favio
Durante estos días Buenos Aires arde. Pareciera el Trópico, pero no lo es. El calor de Buenos Aires es húmedo… Al porteño el calor no lo excita, lo deprime. Andan por ahí con sus bermudas ellos y sus remeritas a reventar ellas. Se les ve brillar la piel… Sólo se puede escribir sobre el calor y el calor es un gran tema, pero para tratarlo cuando hace frío.
José Pablo Feinmann(2008)
Lejos de aburrirnos, los argentinos sentimos que vivimos sobre un volcán siempre listo para entrar en erupción.
Ricardo Forster

Asco. Antes de que termine el año, la urgencia de releer Rayuela (1963) se impone. Por encima del montón de libros que, como la novela de William S. Borroughs, Queer (1985), esperan pacientemente su primera lectura, el de Cortázar prevalece de una manera no violenta. Como una enfermedad buena, pues, volver a Rayuela en el aniversario de sus cincuenta años (1963-2013), exige una condensación —por lo menos— sarduyana (¿manuelramosoteriana?). Inflexión del espacio-tiempo. Por eso, releer sin más la gran “contra-novela” desde el silencio del escritorio personal, no vale ni basta. No. Para que la relectura tenga dimensión silenista, es decir, vertiginosa, el reencuentro con Rayuela hay que hacerlo in situ, desde la Argentina de Julio (exiliado voluntario desde el primer peronismo).

Sin perder más tiempo, ya que hoy es 21 de diciembre, me apuro; enfilo sin más, otrorriqueño al fin, hacia el aeropuerto de Detroit, con esta cita furiosa de Rayuela escrita en la palma de la mano: «Soy yo, soy él. Somos, pero soy yo, primeramente soy yo, defenderé ser yo hasta que no pueda más». La sensación de estar tocando a Nietzsche-Silén me sobrecoge.

De Detroit a Buenos Aires, el viaje al sur del sur —al fin del mundo, según Bergoglio— se divide en dos (como la propia Rayuela). En la primera parte, de Detroit a Miami, un vuelo de más de dos horas, hojeo turísticamente el libro de José Francisco Ramos, La significación del lenguaje poético (2012), deteniéndome sobre todo en el índice bibliográfico, en el esquema de la significación poética y en el “texto explicativo” de ese “esquema conceptual.” Manoteo de hojas que, en un abrir y cerrar de ojos, se come sin problemas el tiempo de viaje.

Entre páginas que huelen a “mirra” silenista, extraño la presencia del Poeta, Yván Silén, en el estudio filosófico de la imagen poética (producto del trámite entre la metáfora y la metonimia). Como Michel Onfray, pienso, Ramos reivindica la poesía desde la filosofía (contrario a Silén, que, desde la poesía, reivindica la filosofía).

En la segunda parte del periplo, de Miami a Buenos Aires, un tramo de más de ocho horas, leo con cuidado —no duermo— La significación del lenguaje poético hasta la página 98 (de un total de 198), subrayando en rojo pasajes como este: “Un poema se abre a la vida como cualquier otra criatura viviente.” Según paso las páginas —“La verdad de un poema, por su complicidad con la ficción, es un ejercicio de libertad que obliga a ser fiel a las palabras…”—, la filosofía de Ramos me hace pensar, al sobrevolar el noreste de Brasil, en esta dimensión de la literatura de Silén: “la poesía piensa.” Por contigüidad poéticofilosófica, el “pensarescribiendo” de un argentino —¿quién?— me suda en las manos.

Del noroeste de Bolivia al de Argentina, la turbulencia sacude el avión. La significación del lenguaje poético (2012) tiembla. Las oraciones saltan; se salen de las páginas. La violencia del vacío que golpea el fuselaje se siente en el corazón. Como si los conceptos, ante el temblequeo de la vida en lo alto de la Nada, derramaran poesía, el “sema” y el “semen” se mezclan: “No es de extrañar entonces que todo poema —sea cual fuere su temática— ponga a prueba la capacidad del lenguaje para lidiar con la pulsión erótica y la pulsión de muerte.” De esa tensión poética entre la significación y la vida, surge como una flor creacionista la imago que Ramos reviste de filosofía, lo que, a su vez, en La poesía piensa o la alegoría del nihilismo (2010), Silén plantea como la “poesía-concepto” y el “concepto-poesía.” Desde la página 26 de La significación del lenguaje poético (2012), el avión tiembla en otro eco silenista: “los sueños son los poemas del inconsciente.”

Al aterrizar en el Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini de Argentina, llega —paradójica, como la propia poesía— la calma de la turbulencia terrera, propia de la zona (Ezeiza). El olor a sangre argentina viene de una masacre lejana (1973), acaecida durante la llegada de Perón. Todavía se escuchan, en los días de mucho calor,  los gritos de Leonardo Favio. De la página 98, retrocedo a la 97, donde esta cita de La significación del lenguaje poético, “Lirismo significa hacer pensar y sentir la fuerza del dinamismo de las palabras,” me catapulta al aeropuerto de Miami, del que partí  hace más de ocho horas, hoy, 22 de diciembre; porque en el aeropuerto de la que quiso ser sede del ALCA, Miami, ese lirismo se transmuta en una suerte de asco nunca antes sentido en la boca del estómago:

Frente a mí, una familia hindú numerosa, convertida en turista, producto del giro neoliberal hacia los orígenes orientales, brega con el equipaje de factura occidental: un mundo siniestro de maletas que, como metáforas del dinero, parece multiplicarse hasta el infinito. Según miro lo que hacen, me doy cuenta de algo brutal: todos calzan Adidas, Nike, Reebok, Puma, New Balance, etc. El asco me sobrecoge especularmente: en ellos, veo nuestra propia deportización indumentaria y corporativa (incluso Fidel ha pasado del uniforme verde olivo al chaqueta de Adidas). Escupo tinta, pero me sale leche seca, parecida a la “polilla” silenista.

Ding, dong, ding, dong estas cosas del amor. El privilegio de caminar por la Avenida Santa Fe —Leonardo le dice en su canción (en el epígrafe) “la calle”— se impone sobre la literatura. Paradójicamente, la urgencia de salir a caminar y a sudar bajo la agonía de la canícula porteña, se incrementa con el calor que en estos días ha roto un récord de cuarenta años. Como consecuencia, la relectura de Rayuela se aplaza, haciendo que el tiempo se haga más lento. Sentado en un café, fumándose un pucho, pisando una novela de Galdós con el zapato, tendrá que esperarme Horacio Oliveira, hasta que yo consiga una edición vieja, de segunda mano —lo que resultó imposible— de Rayuela.

El 23 de diciembre rompo el hielo; me tiro a la calle a las cuatro de la tarde, cuando el sol pela y la acera arde. El aire caliente se siente como un golpe de arena subsahariana. Desde Uriburu y Santa Fe, justo entre Los Molinos y El Trébol, arranco en dirección a la Avenida 9 de Julio, al doblar de la cual me encontraré después (en otra caminata), más allá del Obelisco, el relieve en negro de Evita; una cita del relieve en negro del Che en La Habana.

Según me muevo entre el gentío de la Santa Fe —un culo de gente—, la acera reclama la atención de la mirada. Concentración parecida a la que se requiere para seguir un punto de soldadura. Paso Ayacucho como si fuera un verbo impersonal, una gacela, transitando por la vereda del lado sur, que es donde menos da el sol en estos momentos. La mirada se agudiza con cada paso que doy entre cuerpos sudorosos y carnes a la intemperie. El calor se empieza a sentir en la garganta. Esquivo pozos, plastas, charcos, desniveles, rupturas, cambios de textura, mientras camino rápido, con swing, como si estuviera corriendo en cámara lenta. Cuando consigo un buen flow, parece que, ingrávido, vuelo. La saliva raspa. Respiro hondo; anticipando el efecto tarahumara que se avecina, mantengo el paso firme.

Al cruzar la Avenida Callao, el fuego que rebota de la brea caliente quema las piernas. El “odio de Dios” (Vallejo) parece literal. Las tenis Converse, rojas y bajitas, quieren estallar del calor. Pronto, al pasar Montevideo, el efecto de sinestesia alcanza su primera dimensión poética: el flujo rápido sobre una vereda heterogénea como es la de la “calle Santa Fe,” fragmentada hasta el delirio en un pluriverso de lozas rebeldes, asimétricas, se siente amarillezco, como las páginas De jardines ajenos (1997), de Bioy Casares, libro hecho también de pedazos heteróclitos:

Estimado lector: A lo largo de la vida
Copié en cuadernos versos breves y
Fragmentos en prosa que me parecieron muy
Atinados, o muy hermosos,
O muy absurdos. Hoy me resuelvo a
Publicarlos con el título De jardines ajenos.
Ojalá te diviertan.

Fuera de los espacios sombreados, la acera quema (como también arde el pus silenista y el semen de Oliveira en la boca de la Maga). Al pasar Uruguay, la recurrencia de homeless en la acera —en las escaleras de la Iglesia de San Nicolás, metidos en bolsas plásticas, en cajas de cartón, ¿en pelotas?— llama la atención. Más bien, aturde. Violencia que sofoca tanto como el calor purulento de la calle. ¿Neoliberalismo de centroizquierda? Desplazamiento inesperado, pero contumaz: con sus diferencias, los homo sacer de la Santa Fe se parecen a los que, entre 2010 y 2012, vi esos tres veranos —más lluviosos que nunca— en la zona de Condado/Santurce, Puerto Rico. Seres convertidos en basura.

Aprieto el paso para ahogarme de calor (momento tarahumara que no cede ante el cansancio); se me frunce el orto. Los músculos de las piernas se contraen; rápidamente, se expanden tras una respiración profunda y un golpe de pecho (tautológico). El calor empieza a emborrachar. La calle parece una novela que ha fumado poesía bajo el sol (la erótica solar de Michel Onfray y el lirismo “porno-lírico” de Silén se tocan).

Pasando Talcahuano, la primera resistencia poética asoma como un regalo viejo, de Silvio Rodríguez o de Fernando Botero. Los heraldos negros de Vallejo cruzan Libertad. La resistencia se alza (quiero dejar de caminar, ponerme bajo la sombra, tomar agua, pero no cedo: el momento tarahumara se impone). Y ello porque, solo desde la resistencia que no se deja vencer, según Lezama Lima, acontece la poesía. Mantengo el ritmo. Falta poco para terminar este tramo. Trago saliva arenosa. Siento ganas de vomitar. Como si estuviera pedaleando, no paro hasta tocar fondo.

Llego finalmente, no a la 9 de Julio como tal sino a la intersección con su marginal, Cerrito (nombre que parece una broma de Borges). Cruzo la Santa Fe hacia la acera opuesta, donde el sol pega de frente, y a partir de ahí, entre arcadas y momentos en los que parece que me voy a desmayar, empiezo el camino de vuelta, esta vez a una velocidad más rápida que antes, subsumido en el efecto tarahumara (flow que no se detiene ante el cansancio).

En cierta medida, alucino de calor. Deliro, como en los primeros cuatro minutos de Aniceto (2008), en los que la cámara de Leonardo Favio se planta frente a una luz intensa, que simula un sol desértico, para, desde ese lado del calor seco, ensimismarse después en un action painting fílmico, al ritmo de los reflejos caleidoscópicos del agua (polos opuestos que se tocan, el agua y el desierto; imagen que encuadra la película entre la carencia y la abundancia). El mismo temblequeo —el del reflejo del agua titilante— del inconsciente, la memoria y el deseo, que ahora tengo frente a mí, al nivel metafórico de la acera por donde camino; por la que cruza, como una realidad sinestésica, Macedonio Fernández hablando del “pensarescribiendo” con Clorindo Testa, este último a punto de morirse (1923-2013).

Cruzo las calles (Libertad, Talcahuano, Uruguay, Paraná, Montevideo, Rodríguez Peña) como una flecha zen que siente (p)risa de llegar al vacío. A pesar de la náusea, atravieso la entropía como si fuera posible ganarle a la materialidad del cuerpo y por eso mismo, a la gravedad que me pega a la loza caliente. Imantado, en medio de la Avenida Callao, la soberbia de Platón le echa leña al fuego desde los jardines ajenos de Bioy: “Nada de las cosas humanas es digno de gran preocupación.” Idealismo que, al llegar a Macedonio, desestimaba con igual despreocupación la muerte del cuerpo (porque el alma es inmortal). La sed de llegar a Agüeros, cruzar la Santa Fe y regresar al origen de la caminata entre Azcuénaga y Uriburu (la casa), ataca en Ayacucho como si se tratara de un golpe de sed. Explosión y expulsión. La cólera de Marx arremete contra Simón Bolívar; Walt Whitman legitima la guerra mexicoamericana de 1848. La cláusula territorial sobre la que “serestá” (Silén) la realidad política de Puerto Rico —ser parte de, sin pertenecer a Estados Unidos— detiene el tráfico de la Avenida Callao.

Silencio horrísono.

Al pasar Uriburu, la librería Huemul anticipa la llegada del parque donde se congregan algunos homeless. El olor a neoliberalismo llega hasta la acera. ¿Defeca el capitalismo donde come? Como una víbora que se muerde la cola sobre las brasas, la sandez de Vargas Llosa —decir que nunca ha conocido a un “neoliberal” (el liberalismo es el liberalismo: el mejor de los mundos posibles)— pega coletazos contra las cunetas calientes de la Santa Fe, por las que se ve a Fernando Savater transitar de la mano de Vargas Llosa. De Azcuénaga a la Avenida Pueyrredón, el calor se siente más político. El viento se para en seco en Larrea; como una escultura de arena que tapa el sol, de la sombra que crea el levantamiento silenista surge una figura cortazariana inédita: la imagen desdoblada de Enrique Dussel, filósofo de la liberación latinoamericana. Mientras más me acerco a Anchorena, más oscura se siente la presencia de Dussel. ¿Dónde están sus libros?

Como parte del delirio, de Anchorena a Agüero el calor aprieta. Al cruzar la Santa Fe en la esquina con Agüero, de regreso por la “calle” de Leonardo Favio, la imagen distorsionada de Dussel resplandece como un relámpago diurno. ¡Catacresis! La acera se ilumina de verde marihuana, como el fuego de Joaquín Sabina. ¡Visión insólita del calor seco! Verde que te quiero verde (Lorca).

Mientras orina tinta contra el sopor de la tarde, un látigo abocado al exceso, Dussel se agacha y amenaza con cagarse en el eurocentrismo, la modernidad y la postmodernidad. El tráfico se neutraliza como si fuera un pedo de luz en colores (justo en momentos como el de este verano, en el que los cortes de “lus,” según escribieron en una calle, obliga a la gente a protestar contra el neoliberalismo). A partir de ese disparate callejero, imagen dionisiaca de un filósofo —Dussel— más bien apolíneo, aunque con sentido del humor, la necesidad de una seudoteoría sobre la relativa ausencia de Dussel en el contexto filosófico argentino, no se hace esperar.

Antes de llegar a Laprida, el silencio de José Pablo Feinmann y el de Horacio González, para quienes Dussel no existe como filósofo importante —luz sobre luz—, ciega el oído. ¡Implosión de una explosión siniestra! ¿Dejar fuera a uno de los filósofos de la liberación latinoamericana? El ruido de la exclusión rompe los cristales de las vitrinas, que sangran “tiza” o “cal,” como si fuera el aserrín que se le echa encima al excremento de los animales. La vereda se llena de oraciones truncas (como algunas de Rayuela). Invisibilizados, los libros de Dussel se escapan de las librerías, tipo zombies, de modo que nadie los encuentre cuando se los busque. Al llegar a la Avenida Pueyrredón, una mancha de erratas opaca, apoca y aplaca el coleteo de la sabandijas neoliberales (el hijo de Vargas Llosa se mueve en la tinta del papá).

La imagen distorsionada de Dussel transmuta en ectoplasma, rara avis que, cejijunta, viaja entre Larrea y Azcuénaga pegada como una lapa a una camisa de fuerza, la cual, libidinosa, narcisista, solipsista, anda sola por la Avenida Santa Fe, moviendo las mangas, mientras la complicidad elucubra otras maneras de cerrarle las puertas a uno de los filósofos que, a caballo con la historia, mejor ha desmontado el eurocentrismo del imaginario latinoamericano. Enfermedad de la que, curándose en salud, se precia Buenos Aires; eurocentrismo que Dussel, cagándose en la postmodernidad, voltea desde la razón crítica de la transmodernidad.

Las erratas se asoman por las cunetas; como en la novela de Copi, La ciudad de las ratas (2009), organizan su mundo subterráneo al margen de nuestro asco. O el asco del trashumante que, desde una lectura de Bolaño, al escupir sobre el pedazo de Azcuénaga que la Santa Fe empuja hacia Uriburu, pasa la página; el libro de Bioy se cierra en esta cita: “Me largaron de cachorro y en la calle me hice perro.”

Telos. Regreso al origen (casa de la res), entre Azcuénaga y Uriburu. Llegada triunfal. Celebración bufa de Heidegger (Sarduy). Fin de una caminata en rápido, sudorosa, por la “calle” Santa Fe de Leonardo Favio. “Ding dong ding dong estas cosas del amor.” Efecto Silén: “Te ano.”

Término furioso de una calentura sui generis: una hora bajo el sol de la Avenida Santa Fe, inesperadamente seco, sequísimo, en un Buenos Aires caluroso, agonizante, en vísperas de un 2013 diferente al Buenos Aires de 2008, que Feinmann describe (en el epígrafe) como un antro de humedad. Casa del pegote porteño que hace de la transpiración, sudor. Vértigo. Erupción feliz de un volcán inesperado (vuelan pedazos de Feinmann y de Forster): ¡lluvia de calor seco!, como nunca antes me había mojado la canícula porteña.

¡Lo bueno de lo malo!

Entre los fragmentos que caen del estallido seco, este de Cortázar le frunce el orto al calor (“el culo que coma mierda,” dice Fernando Vallejo): “Los acontecimientos necesitan un poco de tiempo para volverse palabra.” La receta de Edgardo Rodríguez Juliá para la crónica, que además del tiempo de Cortázar plantea filtrar el testimonio de la memoria por el oído, choca con la propuesta frontal de Silén: no es con la crónica sino con la poesía…

Ensayo.

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