A «Excalibur» no lo mató el «ébola»

Excalibur-el-Perro-LQSomosPatxi Ibarrondo*. LQSomos. Octubre 2014

Crucemos los dedos, toquemos madera, digamos ¡ojalá! para que así sea. Pues parece que, poco a poco, Teresa Romero va recuperando las constantes vitales en su lucha contra la siniestra infección del virus “ébola”.

Aunque debe darse prisa en conseguir el alta médica. Porque, paralelamente a la extrema gravedad de su situación, el presidente de la CCAA de Madrid, el peculiar González, sigue con su plan de desmantelar el Hospital Carlos III y convertirlo en un geriátrico. Seguramente, los ancianos del entorno del PP tendrán preferencia de ingreso, amplios descuentos y todo tipo de facilidades a la carta. Eso si decirlo está dicho. Es nuestro desayuno de cada día.

Teresa Romero mejora. Ahora es momento de exigir responsabilidades por las ofensas de palabra y obra a su persona y por la muerte arbitraria de su perro “Excalibur”.

El caso es que el marido de Teresa Romero ha hecho pública una carta, dirigida al impresentable consejero de Sanidad de Madrid, Javier Rodríguez. En la misma, le insta a tener lo que se supone que hay que tener y dimita. Bien está pedirlo, pero Rodríguez no lo hará porque, como el resto de los cargos del PP, no tiene esa predisposición genética ni educativa. Están hechos de piedra pómez: no tienen densidad, flotan pero no se rompen si no es a martillazos. Si acaso, mueren matando, tal y como Ana Mato ahorrando unos 6.500 eufóricos millones en recortes de salud. Tacita a tacita, deceso a deceso hospitalario, mientras va tirando confetti público en los “cumples” de sus niños o cambiando el aceite del Jaguar en el garaje Gürtel.

Con pedir disculpas, por haber acusado públicamente a la enfermera Romero de algo tan leve como autoinfectarse el ébola y callárselo, se da por cumplido el consejero Rodríguez. Esas cosas se le escapan a uno con la boca caliente por los nervios y por el afán de hacer méritos. No hay que tenerlo en cuenta. Sin embargo, sus correligionarios persiguen, detienen, multan y encarcelan ciudadanos “por insultar al gobierno” o “desafiar la autoridad” en las manifestaciones de la calle.

Sucede que, en el caso de Teresa Romero, esa misma autoridad ordenó el inmediato sacrificio de su mascota, el perro «Excalibur». Había que ofrecer imagen de firmeza y eficacia radical ante los alarmados socios de la Unión Europea. Total, un perro no es más que un puto can. “Lo hemos sedado para que el animal no sufra”. No hubo dudas ni titubeos; no se tomó en consideración el sufrimiento afectivo añadido a sus dueños. Se le aplicó la inyección letal y al hoyo.

Lo más lógico, desde el punto sanitario y humanista, hubiera sido poner a ·Excalibur» en cuarentena y observar clínicamente su estado y su evolución. Su vida podía haber sido incluso útil a la ciencia y a su dueña. Su gratuita muerte no benefició a nadie. Las cientos de miles firmas de ciudadanos, exigiendo que no se sacrificara al perro, no sirvieron para evitarlo.

Ahora los colectivos animalistas recogen firmas para llevar la responsabilidad del exterminio de «Excalibur» al senado. Bien. Los mecanismos democráticos están para ser utilizados. Aunque dada la tónica dominante, lo más seguro es que no sirva de nada. La clase política está divorciada de la democracia real, y lo suyo es una mera representación para ir pasando legislaturas, arañando lo que está a mano.

Aunque de momento haya habido consecuencias menores. Lucas Rodríguez, director del «operativo» que quitó la vida a «Excalibur», ha dimitido al no sentirse respaldado al respecto por la Universidad Complutense.

Los grupos de defensa animal están en lucha, pacífica pero insistente. “Excalibur”, el finado perro mascota de Teresa Romero, ha adquirido una dimensión política. Es un símbolo, al igual que el extravagante y brutal «Toro de la Vega»de Tordesillas y el prolongado etcétera del maltrato y el tradicional desprecio español a los derechos de los torturados animales como seres vivos.

Ahora bien, personalmente me sentiría mejor si el caso “Excalibur” sirviera para que, además de firmar y respaldar acciones como la de “Excalibur”, se tuvieran en cuenta a los miles de chuchos “milra” abandonados en las perreras de toda España. Esos no tienen nombre, no son símbolo de nada, son marginales y mueren enfermos y sin redención. O les capturan y les meten en una jaula y les sacrifican anónimamente o vagan por los descampados comiendo desperdicios. Y, por supuesto, se reproducen porque no hay una política que aborde la situación.

Cierto que no siempre se les puede llevar uno a casa, pero sí se les puede apadrinar en las organizaciones protectoras. Para que no tengan una vida tan perra en este “mondo cane”.

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* El Antídoto

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