Alicia plancha su pañuelo

Sin título-2Eduardo Pérsico*. LQSomos. Julio 2015

Tal vez fuera la madre superiora quien dijera: “Las alumnas reclaman por el gusto de hacerlo”, y en aquel atardecer de víspera increíble Daniela quince años.

Ayer nadie la vio, mejor es no hablar de cosas tristes, o “por algo será”; pero ella no aparece y en herencia de sueño que mantienen las hembras, la cepa de la espera les crece cada hora. Y a viento atravesado o en el mar más profundo, ninguna madre olvida ni un minuto su cría. Así que pronto anduvo Alicia por la Plaza de Mayo junto a otras madres y de blanco pañuelo en la cabeza, apretadas del brazo afirmando el mandato de la sangre.

En ellas no valen cobardías ni palabras menores y recorren la plaza sin el mínimo rezo, contrariando amenazas milicas y el cobarde “yo no me meto en nada”. O el “¿qué quieren esas locas desvelando a la gente que desconoce culpas?” – que aullaron los cómplices “diarios de la patria” anunciando que nada sucediera. Pero, ¿hijos de quiénes fueron los muchachos sin rastro tras letales pinchazos y tirados al río?
Daniela no aparece y ni recuerda Alicia cómo aprendió a llorar en tono bajo y no inquietar los ruidos de la calle. Alguien se ha detenido pero sigue en la noche, el resonar de un timbre solamente es deseo y los autos que pasan se llevan la noticia, en tanto para Alicia no es verdad ese sueño de monstruos asesinos y sellados cuarteles.

No regresa Daniela y Alicia carga entero su fusil de recuerdo. El proyectil del tiempo ha de orientar su búsqueda si nada más que el aire, con su Sin título-1manera antigua, puede contar la historia sin rendirse un instante. Y a pesar de todos los pesares Alicia imagina el rostro de quien robó a su hija; y lo trae de ida y vuelta con la furiosa pena de no olvidarlo nunca. Porque al fin, distraído en menesteres del cielo y esas cosas anduvo Dios por esos días, sordo ajeno al minuto cuando Daniela quince años, de los pelos y en andas entre voces de mando y brutal reglamento, derrumbada en un piso de orín y violaciones. Y ha de seguir Alicia preguntando a quién le confió Dios conducir la manada…

Pero cada pregunta clavándose las uñas ha sido derrotada de tanto preguntarse. ¿Quién dispuso que Daniela quince años no volviera a decirle que unos tipos de anteojos apagados, por cumplir unas órdenes bestiales, la arrastraron y luego lo demás igual de miserable? Hoy, Daniela no está y Alicia plancha su pañuelo. Ya vuelta de los años sin consuelo anda su pena visceral contra las voces muertas de los comunicados. “Señoras, investigaremos hasta las últimas consecuencias”, y otras jaranas que tanto han divertido a tipos de uniforme y de sotana. Pero Alicia pervive, ya sabe quién amenazara “las alumnas no deben reclamar ni sonreír a destiempo”, infamia que también le duele cada hora. Y el nombre de pretores de astrales intereses al ordenar “ni una sonrisa adolescente puede quitar al rezo de su sitio”; y más tarde Daniela aullara en medio del tormento.

Ha de seguir el sol clareando grises y el perfil del jazmín bajo la lluvia; nadie esquiva el fusil de la memoria aunque cambie su aspecto cada día. Solo algo no existe, es el olvido, y el aire seguirá con su relato si Alicia plancha el pañuelo que llevará a la Plaza.

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* Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina

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