Uno de los nuestros

Recientemente -con motivo de la muerte de alguien- oíamos a una presentadora de TVE expresarse en estos términos… “se va uno de los nuestros”. ¡¡¡!!!  ¿¿¿???

Y digo yo: ¿qué entenderán estos membrillos de la tele  por “uno de los nuestros”?, que decía la chavalita ésta.

Si he de ser sincero aquí, el concepto que yo tengo de la tele, al menos en los territorios de la España de Botín, es que eso debe ser lo más parecido a un inmenso laboratorio; una descomunal cocina, donde se cocinan, aderezan, aliñan y se sazonan las noticias para luego servirlas en estos platos de plasma en que cada uno de los españolitos sufridores, luego, en mayor o en menor medida, las devoramos en nuestras propias casas.

Qué entenderán éstos y los que les pagan por “uno de los nuestros”…Precisamente los que le dedican casi medio Telediario a los deportes, pero callan la noticia de la mujer que se arroja por la ventana porque la van a desahuciar; envilecen un poco más -si cabe- ese medio, silenciando -o ignorando- la pitada al Rey en una final de la Copa del mismo, emiten tediosos y enajenantes concursos y soporíferos programas dedicados a anestesiar a un pueblo al que lo único que le está haciendo falta ya es ese alguien que salga con una tea ardiendo a la calle para encabezar la revuelta que está necesitando el País para poner las cosas  en su sitio.

Uno de los nuestros…ése era el título de una magnífica peli de Martin Scorsese (1990)

¿Pero qué tienen que ver aquí esas palabras, el título de ese film, con la desaparición de ese pedazo de artista?, ¿qué entenderá esta mocita por “uno de los nuestros”?

Para los que nos asomamos a estas rebeldes páginas, ser uno de los nuestros representa que forma parte de un colectivo que se compromete por las ideas. Cayó uno de los nuestros, se dice, cuando ellos matan a    uno de aquellos hombres o mujeres con quienes les arrojábamos piedras e insultos, en los descampados de Vallecas, a los grises, en los ya lejanos días de la Transición; cuando muere un honesto y combativo luchador -sea aquí o en Sudáfrica-, cuando muere un sindicalista del tamaño de Marcelino Camacho, cuando un joven Javier Verdejo nos es arrebatado por la muerte, vestida ésta de guardia civil, cuando una huelga de hambre se nos lleva –aunque sea en el otro extremo del Planeta- a un camarada al que ni siquiera conocíamos, cuando los esbirros de cualquier gobierno liquidan al ecologista Chico Mendes, por luchar contra el arboricidio en Brasil; cuando la mano más o menos anónima suprime de un machetazo la vida de Dian Fossey, cuando un jodido cáncer nos arrebata al entrañable Rafael Azcona, cuando un ejemplar Julián Grimau, unos valientes como los cinco del 27 de septiembre de mil novecientos setentaicinco, un joven Salvador Puig Antich, un ejemplar Salvador Allende, un poderoso Víctor Jara, un Carlos Palomino, cualquier estudiante asesinado por la Junta argentina -la de Brasil o la de Grecia-, caen vilmente asesinados por los verdugos de la clase trabajadora, en el pasado inmediato o en estos mismos momentos en que la extrema derecha campa por sus respetos con la benevolencia de la policía y de los que desalojan Sol.

Cayó uno de los nuestros, pudimos muy bien decir, cuando falleció el combativo y soberbio León Felipe, cuando los asalariados de la CIA liquidaron a Ernesto Guevara, cuando caían los heroicos combatientes nicaragüenses del Frente Sandinista, bajo las balas del señor Reagan, cuando cayó José Saramago, cuando lo de Casa Viejas, cuando nos dejaron Labordeta, Pasionaria, Durruti, Pepe Díaz, Mercedes Sosa, Carlos Cano, Pablo Neruda, Camilo Cienfuegos… No hace falta haber vivido los tiempos de la Revolución de Octubre, la I, la Segunda Guerra Mundial, las batallas de Sierra Maestra, para entender las razones con que los trabajadores de entonces, cada vez que caía un obrero en los frentes del Marne, en Verdun, en el frente de Stalingrado, en el Ebro; cada vez que un miembro de las Brigadas Internacionales caía en la “colina de los suicidas”, podían, en justicia, decir: cayó uno de los nuestros. Calló uno de los nuestros, podíamos decir aquellos niños madrileños de la posguerra que salíamos a escarbar en el barro de las calles de nuestros barrios, en busca del casquillo de bala de la guerra que luego vendíamos en la chatarrería, para inmediatamente convertir aquellas monedas en los escasos frutos secos con que matar un hambre nunca saciada; esos chicos que pierden al compañero, mientras recogen cascos de metralla de las actuales guerras, en la antigua Yugoslavia, en Afganistán, en Irak o en cualquier país devastado por los libertadores USA o de la OTAN. Del mismo modo que lo decimos nosotros hoy por cada uno de esos seis hombres que ayer mismo murieron en esa mina de León. Evidentemente, no podremos, no nos saldrá decirlo cuando un mal viento se lleve un día al señor Wert, a Barrionuevo, a Obama, a Morenés, a la Esperancita, a la señora Sáenz de Santamaría, el señor González, o al señor Soria y todo el equipo del señor Rajoy, como no nos salió cuando dobló la dama de hierro, ni cuando lo del Polanco, de Prisa.

Uno de los nuestros…bien lo pueden decir aquellos con quién tan grande deuda tienen contraída todos y cada uno de los gobiernos de esa casa, desde los días del Paseo de la Habana hasta los telediarios de Rajoy. Los que promocionaron y pasearon a las grandes figuras del franquismo para narcotizar un poco más a este pueblo acomodaticio y fácil de satisfacer con un cochecito y cuatro electrodomesticos. Hasta hoy.

¿Tú también sentías que se nos iba para siempre uno de los nuestros?, cuando la zagala ésa anunció la muerte de tan comprometido intelectual como el Manolo Escobar.

 

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