Una fábula sobre el descenso a la sinrazón

Nònimo Lustre*. LQS. Septiembre 2020

Suele ser muy útil releer las viejas consejas del folklore. Esos apólogos fabulosos a los que, seudo-inconscientemente, pedimos consejo porque los tenemos alojados en nuestras respectivas trastiendas y traspatios

La Política no es tan compleja como nos la presentan sus profesionales y lo corean los medios. La susodicha no es más que la administración de la riqueza –léase, del Poder- y, en este sentido, todo se reduce a la sempiterna lucha de clases entre enriquecidos y empobrecidos. O, dicho sea para la España actual, entre monárquicos –mal llamados constitucionalistas– y republicanos –peor llamados separatistas, antisistema, anarquistas, etc. El resto, esa supuesta complejidad, se rebaja a fuegos de artificio que comienzan en duelos a cuchillo para terminar en francachelas íntimas, ambas ceremonias escenificadas dentro de un teatro cuyos actores sólo buscan la ovación de unos espectadores a los que mantienen sentaditos en sus butacas.

Dicho así, conviene subrayar que esta simplificación de la supuesta complejidad de la Política no es la consabida táctica –a la que tan aficionada es la derecha-, de vulgarizar y caricaturizar. Al revés, es descifrarla despejando de eufemismos, neologismos y barbarismos el espacio público. Y también significa acudir a los antecedentes históricos para limpiar de adanismos la cacofonía de unas tribunas infectadas por ese prurito de originalidad tras el que quieren ocultar el plagio continuado que perpetran del glosario de sus antecesores en las poltronas. En definitiva, es recordar una perogrullada: que el mundo no ha sido hecho por los actuales salvadores de la Patria y/o de la Revolución sino que la Política de hoy es básicamente la misma que la de ayer y antesdeayer. En otras palabras, que el mundo no es moderno.

Por esto último, suele ser muy útil releer las viejas consejas del folklore. Esos apólogos fabulosos a los que, seudo-inconscientemente, pedimos consejo porque los tenemos alojados en nuestras respectivas trastiendas y traspatios. Cierto que esas parábolas suelen incorporar elementos, no sólo paremiológicos, descritos con términos infamantes. Pero no nos agobiemos porque su actualización es facilísima. Ejemplos: allá donde nos hablaron de reyes, hoy escuchamos caciques, caudillos o gamonales; y allá donde dicen princesas, nosotros leemos guerrilleras, rebeldes, putas y, por qué no, hasta brujas.

Todo ello no es Metapolítica ni, menos aún, Antipolítica –inexistente. Es Política tradicional de acreditada eficacia para romper los nudos gordianos del ruido doméstico. Copiando el esquema argumental de un cuento escandinavo, El viejo que siempre lo hace bien) (*), veamos un caso español que describe la instructiva evolución de un partido político.

El partido tonto que siempre hace lo correcto

El relato original nos sitúa en una Escandinavia donde los campesinos comercian e intercambian en la feria comarcal. No hay recaudadores de tasas ni nobles a caballo ni fielatos. Por tanto, es un Mercado genuinamente libre porque es autónomo frente a los Señores del Castillo. Hoy, semejante independencia nos resulta impensable porque estamos ahogados en un tiempo bífido que idolatra la libertad del Mercado a la par que la niega en la práctica.

La línea argumental del cuento encadena las sucesivas transacciones de un viejo campesino que va a la feria porque quiere vender su caballo. Pero, antes de venderlo, lo va cambiando por otros animales, a cual menos valioso; al final, llega a regalar una gallina a cambio de un saco de manzanas podridas. Por disparatados que parezcan, todos esos trueques reciben el beneplácito de su esposa. Comencemos la serie de tontunas del anciano feriante.

El caballo: del profeta Elías a Marx

El anciano quiere vender su caballo porque calcula que recibirá unos buenos maravedises que le servirán de colchón frente a las adversidades de la jubilación. Por su parte, el partido político español está vendiendo su caballo por igual motivo –por dinero. Pero, ¡ojo!, este dictum es una especulación que habrá de precisarse o abandonarse según nos aconsejen las transacciones que sigue. Para un partido que no es económico sino político, no parece que sea un buen comienzo dar prioridad al dinero. Más aún, ahorrar dinero conlleva menoscabar la fuerza simbólica que requiere cumplir con un lema muy querido por ese partido: asaltar los cielos.

“El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”, ha repetido desde 2014 el susodicho partido político usando una consigna que atribuyen a Marx quien, a su vez, la saqueó de un corpus que algunos remontan al romanticismo alemán y otros a Elías cuando no al tatarabuelo de Abraham. Es obvio que asaltar el cielo exige una brillantísima parafernalia ecuestre. No sería de recibo embestirlo en taxi o en burro, tiene que ser a caballo. O, mejor todavía, como nos enseña la sagrada biblia, en carro ardiente. Así ascendió al cielo el profeta Elías, en un carro de oro y fuego tirado por cuatro briosos caballos –no recuerdo que tal hazaña estuviera al alcance de las otras dos personas que están en el Paraíso sin haber muerto, la Virgen y el profeta Eliseo. Por todo ello, vender el caballo no ha sido nunca una gran idea, ni entre campesinos ni en esta (supuesta) democracia.

La vaca y la soberanía alimentaria

El anciano campesino comienza a perder el oremus cuando, para alegre sorpresa del vaquero, cambia su caballo por una vaca. El partido de marras le imita y pierde su gallardo corcel porque la rumianta le dará queso y manteca -y café con leche, añadimos. Dicho en breve: ha dejado de aspirar a los cielos suplantándolos por unas cominerías domésticas nada heroicas. En el fondo, esto significa alejarse del énfasis en la gran revolución agroeconómica que soñaba con una España verde para jibarizarse en una reformita traducible en las mentirosas etiquetas de la comida basura de los supermercados. Por supuesto que este desdichado canje atenta contra la auténtica soberanía alimentaria –otro de los leit-motivs del partido.

Un cerdo galardonado

Ya en el disparadero, el viejo del cuento escandinavo permuta la vaca por un gorrino cuyo mérito –según el porquero-, es haber ganado un concurso de obesidad grasienta. El partido en cuestión vuelve a las andadas: trapichea con la soberanía alimentaria láctea para conseguir una soberanía de menor cuantía, la charcutera. No conozco las reacciones que este nuevo dislate ha causado en los ministerios de Sanidad y conexos pero, en cualquier caso, no recuerdo que se haya opuesto el ministro de Consumo, un comunista de carnet más preocupado por luchar contra la ludopatía que por la dieta de los súbditos. Tampoco sé la opinión de las bases del partido pero sospecho que, siendo más vegetarianas que carnívoras, no les ha debido hacer mucha gracia. Sin embargo, el mayor disparate de esta operación ferial radica en que el rústico ha caído en la trampa de los premios. El partido, lo mismo, ha picado el cebo del oropel olvidando que la bisutería no tiene presupuesto ni, por ende, ningún poder real.

El ganso y el fuagrás

Cuando el arcaico campesino prefiere tener un ganso antes que un cebón, recae en la cortedad de miras ya manifestada en la adquisición de la vaca. Es razonable cuando no quieres salir del entorno doméstico y piensas demasiado en el confort pero es absurdo cuando el partido también tropieza en la misma piedra; debería saber que las plumas de ganso son un ornamento cutre para cualquier despacho vicepresidencial –suponiendo que lo tengan. Son plumas meramente edredónicas. Pero esta vez con un agravante: que optar por el ganso equivale a patrocinar el denostado fuagrás. Los animalistas deben estar furiosos porque una cosa es amar en exceso al café con leche y otra desayunar con las excrecencias del tumor que han introducido en el mísero ánsar –otro caso de antroponosis con resultado de cáncer digestivo. En la vida política actual, este cambalache representa para dicho partido la pérdida de una parte del electorado. Y la ganancia de más quincalla, regalada por quienes reparten canonjías al notar que el partido las merece dada su inconsistencia programática. Y un ligero incremento de la comodidad burguesa más convencional. Ellos sabrán porqué prefieren el confort a los cielos.

La gallina proletaria

No hay ave más humilde que la gallina. De ahí que, al trocar al imponente ganso por la gallina cagona, el campesino no puede caer más bajo –excepto si salta al otro lado de la razón. Por su parte, el partido no tiene por qué asomarse al abismo de la irracionalidad pero mejor estaría alejándose de un ave controlada por la agro-criminalidad multinacional –Sada, Huevos Guillén, etc., en versión hispana. Ya sabemos de sobra que la gallina es el primer recurso –a veces, el último- de los neo-rurales pero piensen en el partido que hablamos de una ínfima parte del electorado que tendrá más futuro –quizá, menos- si algún día resucita el ministerio de Agricultura y, en especial, si el ex asaltante de los cielos recobra el ímpetu verde que ya mencionamos en el caso de la vaca. Comprendo que elegir a la gallina es un guiño al proletariado pero un guiño no hace granero.

Las manzanas podridas: de Eva a los medios alternativos

En su último episodio, el campesino regatea con la gallina en pos de ¡unas manzanas podridas! Ha caído en esa irracionalidad con la que coqueteaba desde que salió camino de la feria. Pero su motivación es altruista y, por ello, económicamente ruinosa pero moralmente correcta: quiere que su esposa haga un regalo a una vecina aún más pobre que ellos. Allegándonos a la actualidad, ¿puede un partido hacer regalos de esa índole? Podría, si conociera a sus vecinos pobres… en cuyo caso caería en la caridad. Regalar manzanas defectuosas sólo podría ser entendido como cooptación. Para evitar esa ignominia, tendría que recurrir a sus escasos medios de comunicación, insuficientes para contrarrestar la avalancha mediática que estallaría en un minuto porque para eso se pasa la vida afilando sus navajas. The end.

Finalmente, volviendo al caballo que inicia esta fábula y tras el sesudo análisis de sus ocurrencias, podemos colegir que el dinero aludido en el dictum provisional del primer párrafo caballuno, ha sido el catalizador del desastre en cadena. Lamento que el corolario sea tan grosero como universal. Pero no por ello me cortaré las venas puesto que el propósito de este apólogo traducido al presente político consistía exclusivamente en demostrar la necesidad de esclarecer la Política mediante el recurso al folklore. Creo humildemente que Q.O.D.

(*) Hans Christian Andersen, 1861; en danés, “Hvad Fatter gjør, det er altid det Rigtige” o “Hvad Fatter gør, det er altid det Rigtige”; en inglés, What the Old Man Does Is Always Right. Basado en el cuento folklórico noruego Gudbrand i Lia (‘Gudbrand on the Hillside’) Andersen reconoce que oyó este cuento cuando era niño. Hay cuentos similares en los folklores inglés y alemán. Cuento leído en el clásico Pueblos y Leyendas (VV AA, Seix y Barral Hnos., Barcelona 1936) en cuyas páginas 20 a 23 también leí “La huida del pintor Notcha” –leyenda resumida en el poste “150.000 soldados desconocidos” http://loquesomos.org/wp-admin/post.php?post=68755&action=edit )

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