Volcar el mundo, ponerlo al revés y zarandearlo

losotros281Juan Gabalaui*. LQSomos. Enero 2016

A veces me digo que tengo que ponerme a encontrar la ilusión, a ver qué es lo que pasa. De tanta que hay a mi alrededor, un poco me tiene que tocar a mí pero no hay manera. Al final cuando atisbo algo de ella, viene Pepito Grillo y me susurra que la ilusión en política es el camelo que utilizan aquellos que quieren que todo continúe tal como está. ¿Para qué sirve la ilusión si lo que se necesita es volcar el mundo, ponerlo al revés y zarandearlo? Prefiero la rabia que muerde, la misma que dicen que expulsó a los mercaderes del templo de Jerusalén. La ilusión del cambio es una ficción. Construir un mundo nuevo sin incendiar el actual es un autoengaño, que solo sirve para la autocomplacencia. Es necesario entrar en el Congreso de los Diputados para ponerlo boca abajo y no para dar históricos discursos ni para aspirar a que nuestras acciones sean estudiadas en las universidades. Pero el mundo es como es y no como queremos que sea. No es el momento de tomar Congresos sino de vender un cambio que no cambie esencialmente, un suavizar las aristas, una operación de maquillaje bienintencionado y que, probablemente, sea lo máximo a lo que se puede aspirar. La llamada a la revolución se ha quedado en simple retórica, sin ningún valor práctico, porque la sociedad no quiere revoluciones sino recuperar lo que el capitalismo les ha quitado pero que durante muchos años permitió vivir dignamente a una gran parte de la población.

Vivimos una época en la que políticos como Susana Díaz se declaran socialistas. Se ha vaciado el significado de las palabras hasta convertirlas en simples etiquetas, alejadas de su correlato práctico. Es el mismo proceso de conversión de la lucha revolucionaria en eslóganes publicitarios estampados en camisetas. La desnaturalización de los significados de las palabras es un éxito del capitalismo que ahora es aprovechado por los partidos emergentes que entienden que la indefinición ideológica es un valor político en una sociedad desideologizada que ha aprendido que las ideologías son el problema. Tal como el capitalismo, la ideología predominante, se ha encargado de mostrar. De esta manera la desideologización personal convive paradójicamente con un mayor y poderoso rearme ideológico del sistema, tan sutil que la mayor parte de la sociedad comparte y defiende los valores del capitalismo que, a su vez, les generan la mayor parte de sus desgracias cotidianas. Es una paradoja que cortocircuita la razón y pervierte valores morales básicos pudiendo votar a un partido corrupto o a otros disfrazados de modernidad aunque sean un simple remedo de viejas pero no tan caducas ideologías pasadas.

Es natural que una sociedad desideologizada, descreída, miedosa y cansada escuche esperanzada los mensajes de cambio aunque estos sean muy similares a otros escuchados no hace mucho tiempo. La ilusión de cambio actual tiene su antecedente en la ilusión que despertó el PSOE a principios de la década de los 80. Al poco de salir de la dictadura, con las instituciones copadas por la derecha franquista, los socialistas fueron un soplo de aire fresco que hizo pensar a millones de personas que las cosas iban a cambiar. Y aparentemente cambiaron con la extensión del estado de bienestar aunque en realidad se fortaleció el sistema, sobre todo a partir de la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética que despejaron el camino del capitalismo para convertirse en la ideología predominante. Vivíamos un periodo de vacas gordas aunque las crisis económicas convivían periódicamente con nosotros. Los fontaneros llegaron a ganar 6.000€ al mes, cualquiera podía conseguir una hipoteca para pagar un piso, se podía tener todo lo que se quisiera endeudándose con los bancos, se formaba parte del primer mundo, éramos felices aunque a la vez muchos no podían llegar a fin de mes y tenían trabajos precarios. Pero teníamos la gasolina necesaria para seguir adelante sin cuestionarnos nada de lo que pasaba. Teníamos la posibilidad de conseguir lo que queríamos. La crisis del 2008 nos quitó esa posibilidad.

Ni el despertar del 15-M sin líderes, asambleario y horizontal condujo a que la sociedad quisiera un cambio de verdad. Pensar lo contrario es, de nuevo, un autoengaño. La gente quiere volver a tener los mismos estándares de vida que hace una década, volver a recuperar esa posibilidad de conseguir lo que quieran. No necesitan volcar el mundo, ponerlo al revés y zarandearlo sino volver a ganar dinero para poder gastarlo de nuevo. Tenemos insertados los valores del capitalismo hasta en el tuétano. La ideología de la que algunos reniegan dirige cada uno de sus actos aunque consigan maquillarlo con nobles palabras anticapitalistas. Otros, la mayoría, la abrazan sin rubor. No es fácil asimilar esta realidad para aquellos que nos gustarían cambios más radicales pero asumirlo nos sirve para no frustrarnos, para entender las decisiones que la gran mayoría toma, cuando le dejan, y proponer acciones desde el conocimiento de la realidad política y social. El sistema regula y controla las propuestas por la vía electoral, domesticando cualquier propuesta mínimamente radical, por eso el cambio jamás vendrá por esta vía. Tengo dudas incluso de que el cambio pueda surgir de las conciencias domesticadas del primer mundo, ese que ha sido el principal beneficiario de las riquezas esquilmadas en los países económicamente menos desarrollados. Hemos sido testigos de que el capitalismo puede ofrecer a una mayoría unos mínimos de vida dignos por lo que nuestro objetivo es volver a conseguirlos. Da igual que sea una entelequia. Creemos en lo que hemos vivido aunque fuera solo una ilusión.

* El Kaleidoskopio

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