Uruguay: Víctimas de abuso en la iglesia, el dolor que no prescribe

Por Eduardo Delgado*. LQSomos.

La investigación sobre abuso sexual a niños, niñas y adolescentes ordenada por la Conferencia Episcopal del Uruguay en 2016 recabó 44 denuncias a 40 sacerdotes y “personas consagradas”. Cuatro fueron expulsados del ministerio sacerdotal, 20 ya habían fallecido, nueve siguieron siendo investigadas y a siete la iglesia las “encontró inocentes”. La Iglesia no elevó ninguno de esos casos a la justicia porque consideró que todos prescribieron o no son considerados un delito

Rubén Barrios iba a la iglesia de niño. A los 13 años, cuando su madre enfermó y le era difícil hacerse cargo de él, un sacerdote que lo conocía le planteó irse a vivir con él a una parroquia de Villa Rodríguez, para poder continuar sus estudios, y así lo hizo. Estuvo tres años allí. A ese cura lo ve como un padre, y fue quien tiempo después de convivir lo invitó a ir a un seminario en Florida porque le veía condiciones para el sacerdocio.

“Unos días antes llegó un sacerdote misionero redentorista, era Reynaldo Gómez, cenamos y hablamos sobre que yo tocaba la guitarra en misas. El padre se fue a dormir y él se quedó conmigo, me invitó al cuarto y ahí pasó que abusó de mí. Tenía 16 años, me vi en esa situación de pronto sin poder escapar y él luego se fue. Al otro día le conté a mi padre (el religioso con quien vivía) y él me dijo que se lo comunicó a monseñor (Pablo) Galimberti, que era el obispo de San José en aquel momento. Pero hasta el día de hoy no sé qué pasó con eso porque nunca se investigó. Fue en 1985”.

Rubén comenta que luego fue seminarista, en un momento concurrió a un encuentro internacional en Italia y tras esto, en 1993, lo enviaron a un seminario en Newark (Estados Unidos). “Allí estaba bien, lleno de ilusiones y me quedaba poco por terminar. En el primero de los escrutinios, que es uno de los pasos en el camino Neocatecumenal (lo que es visto como una forma de asumir con mayor madurez el cristianismo en comunidades católicas pequeñas y conservadoras que incluso han sido señaladas como sectas) en que se le pregunta a cada uno cuál es la cruz que uno tiene que cargar, en público yo dije que había sido ese abuso sexual. A partir de ahí comencé a no dormir, a sentirme desequilibrado emocionalmente y me llamaron para preguntar cómo había sido. De pronto salí corriendo del seminario diciendo que me querían matar y no sé si fue real o sucedió en mi mente esa amenaza a la vida”.

“Después me encontraron delirando en un lugar llamado Orange y en ese estado me trajeron para Uruguay acompañado por el vicerrector y sin ser tratado en salud. Es decir, a un seminarista delirando lo metieron en un avión a Uruguay. Lo consulté a este hombre porque quiero saber qué pasó y lo sigo investigando, él dice que consiguió dos pastillitas, una para él y una para mí para ese viaje”.

Rubén relata que el entonces arzobispo de Newark era el luego nombrado cardenal Theodore McCarrick, a quien en 2019 el papa Francisco expulsó del sacerdocio por reiterados abusos sexuales a menores y adultos, un caso que tuvo amplia difusión en Estados Unidos.

“Cuando volví a Uruguay estuve cinco días en la Colonia Etchepare con 11 medicamentos que me dieron después y estuve unos tres años postrado en una cama sin fuerza ninguna. Dos veces intenté suicidarme por la situación, porque yo era joven en Estados Unidos, vine para estar acá sin nada, enfermo, sin ningún apoyo de la iglesia, con mi madre anciana trabajando para sobrevivir”.

Dice que poco a poco logró desintoxicarse, “tomaba botellas y botellas de agua por día y fui de a poco dejando la medicación, porque tuve una mala praxis. Me vio otro psiquiatra después y me cambió toda la medicación, porque hasta electroshock me llegaron a hacer, estaba como desahuciado. O terminaba mi vida o comenzaba otra vez y volvía a nacer”.

Fue diagnosticado con una discapacidad y fue seleccionado tiempo después en un llamado para personas con discapacidad que realizó la Intendencia de Montevideo. Ese trabajo le dio la estabilidad necesaria para retomar estudios de filosofía y recibirse de profesor.

Cuando en 2016 y tras algunas denuncias públicas de abuso sexual, la iglesia católica anunció que abría una investigación, Rubén habló con Arturo Fajardo, en aquel momento obispo de San José y de las jerarquías eclesiásticas que mostró mayor preocupación por este tema.

“Pensé ‘voy a perdonarlos’, no quería ni hacer un acta. Pero con el correr del tiempo comencé a ver que la iglesia no tenía voluntad real, que no era sincera porque sabiendo lo que denuncié y pasó, nunca me llamaron para preguntarme ni cómo estaba”.

La investigación sobre abuso sexual a niños, niñas y adolescentes ordenada por la Conferencia Episcopal del Uruguay en 2016 recabó 44 denuncias a 40 sacerdotes y “personas consagradas”. Cuatro fueron expulsados del ministerio sacerdotal, 20 ya habían fallecido, nueve siguieron siendo investigadas y a siete la iglesia las “encontró inocentes”. La Iglesia no elevó ninguno de esos casos a la justicia porque consideró que todos prescribieron o no son considerados un delito.

Tras esto, Rubén comenzó a retomar la investigación de su propio caso de abuso. “Hice la denuncia penal y me la suscribieron el mismo (cardenal Daniel) Sturla y Fajardo, a sabiendas que prescribe”. La denuncia sigue en trámite, pero la actual normativa hace que el expediente se encamine al archivo.

Más allá de la vía judicial, las recientes reformas a la legislación canónica impulsadas por el papa Francisco endurecen las medidas por casos de abusos contra menores cometidos por sacerdotes en la interna de la iglesia católica, amplía los plazos de prescripción, extiende las penas y prevé indemnizar a las víctimas.

Víctimas de abuso en la iglesia crearán un grupo
El ex cura Julio Boffano adelantó a la diaria que crearán un grupo de víctimas de religiosos y curas de la iglesia católica. Comentó que tras la publicación de su libro Conocerme me hizo libre recibió decenas de consultas de personas que sufrieron abuso y muchos de ellos manifestaron la necesidad de crear un grupo de estas características.
La idea es apoyarse entre ellos y realizar acciones en conjunto para que los casos de abuso sean investigados y sancionados, con el fin también de concientizar a la población en general de este fenómeno y buscar prevenirlo.

Además de haber presentado una denuncia penal en Uruguay, Rubén viajó en varias ocasiones a Estados Unidos en busca de información sobre lo que le ocurrió en ese país y su traslado a Uruguay y prevé volver a intentarlo a pesar de las escasas respuestas de las instituciones que ha tenido.

“No hay responsabilidad directa de las autoridades de este momento en lo ocurrido, pero sí tienen potestad para actuar y si uno mira cómo han encarado el tema otras conferencias episcopales, uno ve que en Uruguay se hizo poco y nada. En Estados Unidos, por ejemplo, cuando se prueba que hay una víctima de abusos sexuales de un sacerdote son cientos de miles de dólares lo que deben de pagar para indemnizar a la víctima. Acá no sabemos qué pasa y hay complicidad institucional. ¿Hay curas destituidos por abusos o sólo se les traslada? No lo sabemos y tampoco, si ocurrió, quiénes son”.

“Acá creo que parte de la solución es pagar a las víctimas como han hecho las conferencias episcopales en otros países. Para eso hay que investigar si hubo abuso, aunque digan que está prescripto, no alcanza sólo con la denuncia”.

Cree también que en Uruguay una de las salidas para cambiar e intentar que no haya nuevos abusos es que se realicen planteos conjuntos de las víctimas.

“Pienso que hay que unirse, así como están los alcohólicos anónimos y los jugadores anónimos, hay que buscar la manera y protegiéndonos, como se hizo en Chile, que las mismas víctimas llegaron a Roma. Si era por los obispos no pasaba nada y tuvieron que presentar la renuncia ante el Papa por la complicidad que había, y aquí es igual”.

Para esto “primero hay que ver quiénes somos, conocerse, tener un nexo y eso se tiene que generar. Pero corremos contra el tiempo que juega en contra si no se hace nada porque a la iglesia eso le sirve”.

“Él sabía que estaba vulnerable”

Carolina Machín tenía 19 años y atravesaba un momento difícil tras la muerte de una abuela muy querida, con problemas también de bulimia.

Sus padres la acercaron al cura de la iglesia a la que concurrían y que también es psicólogo, para que fuera su referente religioso y también terapéutico. “Le erraron feo”.

Comenta que ese hombre era Ernesto Popelka, un sacerdote y exfutbolista entonces muy conocido por su frecuente presencia en medios de comunicación, a quien sus padres admiraban y que tiempo después sin demasiada explicación pública fue trasladado a México.

“Mis padres son muy fanáticos de ir a misa todos los domingos y estaban deslumbrados con Popelka. Tenía mucho carisma y poder de convocatoria, él terminaba una misa y la gente hacía fila para saludarlo, tenía una forma muy seductora de comunicar”.

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Carolina iba a un consultorio en plaza Independencia donde atendía Popelka. “Nos sentábamos uno en cada silla y también había un sillón. Pero un día estuvo más incisivo; al hablar de mi abuela y bajar mi nivel de ánimo, se pasó al sillón del costado y me agarró de la mano. ¿Qué hacemos con esto?, me preguntó y yo le respondí que calculaba que hay que intentar mejorar”. “Se paró, me abrazó y apretó. Me agarró la mano para que le toque el miembro erecto, me besuqueó. Intenté zafar y comencé a gritar. Era virgen, no tenía ninguna experiencia sexual, no había estado así nunca con un hombre; fue doblemente violento además por lo que él significaba para mí (al ser su sacerdote y psicólogo)”.

Le contó a su novio, quien le dijo que hiciera la denuncia o lo iba a matar y ella se negó por lo que apreciaban a Popelka sus padres.

“Lo hablé con mi madre, al otro día me dijo que habló con otro cura y que le dijo que los sacerdotes son hombres y se equivocan y con eso echó un manto de silencio sobre el tema”, recuerda.

“Lo peor del no apoyo es que lo tuve que seguir viendo. Unos meses después en un viaje me dijo ‘qué haces Carito’, como si nada, y cuando subimos al ómnibus mis padres me dijeron “sentate con Ernesto” y él tocaba mis pies con los suyos, un enfermo. Mi novio un día lo encaró y le dijo de todo, él reculó diciéndole que no era así. Después no lo vi más”.

“Al principio empecé a buscar mis culpas, si era muy simpática, si estaba con la falda muy corta, cuando en verdad es que el tipo está mal. No la pasé nada bien, sino muy mal. ¿Para qué meterse con una muchacha y con los problemas que tenía yo, que él sabía que estaba vulnerable?”, se pregunta.

“Creo que contribuyó a mi mal estado en ese momento, cuando iba a algún psicólogo luego y le contaba esto, me decían que eso era abuso sexual y yo intentaba negarlo, sacarle importancia, que sólo era un estúpido que se había desubicado. Entonces dejaba el psicólogo, porque no quería verme en ese lugar”.

Carolina le da vueltas al tema cada tanto y quiere enfrentar a Popelka cara a cara. “No voy a cerrar ni sanar nada, pero sí que me explique, ahora que estoy grande y fuerte, por qué hacer semejante hijaputez. No creo que me satisfaga, pero capaz luego estoy más tranquila. Necesito sacar eso pendiente de encararlo, que en ese momento no pude hacerlo, no tenía la fuerza suficiente para enfrentar a esta persona enferma”.

“Vas aprendiendo a vivir con esto y a procesarlo de diferentes maneras. Como él debe haber otros tapados y ojalá la gente lo exprese cuando pasa. Hay que dar a conocer y hacer investigaciones, esto está bueno para que la gente tome conciencia y deje de idealizar ciertas figuras como esta, que sigue siendo odiosamente querida por mucha gente”.

Consultado por la diaria, Popelka dijo que su traslado a Tijuana (México) fue para ocupar el lugar de un sacerdote que había fallecido que estaba a cargo de la fundación que él integra, que nunca tuvo ninguna denuncia ni observación por abuso en su contra y que, si hay testimonios en ese sentido, son mentiras. “Imposible, es más, con decirte que nunca tuve nada ni parecido cuando jugaba al fútbol (se ríe), que es un ambiente mucho más proclive a la promiscuidad, imagínate, menos en la iglesia. Son puras especulaciones por la ausencia, debe ser eso nada más. Todo lo contrario, no hay nada en absoluto”.

“No tienen derecho, fue horrible para mí”

Laura Arévalo vivió su infancia en la ciudad de Paysandú, a dos cuadras del puerto y a tres de la parroquia San Ramón, que a su costado tenía el colegio don Bosco.

A comienzos de la década de 1970 era una niña de diez años y hacía poco que había perdido a su papá. “En la iglesia me enseñaron a rezar y buscaba contención allí, además de la de mi hermosa mamá. En una ocasión yo quería aprender máquina (de escribir), en ese momento había en el Don Bosco una sala de máquinas de dactilografía y fui a preguntar. Recuerdo que era un cura bien mayor, yo lo veía de unos 70 años, usaba sotana. Me parecía un abuelo, me conocía y me decía ‘Laurita, vení dame un beso que sos preciosa’, me abrazaba de la cintura y me decía que me sentara en la falda. Le dije que no, me metía la mano abajo de la pollera y me tocaba. No me gustaba y me daba vergüenza, sabía que estaba mal, pero no sabía que era un abuso porque el cura era una figura, era dios en la tierra”.

Laura cuenta que por un tiempo más eso no volvió a ocurrir, pero otra vez que bajó al escritorio del cura la volvió a abrazar, a decirle que era bonita y le dio un beso en el cachete. “Después me metió la mano de vuelta pero por debajo de la bombacha, le dije que me quería ir y él que no, que no tuviera miedo, pero me escapé y me fui”.

Llegó a su casa llorando y la madre le preguntó qué le pasaba. “Le dije que el director del colegio me había tocado la cola. Mi madre apagó el primus, fue a hablar con el cura y él le dijo que yo mentía, que cómo él iba a hacer una cosa así. Mi madre luego fue a hablar a la diócesis y le dijeron que yo mentía, que cómo me iba a creer y a ver si ya había tomado la comunión porque era un pecado grande mentir sobre un integrante de la iglesia. Esto me dejó muy marcada de niña”.

En 1975, ya siendo adolescente y en dictadura, Laura volvió a sufrir abusos, en este caso de militares. Su hermano fue detenido y días después la detuvieron a ella cuando salía del liceo. La mantuvieron durante dos días en un cuartel y la violaron varios uniformados. “Fue la primera vez que sentí que me moría literalmente, por eso los detesto y quiero que se haga justicia”.

Recuerda que el jefe de las torturas era un militar que ella conocía de niña, que su padre apreciaba, a quien llevó a su casa y ayudó a estudiar. Era el capitán retirado Ramón Larrosa, procesado con prisión en 2021 (diez años después de presentada una denuncia por el sindicalista Hermes Moreira) por reiterados delitos de abuso de autoridad contra los detenidos, lesiones graves y privación de libertad en 1974.

Luego, parte de su familia se exilió y ella se fue a vivir a Salto.

“Lo del cura no lo minimizo comparado con lo otro horrible que me pasó en el cuartel. No tienen derecho de manosearte y besarte así. Fue terrible para mí. Cuido mucho a mis hijos y por eso tengo tanto miedo, desconfías de todo el mundo, no sos feliz capaz porque los recuerdos te golpean y no tengo vergüenza de decirlo porque no quiero que a otra gente le pase”. “Son muchos casos y la propia iglesia tiene que abrirse más, sin tanta hipocresía, y no tapar los casos”, concluye.

“Me quedó marcado aunque lo tapé por años”

Eduardo prefiere mantener en reserva su identidad. Sus padres eran católicos, pero la experiencia más cercana que tuvo con esa religión fue durante sus estudios en el colegio y liceo Seminario, en especial en secundaria y por el servicio social. Con dos personas vinculadas a esa institución tuvo episodios de abuso.

Uno fue en un campamento organizado por un cura del Seminario en diciembre de 1986, cuando él tenía 10 años, y el agresor fue uno de los que llamaban “líderes” de la actividad, un adolescente de 15 años. “Tengo grabado que estábamos en una carpa, me bajó los pantalones y creo que no hubo penetración, pero lo intentó y no fue en un solo momento, sino que después detrás de un árbol también”.

“Fue un episodio traumático y raro, en que yo no me sentí mal, violentado, no tenía conciencia ninguna de que era un abuso. Al otro día sí ya me sentía mal, se ve que en la cabeza estaba deshecho, que a esa edad era consciente de que algo malo pasaba. Los demás gurises supuestamente estaban durmiendo, pero al otro día estábamos jugando al fútbol y un gurí dice ‘vos que te dejás coger’, por lo que algunos por lo menos estaban despiertos y eso fue como un marronazo que me cortó al medio”.

El otro episodio de abuso que vivió Eduardo fue a los 13 años. “Fue en la playa de La Floresta un verano, estaba en la casa de un amigo del liceo. El cura Roberto García (ver nota aparte) tuvo un acercamiento que me llamó la atención y fue que me abrazó en el agua, lo que era muy extraño. Yo ya venía baqueteado de la otra experiencia, pero este cura en el liceo se mostraba comprensivo, contemplativo, parecía ser un tipo bueno y ese es un combo espantoso para medirlo correctamente”.

“Luego me dijo ‘vamos a caminar’ y fuimos hasta las dunas que están de La Floresta hacia Parque del Plata contra el arroyo Solís Chico. Nos sentamos a conversar, de pronto me preguntó si no tenía cosquillas y me metió la mano en el pantalón. Hice un gesto de desaprobación no muy grande para que no se sintiera muy mal y paró. Me quedó marcado, aunque lo tapé por años”.

Volvió a ver al sacerdote muchas otras veces en el liceo, “el tipo era abrazón, toquetón y me sentía incómodo con eso tras lo ocurrido, si bien con 13 años yo no sabía que era un episodio de intento de abuso, un hijo de puta”.

Tiempo después, conversando con algunos de sus amigos del liceo, notó que las referencias a García y sus excesos en el contacto con alumnos eran frecuentes. A mediados de la década de 1970, este cura fue uno de los fundadores de La Huella, donde años después Eduardo trabajó un tiempo, en una experiencia que considera de las mejores en su vida. “Lo vi en una foto vieja en ese lugar que era un hogar de niños y me dolió ver esa foto, sobre todo porque ahí luego estuvo Perico (el sacerdote Luis Pérez Aguirre), a quien admiro mucho por su trabajo”.

Eduardo dice que en un retiro en Florida al que fue con unos 16 años, le contó al cura que los acompañaba lo que pasó con García “y lloré con él al lado. Era una persona joven y tampoco eso generó que planteara algo”.

En una primera etapa, entre los 11 y 12 años, sobre el abuso se decía a sí mismo: “lo voy a tapar porque me da vergüenza”. Luego resolvió taparlo para “no generarles daño a mis viejos, y luego pensaba para qué la voy a complicar. Ahora, a este nivel, me digo que se le puede presentar a otros para que hablen y después capaz hablemos todos. Porque empezás a hablar y a unir mundos tuyos que tenías separados y cuando salen casos públicos te das cuenta de que hay muchas otras personas que pasaron por lo mismo”.

En su caso, luego que el ex cura Julio Boffano hizo pública su historia en el libro Conocerme me hizo libre, logró hablar del tema con su compañera y contarle a su hijo mayor. “Pero es un episodio por el que te sentís vulnerado, yo luego me sentí culpable y me cuestioné si sería homosexual, de por qué me buscó a mí y no a otro. Me llevó un periodo de terapia ya de más grande, con veinte y pico, en que anduve revolviendo la mierda y costó”.

“Oculté por años y ocultando sos parte del sistema del silencio, y eso es una cagada. Por ejemplo, el líder adolescente que intentó penetrarme debe haber intentado con otros seguramente y García sé que intentó con otros. Y si lo que me pasó hubiera sido en otro contexto, con menos herramientas y contención, no sé si el abusado no terminaba siendo abusador de grande, porque sumas resentimiento”.

“Me llevó tiempo reconocerme como víctima de abuso y aún hoy me cuesta un poquito, decir por ejemplo ‘no fue para tanto’, y no debe ser sólo a mí que me pasa’”, añade.

Respecto a la iglesia católica, en este momento está haciendo “una revolución interna, de decir ‘esto no puede ser’, e incluso vi cómo es apostatar (abandonar la religión), porque no quiero ningún vínculo con eso”.

Poco tiempo atrás, Eduardo participó de una reunión de víctimas con una psicóloga especializada y esa fue la primera vez que habló frente a un grupo de los abusos que sufrió. “Ella puso una presentación donde se refirió a la culpa e identifiqué cosas que me pasaron. Sirve eso, es bueno juntarse para hablar, hay que hacerlo e investigar. Habrá gente que no se lo quiere decir a nadie hasta ahora y luego que lee o escucha sí lo dice. Hay que visibilizar estos temas y ser intransigente con estas cosas”.

“Si me enfrento a un cura o monja le tengo que preguntar qué hacés para que esto no siga ocurriendo, porque adentro de la estructura hay que hacer saltar los tapones. Hay que hablar con las palabras necesarias e intentar lograr que la gente trate de sanarse tras lo sufrido y falta mucho para eso”.

 

Décadas de abusos sexuales, silencio y encubrimiento
El cura jesuita Roberto García es recordado por cientos de personas que concurrieron a diferentes colegios, liceos y parroquias en Uruguay, en especial durante las décadas de 1980 y 1990.
En esos lugares fue el responsable de casos de abuso sexual, en especial a adolescentes, de los que resultó impune hasta 2009 (en esta nota se le menciona por un episodio de abuso de hace más de 30 años). Ese año, y tras décadas de silencio y encubrimiento, se le retiró la condición de sacerdote. Nunca fue sancionado por la justicia y según la actual legislación sus delitos estarían prescriptos.
Consultado sobre este caso por la diaria, Álvaro Pacheco, delegado de prevención de los jesuitas, respondió que “hay varios casos de García, la mayoría de toqueteos con adolescentes, esa era su forma de agredir y abusar”. “En el colegio Seminario estuvo poco tiempo, más en el colegio San Javier de Tacuarembó y en parroquias nuestras en los 80 y 90. Era un cura joven en ese momento y estuvo en contacto con muchos jóvenes”, relata.
Comenta que varios de los casos fueron llegando a los jesuitas, pero por el año 2006 “algunos se animaron a salir y a denunciarlo más fuerte”. En 2009 se le retiró la condición de sacerdote, “fue de las primeras sanciones fuertes de Roma porque perdió el estado clerical luego de una investigación”.
Después fue trasladado por los jesuitas a Argentina, “en una comunidad que tenemos algo recluida, viviendo en comunidad, pero sin contacto con menores para que no hiciera más daño”. En 2018, hubo una nueva denuncia de abuso por la que en 2019 fue expulsado de los jesuitas, ya que hasta ese año seguía siendo religioso si bien no sacerdote, explica Pacheco.

* La Diaria. Ur

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