Walker Evans o la mirada necesaria

No busques trabajo: ¡escribe! ¡Aúlla!

Saramago

Nace en 1905, en EE.UU. Entre 1923 y 1926 estudia en el Williams Collage y en la Sorbona.

1930. Estudia fotografía.

1940. Obtiene una beca J. S. Guggenheim.

1945. Trabaja para la revista Time.

1965. Colabora con la revista Fortune y empieza a trabajar para la Universidad de Yale.

Este fotógrafo se caracteriza, sobre todo, por ser el fotógrafo de la Gran Depresión americana de 1929.

Su obra, como la novela de John Steimbeck Las uvas de la ira, nos muestra el rostro más crudo de los días siguientes a la debacle americana: campesinos desposeídos de sus tierras, obreros en paro, famélicas criaturas, miradas perdidas en el vacío y espacios desnudos; el escepticismo pintado en los rostros, inhóspitos campos, paisajes desoladores de ciudades castigadas por la escasez,ciudades muy poco hospitalarias, grupos familiares con la desolación asomada a los ojos, miradas que, como la de esos niños que corren despavoridos por una carretera vietnamita, huyendo de los bombardeos con napalm de los mismos aviones norteamericanos, la del pueblo palestino, desposeído de sus propias tierras, el iraquí, el de los afganos y los saharauis, expoliados, desprotegidos, a merced de las inclemencias del tiempo, aun hoy parecen preguntarnos, desde la distancia: y tú, ¿qué vas a hacer para cambiar este estado de cosas?

Sobre todo, este hombre ha fotografiado, ha pintado la desprotección, la debilidad del ser humano ante la voracidad del depredador sistema capitalista, que no busca si no el beneficio, por encima de los seres más débiles. Evans recoge con su cámara  la desnudez de los espacios vacíos, como si un vendaval hubiera pasado por el lugar y tras de sí solo hubiera dejado desolación y miseria: donde ayer hubo trabajo, ilusión, fiesta del Día de Acción de Gracias bajo el anciano árbol, con juegos, pavo, dulces y besos; risas y canciones, hoy solo queda el polvo del recuerdo de los días felices. Como dijo Miguel Hernández en las postrimerías de aquella lejana guerra, perdida por su pueblo: Ausencia en todo veo. Prisioneros limpiando campos, largas colas de desempleados esperando un empleo, una sopa caliente, una pequeña subvención que les permita esquivar un día más la zozobra de un país entero; botas que parece que perdieron a su dueño, inútiles anuncios dirigidos a un pueblo ahora carente de esas imprescindibles monedas para llenar el tanque del automóvil o la olla vacía; prisioneros de rallados trajes limpiando campos; barrios semivacíos frente a fábricas abandonadas. La desolación más cruda tras una guerra que, si bien no muestra sus cadáveres aquí y allá, deja tras de sí una larga estela de calamidades y víctimas del desastre económico.

No hay ningún efectismo en estas fotos, todo es información para quien hoy quiera interpretarla. Se diría que una gran máquina de matar pasó por el lugar, que los cadáveres se nos ocultan, pero el paisaje esta pintado con los colores de la tragedia.

Los españoles en particular, sentimos muy próxima esta tragedia. Quizás sea porque, en aquellos mismos años, mientras el presidente F. D. Roosevelt buscabadesesperadamente una solución para la situación económica de su país, en el nuestro nacía una república que prometía Libertad, Igualdad y Fraternidad. Una joven república que, a sus enemigos internos, se sumaban unas condiciones de precariedad económica en todo el mundo.

Todavía hoy no ha sido posible desterrar toda la miseria de la tierra. Estamos más lejos que nunca de limpiar la desigualdad, el paro, las guerras, las hambrunas, las enfermedades y la corrupción de los gobiernos. Aquí y allá, la prensa del mundo nos muestra un planeta que, si bien las comunicaciones han “achicado” las distancias, está muy lejos de ser aquel que soñaban los utópicos pensadores del pasado. No hace falta si no asomarnos a las páginas de los medios de comunicación para, sobre todo en los países desarrollados o en vías de desarrollo, darnos cuenta del cinturón de miseria que nos rodea. Pero el enemigo mayor de esos pueblos quizás no está tanto en medio de sus carencias como en la codicia de los que ostentan el poder mundial, que, o bien anhelan sus recursos o no quieren renunciar a la hegemonía mundial, mientras se entretiene a los pueblos con visitas papales, potenciación del consumo –aun a costa de terminar de esquilmar el Planeta-, encuentros deportivos, concursos y otras fiestas.   

Parece necesario, tal vez más que nunca, que los ciudadanos de esta aldea que es la Tierra asuman de una vez por todas sus responsabilidades como aldeanos, ciudadanos, que es el título que nos confirió a todos aquella revolución de 1789, para recuperar la dignidad de hombres y de pueblos que nos niegan nuestros gobernantes de hoy.

Parar todas las guerras, resolver el problema del hambre, acabar con los ambiciosos planes de expansionismo de algunos pueblos para acaparar territorios y recursos; salvar este planeta de los codiciosos planes de quienes hoy usurpan nuestro papel como auténticos gestores del Planeta y nos precipitan en un auténtico caos universal, parecen ser los problemas más urgentes con los que debe enfrentarse el ciudadano de hoy día. No podemos pasarles a la generación siguiente la responsabilidad de resolver problemas tan graves como los que hoy nos aquejan. Es necesario que pongamos a trabajar todo nuestro potencial humano y revolucionario para desterrar la ambición.

Debe haber millones de recetas de cómo organizar una respuesta mundial para esta peste, esta maldición que se ceba a diario con nuestros pueblos. Pero, para no extenderme más de lo que ya lo he hecho, y teniendo en cuenta que ya en la mayoría de los países se vota en una urna a los jefes de estado, a los gobiernos locales y nacionales, parece imponerse que seamos más exigentes que nunca con aquellos que nos van a gobernar en las próximas décadas. Por lo que respecta a estas tierras, en las que al yugo del fascismo se unía el de la ignorancia y el de la miseria cultural; conocidas ya las políticas, tanto del partido que nos gobierna como las del que acecha y nos amenaza desde la derecha más radical, parece que lo único realmente responsable que se puede hacer, aparte de militar en organizaciones con mayor sensibilidad social, es no votar a ninguno de los candidatos que se nos proponen como continuadores de una política de continuismo. No renunciamos a la democracia porque demasiados hombres y mujeres hemos perdido ya en el camino. No renunciamos a votar precisamente porque creemos que el sufragio universal es una fórmula idónea para alcanzar la democracia plena. Pero no entregaremos nuestro voto a los desaprensivos que  someten y venden nuestra voluntad y nuestra soberanía a intereses bastardos.

Nada más lejos de nuestro ánimo de pueblos que sufrieron feroces guerras y crueles tiranías, que sumergir a estas tierras en nuevos enfrentamientos fratricidas. Pero que no confunda nadie nuestros anhelos de paz con la sumisión y la mansedumbre de los pueblos sometidos por las religiones y el militarismo.

Si una revolución fue posible gracias a que una mujer negra se negó un día a abandonar el asiento de  los blancos, en un autobús norteamericano, cómo no vamos a poder, todo un pueblo, someter a una clase política que ignora sistemáticamente nuestros deseos de paz, trabajo y libertad.

Podemos afirmar que no hay paz en tanto que, a escasos kilómetros de nuestras costas, un rey –para colmo intimo amigo de nuestro rey, impuesto en estas tierras por un cruel y despótico dictador- invada y asesine a los pobladores de unas tierras que le son ajenas, ante la indiferencia de las más altas instituciones internacionales, que están ahí precisamente para velar por la paz y la soberanía de los pueblos, y encima con armas que son fabricadas en la cuna de Cervantes y de Pasionaria.

Afirmamos que no hay trabajo porque, en tanto uno solo de los padres de familia, un joven de este país deambule de oficina en oficina en demanda de un empleo, -mientras las grandes corporaciones reparten abultados beneficios y el Rey amasa cuantiosa fortuna- no habrá ni paz social ni justicia, y se está negando la mismísima libertad.  

 No hay libertad porque ¿cómo se puede ejercer la libertad en ausencia de lo anterior?  

La democracia, en el sentido más estricto, se ve negada a diario en nuestro país. ¿En qué valores van a crecer nuestros hijos, nuestros nietos, los jóvenes de las generaciones que día a día se aproximan más a las universidades, a los puestos de responsabilidad del Estado, a los mercados de trabajo? ¿No es esto mismo negación de los derechos humanos, por mucho que ya se vote aquí a partir de los 18 años?   

Es más que evidente que lo que la clase política está intentando salvar no es la democracia, si no el capitalismo: el enemigo máximo de esos valores a que aquí nos referimos. El capitalismo, esa bestia que ha convertido en un infierno muchas de nuestras amables y acogedoras ciudades, es el máximo enemigo de la democracia, no esos jóvenes que rompen las lunas de la sede del partido conservador en Londres para protestar por los recortes en educación; no el obrero que toma un tirachinas para defender su puesto de trabajo en los astilleros y que quema neumáticos en las carreteras. Si alguien puede presumir de demócrata es el que se opone con todas sus fuerzas al paso de un tren con residuos radioactivos, no el que preside el desfile de las fuerzas armadas el día de la patria.

En cualquier momento de estos, el sátrapa que somete al Reino de Marruecos, en nombre de una despótica religión que no reconoce los más elementales derechos humanos, se asomará a su televisión y les dirá a sus súbditos, al mundo entero, que los que estaban en el Campamento de la Dignidad de El Aaiún eran todos “terroristas”. ¿Os acordáis?: “terroristas” eran todos aquellos que se enfrentaban al Imperio Romano, aquí o en Rusia.

“Terroristas” eran los patriotas que combatían al “gabacho” en España; los que hostigaban al ejército alemán, en Francia, en Noruega o en Italia; los que cruzaron los Pirineos y se enrolaron en las Brigadas para defender la República. “Terroristas” los que tomaban los pueblos, le sacaban unos miles de duros al cacique falangista del pueblo y después seguían la lucha contra el franquismo en las montañas de Cuenca, León, Gredos, Cataluña, Galicia…”Terroristas” las “Trece Rosas”, “Caraquemada”, Quico Savaté, Cristino García, Vías, Agustín Zoroa, Seoane, Manuela Sánchez, Julián Grimau, Azaña, Lluís Companys, los que persiguen por el mundo -como el Cobrador del Frac- a los del G-20. “Terroristas” los jóvenes que en Atenas, en Génova, en Seattle, se oponen a la dictadura del capital. Todos al paredón: Miguel Hernández, Federico García, Víctor Jara y Salvador Allende de la mano de Marx, Chico Mendes, Sacco y Vanzetti, el camarada Galileo Galilei, el de la ”fracción del Ejército Rojo”, Mahatma Gandhi, los barbudos de Sierra Maestra, Chavez, Evo Morales, Aminetu Haidar, Gutenberg, Picasso, los que construimos a diario esta barricada en Internet; aquel que toca la armónica allá en el fondo y esos dos que se besan al paso del Papa, el “okupa” que resiste en un espacio liberado de Lavapiés; Brecht, la Pineda, el que se juega la vida con una cámara obteniendo imágenes de los ”libertadores” USA  en Irak, el que fue sorprendido con una “china” en una redada de la policía a la caza de los “sin papeles”.“Terrorista” el que toma una piedra y la arroja contra los blindados del ejército sionista, ocupante de las tierras palestinas; el que toma una bandera del Frente Polisario y, a cuerpo limpio, se planta en una calle de El Aaiún para reivindicar a los pueblos que no comparten las políticas de gobiernos despreciables, mientras las balas y los camiones “made in Spain” silban a su alrededor; el sindicalista que pone silicona en las cerraduras del BBVA; la que quema una bandera monárquica, en Cataluña o en Euskadi; la que aborta, la que denuncia las fechorías de la industria farmacéutica, la que le dice “no” a su jefe o al catedrático que la acosa; el que  escribe en los muros de las ciudades: ¡PAN, TRABAJO Y LIBERTAD!, ¡ABAJO LA MONARQUÍA FRANQUISTA!, ¡NO A BOLONIA!, ¡POLICIA, ASESINA! o, ¡NOS MEAN Y AÚN DICEN QUE LLUEVE!… Todos terroristas. Y mientras ellos tratando de salvar sus inversiones en el Magreb.

Qué idea más guapa, ¿no? ¿Nos montarnos una vomitona colectiva delante del Palacio de la Zarzuela, el de la Moncloa y después hacernos un recorrido por todas aquellas embajadas y consulados de los países que no condenen la masacre de El Aaiún? Claro que también es muy posible que nos detengan por “terroristas”.

¿Quién no tuvo alguna vez la tentación de responder: terrorista, cuando le preguntaron por su profesión para hacerse el DNI?

Ah, Walker Evans murió en 1975.                                               


CUBA! – WALKER EVANS por montrealonlinepress

 

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