Una coincidencia de Campoamor y Marx

Arturo del Villar*. LQS.Abril 2019

Los titanes, creyéndose los seres más poderosos, se atrevieron a tomar el cielo por asalto para echar a los dioses y sustituirlos, sin conseguirlo

Aunque fueron estrictos coetáneos Ramón de Campoamor (1817—1901) y Karl Marx (1818—1883), no parecía previsible encontrar alguna semejanza en sus respectivos escritos, porque difieren esencialmente sus ideologías. El asturiano gozó en vida de una fama considerable, algunos historiadores de la literatura opinan que excesiva: fue poeta, dramaturgo, filósofo e historiador, desempeñó diversos cargos oficiales, fue gobernador civil, diputado y senador, era monárquico convencido, afiliado a partidos políticos conservadores, y en su biografía destaca el hecho favorable de que se negó a ser coronado como poeta nacional, según costumbre de la monarquía a sus cantores. Porque Campoamor abrió su segundo poemario, Ayes del alma, con una “Oda a la reina Cristina, restauradora de las libertades patrias”, que no soy capaz de evaluar porque no he conseguido terminarla.

Todo eso no es nada con en comparación con el papel alcanzado en la historia de la humanidad por Marx, ya que la cambió con sus escritos. En votación popular se le ha considerado el escritor más influyente de la historia, se le ha traducido a todos los idiomas del mundo, y ha dado lugar a una interminable legión de estudiosos y glosadores. El marxismo empuja las revoluciones sociales, es una filosofía económica de enorme incidencia en las ideas políticas, y domina el pensamiento de la izquierda.

No hay, por lo tanto, ningún punto de comparación entre las vidas y las ideologías de ambos. Aunque Campoamor se consideraba filósofo, tanto en verso como en prosa, no llegó a constituir un sistema ni a conseguir ningún discípulo. Si sus versos caían en los ripios más exagerados, sus escritos filosóficos padecían el mismo problema comunicativo. Un ensayo notable de Marx, Miseria de la filosofía, publicado en 1847, aunque esté inspirado por Proudhon nosotros se lo podemos aplicar a Campoamor, ya que no logró alcanzar otra categoría.

Y no obstante todo ello, los dos escritores coincidieron en una frase, manifestada por uno en verso y por otro en prosa, como había de esperarse, con la misma intencionalidad. Es una frase solamente, porque en todo lo demás no es factible encontrar semejanza alguna. Es una simple casualidad, que verdaderamente carece de importancia, pero me parece llamativo que se diera, y por eso merece ser revelada. Resultaría imposible buscar concomitancias entre sus respectivas obras, que no son parangonables.

Y es inútil recodar que Marx estaba muy interesado por los acontecimientos españoles, como lo demuestran sus comentarios sobre el pronunciamiento revolucionario de 1854, seguido diariamente en las crónicas que le inspiró, tituladas La España revolucionaria, origen de un libro complementado con otros artículos de Engels. Sería ridículo suponer que Campoamor le inspiró una de sus expresiones más conocidas.

Asalto al cielo

Las fechas confirman que el poeta se adelantó al economista. Su segundo poemario, antes citado, Ayes del alma, fue editado en Madrid por la Imprenta y Librería Boix en 1842, con 224 páginas, Además de figurar incluido en las varias recopilaciones de sus obras, se han hecho ediciones recientes. El autor tenía entonces 25 años, y empezaba a gozar de una fama que no dejó de crecer, a pesar de los ripios que condenaban tantos versos, pero que por eso mismo rimaban sonoramente. Demasiado.

En este libro figura una cuarteta que anticipa el marxismo, aunque carece de relación con la filosofía marxista, y el autor se hubiera asustado de haber llegado a saberlo, porque para las derechas españolas siempre ha sido y sigue siendo un espanto la doctrina de Marx:

Tiende, bien mío, de tu mente el vuelo;
No imites en tu curso a los que, viles,
Por no asaltar en su altivez el cielo
Usurpan su mansión á los reptiles.

Un gran consejo, aunque no debe de ser muy ortodoxo: en las religiones monoteístas al haber un solo poder, el del Dios omnipotente, creador de todo lo existente y absolutamente bueno, se dice que un grupo de ángeles creados por él se rebeló con intención de suplantarlo. Esta circunstancia dio lugar a una guerra civil en el cielo, en donde el ejército de Dios era comandado por el arcángel Miguel, nombre que en hebreo significa “Quién como Dios”. El tema es tan complejo que no queda claro en ningún relato, pero manifiesta que quienes intentan asaltar el cielo son derrotados y enviados al infierno llameante. De modo que el católico Campoamor no debiera animar a nadie a asaltar el cielo, ya que lo condenaba a las eternas penas del fuego inconsumible.

Caso distinto es el de Marx, judío de raza pero no de creencias, en una carta dirigida al doctor Ludwig Kugelmann el 12 de abril de 1871, le comentaba los acontecimientos de la Comuna de París, que comparaba con un asalto a los cielos. Seguramente pensaba en la mitología griega, en donde los titanes, creyéndose los seres más poderosos, se atrevieron a tomar el cielo por asalto para echar a los dioses y sustituirlos, sin conseguirlo. Tampoco la Comuna alcanzó los fines propuestos y fue derrotada, no por arcángeles ni dioses, sino por unos militares bien entrenados para la guerra.
Sin seguir ninguna mitología, lo cierto es que Campoamor en 1842 y Marx en 1871 tomaron como una referencia conocida el asalto a los cielos, en señal de promoción colectiva.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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