Jesús Gómez Gutiérrez*. LQS. Julio 2018

Los deficientes intelectuales hegemónicos me habrían llevado a tribunales. Qué agresividad, qué espanto; y con integrantes de minorías, para más inri. Por suerte, las palabras significan por contexto y sólo por contexto y, como la frase terminada en mamón es contextualmente más respetuosa y muchísimo más cómplice…

Domingo de mundial

A quién se le ocurre. Mira que me conozco MAD como si me hubiera parido; pero, a pesar de ello, me saco el móvil para ver si llego al Metro, que está a punto de cerrar. No es gran cosa lo de sacarse el móvil, un gesto normal y corriente, nada. ¿Seguro? ¿No habíamos quedado en que todo depende? Pues es gran cosa, porque lo saco junto a una de las bandas de protozombies que se van extendiendo por la ciudad a falta de vivienda, trabajo, comida y otros caprichos materialistas, lo cual provoca —mi saque, no los caprichos— que dos se separen del grupo, me pregunten la hora y, cuando se la doy, diga el más tocho: «Dame el teléfono». MI TELÉFONO, ese cacharro barato que me tuve que comprar hace tres semanas porque pisé el viejo con la levedad de un ñu. Y como voy con un puntito, es decir, bastante mamado para un mortal, reaccionó a lo absurdo y salto: «Anda y cómprate un reloj de arena, mamón».

Los deficientes intelectuales hegemónicos me habrían llevado a tribunales. Qué agresividad, qué espanto; y con integrantes de minorías, para más inri. Por suerte, las palabras significan por contexto y sólo por contexto y, como la frase terminada en mamón es contextualmente más respetuosa y muchísimo más cómplice que un «discúlpenme, compañeros y compañeras víctimas del colonialismo y el heteropatriarcado por no entregarles mi cacharrito», les caigo en gracia y casi están por invitarme a un whisky. Bueno, casi, tampoco exageremos. Los finales felices son verdaderas rarezas (una vez me encontré uno, pero tenía ladillas) o verdaderas rarezas de duración brevísima, que es el que corresponde al caso: cuando nos despedimos, he perdido el Metro; y, apenas diez minutos después (setenta céntimos para una chica que pide, charla rápida con un turista perdido, engorros de hablar con la gente), uno de esos seres ecológicos que van en bici por las aceras me pone de vuelta y media porque he tenido el mal gusto de no dejarme atropellar.

Vale, esta vez no salgo por lo chistoso; estoy cansado, hace calor y quizá le hago una peineta mientras quizá le digo «niñato de los cojones». Lo cierto es que el niñato se revuelve con la noble y no discriminadora intención de sacudir a un hombre de cincuenta y tantos, lo que antes se llamaba —por mucho que le joda a mi ego, y joder si le jode— «un señor mayor». ¿Qué pasará? ¿Atacará el musculitos de lecturas de Derrida y otros cuentos infantiles? ¿Adoptará el seudónimo de Kenjoputa y escribirá una columna donde el muy ceporro hablará de su lucha a brazo partido contra la masculinidad excluyente que lo mandó a freír espárragos? No a lo primero y no a lo segundo, porque justo entonces aparece una horda de guiris franceses que lo torean con banderas francesas mientras gritan «Vive la France!». Es el domingo de la final del mundial, y esos sí que van mamados. Esos y esas, por supuesto.

El niño Ken se va a atropellar a seres más asequibles, que no cuenten con el respaldo del 7º de Caballería. A mí me tocan abrazos, saludos, lo más cabrón. Preguntan por locales donde poder seguir la juerga, y les indico varios con la advertencia de que les pueden clavar: «Malasaña se ha vuelto un barrio de pijos», «¿Ma-lasagne?», «Sí, justo, tu lasaña»; et morts de rire, se sacan otra bandera de su país (¿cuántas banderas llevan los franceses?) y me la pasan por encima de los hombros. Merde. Yo también quiero que ganen; juegan mejor que los demás y tienen a tres de nuestros chicos, empezando por Griezmann; pero la France y yo nos llevamos fatal desde que sus élites decidieron que Victor Hugo es caspilla y se pasaron en bloque a la pedantería más abyecta, sin más beneficio para su nueva y petarda causa que la admiración de la universidad española. Aun así, aguanto el trapo para ahorrarnos otro 2 de Mayo y bailo un poco con ellos. Shakira suena en alguna parte. Shakira se mete en mi cabeza. Shakira sigue en mi cabeza cuando me levanto esa tarde, a tiempo de ver tres espectáculos: el 4-2, a Putin bajo un paraguas y a los seres Macron y Grabar-Kitarovic como protagonistas de novela rosa, deseando que el agua los empape.

De noche, salimos a refrescarnos. Por las calles del centro suena «La Marsellesa», aunque la mayoría de los celebrantes siguen en los bares. Hacia la una, cinco francesas monísimas de entre veintipocos y veintimuchos años entran a gritos donde el local donde estamos y saludan a todos los hombres y mujeres (con un apretón de manos) y a la sobria barra de madera (que se lleva palmaditas). Hay más tela en su tricolor que en su ropa, y más jeta en sus intenciones que en la población entera de Madrid. Gritan, gritamos, cantan, cantamos. Es obvio que quieren bebidas gratis, y se largan al saber que «los chupitos a dos cincuenta», se pongan como se pongan. «Pues eso no es nada —nos cuenta el camata—. En la cava tenemos varias cajas de bragas y sostenes. Se los quitan y te dicen: ‘¿qué me das por esto?’» Indiscutiblemente, la banda es la leche. Indiscutiblemente, está bien que lo sea. Luego, a las tres menos cuarto, me cruzo con dos de las cazacopas. «Vive la France!», me saludan; «vive la France!», replico. Beben Möet en un descapotable.

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