“A Syrian love story”, una historia de todxs

a-syrian-love-story-lqsCarlos Olalla*. LQSomos. Noviembre 2016

“A Syrian love story” es un documental del británico Sean McAllister que te atraviesa como un cuchillo para que, al fin, abras tu corazón a lo que está pasando. No en vano Michael Moore considera a McAllister como uno de los directores más interesantes del momento. Rodado durante cinco años, cuenta, desde dentro, la historia de una familia desde los primeros días de la primavera árabe en Damasco hasta su marcha al exilio. A través de sus protagonistas asistimos, como si fuéramos un miembro más de esa familia en un ejercicio de intimidad pocas veces visto en la historia del cine, al proceso que han vivido millones de sirios que abrazaron esperanzados los albores de la revolución y han visto cómo no queda nada de lo que soñaron, de lo que ansiaron vivir, de lo que necesitaban … Cinco años de ilusiones transformados en una cruenta guerra entre las potencias mundiales que usan a la población siria como peones de los que se puede prescindir fomentando el odio entre ellos, vendiéndoles armas para que se maten unos a otros, cambiando de chaqueta a diario para defender, como siempre, sus espurios intereses. Esta película es una demostración de que el cine, más allá del mero entretenimiento, es una herramienta de transformación social imprescindible, una invitación a la reflexión, a que abramos los ojos ante lo que está pasando, un ponerle nombre y cara a los millones de personas que sufren la injusticia de las guerras, de nuestras guerras, porque a través de los personajes de Ragdha y Amer vemos la triste y dura historia de todos los millones de Ragdhas y Ameres a los que nuestros informativos niegan sus nombres para convertirlos en “nadies” escondiéndolos tras etiquetas como refugiados, sirios, civiles… No deja de ser tremendamente clarificador que nuestros medios llamen refugiados a quienes lo que les negamos es refugio, a quienes confinamos tras las vallas cada vez más altas que construimos, a quienes negamos los derechos que les corresponden como personas que huyen de una guerra, a quienes cada día nos demuestran con su sufrimiento que humanidad es algo que perdimos hace ya demasiado tiempo…

Nace la historia cuando McAllister, harto ya de visitar templos y de escuchar historias oficiales en su viaje a Siria en 2009, escucha casualmente en un bar la conversación telefónica de un hombre, Amer, con su esposa, Ragdha, que está en prisión por su activismo político contra el régimen de Bashar al-Ásad. McAllister se acerca a Amer y le pide que le cuente su historia porque quiere hacer un documental sobre la realidad que se vive en Siria. Amer acepta pensando que divulgar su historia puede ayudar a que su mujer salga de la cárcel. A partir de ahí asistimos, desde una intimidad que nos toca en lo más hondo, a la vida de una familia en la que un padre lucha por sacar adelante a sus hijos y por liberar a su mujer de prisión. Ver la realidad de una dictadura a través de la mirada de un niño te abre los ojos y te quita esa venda tras la que pretendemos no ver y no sentir. Las conversaciones telefónicas de esos niños con su madre te hielan el alma: ellos no paran de preguntarle cuándo va a volver, ella no puede contestar; cuando le preguntan que por qué no vuelve ya ella, intentando evitarles el sufrimiento, les contesta que porque no ha podido coger el autobús. Amer conoció a Ragdha en la cárcel, cuando también él era un preso político. La vio por la mirilla de la puerta de su celda cuando la traían totalmente ensangrentada y desencajada de un interrogatorio, de uno más. No tardó en darse cuenta de que podría ponerse en contacto con ella a través de la tubería que unía sus celdas. Fueron meses los que pasaron hablándose a través de aquella tubería, meses en los que se dieron cuenta de que se habían enamorado. Tras salir de la cárcel se casaron y empezaron su vida en común. Años después Ragdha volvió a prisión por haber cometido uno de los peores crímenes que pueden cometerse contra una dictadura: escribir un libro denunciándola. Ahí es donde empieza “A Syrian love story”.

La primavera árabe saca a la gente a las calles y Amer aprovecha para organizar manifestaciones exigiendo la libertad de los presos políticos. Poco después Ragdha sale de prisión. Al llegar a casa se encuentra con un intruso que vive con ellos: Sean McAllister que con ella repite el mismo proceso lento de ganarse su confianza que ya había hecho con Amer y con sus hijos. Es así como McAllister pasa a ser un amigo, un consejero, un miembro más de la familia. Amer y Ragdha no tardan en darse cuenta de que aquella revolución árabe no era por la que ellos habían luchado toda su vida, de que son muchos y oscuros los intereses que se esconden tras la alegría de los primeros días, de que, como siempre, son las potencias extranjeras las que están detrás de todo aquello. Pero no por ello abandonan su compromiso y siguen luchando contra unos y otros para que no acaben con su sueño: el de poder vivir en paz y en libertad. A estas alturas llevan ya grabada una gran parte de la película que, de finalizar ahí, podría tener el final feliz que estamos acostumbrados a ver en pantalla de la familia unida luchando por salir adelante. Pero la vida no es cine y, en medio de las turbulencias políticas y la represión de la dictadura, McAllister es detenido y pasa cinco días en prisión. Si las imágenes que ha grabado durante todo este tiempo caen en manos de los militares de Bashar al-Ásad, Amer y Ragdha podrían volver a la cárcel. La huida, el exilio, es su única alternativa. Como a tantos otros, Líbano les espera.

La realidad del exilio es dura. Solo quienes la han vivido saben lo dura que puede llegar a ser. No solo se trata de encontrarse en un país nuevo, en una ciudad desconocida y rodeado de personas a las que no conoces. En el exilio nacen todos los fantasmas: El de no encontrar trabajo, el de no saber cuánto tiempo estarás allí, el de que tus hijos no puedan ir al colegio, el de la penuria económica… Y, junto a ellos, el peor de todos: la desolada sensación de vacío que todo lo invade, ese inmenso vacío que, día a día y especialmente noche a noche, se va apoderando de todo, de tus sueños, de tus esperanzas, de tus alegrías… Y con el vacío surge otro fantasma aún más poderoso que todos los anteriores: la sensación de que, al huir, has traicionado a los tuyos, a tu pueblo, a los que, entre el miedo y la persecución, se quedaron luchando por esos mismos ideales que tú defendías. Pasas de ser una persona, de tener unos ideales, de tener un compromiso y una forma de vida forjada en la lucha por todo aquello en lo que crees, a ser un nadie, un ser que espera en un mundo sin tiempo que te come día a día. Hay que ser fuerte, muy fuerte, para resistir la soledad del exilio, la tortura de sentir tu impotencia ante todo lo que te rodea, el sinsentido de un mundo nuevo en el que ya no eres quien eras. Frente a esa situación surgen las preguntas que no tienen respuesta: ¿Quiénes somos?, ¿Qué queremos hacer?, ¿Qué podemos hacer…? Sabes que no puedes volver atrás porque eso significaría la cárcel, cuando no la tortura y la muerte. Sabes que no puedes quedarte ahí porque tu vida no tiene sentido y se ha convertido en espera, en una desolada y eterna espera. Cabe la posibilidad de huir, de dejar todo atrás, empezando por lo que fuiste, para intentar encontrar un mundo mejor donde poder vivir en paz con tus hijos. Y es entonces cuando aparece la palabra Europa, esa palabra que un lejano día significó humanidad, solidaridad y dignidad pero que hace ya tiempo que olvidó el significado de esas bellas palabras.

Películas como “A Syrian love story” son armas imprescindibles para enfrentarnos a esa manipulación masiva con la que, a diario, nos lavan el cerebro para que no veamos, no pensemos y no reaccionemos, para que les dejemos seguir provocando guerras y vendiendo armas, para que, incautos e ignorantes, les sigamos votando creyendo en sus falsas promesas, o peor aún, que les sigamos votando para que acaben contra todo lo que amenace nuestro status quo y nuestro “bienestar” Por desgracia son películas que raramente llegan a nuestras pantallas y, cuando lo hacen, no están más que unos días en la cartelera y pasan a formar parte de la legión de películas imprescindibles que aportaron más, mucho más, que simple entretenimiento y diversión. Las condenan al olvido. Solo de nosotros, de ti y de mí, depende que no cumplan esa condena y que lleguen a más gente. No dejes de ver esas películas, habla de ellas, apóyalas, compártelas…porque hacerlo hoy es un acto de resistencia y rebeldía ante su barbarie.

#ASyrianLoveStory

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