Un autor a seguir: Miguel Baquero

Miguel Baquero, narrador, bloguero, crítico literario, es uno de los escritores más amenos y divertidos que circulan por estas tierras. No obstante, es también uno de los autores más desconocidos en relación a sus méritos. No hace mucho, la editorial El Garaje (http://www.nodo50.org/edicioneselgaraje) publicó uno de sus trabajos más interesantes: A esto llevan los excesos. De sus páginas ofrecemos un corto capítulo que, como todos los demás, no tiene desperdicio. Una lectura adictiva.

No es nada fácil escribir una novela, no te vayas a cree.

A veces sucede que uno tiene una idea (literaria) pero, por lo que sea, resulta imposible llevarla a la práctica. He aquí el caso:

Me había sentado a escribir un relato en plan policíaco que empezaba así: dos tipos metidos dentro de una furgoneta camuflada frente a la casa de un sospechoso. Le están escuchando mediante micrófonos direccionales, para lo cual tienen puestos sendos auriculares en las orejas. De pronto, se abre la puerta y aparece el jefe con dos vasos de plástico. “He pensado que os vendría bien un poco de café caliente, muchachos”, dice el comisario en plan enrollado. Los agentes a la escucha se quitan entonces los cascos de las orejas y aprovechan la pausa para hablar con el jefe, con abundancia de sobreentendidos, tipo “todavía no le han llamado”, “aún no ha salido de casa”, “el sospechoso sigue sin establecer contacto”. Cosas así que crearan la impresión en el lector de que el tipo objeto de seguimiento es un delincuente peligroso, un pez gordo, un sujeto listo y escurridizo.

De repente, y cuando están acabándose el café, uno de los agentes se pone rojo, se lleva las manos a la garganta y cae al suelo. Muerto. El otro, que le mira estupefacto, rompe de pronto a sudar frío y aunque intenta ganar la salida de la furgoneta es inútil: sufre un estertor y cae muerto también a los pies del jefe, que con una sonrisa ladina recoge los vasos y abandona tranquilamente el puesto de vigilancia.

Convendrás, amigo bloguero, en que es un comienzo impactante, digno de una buena película de Hollywood. Confiado en que —esta vez sí— con esa escena inicial iba a dar el campanazo, me lancé a redactarla con la mayor fe en mí mismo.

Hasta que, pasadas unas líneas, la fe comenzó a decaer y pronto me di cuenta de que los pequeños detalles estropeaban y hacían imposible el conjunto.

Para empezar: ¿cómo iba a abrir el comisario la puerta de la furgoneta, si iba con dos vasos de bebida caliente, uno en cada mano? Imposible. Sólo se me ocurrieron entonces dos opciones: a) que llamara a la puerta, pero si los otros estaban con los cascos en las orejas no era probable que le oyesen y se levantaran a abrir; o b) que en vez de dos vasos llevara un termo. ¿Problema? Que los termos sólo tienen una taza, y entonces tendría que beber primero un agente, caer fulminado, y luego beber el otro. Sería un crimen, ¿cómo decirlo?, algo chapucero.

Podría llevar el comisario otra taza en el bolsillo de la gabardina, pero me parecía un recurso bastante cutre, además de que yo, si fuera agente secreto, sospecharía de esa actitud. Claro que también podría llevar los dos vasos en la mano, dejarlos en el suelo, abrir la puerta, luego agacharse a recogerlos, entrar, volver a dejarlos en el suelo, esta vez de la furgoneta, girarse, cerrar la puerta, volver a agacharse a cogerlos… Pero de ese modo me parecía que perdía fuerza la escena; sin contar con que necesitaría cerca de dos o tres páginas para narrar la entrada del comisario.

Podría también obligar al comisario a que esperase en las cercanías hasta que alguno de los dos agentes saliese a orinar o algún otro asunto, y simular entonces que llegaba en ese momento. Pero ante esto surgía el riesgo de que, en la espera, se enfriase el café.

“Ya te vale —me regañaba a mí mismo— ¿y tú quieres escribir buenas novelas sobre la condición humana si no sabes ni cómo hacer que un personaje entre en una furgoneta con dos cafés?”. Y he acabado, muy deprimido, por abandonar mi novela policíaca en ciernes. A ver si a la próxima, esta vez sí, se me ocurre algo con que dar el campanazo. 

Miguel Baquero

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