22 – 24 de mayo: correspondencia de cuarentena

Luz Modroño*- Enriqueta de la Cruz*. LQS. Junio 2020

Sexta entrega de este hilo de la correspondencia entre Luz y Enriqueta, un hilo epistolar rojo, republicano, que es de hablar claro. Volcando ahí de forma personal sus observaciones, inquietudes, deseos de colaborar con lo que saben hacer, aquí nos comparten este mundo epistolar creado entre ellas dos

Primera correspondencia 14-16 de abril
Segunda correspondencia 14-16 de abril
Tercera correspondencia 28 de abril-1 de mayo
– Cuarta correspondencia 13-19 de mayo
– Quinta correspondencia: 20 de Mayo

VOZ DE ENRIQUETA

22 de mayo

Hola Luz, sí, que quede constancia de cómo empezó todo y por donde vamos. Cuéntame qué haces ahora, cómo vives ese voluntariado de intentar que llegue comida a la gente que no puede más; preparar, arriesgarte con el maldito virus.
Sé que has sido de las valientes, consecuente diría yo, que no se quedó con los brazos cruzados en la gran ciudad, ahora crispada porque hasta la fase 1 no venden palos de golf a los golfos… (Antes, en mi adolescencia, golpeaban con bates de beisbol por la calle, ahora se preparan igual…)

Cuéntame qué hilos de esos que no se rompen por más que lo intenten, otros, te unen a Lesbos, qué se cuentan desde allí, qué recuerdas, qué sientes al ver a tanta gente así, sin rumbo. Y no lo digo por los refugiados, lo de sin rumbo, sino por los esclavistas y explotadores, por los señores de la guerra que nos envenenan.
Cómo van las cabezas, ya que eres psicóloga. Algo mal, supongo, la de todos, es normal, digo, las cabezas de los confinados en Madrid. Qué inquietudes tiene la gente sobre el después y qué esperanzas. Sobre todo, esto.

Ahora, como no me concentro demasiado, paso de un libro a otro en un santiamén. Y de Schopenhauer El arte de ser feliz -que va a ser un arte, sí-, me encanta conocer lo sencillo que aparentemente es. Pero no lo es.

También me preocupan estos días, más que nunca, los machismos y micromachismos que no son ni micro ni tal cosa menor porque todo va a violencia contra la mujer y es durísimo. Estos días en que vives con el enemigo, que te va comiendo por los pies, el alma… Y te dicen en el 016 que te divorcies. Eso le ha pasado a una conocida, que pidiendo socorro se encontró con esta linda respuesta. Igual que no funcionan los teléfonos del servicio de empleo público ni los de hacerte la tarjeta sanitaria europea para largarte de aquí de una vez y currar fuera como puedas, porque esto va siendo un asco completo…, pues tampoco marcha bien el 016, ya que las mujeres somos eso de usar y eso de con qué burlarse.

Hace mucho, preparando un reportaje me encontré de madrugada con una mujer golpeada brutalmente por su marido, que estaba denunciando (lo intentaba), pidiendo socorro, en los juzgados de Plaza de Castilla, y los servidores públicos que se llaman polis, pero no se enteran que son unos pagados por todos, nuestros empleados, vaya, le recomendaron que se fuera a su casa, así como así, con el maltratador. Muy franquista, pero ya con gobiernos supuestamente progres, ¿eh? Y ahora pasa poco menos pero lo mismo.

Tendemos a pensar que la comprendemos. Esa gran lacra. Pero es muy poliédrica. Y hagas lo que hagas, el castigo es para la víctima: la que se tiene que alejar, que pasar miserias, que pagar caro el alejamiento necesario del abrazo del oso, cuando aún queda algún remedo de abrazo. Pasó siempre, pasa.

En estos confinamientos se está dando cada caso… Lo sabrás. Habrá que ponerse más serias con esto porque no se ve un plan formal. Y yo lo siento, pero las manis no son sino ruido en las orejas de tanto maníaco. La protesta ha de ser eficaz, y ni las huelgas de hambre… Porque el hambre y el suicidio no es, no… No es el camino.

Habrá que esforzarse y echar a quienes de verdad no curran. Gran ERE para los que no meten mano a los asuntos prioritarios, urgentes, importantes, base de una sociedad sana.

Me comentó un día Lidia Falcón (vergüenza que la hayan echado de IU, me parece a mí, porque sus razones son aplastantes al defender desde siempre lo que defiende, mucho antes de que a los chicos que la echan les salieran los dientes democráticos, dicen que de izquierdas, yo lo dudo…) me comentó, digo, a mis preguntas que sí, que llega al Parlamento con sus razones y la oyen pero no la escuchan, que nada de hacer caso de verdad. Y se sabe, vaya si se sabe… Todo.

Pues esto es un politiqueo constante de los machos súperman políticos, fachada, un pillar foco y decir solo las del barquero cuando no se toca poder y ya empoderados pues eso, a vivir que son dos días… No se toma en serio; no hacemos que lo tomen en serio.

Me gusta, desde Fromm, ese análisis holístico, completo, para comprender el cómo liberarnos y comprender de qué raíces parte el machismo; ese análisis que heredan ahora feministas como Despentes, doña Virginie que con su Teoría King Kong desvela los planes del capitalismo, lo rematadamente idiotas que son los hombres (a los que conoce en profundidad porque los ha estudiado mucho) que se prestan a ellos. Y mujeres como Rita Segato.

Sé que hay matices y discrepancias en un tema vasto, que no es tema, es un sinvivir para tantas personas (bastantísimas más de las que parecen) y un sufrimiento vital total, que eso no es vivir. Yo creo que El segundo sexo, ahonda en la enfermedad y la cura (ojo cuando se lea una edición con traducción al español por si leen de final y remate eso de que cuando el hombre conceda…, esa barbaridad, porque en el original francés ni mucho menos concluye eso la Simone, sino que habla de la necesaria armonía entre sexos, de una igualdad radical, de un plan bastante distinto… ¡Qué cosas tienen las traducciones al español!, ¿eh?

Pasa lo mismo con el fascismo, la misma raíz. Y este país va con tanto retraso que cómo empezar. ¡Qué pereza le da a la clase política! No le ven rédito.

El laicismo costó hasta una ley, cien años a Francia, o más. Machismo hay en Francia y allende los mares, en todas partes; es una peste mundial a la que no se ha metido ni la primera manita, como a la pederastia, igual de contagiosa y letal. El oscurantismo, la idea de esclavitud y mutilación de los cobardes, el desprecio a la vida y su diversidad, el afán de imposición y dominio, de explotación del hombre por el hombre, de la mujer en este caso por el tipejo chulo y acomplejado, que no se lo ha hecho mirar…. Lo que sea que le pase… Porque si miráramos al fondo de ese abismo… Lo niegan todo, como en esa canción… Y a correr los correosos… Los despistados, que no se enteran… Atención selectiva es lo que tienen tantos hacedores… Autismo para según qué cosas. En fin, el machismo sigue, como siguen las sectas religiosas y el afán de adormecernos y que aguantemos lo insufrible. No es de recibo…

Bueno, no pretende una calidad poética, pero sigo inspirada. Te despido con unos versos, otro día, un día menos, un día más sin soluciones… Un fuerte abrazo, compañera.

Machirulo cobarde

El machirulo confinado no es confitado,
no confundir.
Jamás se dulcifica.
No es el cuento de hadas que te leyeron;
eso, un cuento.
Relato prevalente, preparador de tu ruina.

Hosco, ruin, traicionero, malvado.
Te mira y no te ve,
toma su tiempo para todo; se sienta;
te maldice entre dientes,
y que lo oigas.
Cuando no es a gritos, a puños, a patadas… Cuchillo, pistolas…
Negación, odio, cantos de sirena, cuando hablas…
Mobbing en casa no punible
(deben cambiar tanto las leyes…);
espanto, vacío, miedo,
mezquindades.
Un artículo,
un libro,
no dan para contarlo,
ni mil cientos de tomos…

Y menos, un poema.
Es una muerte lenta hasta que cambias,
para que quedes trapo que se tira como un trapo
y esos dementes se queden aliviados
por un instante solo, pero aliviados, justificándose.
Es una muerte siempre.
Te paraliza.
Sientes, clac, ya estoy muerta.
Mucho antes de tu tiempo de morir…
¿Cambias? Ya no eres tú: mueres.
Evasión, agresión, evasión.
No jugar a eso; no es un juego.
Mueres.

Chulería hasta en el andar y el mirar.
Mirada opaca, turbia, destructiva.
Ser destructivo.

VOZ DE LUZ

24 de mayo

Hola, querida amiga.
Me preguntas por las personas refugiadas, esas que son las más olvidadas, rechazadas, perdidas que pueda haber. Las víctimas inocentes de este salvaje mundo que habitamos y que algunos se empeñan en seguir sosteniendo. Personas refugiadas y migrantes suponen la prueba más atroz de la injusticia de un mundo que no va a sobrevivir si las cosas no cambian.

Es este un mundo de desigualdad, tanto mayor cuanto más baja es la escala que se ocupa. Con el fin del Antiguo Régimen, del mundo feudal, no terminamos, ni mucho menos, con la injusticia y la desigualdad, con la riqueza concentrada en unas cuantas manos y la pobreza en la mayoría. Simplemente, se sustituyó aquel mundo rígido establecido en base al lugar de nacimiento por este otro en el que vivimos, establecido en base al poder económico.

La revolución francesa, como primera ganada por la burguesía, terminó con los privilegios de casta, de cuna, pero no con los privilegios. Apareció un nuevo reparto del poder. Esta vez basado en la capacidad de acumular riqueza, no en la suerte de nacer en cuna de oro o plata. Y estos hoy se sigue organizando por capas. Y en ellas, la mujer sobre todo si proviene de esa parte del mundo que sufre hambre, guerra, dictaduras… es la peor parada. ¿Acaso es posible imaginar más baja escala que la de una mujer refugiada y perseguida?

Vivir, ver, sentir lo que esta gente padece es adentrarte en un mundo que cuesta creer que exista. Y lo peor es que existe entre nosotras, en nuestras propias fronteras, sin que lo veamos. Mucho he escrito sobre ello y estoy ahora en proceso de reordenarlo introduciendo sus propias historias, las contadas por ellos mismos cuando el recuerdo de lo que dejaron atrás, cuando el recuerdo de su propia historia les deja un respiro para evocar. Entre tazas de té y platos de cuscús o trozos de pitas que las más afortunadas cocinan en un horno hecho en el suelo, delante de sus tiendas y tal como se hace en la tierra que abandonaron, y venden van desgajando pedazos de sus vidas rotas. Todas diferentes, todas con rostro humano. Porque poner cara, piel, nombre a cada una de esas historias es empezar a respirar con ellos, es latir con el drama, la fuerza y el orgullo de seres humanos que no se doblegan. Con la esperanza de publicarlo en breve y que mi voz sea el grito de ellas. Pues el mundo no puede olvidar este horror.

Como en su día ocurrió en los campos nazis, nos preguntaremos cómo fue posible y de quién fue la culpa. Es un mundo dantesco, terrible, inhumano. Huyeron de la guerra y del hambre, huyeron buscando un sueño y encontraron una pesadilla.

Lo que más conozco son los campos de Grecia. No solo Lesvos. Tanto Atenas como las islas griegas, antaño lugares que casi tocaban el paraíso, de playas de arenas finas y aguas turquesa se fueron convirtiendo en lugares de desolación. Al principio los griegos fueron solidarios –lo son, pues lo llevan en su impronta histórica-, pero con el tiempo fueron volviéndose menos.

Muchas personas ignoran incluso lo que ocurre, pues la prensa no es prolija en información. Sólo en los alrededores de Atenas hay varios. Pero también hermosas e históricas islas como Chios, Samos –patria de Pitágoras- Kos… se llenaron de personas refugiadas que sobrepasaron desorbitadamente la capacidad de los campos. Llegaron a triplicar y cuadriplicar el número de personas que en ellas cabían, extendiéndose y creciendo sin parar fuera de ellos. Sin agua, sin luz, con un tremendo hacinamiento, con una letrina para cada más de cien personas, con una ducha para casi doscientas… sin calefacción de ningún tipo en invierno, viéndose obligados, aún con la protesta de sus propietarios, a talar ramas de olivos milenarios, cocinando en el suelo, tapando las tiendas rotas con plásticos recogidos, con suerte, en cualquier basurero…

Hay continuos casos de suicidio que la prensa calla. Las violaciones son tan habituales que las chicas no quieren ser mujeres porque no tienen medidas higiénicas para esos días. ¿Puedes imaginar lo que ha de ser para estas chicas, considerando además el tipo de culturas y sociedades de las que provienen, sus menstruaciones teniendo que lavar los paños que utilicen en los escasos puntos de agua diseminados por los campos?

En fin, un auténtico horror del que ellos son los menos culpables. No podré olvidar nunca el gesto y la expresión de los ojos de un chico casi adolescente: “Nos enviáis bombas, destruís nuestras casas, robáis nuestro petróleo, convertís nuestros campos en yermos. ¿Y no queréis que huyamos, que intentemos venir a vuestro mundo? Del nuestro nos echáis…”.

No son raros los incendios por algún descuido, por el cambio del viento mientras se cocina en el suelo, por alguna brusca subida de tensión que quema los cables que penden sobre sus cabezas…

Poco antes de regresar del último viaje, del que vine por la extensión del confinamiento también en Grecia y el cierre del espacio aéreo, que hacía imposible predecir cuándo podría regresar, hubo un incendio en Moira, el campo de Lesvos. Resultó una niña de cuatro años calcinada. En septiembre había habido otro. Muchas de mis noches se convierten en refugio del doloroso recuerdo. Y frente a toda esa pesadilla, todo un mundo de dignidad, de ayuda mutua, de solidaridad que te asalta en cada rincón, como el de esa madre con su hijo pequeño que coge media bolsa de comida porque sostiene que es suficiente y sabe que no hay para todas. Ese fue uno de los hechos que más me conmovieron y no fue el único. Es fácil que te abran la puerta de sus tiendas y te ofrezcan un té, o que pagarles la pita que acaban de hacer se convierta en una lucha…

La responsabilidad del mundo occidental es inmensa. A lo largo de los últimos quinientos años Europa se ha hecho grande a base de expoliar a otros pueblos. Pero hoy el cinismo y la desvergüenza nos invade. Inunda a un mundo que recurrentemente habla de derechos humanos, que grita justicia, paz y solidaridad, que se mueve entre los parámetros de democracias consolidadas mientras pretende esconder vergonzosamente a cientos de miles de seres que huyen en busca de esa paz y esa justicia que enarbolamos, que pone barreras sin querer saber que a la desesperación, como al campo, no se le puede poner barreras.
Como te decía, son muchas las páginas escritas que hoy estoy recopilando y que espero que vean pronto la luz en un solo volumen.

Llegué a Madrid, después de una larga odisea, el 21 de marzo. Con grandes dudas respecto a qué decisión tomar, decidí regresar. Poco a poco, también en Grecia se habían comenzado a aplicar algunas medidas. Los campos de refugiados empezaban a quedar aislados, se rumoreaba que pronto comenzaría también el confinamiento, la circulación en las calles comenzaba a estar restringida. Cundió el miedo ante la inminencia de un desastre de incalculables consecuencias. Por doquier, cualquier medio de comunicación anunciaba la necesidad de evitar el contagio evitando la proximidad entre las personas. Pero eso es algo de todo punto imposible cuando la vivienda es una tienda de campaña o un contenedor en el que se hacinan varias personas.

Por aquellos días los hechos se sucedían rápidamente. En situaciones extremas el tiempo, tan relativo siempre, se acelera. Desde primeros de marzo habían comenzado una serie de enfrentamientos violentos entre fuerzas neonazis, la población griega cansada de falta de respuestas y dividida entre la que quiere terminar con los campos y la que exige humanización frente a los mismos. Aquellos hechos, que llegaron a alcanzar una elevada cota de violencia, y que narro en uno de los artículos que escribí por entonces, hizo que las organizaciones comenzaran a marcharse. Las voluntarias sintieron miedo y muchas regresaron. Casi al mismo tiempo comenzaban a extenderse el miedo y la alarma por las fechorías de este desconocido virus que finalmente puso en jaque al mundo entero.

La preocupación por lo que pasaría entre esta población indefensa, sin recursos, para la que el acceso a un punto de agua o un jabón adquiere tintes de utopía, se multiplicaba. Los transportes públicos comenzaron a disminuir su frecuencia al mismo tiempo que el país reducía su movilidad. Las calles comenzaban a quedar vacías. Los establecimientos, cerrados. Especialmente bares, restaurantes y lugares públicos. No obstante, y frente a los datos que la prensa reflejaba del efecto del virus en el mundo, en Grecia apenas aparecían datos. Y en Lesvos, donde me encontraba en esos momentos, solo dos, y ninguno de persona refugiada.

En el convencimiento de que, tarde o temprano sería inevitable que también aquí llegara, se comenzaron a fabricar rápidamente y a destajo mascarillas de tela. Sabíamos que si el acceso a una pastilla de jabón era algo que solo el azar o la suerte podría proporcionar, el conseguir una mascarilla protectora sería algo inalcanzable.

Y se nos planteaba la duda de qué hacer. Finalmente, pensé que entre quedarme confinada en Grecia o en mi casa de Madrid decidí venir. Pero ya era tarde. Aquí estabais en lo más duro del confinamiento. Los espacios aéreos comenzaban a cerrarse. Había que darse prisa o ya sería tarde. Durante varias noches seguidas intenté sacar un vuelo pero todas las compañías clausuraban uno tras otro a pesar de haber vendido previamente el pasaje. He de confesarte que, al mismo tiempo que me seguía asaltando la duda de si quería regresar, sabiendo que la decisión era urgente, me perseguía esa preocupación por el futuro inmediato.
Decidí llamar a la embajada. Tampoco me resultó fácil contactar con ellos.

Los teléfonos sonaban sin que nadie atendiera la llamada o comunicaban constantemente. Por fin, una mañana conseguí ponerme en contacto con ella. Me preguntaron si viajaba sola.

Como así era, no me dieron ninguna solución salvo un listado de países desde los que volar y que aún mantenían comunicación con España. Pensé que, en cualquier caso, saldría de Lesvos.

En Atenas siempre sería más fácil todo. En ese momento, llamó mi amiga Alba, de No Nome Kitchen, quien, aunque no sabía que haría, si regresar o no a España, sí tenía claro salir de Lesvos, donde en pocas horas todo iría quedando cerrado y sin posibilidades de trabajar en nada. Me llamaba para decir que o salíamos esa misma tarde o ya tendríamos que quedarnos.

Acababa de saber que también el tráfico marítimo se cerraba. Decidimos ir a Atenas, donde todo sería más fácil. La sensación de sentirse atrapado en una isla es algo real y tangible. Aquella travesía se asemejaba más a una película de pesadilla que a algo real. De nuevo el silencio, el vacío de salas y pasillos enormes echándosenos encima como amenazas.

Por fin llegamos a la capital. Allí, unos amigos en cuya casa me alojaría me comunicaron que la embajada acababa de firmar un acuerdo con el Ministerio de Exteriores griego para traer a España a los cuatro que aún quedábamos en Grecia. He de decir que esta vez sí hubo buena coordinación y funcionamiento y al día siguiente, sábado, llegaba a Madrid.

Era un día gris, plomizo y feo. El silencio del aeropuerto, la ausencia de toda señal de vida salvo la de los escasos pasajeros que acabábamos de llegar de Atenas en el último vuelo antes del cierre del espacio aéreo, el miedo reflejado en los ojos desconfiados y la distancia de los cuerpos… todo ello se confabulaba para crear una atmósfera extraña, más cercana a una pesadilla de película que a la cotidiana realidad que hasta entonces había sido. Era imposible detener el recuerdo del movimiento, el ruido y el ajetreo del aeropuerto del que había salido apenas hacía veinte días. Fuera, solo el sonido de la lluvia contra el asfalto y el canto de los pájaros nos recibían.

Unas cuantas horas antes había dejado atrás una ciudad, Atenas, aún llena de movimiento y vida a pesar de haber ya comenzado a adoptar alguna medida preventiva, más como recomendación que como ejecución real. Y llegaba a una ciudad vacía, triste, desnuda. Contemplar las calles ausentes de coches, gentes, perros, tiendas cerradas, parecía algo irreal.

Y, efectivamente, al llegar comencé por un lado a colaborar con una cocina solidaria en la que preparábamos más de diez mil comidas diarias y luego a prestar mi ayuda como psicóloga, sobre todo a mujeres. Nada excepcional, querida amiga. El pueblo español va mucho más adelante que esos energúmenos que ahora nos atormentan cada tarde con el ruido basto del entrechocar de cacerolas. Que mira que es poco elegante la cosa… El español en general, y el madrileño en particular, es un pueblo fundamentalmente solidario, dispuesto a prestar ayuda siempre, y más en tiempos que verdaderamente la requieren.

Las cabezas van mejor de lo que, a primera vista, pudiera parecer, mi querida Enriqueta. Las mujeres somos fuertes y tenemos una capacidad inmensa y quizás innata para superar cualquier adversidad. Problemas, muchos, ganas de superación, también. El confinamiento a lo largo de estos meses ha hecho mucha mella en la gente. Pero pienso que, al mismo tiempo, ha sido un refugio –quienes lo han tenido, que la pobreza y la exclusión social están ahí siempre presentes aunque no neguemos a verlas-. Entre las cuatro paredes de la casa nos hemos ido olvidando de lo que nos espera cuando la vida vuelva poco a poco a la normalidad. Y creo que los problemas no han terminado. La normalidad que dejamos hace unos meses ha quedado demasiado atrás. No era una normalidad aparcada que volveríamos a buscar. No. Lo ocurrido ha cambiado la faz de todo profundamente. Salir a la calle va a suponer tener que enfrentarse a unos sueldos más precarios, a despidos, a muchos días al sol. Y veo mucho desconcierto, se retoman las cosas lentamente. Al contrario de lo que cabría esperar, no hay prisa. Esa falta de concentración no te ocurre solo a ti.

Y sí, querida Enriqueta, como en todo, porque para conseguir la plena igualdad en derechos queda aún un largo recorrido. Ser mujer en cualquier tipo de sociedad, de grupo, de relaciones siempre es un añadido negativo más. A cualquier situación, sea la que sea, siempre hay que añadir la condición de mujer. Hace poco escribí un artículo sobre ello, al que titulé La feminización del COVID-19, en el que intentaba evidenciar cómo esta crisis, como todas, ha afectado especialmente a la mujer y cómo nosotras hemos soportado sobre nuestros hombros la peor parte, la más dura. Incluso la que ha correspondido a los cuidados, porque son las enfermeras las que están en contacto directo con el o la paciente, la que le cuida, la que sostiene su mano. Y la enfermería está mayoritariamente en manos de mujeres.

Otro de los efectos colaterales de esta pesadilla ha sido, sin duda, el incremento de la violencia de género. De hecho, los padecimientos y cargas psicológicas de un porcentaje muy elevado de mis pacientes, todas, como te decía, mujeres, tienen que ver con separaciones, abandonos, malos tratos, incremento de la violencia… La obligada convivencia de parejas que estaban en proceso de separación o aquellas en las que las relaciones estaban ya muy tocadas ha tenido costes muy elevados sobre la salud psicológica de muchas mujeres. El 016, que, según datos oficiales, ha visto incrementado su uso, realmente sirve de poco o nada. No sé si es que al otro lado de la línea hay personas sin formación en género que dan respuestas estereotipadas, rígidas, a modo de recetas aprendidas… Más de una vez he estado tentada a llamar yo misma y probar qué tipo de respuestas y apoyos te ofrecen realmente. Y es un tema muy, muy serio. Es lo mismo que pasa con jueces (incluso juezas), policía, médicos… Una de nuestras permanentes reivindicaciones es precisamente la de hacer obligatoria la formación en género y la perspectiva que solo ella te da para todos y todas los profesionales que tienen que ver con este tema.

Y ahí estamos, luchando siempre. Porque, efectivamente, y tal como sostienes, de lo contrario la culpa siempre será para la víctima. Siempre queda una duda flotando en el aire, una sospecha sutil (“qué habrá hecho”) que convierte a la víctima en culpable. Cierto es que a las mujeres nos oyen pero no se nos escucha. Por eso es importante seguir ahí. Seguir adelante.

Aún hoy se escucha muchas veces a los machitos quejarse de que nos les dejamos ir en la cabecera de las manifestaciones. Si por ellos fuera, no sólo irían a la cabeza, irían solos con nosotras detrás. Tan difícil es que comprendan que la lucha es nuestra, que les queremos a nuestro lado, sí, pero un paso detrás. Porque somos nosotras las protagonistas de nuestra propia lucha. Porque nunca ninguna libertad ha sido gentilmente dada. Cualquier derecho, cualquier libertad ha habido que conquistarla. Nada de concesiones o de cesiones gentiles de espacios.

Hoy el feminismo está de moda. Y eso me da miedo. Porque veo detrás de esa moda un intento de acabar con nuestras reivindicaciones, de frivolizarlas, de minimizarlas. Ay de quién hoy no se proclame feminista, sobre todo en determinados ámbitos. Pero detrás solo hay fachada. En cuanto cruzas tres palabras seguidas aparece todo ese maremágnum de ideas machistas, profundamente patriarcales y una tendencia insidiosa y fácil al disfraz bajo el que la realidad se esconde.

Formación, mucha formación en género. Y leyes y lucha, mucha lucha aún nos queda por delante. Y lo más inquietante es oír a muchas mujeres argumentar por su boca. Muchas que se niegan a ver y reconocer la realidad que nos envuelve. Muchas mujeres que necesitan urgentemente abrir los ojos.

Entregas anteriores:
Primera correspondencia 14-16 de abril
Segunda correspondencia 14-16 de abril
Tercera correspondencia 28 de abril-1 de mayo
– Cuarta correspondencia 13-19 de mayo
– Quinta correspondencia: 20 de Mayo

* Las autoras de la correspondencia:

Luz Madroño es profesora de Historia en Secundaria, es doctora en Psicología, psicóloga, por tanto, que también que en estos momentos echa una mano al que puede y necesita; es activista social, trabaja por los derechos humanos a pie de obra y recientemente ha llegado de Lesbos, en ese lugar donde los refugiados se debaten entre el vivir o vivir, porque hay que sobrevivir, porque llegaron de un infierno para meterse en otro, pero no se rinden. También Luz está vinculada a la UNESCO desde su presidencia del Centro en Madrid, donde organiza estupendas jornadas. Feminista, mujer de mundo, honesta… Y mucho más.

Enriqueta de la Cruz, es escritora y periodista. Cinco novelas publicadas enraizadas en Memoria Histórica, presente y nuestro futuro. La última: Despertando a Lenin, de reciente aparición y dos libros de conversaciones con el republicano y ex presidente del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, César Navarro, psiquiatra, humanista, políglota y sobre todo, buena y culta persona. La última, Tiempos de plomo y ceniza, acaba de salir de imprenta. Colaboradora en LoQueSomos y otras Web alternativas, enormes grupos de gente imprescindible, a la que admiro por ser luchadora, comprometida.

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