Pudo ser así

lqs-obisposÁngel Hernández Pardo. LQSomos. Agosto 2015

De siempre me resultó cargante ese empeño de los creyentes religiosos en dar por hecho que uno está en la onda de sus creencias cuando se dirigen a ti con ese: Dios lo quiso así, demos gracias a Dios que eso no ocurra, Dios esto, Dios lo otro… ¿Es que son tan cortitos que no pueden pensar que algunas personas podamos creer que ese Dios al que adoran ha nacido en las neuronas del Homo Sapiens, y no tiene más recorrido que ese?

Me viene de lejos la falta de interés por esta materia. La utilización de los mitos siempre me los he tomado como elementos de una historia de ficción. Las religiones están cargadas de esos mitos a los que les dan no sólo valor real, sino que además les interesa que te conviertas en un perturbado creyéndotelos.
Las clases de religión que tuve que aguantar cuando era materia obligatoria de estudio me resultaban tediosas. Ponía todo mi empeño en escaquearme y pasar como un alumno mediocre, para que el religioso me viera como un caso perdido. Cosa que era difícil de conseguir al tener como profesor de religión a un cura que no pasaba nada por alto, y no se le escapaba ningún detalle que pudiera suceder entre nosotros y esta asignatura.

Teníamos religión todos los viernes, el mismo día y a la misma hora que nuestro confesor, el padre Pablo, venía a impartir el perdón, como médium de Dios, a todos los alumnos. Como nos daban la opción de asistir a religión o confesarnos, yo optaba por lo segundo.
Bueno, a decir verdad sólo me confesé una vez. El padre Pablo ponía todo su empeño en sonsacarte las veces que te habías masturbado durante la semana. Aunque algunos de mis compañeros solían, adrede, ponerle los dientes largos con el número de pajas -con pelos y señales- que decían que se habían hecho, yo sólo pude aguantarle el contacto de su mejilla con la mía, que era como nos confesaba, una sola vez; siendo la única confesión en toda mi vida que hice con él. El resto de las confesiones las consumía en el retrete esperando que pasara el tiempo.

Cuando el confesor cambiaba los viernes por otro día de la semana, por circunstancias que desconocíamos, me tenía que tragar del apóstol de Dios toda su doctrina, mostrando mi interés por ella con un cero perenne en mis notas. Todo esto me granjeaba un cierto desprecio del cura, que unido a que yo era un adolescente enclenque, y, por tanto, no reunía a sus ojos el encanto de un niño rellenito, me reportaba ser un marginado en sus clases. Cosa que agradecía.

En una de esas clases fui designado por el cura para que preparara un tema sacado de la Biblia. No me hizo ninguna gracia que me eligiera a mí sabiendo que yo era un zote en esta asignatura.
A regañadientes me tragué el sapo, porque sabía que no había otra alternativa para salvarme de la expulsión del colegio religioso en el que yo estudiaba. Elegí del Antiguo Testamento preparar algo sacado del Génesis.
Una semana perdiendo el tiempo haciendo un trabajo de un libro que probablemente era un verdadero petardo. Y, además, tenía que conseguir una Biblia como fuese, pues en casa el único elemento que tuvimos más cercano a lo sagrado fue una paloma, ave que consumimos en un guiso.

Se me ocurrió visitar una iglesia cercana a mi domicilio por ver si a alguien se le había ocurrido traer el libro a misa, para cogérselo prestado esa semana. De todas las personas que asistían a la ceremonia pude ver a un hombre que lo llevaba entre sus manos. Traté de acercarme lo más posible a él por ver quién era el tipo este, y qué posibilidades tenía de conseguirlo. Era el dueño de una tienda de ultramarinos, franquista y estraperlista. Que gracias a sus contactos con el Régimen y su apoyo a la causa se le dejaba comerciar con todo lo que conseguía bajo cuerda, sacando grandes beneficios de ello. Con esa información no me lo pensé dos veces. Esperé a que se acercara a comulgar, y me llevé su Biblia que la había depositado en el banco.
Ahora empezaba mi calvario con el trabajo que tenía que preparar para la clase de religión. Empecé a leer las primeras páginas. ¡Sorpresa! Era un libro divertidísimo, lleno de historias muy curiosas, escritas con una imaginación sorprendente. Puede que estos relatos a día de hoy ya no tengan la eficacia de sorpresa que me ocasionó a mí en aquellos momentos, dado que los adolescentes actuales tienen, entre otros, a su Harry Potter. Pero me fascinaba que a alguien se le hubiera ocurrido novelar algo tan extraordinario como es la creación del mundo o la del ser humano; y era tronchante leer que el creador de todo esto, en su paranoia, puteaba a su obra maestra, a los seres humanos, después que los había creado a su imagen y semejanza. ¡Vaya personaje curioso este Doctor Jekyll y Mister Hyde!

A mí que me estaba costando un huevo preparar el trabajo de religión, al superdotado de la historia del Génesis del Antiguo Testamento, -y según decía la Biblia que había caído en mis manos- sólo había necesitado seis días para crear infinidad de cosas: el cielo, la tierra, la luz, el hombre, la mujer… Qué risa me dio lo de la costilla. Me imagino que el inventor de esta historia odiaba a las mujeres por algo que le pasó con alguna de ellas, y descargó en este pasaje su ojeriza. De la misma manera, todos los animales que pueblan la tierra, las plantas…, es decir, para terminar, todo lo que entrara en el Arca de Noé lo creó este tipo sin despeinarse.

Me puse a trabajar en ello bastantes horas, pues quería epatar a toda la clase -que se tomaban a chufla todo lo que yo producía en religión- y, por supuesto, al inquisidor. No quería que esta vez tuviera una regañina como la que me proporcionó en otro examen. Una vez todos los alumnos tuvimos que hacer en clase una redacción sobre el significado de Dios, y como siempre que escribía esa palabra lo hacía con minúscula. Ese día me tuvo una media hora insultándome delante de toda la clase, y como penitencia me castigó de rodillas con los brazos en cruz y una enciclopedia en cada mano; cada vez que bajaba los brazos por el cansancio, hostia que te crió. Así que, puse todo mi empeño en que mi exposición fuese lo más amena para la clase, y sorprender a todos de un descubrimiento que hice -y que probablemente nadie se había dado cuenta hasta ahora- fruto de mi interés, en esos momentos, por los personajes de la historia que había analizado.
Llegó el viernes, y ese día el padre Pablo no pudo enterarse de las pajas que se habían hecho mis compañeros al quedarse todos en clase para oírme. Yo era un poco teatrero en mis exposiciones, y eso les divertía, aparte de esperar el momento de la probable metedura de pata de la que nunca me libraba, resuelta con el correspondiente capón que me propinaba el cura.

Hay que ver cómo se divirtieron los alumnos con mis ocurrencias, que era como llamó el cura a mi estudio de investigación sobre el trabajo que realicé.

Decidí centrar mi trabajo en Adán y Eva, y, por supuesto, en su parentela, llegando a descubrir, a través del razonamiento lo que la Santa Madre Iglesia venía buscando, es decir, conciliar creacionismo y evolución.
Yo que nunca tuve interés por esta materia descubrí con mi estudio, con una exactitud casi matemática, de dónde, realmente, procedemos todos los seres humanos. Observé que de Adán y Eva surgían dos ramas diferentes. El tronco común eran Adán y Eva. Pero va a ser Caín, con su comportamiento, el que consiga darme la pista de mi descubrimiento.
Nunca en una clase había ocurrido que todos los alumnos que asistían estuvieran con la boca abierta ante lo que iba contando. Tengo que admitir que mi ego se hinchó como los de cualquier político actual cuando habla ante tu ganado. Me fijé que en una clase tan ruidosa como la mía nadie movía ni las pestañas. Sabía que los había conquistado, y en una materia, además, a la que no le había dado la mayor importancia anteriormente.

Empecé, -sabiendo que todos tenían conocimiento de ello, pero lo vi necesario para entrar en situación- sobre las cosas que creó Dios en unos pocos días. Centrándome, por supuesto, en el modelado de Adán y la generosidad de éste (haciendo Dios las veces de anestesista y cirujano), por donar una de sus costillas para crear a una mujer. Es decir, no es la mujer como hembra la que pare a otro ser humano, es el hombre el que inicia esa parida. Ahora entiendo por qué la Santa Madre Iglesia le quita a la mujer la decisión de parir o no parir, y esa la cuestión. Pero no quiero desviarme de la presentación y defensa de mi tesis que hice en mi clase de religión.

Lo que más curiosidad me proporcionó en mi investigación del texto Sagrado fueron los descendientes de Adán y Eva, sobre todo de Caín y Abel. La historia de los primeros hijos humanos que se dan en nuestro planeta la desarrollé de cabo a rabo, sin dejar nada fuera. Iba narrando los pormenores de cada uno de estos hermanos, cuando el cura me indicó que parara un momento, para poder decir unas palabras antes de que yo continuara. Manifestó cómo el apostolado da buenos frutos, incluso en mí que había sido una oveja descarriada, si uno no desfallece en intentar corregir los caminos que nos alejan de la sabiduría de Dios. Y la presentación que yo estaba haciendo de nuestros primeros padres era una muestra de ello. Con esa cara difícil de definir si era carne o pescado me indicó que siguiera con mi intervención.

Cuando terminé de narrar las peripecias de Caín y Abel, centrándome principalmente en el parricidio provocado por Caín contra su hermano, y la posterior condena de Dios por este hecho, hago la siguiente pregunta a la clase: ¿Me puede decir alguno de los aquí presentes de dónde venimos nosotros si los que quedan vivos son dos varones y una mujer? Noté que el cura se revolvía en su silla, pero esperando que no tuviera yo la osadía de lanzar una de mis ocurrencias a las que le tenía acostumbrado. Sin embargo, mis compañeros estaban, en esos momentos, atónitos por lo que había preguntado.

Traté de apaciguar al cura, porque al final sabía que mi descubrimiento le iba a gustar. Todos sabemos que, continué contando, Caín fue castigado por Dios a vagar por todo el planeta por lo que había hecho. Consiguió instalarse en África, una tierra fértil, con las materias primas intactas, y, por tanto, con grandes posibilidades para su desarrollo. Y allí vivió hasta su muerte con su mujer e hijos. Vi que el cura al decir esto respiró tranquilo. Pero yo seguí con mi teoría preguntando a la clase: ¿Alguno de los aquí presentes me puede decir de dónde salió la mujer de Caín? Aquí el cura me advirtió que tuviera cuidado, porque si seguía por un camino distinto al de las Santas Escrituras podía blasfemar. Yo le advertí que la Santa Madre Iglesia con el tiempo reconocería mi aportación a sus creencias con lo que iba a desvelar a continuación.

A mí el circo me encanta, sobre todo cuando los tambores hacen un redoble antes de que los trapecistas salten para hacer el triple salto mortal. Y eso es lo que hice mentalmente, hacer un redoble antes de insinuar que todos nosotros procedemos de Caín, que no tuvo más remedio que unirse a una mona, porque la única mujer creada por Dios era su madre, y ésta no residía en África. De la otra rama, la que Dios consideró que a sus descendientes se les debía otorgar todos los privilegios por seguir las enseñanzas de él, nacieron los Reyes. Los Reyes, sin lugar a dudas, tienen su pureza de sangre al vincularse únicamente al resto que quedó de la familia de Adán y Eva, de ahí algunas taras genéticas.

No voy a contar lo que pudo decirme el cura, se lo pueden imaginar. Ahora bien, puedo asegurar con esto dos cosas: Una, que el creacionismo y la teoría de la evolución son compatibles; la otra, que la paleontología ya tiene con mi descubrimiento el eslabón perdido.

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