Silvia Delgado*. LQS. Mayo 2018

Últimamente vemos igual de claro que la justicia es igual de desafiante que en otros tiempos y nos ordena callar de inmediato porque aún hay mucho sitio para nosotros en las cárceles

Desde la mal llamada transición hasta nuestros días, cientos de asesinatos han quedado impunes, la extrema derecha y las fuerzas de seguridad del estado han paseado a sus anchas en libertad después de haber torturado y de haber sido maestros del gatillo fácil.
Pese a sus crímenes no han pisado la cárcel o la han conocido fugazmente y, además, muchos de ellos, han sido condecorados o ascendidos.

Premiados por su barbarie respiran el mismo aire que las víctimas fortaleciendo la creencia de que pueden hacer lo que se les ponga en los cojones porque ya hay quienes dan la cara por ellos y tuercen las leyes hasta tenerlos en la calle.
Esto es motivo suficiente para no creer en la justicia, para darse cuenta de que la balanza se inclina siempre para el mismo lado y que la reparación al daño causado es sólo un sueño de los que se esfuerzan en no pasar página.
Últimamente vemos igual de claro que la justicia es igual de desafiante que en otros tiempos y nos ordena callar de inmediato porque aún hay mucho sitio para nosotros en las cárceles.

La sentencia a los violadores de la manada, esa falta de empatía, ese ninguneo a los padecimientos de las mujeres, esos argumentos feminicidas nos ponen en guardia y nos encontramos de nuevo afirmando: la justicia no existe.
La libertad de expresión, la libertad de pensamiento y la libertad de movimiento están tan acorraladas por las leyes que cualquier palabra, gesto, broma nos puede sentar en el banquillo para obligarnos a decir otra vez: la justicia no existe.

Ahora esperamos lo que dictaminen los jueces sobre los jóvenes de Altsasu a todas luces inocentes del delito de terrorismo que se les imputa. Tres de esos jóvenes llevan en el talego más de 500 días y de nuevo estamos esperando la sentencia, pero desde ya podemos decir que para esos jóvenes la justicia no existe.
Porque siempre pagamos los mismos mientras los de enfrente se quedan con la risa burlona y sus delitos impunes.

Y es cierto que no podemos esperar nada bueno de los que la administran, de los que hacen la vista gorda ante las torturas y los abusos y la orfandad de los que están entre rejas. Pertenecen a una clase que nada tiene que ver con nosotros y su mirada mayormente está empañada. Es servil a quienes le pagan.
Pero la historia de los oprimidos siempre ha sido la misma, una búsqueda incansable de la justicia, una urgente necesidad de encontrarla, desenterrando fosas comunes, señalando a pecho descubierto a los tiranos, arriesgando pueblos, infancias, territorios.

Por esos hombres y mujeres que nos precedieron yo sí creo en la justicia. Creo que es obligación nuestra exigirla con mayúsculas como la exigieron muchos desde el exilio o desde los infiernos a los que fueron confinados.
Sigamos creyendo en ella porque es lo que va a mantenernos en pie en medio de este desastre.
Sigamos creyendo en ella, aunque los violadores vivan plácidamente esperando su absolución, aunque los mangantes alardeen de su culpabilidad, aunque este país sea una mierda y las leyes ahoguen a todo el que se mueva.

Debemos ser firmes y no claudicar. Con esta desesperada impotencia, con esta rabia, con esta furia que se desata día sí y día también cuando vemos a la gente esposada por unas ideas, por unas canciones, por unas banderas, por una pelea.

La Justicia claro que existe.
Camina con los zapatos de los victimarios mientras el pueblo la busca con los pies descalzos.

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