Arturo del Villar*. LQS. Mayo 2018

Los historiadores del arte han rebuscado fuentes inspiradoras de Pablo Picasso, que le incitaran a pintar en 1907 Les Demoiselles d’Avignon, considerada la primera obra cubista, con antecedentes llevados hasta el primitivo arte ibérico. No se ha tenido en cuenta, sin embargo, el retrato realista realizado por Juan Carreño de Miranda, pintor de cámara del rey católico de las Españas Carlos II, conocido en la historia con el apodo de El Hechizado. Este óleo se reproduce sin duda con fidelidad la imagen deforme del monarca, tan deshumanizada que parece una caricatura, cosa imposible, puesto que el artista siguió viviendo después de terminar el cuadro. Los experimentos que iba a hacer Picasso en las caras de sus amigos en el siglo XX tienen un precedente en el XVII, advertible en el retrato de Carlos II, con la diferencia de que Carreño no modificó la imagen de su patrón, aunque es probable que la mejorase algo, para no perder el cargo. Pero poco podía mejorarse en aquel engendro de la naturaleza.

Al rey Carlos II se le motejó de Hechizado porque no era concebible un ser tan espantoso y espantable. Fue el resultado de la endogamia propia de los monarcas de la Casa de Austria, seguida después por la de Borbón, que solamente ha proporcionado monstruos a la historia de España. Recordemos que Carlos II era hijo de Felipe IV y su sobrina Mariana de Austria, nieto de Felipe III y su prima Margarita de Austria—Estiria, bisnieto de Felipe II y de su sobrina Ana de Austria, y tataranieto de Carlos I el empera-dor y su prima Isabel de Portugal, nietos ambos de los Reyes Católicos. Al creerse los monarcas seres superiores a la humanidad entera, solamente podían casarse con mujeres de la misma familia poseedoras de sus mismas características. De ese modo la endogamia se convirtió en una regla de obligado cumplimiento para las monarquías europeas. No llegaban a tanto como los faraones egipcios, hijos del Sol, que se casaban con sus hermanas por ser las únicas de su misma categoría, pero les faltaba poco.

Un monstruo coronado

No podía resultar nada bueno de esa herencia. Quizá fuera una suerte para España que Carlos II, aunque se casó dos veces, no lograra tener descendencia, porque la degeneración habría sido espantosa. No obstante, por esa falta de sucesión directa ocupó el trono de España la Casa de Borbón, que ha resultado peor todavía que la de Austria, por seguir hasta hace dos generaciones el ejemplo de los austriacos. Prueba de ello es Juan Carlos de Borbón y de Borbón, hijo de dos primos, sucesor a título de rey del dictadorísimo, ahora rey emérito de España por méritos que sólo él conoce.
El aspecto de Carlos II era trágico, según las descripciones de quienes lo conocieron. Bajo de estatura, tan débil que necesitaba apoyarse en las paredes para poder andar, de cara estrecha como aplastada, larga nariz, un acusado prognatismo que prolongaba exageradamente el mentó inferior, por lo que le resultaba imposible juntar la dentadura superior con la inferior, lo que le ocasionaba dificultades para hablar y daba asco verle comer, padecía frecuentes temblores espasmódicos y sudores tremendos y a todo ello se unía la falta de inteligencia. Murió a los 38 años, con apariencia de anciano decrépito.
La herencia se comprueba al comparar este retrato con los de su tatarabuelo el empe-rador Carlos V, que luce también un prolongado mentón. Relataban los embajadores extranjeros con repugnancia que le costaba beber la cerveza a la que era muy aficionado, porque le resbalaba por la boca, al no conseguir cerrarla. Con la diferencia de que este primer Carlos de la monarquía española era un criminal fanático, pero no un imbécil integral, como lo fue su descendiente.

Picasso en cubista

Carreño de Miranda lo retrató al natural tal como era, quizá algo mejorado por su condición de pintor de cámara, con sus enormes taras físicas bien visibles, que permiten adivina las lacras espirituales, y así consiguió un avance del cubismo sin pretenderlo. En cambio, Picasso sí quiso descoyuntar su figura en los varios autorretratos que se hizo, todos ellos más humanos en su descoyuntamiento cubista que el muy realista de Carlos II. En el fechado en 1907 exageró sus rasgos desde una actitud esquemática, destacando los ojos que miran profundamente, con una mirada de pintor dedicado a observar los objetos para reproducirlos exactamente. En ella se advierte una gran inteligencia y un carácter dominante, dos aspectos que su biografía confirma.

El grotesco aspecto físico del rey Carlos II y su estupidez congénita facilitaron que en aquella época de quema de brujas en las plazas públicas, los cortesanos supusieran que estaba Hechizado, y con ese triste apodo queda registrado en la mísera historia de la monarquía española. De ese modo se achacaban a las fuerzas maléficas las degradaciones del monarca, y no a la herencia. Una legión de frailes de diversas órdenes fue llevada a palacio, con intención de someterle a exorcismos para espantar a las poderosas fuerzas demoníacas que supuestamente se habían apoderado del espantajo que constituía su cuerpo. Puesto que era así desde su nacimiento, nadie podía achacarle la comisión de ninguna inmoralidad de la que derivase su deformidad. La causa tenía que ser espiritual, obra de un espíritu infernal.
En el caso de que todo esto se advirtiera en alguno de sus vasallos, con toda seguridad habría sido llevado a la hoguera inquisitorial, acusado de tener trato don Satanás. Al tratarse del rey católico los inquisidores buscaban las causas de su estado físico y mental fuera de él: había sido hechizado por una conspiración organizada por los enemigos de España, para destruir su imperio. Es lo que se dice siempre, como bien sabemos.
Si no estuvieran documentadas todas las aberraciones propuestas por los frailes para conseguir tan religioso afán, creeríamos leer una novela humorística absurda y divertidísima, pero son ciertas. Por ejemplo, se le hacía beber en ayunas aceite bendecido, y después se le embadurnaba todo el cuerpo con el resto del mejunje. Otro remedio consistió en hervir su ropa interior en agua bendita, con el fin de que los malos espíritus abandonaran su cuerpo en cuanto la vistiera. Se comprende que con tales exorcismos la mala cabeza del rey, idiotizada por nacimiento, se acabara de desequilibrar del todo. Y los vasallos del rey católico, rezando por él mientas tanto.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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