Arturo del Villar*. LQS. Abril 2018

Hemos celebrado alegremente otro aniversario de la proclamación de la II República, con una manifestación que siguió el recorrido callejero de costumbre, gritando los lemas de siempre, y completamos la jornada histórica con la cena de confraternización habitual, en la que hemos brindado con cava catalán por la III y cantado el Himno de Riego. Así ha sucedido en Madrid, y probablemente en el resto del reino. Igual que en los años anteriores. Andamos mucho, gritamos más, cenamos bien, bebemos mejor, pero no actuamos. ¿Y ahora que? Ahora a esperar al 14 de abril de 2019, para repetir lo mismo. Estamos atrapados en el año de la marmota, desde hace tanto tiempo que prefiero no echar la cuenta. Y así un año tras otro, sintiéndonos importantes por haber contribuido con manifestación, lemas, cena y brindis a la que consideramos inminente proclamación de la III República Española.

A este paso no la veremos nunca. A pesar de la colaboración que en este sentido nos presta la familia irreal, por medio de la biografía no apta para menores del rey emérito, la actuación del otro rey (ya dice el refrán que las desgracias nunca vienen solas) enviando a su policía y sus marines a golpear a sus vasallos para apuntalar el desvencijado trono, las dos reinas consortes protagonizando escenas de película cómica, una princesa cargada de títulos y condecoraciones que abultan más que ella demostrando sus modos tiránicos al exigir a sus compañeras de clase que le hagan reverencias, una infanta de pocas luces dando motivos para el cotilleo a las revistas de color rosa, un hijo de ella portándose como un chulo de barrio bajo, otra infanta dirigiendo una banda de ladrones con su marido al frente, y los demás enriqueciéndose a costa de los sacrificios de un pueblo obligado a echarse a la calle reclamando trabajo para todos, pensiones dignas, sanidad universal, y en primer lugar libertad de expresión, para que los jueces servilones dejen de secuestrar libros y revistas y de encarcelar a cantantes por decir en público y con música lo que todos contamos en privado y con sigilo por miedo de ser oídos. La corrupción de la familia irreal sirve de ejemplo a algunos partidos políticos para imitar sus costumbres. Así es el reino de España en 2018, a los 87 años de la proclamación legítima y pacífica de la II República.

La gran traición a España

En estos 43 años de monarquía fascista impuesta por decisión del dictadorísimo geno-cida, los vasallos hemos soportado de todo, mientras el régimen se enquistaba en un mal crónico al que la desidia generalizada nos ha hecho acostumbrarnos como algo inevitable. Se lo debemos a la gran traición de unos políticos supuestamente izquierdistas, Santiago Carrillo al frente del partido que se decía Comunista y Felipe González del apodado Socialista, que pactaron con la extrema derecha del llamado Movimiento Nazional la aceptación de la monarquía en la persona designada por el dictadorísimo como su sucesor a título de rey, una vez que juró por duplicado guardar y hacer guardar los conocidos como Principios Fundamentales del Movimiento fascista.
Por eso la monarquía es indiscutible e incuestionable. Los presuntos comunistas y socialistas se encargaron de hacérselo saber a sus correligionarios europeos. No era necesario celebrar un referéndum, como se había hecho en Italia y en Grecia para decidir la forma del Estado, porque ellos aseguraban ser los representantes genuinos de la voluntad popular. Los dos son tan traidores al pueblo como los militares rebeldes de 1936.
Debido a esos errores el Partido Comunista se ha escindido en varios grupos, algunos fieles al marxismo—leninismo—estalinismo, pero los más revisionistas, y el Socialista es una mafia dedicada al crimen, el robo y la extorsión. El caudillo general sociata González privó al partido de sus señas de identidad: republicano, marxista y ateo, según lo fundaron Pablo Iglesias y sus compañeros el 2 de mayo de 1879. Hoy es su caricatura.
El pasado día 13, víspera de la conmemoración republicana, las Juventudes Socialistas de España publicaron un manifiesto, en el que llamaban a luchar para que este desdi-chado país recupere la legitimidad republicana que le arrebataron en 1939 los militares monárquicos sublevados. Inmediatamente el siniestro secretario de Organización del supuesto Partido Socialista, José Luis Ábalos, aseguró durante una rueda de Prensa organizada en la sede central, que esa idea era absurda, porque “España tiene en la actualidad problemas más importantes que decidir la forma del Estado”, y recomendó a los jóvenes “que sean responsables”. Si lo son se habrán dado de baja ya de la organización todos a una.
Los problemas tan importantes que, en efecto, tiene planteados ahora mismo el reino de España, empezando por el más grave, el de Catalunya, los puede resolver la República, jamás la monarquía, como lo demuestra el hecho de que se arrastran desde hace años. El régimen monárquico fascista que limita todas las libertades públicas, secuestra publicaciones, encarcela a los disidentes y obliga a exiliarse a quienes pretenden expresar en público sus opiniones, es una dictadura, como lo era aquel régimen tiránico fascista prolongado durante 36 trágicos años, hasta concluir en la instauración de la llamada monarquía del 18 de julio.

Los republicanos de posguerra

Desgraciadamente los republicanos ahora estamos solos y escindidos en más de 200 grupúsculos registrados en el Ministerio del Interior. Así es lógico que nos mantengamos en el año de la marmota. Lo terrible es que todos sabemos cómo pudo proclamarse la República aquel gozoso 14 de abril de 1931, y no hagamos nada por imitar aquella realidad. Se materializó gracias al acuerdo firmado para presentar una candidatura unitaria en las elecciones municipales del domingo 12. De esa manera se consolidó una con-junción republicano—socialista, que derrotó ampliamente al bloque monárquico unido también.
Los republicanos se hallaban entonces escindidos en varios partidos, pero eran pocos y verdaderos partidos políticos, no grupos y aun grupúsculos como lo estamos en la actualidad. Lo mismo sucedía en el Partido Socialista, divido en dos líneas ideológicas, pero unido a la hora de tomar decisiones. Por eso fue posible firmar el pacto de San Sebastián el 17 de agosto de 1930, en el que se designó al Gobierno provisional que tomaría el poder el 14 de abril del año siguiente. Todos conocemos los nombres ya históricos de aquellos líderes, no es necesario citarlos. Pero ignoramos quiénes pudieran ser sus equivalentes actuales. Será porque no existen, ni entre los 200 grupúsculos republicanos ni en esa caricatura de Partido Socialista que es una mafia desideologizada al servicio de la dinastía borbónica.
¿Y ahora qué? Pues lo dicho: ahora a esperar al 14 de abril de 2019, que será domingo, lo que permitirá una mayor participación en la manifestación que seguirá el camino habitual, en la que repetiremos los lemas acostumbrados, y después nos reuniremos en una cena de confraternización para cantar el Himno de Riego y brindar con cava catalán por la III República Española que ninguno de nosotros verá. Porque no lo merecemos.

Llibertat presos polítics!

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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