Un cuento para la primavera que siempre vendrá


Redacción. LQS-. Junio 2019

Presentamos este cuento que nos envía Alejandro Mulero, un amigo al que a veces le da por escribir cuentos, en esta ocasión su relato trata sobre el “procés”. El cuento se lo ha enviado a vari@s pres@s polític@s catalanes y de ellos ya ha tenido cuatro respuestas de agradecimiento. Nosotras en LoQueSomos no queremos ser menos… ¡Gracias Alejandro!

Campanadas de amor, por Alejandro Mulero

Erase una vez un Rey simplón y muy cobarde, muy cobarde, que tenía mucho miedo a perder su reinado. Tenía tanto miedo que no permitía que nadie planteara otra forma de gobierno que no le incluyera a él como jefe de Estado.

Este rey dirigía las cloacas del Estado y utilizaba todos los medios a su alcance, como la recaudación de impuestos, para comprar a la policía, la justicia, los políticos, las empresas y los medios de comunicación para poder mantener su tan preciada monarquía.

Aunque también se gastaba gran parte del presupuesto del Estado en disfrazar su monarquía de democracia, no dudaba en reprimir, encarcelar, exiliar e ilegalizar personas y actos para evitar la república.

Un buen día un juez se encontró metido en un buen lío, el Rey hizo un burdo montaje desde las cloacas y le encomendó que aplicara una condena muy larga a unas señoras y señores que eran políticos electos, para así escarmentar a todos los ciudadanos que no querían su monarquía.

Este juez era muy obediente y vivía muy bien robando y prevaricando pero le quedaba todavía un poquito de fe en la justicia y un poquito de corazón , así que después de condenarlos se quedó muy triste.

En este reinado, por mucho y por muy bien que se pusieran a trabajar las cloacas, no podían evitar que llegaran noticias de deseos de libertad de todo el mundo.

Al Rey le daba igual porque era muy simple pero al juez el complejo de culpa no le dejaba vivir. Así que el juez para limpiar su sucia consciencia decidió que los presos ocuparan las mazmorras mas aisladas del castillo, las más profundas, a decenas y decenas de metros de profundidad, insonorizadas e incomunicadas con el exterior y entre ellas, sólo con la única luz de una bombilla. Eso contentaría muchísimo al rey. Pero eso sí, dejaba abierta la posibilidad de la excarcelación, ya que si los reclusos oían algún sonido del exterior los dejaría libres, a lo que el rey al verlo totalmente imposible accedió.

Cuando los familiares de los presos se enteraron de que había la posibilidad de ponerles en libertad fueron preguntando a todos cómo hacerles llegar algún sonido, a lo que todo el mundo contestó que eso era imposible, que ningún sonido podría atravesar las paredes de la fortaleza y mucho menos penetrar hasta las mazmorras.

Pero lejos de caer en el desánimo y con mucha premura se llevaron hasta las paredes del castillo todas las campanas de los campanarios que pudieron conseguir y las hicieron sonar toda la noche.

Al día siguiente el juez se afeitó la barba y el bigote para que nadie lo reconociera y se puso el traje de carcelero. Él mismo llevó el mendrugo de pan y el vaso de agua del desayuno a los presos, como se hacía cada día. Al llegar a cada celda fue preguntando uno a uno si habían escuchado algo durante la noche a lo que contestaban cosas como: «¿está de broma? Aquí es imposible escuchar nada» o «si estamos en el centro de tierra!!! que se va ha escuchar!!» o «Yo solo he escuchado el sonido de mi propio corazón».

Cuando el juez subió a la superficie explicó que había sido inútil tanto esfuerzo , que no habían escuchado nada y ante tanta insistencia, decepción, convicción, tristeza y firmeza de los familiares y colaboradores el juez les dio otra oportunidad.

Entonces los familiares no se precipitaron y prepararon lo mejor posible la siguiente acción. Activaron a todo el mundo de cualquier parte del planeta sensible a la república, ya fueran amigos, conocidos y sobre todo los que eran demócratas, que eran muchos. Se hicieron colectas para fundir bronce y fabricar las mas grandes campanas jamás hechas y las fueron trayendo de todo el mundo. Algunas no consiguieron llegar porque el malvado rey consiguió robarlas, pero la voluntad de los pueblos hizo que llegaran casi todas.
Cuando llegó el día elegido en el que estaba todo preparado y muy bien organizado, se pusieron a hacer sonar las miles de campanas, enormes, traídas de todo el mundo que se dispusieron rodeando el castillo. Los guardianes del castillo decían que aquello era «ertumurto».

A la mañana siguiente, de nuevo el propio juez, se dispuso a llevar el desayuno y preguntar uno a uno a los presos si habían escuchado algo, a lo que los presos contestaron: «algo diferente, como un diminuto murmullo», «como el sonar de una campana muy lejana», «una leve vibración»…A lo que el juez les contestó: “Eso que habéis oído es la voz de la humanidad que ha hecho justicia y os llama para ser libres. A partir de ahora podéis salir de la cárcel, sois libres. Las campanas que habéis oído no eran normales, han traspasado todos los muros, han sonado mucho más de lo previsible porque no están hechas solo de bronce, sino que además contienen todo el amor, la solidaridad, la justicia, la libertad, la fraternidad y la igualdad de la mayoría del mundo”.

Cuando el Rey se dio cuenta de que todos sus miedos eran infundados, disfrutó tanto de la vida siendo un ciudadano más, que creció y creció personalmente hasta ser una gran persona, generosa y feliz. Incluso consiguió tener una foto con sus hijas y su madre todas juntas como siempre había deseado.

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