Antoni Puig Solé*. LQSomos. Diciembre 2017

El capitalismo se basa en la producción de mercancías, es decir, de objetos útiles destinados a la venta. El valor de estas mercancías no se desprende de la cantidad de trabajo concreto consumido al producirlas. Va asociado al trabajo abstracto socialmente necesarios. Con este concepto, Marx se refiere al tiempo medio de trabajo requerido, usando la tecnología predominante en cada momento, para producir una mercancía.

La tecnología tiene que ver con los medios de producción (maquinaria, edificios, materiales, etc.). A la cantidad monetaria destinada a adquirirlos, Marx le llama capital constantes. Estos medios funcionan gracias a la fuerza de trabajo, una fuerza que debe ser suficiente y bien formada para usar cada una de las tecnologías. La cuantía monetaria destinada a la adquisición de esta fuerza de trabajo, Marx le llama capital variable.

Cada proceso productivo tiene sus particularidades. Esto da lugar a diferentes proporciones de capital constante y variable. La relación entre estas dos formas del capital, se denomina composición orgánica y difiere entre unas empresas y otras y entre sectores productivos.
El valor de la mercancía sólo se expresa en el momento del cambio, poniéndose al lado de las otras mercancías (o sea en el mercado) que también tienen su valor. Lo hace a través de un precio. En otras palabras: el tiempo de trabajo abstracto socialmente necesario es la esencia y el precio la apariencia.

La diferencia entre la esencia y la forma de aparecer es importante. En realidad, los productos individuales casi nunca, salvo extrañas coincidencias, tienen un precio que equivalga a la magnitud del tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlos. Por eso es importante distinguir entre valor y “precio de producción” y entre éste y “precio de mercado”. Marx no desarrolla estas distinciones hasta llegar al libro 3º de El Capital.

El precio de mercado es el que realmente paga el cliente al pasar por la caja registradora. De hecho, es el precio que emerge y que finalmente expresa el valor. El precio de mercado, por lo tanto, es la apariencia del valor que, como ya hemos dicho, es la esencia. Este precio no es otra cosa que la cuantía obtenida a cambio, de la mercancía que actúa como el equivalente universal, es decir, el dinero obtenido con la venta. Inicialmente, esta mercancía (dinero) que representa universalmente el valor de todas las mercancías, fue el oro o la plata, que a su vez dio lugar a su presentación en forma de moneda. Después se originó el dinero simbólico.

El precio de producción, en cambio, es la cantidad de dinero por la que una mercancía se debería cambiar para garantizar que la tasa de beneficio fuese igual en todas las ramas y empresas capitalistas. Es un precio teórico. Por eso Marx habla de tendencia a la igualación de la tasa de beneficio. Pero es una tendencia importante que permite acercarnos a la superficie de la vida económica. La tasa media de beneficios existe en la mente de los capitalistas que están interesado en sobrepasar todos los obstáculos para alcanzarla y superarla si es posible. Cualquier plan de inversión, por ejemplo, parte de una estimación informada del precio que supuestamente respetará el mercado y que lo hará (o no) viable. Este precio, podríamos decir, de una manera burda, que es el precio de producción.

Ahora bien, a pesar de la diferencia entre valor mercantil, precio de producción y precio de mercado, todo se relaciona. La falta de correspondencia entre precio de producción y precio de mercado, por ejemplo, no puede escindirse del tiempo de trabajo socialmente necesario. Cuando bajan los precios a causa de exceso de oferta, se pone de manifiesto que se ha destinado un tiempo de trabajo a producir tal o cual mercancía, superior al socialmente necesario, es decir, se ha empleado más trabajo del que puede absorber el mercado.

Pero, si bien la oferta y la demanda nos pueden explicar por qué el precio de mercado difiere del precio de producción, ¿qué diantres explica que los precios de producción no concuerden con los valores?

El modo de producción capitalista, no responde a la actuación de uno, sino de un grupo de capitales que compiten entre ellos y cooperan a la vez, unos con otros. Estos capitales se desplazan en busca de la situación más rentable, lo que produce una equiparación de las tasas de beneficio en el mercado, e incentiva, como veremos, una desviación entre valores y precios.

El capital es una cantidad de dinero que se valoriza, a través del circuito D-M-D’. El incremento de valor que expresa D’, proviene de la creación de un excedente. Marx demostró que este excedente (plusvalía) existe gracias a la diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo (salarios) y el valor creado con la utilización de esta fuerza. La explotación del trabajo es lo que permite, pues, la valorización del capital. Cuanto mayor sea el número de trabajadores explotados, mayor será la masa de plusvalía generada.

El capital, al apropiarse de los medios de producción (incluidas las redes de distribución) fundamentales, deja al obrero despojado sin más opción que vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. El capitalista se apropia finalmente de la mercancía producida y del dinero obtenido con la venta de esta mercancía. El excedente (plusvalía) puede aumentar prolongando la jornada de trabajo. También puede hacerse reduciendo el tiempo de trabajo necesario para producir las mercancías que el obrero necesita para asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo. Esta reducción de tiempo se obtiene gracias a un cambio tecnológico que aumenta la productividad del trabajo. La competencia, impulsa a los capitalistas a aumentar la productividad.

Como Marx ya explica en el 1er volumen de El Capital, el capitalista que se anticipa en la introducción de una mejora tecnológica puede producir por debajo del tiempo de trabajo socialmente necesario (reduce costes, según su jerga) y por tanto obtiene una plusvalía extraordinaria si vende sus mercancías respetando el precio que determina la productividad media. Al aumentar la productividad, aumenta el número de mercancías producidas y amplía la oferta. Esto puede reducir los precios, pero el descenso no evita que el capitalista innovador siga en una situación privilegiada. Por el contrario, amenazará las ganancias de otros capitalistas. Algunos se arruinarán y el innovador ganará mercado. Puede, incluso, vender por debajo del valor derivado del nuevo tiempo de trabajo socialmente necesario (dado que su tiempo de trabajo necesario es menor que la media), obteniendo su correspondiente tasa de plusvalía y garantizándose aún una cierta plusvalía extraordinaria. Pero no hay mal (ni ventaja) que mil años dure.

Otros capitalistas adoptarán las mismas o similares innovaciones, aumentando su productividad. Entonces, la mayoría de los capitalistas producirá en condiciones del trabajo socialmente necesario, obteniendo así sólo la “plusvalía ordinaria”, que al fin y al cabo, no está nada mal. Este estadio comportará la desaparición de la plusvalía extraordinaria y animará la búsqueda de una nueva innovación, que dará lugar a otra tanda de cambio tecnológico. No es necesario aclarar que una táctica habitual de los capitalistas llamados innovadores es dedicar una fracción de la plusvalía extraordinaria (y de la ordinaria) a promocionar la innovación. Este proceso de innovación permanente del capital, agiganta su composición orgánica, es decir, crece más la cantidad de capital constante (máquinas, materias primas) que la de capital variable (salarios). El aumento de la composición orgánica del capital pone presión sobre la tasa de beneficio.

Los capitalistas sólo producen si al hacerlo obtienen un lucro y quieren que este lucro sea el más alto posible. Difícilmente aceptan que su beneficio sea menor que el del resto. Sólo lo hacen aquellos capitales que están mal posicionados y han de comulgar con ruedas de molino. Los capitalistas no producen pensando en lo que la gente necesita sino con lo que la gente puede comprar por un precio suficientemente alto que permita que su beneficio iguale, o si es posible supere, el obtenido por otros capitalistas. Esto es lo que llevó a Marx a hablar de precios de producción como suma entre los gastos de producción y la tasa media de beneficio vigente en cada momento.

De hecho, el mercado establece una tasa media de beneficio para los capitales agregados que circulan. Las empresas con composiciones orgánicas más bajas, si producen respetando el tiempo de trabajo socialmente necesario, generarán más plusvalía que las que tienen una composición orgánica más alta, ya que tienen, en consecuencia, una mayor proporción de capital variable, pero no por ello han de obtener mayores tasas de beneficio. Si fuera así, los capitales no se dirigían a aquellas empresas que necesitan más tecnología que el resto a excepción de cuando y donde esto les puede generar una plusvalía extraordinaria. Entonces, el sistema perdería parte de su dinamismo. Para compensar esta “anomalía”, las empresas con baja composición orgánica, no pueden apropiarse de la plusvalía total producida.

Venden por debajo de su valor, pero garantizando, no obstante, la misma tasa de beneficio que las otras, ya que su patrón de conducta no es el valor mercantil sino los precios de producción. De este modo, se transferirá (de nuevo a través de una realidad fantasmagórica) parte de la plusvalía a las empresas con mayor composición orgánica, que también venderán según el patrón de los precios de producción. En otras palabras, las empresas o ramas con más capital constante, utilizan menos tiempo de trabajo social, pero se apropian de una mayor parte de la plusvalía social. Este proceso toma la apariencia de los precios, pero lo que realmente contiene es valores y lo que hay detrás de esta redistribución de beneficios, es plusvalía. Los precios y los valores no son iguales, pero se relacionan entre sí. Al final, los precios oscilan en torno a los valores y difieren dentro de unos límites. Los beneficios, por su parte, están asociados con la plusvalía global. Este proceso se produce continuamente y da lugar a una mayor centralización y concentración de capital. Periódicamente también crea sobreproducción y el colapso de muchos de los capitales menos productivos. Todo ello incentiva un flujo de capital hacia aquellos sectores con mayores tasas de beneficio, lo que obliga a invertir una cuantía superior de capital constante, elevando, a la vez, la composición orgánica en los sectores menos productivos si quieren subsistir, para poder atrapar a los más productivos. El resultado es una equiparación de la tasa de beneficio entre unas empresas y otras, lo que no quiere decir que esta tasa de beneficio sea igual en todas partes, ya que hay capitales mejor posicionados que otros y que, gracias a ello, pueden beneficiarse de los intercambios desiguales.

Ahora mismo, vemos que la producción industrial se desplaza a países donde el valor de la fuerza de trabajo es menor que en los países del centro imperialista y, por tanto, la tasa de plusvalía es superior. El número de asalariados en estos países ha crecido de una manera nunca vista. Mientras la población asalariada crece a nivel mundial, las industrias que permanecen en los países del centro imperialista tienen composiciones orgánicas extremadamente altas de capitales y utilizan muy pocos trabajadores. Por lo tanto, se produce cada vez menos plusvalía en los países imperialistas y cada vez se produce más en los países de la periferia. Esto, junto a la cuestión de los precios del monopolio, la extracción de plusvalía extraordinaria y el intercambio desigual, nos ayuda a analizar de dónde vienen los grandes beneficios que obtienen las gigantescas corporaciones del centro capitalista. Algo similar hay detrás de los procesos de descentralización productiva que prospera en los países del centro imperialista.

Estos procesos de movimiento de capitales, continúan día tras día, a través de los ciclos de acumulación pero también afrontan, como ya hemos dicho, momentos de crisis. Paradójicamente, en la crisis, a medida que las empresas van a la quiebra, el capital global se va devaluando y entonces la composición orgánica del capital cae (en términos de valor). Cuando la rentabilidad se restaura y el PIB crece otra vez, se inicia un nuevo ciclo de acumulación.

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