Y Alfonso XIII mandó al Ejército contra el pueblo

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

La intención del Alfonso XIII era muy clara: enfrentar al Ejército armado contra el pueblo que se manifestaba pacíficamente sin armas contra su persona a favor de la libertad

El exrey en la cola de los parados

Hay historiadores que enaltecen la actitud de Alfonso XIII, por haber decidido exiliarse aquel histórico 14 de abril de 1931, para evitar un enfrentamiento entre el Ejército y el pueblo. Según el artículo 52 de la entonces vigente Constitución de 1876, “Tiene el mando supremo del Ejército y Armada, y dispone de las fuerzas de mar y tierra”, de modo que sus órdenes debían ser acatadas y cumplidas sin discusión.
Es cierto que las elecciones municipales celebradas el día 12 habían dado en total la victoria a las fuerzas monárquicas, que obtuvieron 22.150 concejales, frente a la conjunción republicano-socialista, que solamente logró 5.875, pero en las capitales de provincia el triunfo había sido para los republicanos. En Madrid, por poner un ejemplo, la conjunción sumó 270.954 votos, traducidos en 39 concejales, mientras los monárquicos no pasaron de 84.893 votos, que les proporcionaron 20 concejales.
Eso sucedió en las capitales, en donde es claro que los votantes se hallaban mejor informados que en los pueblos, en aquellos años en los que el número de analfabetos rondaba el 70 por ciento. Una de las primeras medidas que tomó el Gobierno provisional de la República, nada más constituirse, fue crear escuelas para que todos los ciudadanos aprendieran a leer y escribir, lo que les permitiría adquirir conocimiento del mundo, y también de la política. Eso era lo que no deseaban las dos fuerzas dominantes hasta entones, el altar y el trono, en alianza para mantener el oscurantismo popular que aumentaba su poder.

Un triunfo republicano

El pueblo interpretó el resultado de las elecciones, aunque fuesen municipales, como una invitación al cambio de régimen. Representaba el rechazo de Alfonso XIII, apodado burlonamente Gutiérrez, despreciado porque dedicó su reinado solamente a distraerse tirando al plato, a coleccionar automóviles de gran cilindrada, a estuprar doncellas, y a enriquecerse tanto que durante los diez años de exilio vivió majestuosamente en Roma, mantuvo a su mujer en Lausana, y a sus hijos por el mundo, sin que ninguno de ellos necesitara trabajar para ganarse la vida, como tampoco la barragana oficial y los bastardos que dejó bien provistos en Madrid.
A las 7 de la mañana del que iba a ser histórico 14 de abril Eibar colocó la bandera tricolor en su Ayuntamiento, por lo que recibió el título de Muy Ejemplar Ciudad. Otras localidades siguieron su ejemplo. Al mediodía la bandera republicana ondeaba en el Palacio de Comunicaciones de Madrid, en la plaza de la Cibeles. El pueblo español, radiante de entusiasmo, se echó a las calles cantando el Himno de Riego y dando mueras al odiado rey y vivas a la República.
El Gobierno provisional se había reunido en el chalé de Miguel Maura, antiguo compañera de juergas del rey, pasado a las filas republicanas porque le pidió ayuda para su suegro en situación apurada, y se la negó. Esta conversión ajena al raciocinio hizo que su actuación como ministro de la Gobernación en el Gobierno provisional resultase catastrófica, hasta su dimisión por estar en contra de la política religiosa adoptada en el proyecto de Constitución. La República se equivocó al elegir a algunos ministros provisionales, que nunca debieron serlo.

Por su parte los monárquicos se hallaban divididos, entre quienes pensaban que unas elecciones municipales no tenían carácter de plebiscito, y quienes opinaban que el rey había quedado desautorizado para continuar ni un día más en el trono. La disparidad se dio en el Consejo de Ministros celebrado en la tarde del día 13 en la Presidencia del Gobierno, calificado por el conde de Romanones en su Historia de cuatro días como “el de las lamentaciones”, porque fue lo único que se escuchó.

La última real orden

Miguel Maura estaba, pues, en primera línea de los acontecimientos. En sus memorias Así cayó Alfonso XIII…, escritas para engrandecer su figura y menoscabar la de Manuel Azaña, por quien demuestra sentir un profundo rencor, relata la conversación mantenida por Alfonso XIII con Mariano Marfil, subsecretario del Ministerio de la Gobernación, alrededor de las siete de la mañana del 14 de abril:

Don Alfonso preguntó a Marfil si era muy nutrida la manifestación que ya en aquella hora tan temprana ocupaba la Puerta del Sol.
Contestó Marfil que todavía no, pero que crecía por momentos.
El breve diálogo entre el rey y don Mariano Marfil siguió exactamente en estos o muy parecidos términos, según me contó el propio subsecretario, unos meses después en mi casa:
–Y, ¿qué gritan?
–Señor, gritan de todo.
–¿Es verdad que gritan “muera el rey”?
–No es posible, señor, saber exactamente lo que dicen, desde aquí no se oye bien.
–Bueno, pues tienen que cesar esas manifestaciones en seguida. Me importa mucho que en el día de hoy no haya tumultos. Mañana ya será otra cosa. ¿Quién está de guardia en Gobernación?
—El capitán… (No recuerdo su nombre. Se trataba de un capitán laureado, muy adicto al rey.)
–Dile, de mi parte, que salga con sus hombres a la Puerta del Sol y, sin violencia, despeje. Repito que hoy no quiero escándalos en la calle.
–Esta bien, señor.
Llamó Marfil al capitán en cuestión y le transmitió la orden del rey. El capitán se cuadró y, sin vacilar un momento, le dijo al subsecretario:
–Dígale a Su Majestad que, por obedecer sus órdenes, estoy dispuesto a salir yo solo a la Puerta del Sol para que las turbas me despedacen si quieren, pero no puedo ordenar a la fuerza que salga, porque no me obedecerían los soldados. (Barcelona, Ariel, 1966, páginas 162 s.)

La intención del rey era muy clara: enfrentar al Ejército armado contra el pueblo que se manifestaba pacíficamente sin armas contra su persona a favor de la libertad. Pero los soldados, hijos del pueblo obligados a prestar el servicio militar, no obedecerían la orden criminal de su jefe supremo.
El mismo cronista relata que poco después de las once de la mañana se presentó en su domicilio, en el que estaba reunido el Comité Revolucionario dispuesto a constituirse oficialmente en Gobierno provisional, el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil. Aunque vestía de paisano, se cuadró ante él y le saludó como ministro de la República, poniéndose a sus órdenes así como al cuerpo que presidía, y lo mismo repitió ante Niceto Alcalá—Zamora, a quien reconoció como presidente del Gobierno provisional republicano.

No se marchó, lo echaron

A las cinco de la tarde se celebró en palacio la última reunión del Consejo de Ministros presidida por Alfonso XIII. El monarca les preguntó qué debía hacerse, y solamente el ministro de Fomento, Juan de la Cierva, aconsejó mandar al Ejército y la Guardia Civil contra las multitudes que en todas las plazas españolas vitoreaban a la República. Pero el rey sabía que no podía contar con ellos, y Romanones dio cuenta de la orden tajante del Comité Revolucionario: el rey debía salir de España esa misma noche. El pueblo madrileño ya había dado por segura su marcha, y cantaba alborozado por las calles “¡No se ha marchao, que lo hemos echao!”, y tenía razón, porque se iba muy en contra de su deseo, forzado por la indefensión en que había quedado tras el abandono de las fuerzas armadas. Su primera intención fue ordenar a los militares cargar contra el pueblo indefenso. Si no lo hizo fue porque no pudo, no por falta de voluntad.
Iba preparado el monarca, conocedor de la situación, con un manifiesto dirigido a la opinión pública, redactado por su amigo el duque de Maura, hermano de Miguel. Es un escándalo de impudicia y procacidad. Reconoce en él que “Un Rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez”, pero no se arrepiente de nada, y tiene la inmensa chulería de afirmar como despedida a sus vasallos ansiosos por dejar de serlo:

Soy el Rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil. No renuncio a ninguno de mis derechos […]

Hasta el último día fue cínico y desvergonzado. Ya no era rey de ningún español, porque el pueblo no lo admitía. Mentía al decir que disponía de medios para mantener su tiranía. No utilizó su prerrogativa de lanzar al Ejército y la Guardia Civil contra el pueblo porque sabía que no iban a obedecer esa orden criminalmente tiránica, pero lo había intentado sin conseguirlo. Se iba, pero no renunciaba a sus derechos dinásticos, lo que carecía de importancia para el país, ya que el 20 de noviembre las Cortes Constituyentes le privarían legalmente de todos sus títulos, que no podría utilizarlos, así como ninguno de sus descendientes.
Ese día terminó legalmente la dinastía borbónica en España, porque la instauración de la monarquía del 18 de julio por el genocida dictadorísimo fascista vencedor de la guerra originada por él mismo y sus compinches traidores fue absolutamente ilegal. España no tiene rey, y en tanto no recupere la legalidad republicana que le fue arrebatada por los militares golpistas permanecerá en un régimen ilegítimo, contrario a los deseos del pueblo. Por eso repetimos como los revolucionarios el 18 de setiembre de 1868: ¡Viva España con honra! ¡Abajo los borbones, enemigos del pueblo!

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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