Alternativos, sugestivos y funcionales

Alternativos, sugestivos y funcionales

Juan Gabalaui*. LQS. Febrero 2020

Se transita el camino que se conoce. Las alternativas se miran con miedo y desconfianza, alimentadas a su vez por la propaganda descalificadora del sistema

La confianza en que se puede cambiar el estado de las cosas desde las instituciones es una idea que resiste al tiempo a pesar de que los hechos demuestran que no es así. Las nuevas generaciones desestiman las experiencias pasadas e insisten en transitar el mismo camino que sus mayores. Algo en su interior hace que crean que lo harán de forma diferente. El problema radica en que las mismas fuerzas, que derrotaron las anteriores intentonas, continúan en plena forma. Las instituciones de los estados capitalistas fagocitan cualquier tentativa de modificación sustancial o de propuesta de demolición del sistema. Las revolucionarias se convierten en domesticadas servidoras, cuyas voces no implican riesgo alguno al funcionamiento imponente de la maquinaria estatal.

Esta incapacidad para aprender de las experiencias pasadas genera la frustración y la impotencia que provoca el no cambio. Si repasamos las críticas que se hacían en los años 60 del siglo XX apenas difieren de las que hacemos ahora. La preocupación por el medio ambiente, el individualismo, el hiperconsumo, la soledad y los problemas de salud mental, la quiebra de la solidaridad de clase, la desmedida acumulación de capital en manos de unos pocos o la desconfianza en las democracias liberales de naturaleza representativa. Seguimos criticando lo mismo sin que nada haya cambiado.

Se transita el camino que se conoce. Las alternativas se miran con miedo y desconfianza, alimentadas a su vez por la propaganda descalificadora del sistema. Pretendemos cambiar algo que forma parte de nosotras. Es la forma de mirar el mundo que nos han enseñado. Podemos cambiar esa mirada pero desde la conciencia de que seguimos formando parte del sistema que queremos alterar. Este hecho nos indica la vasta dificultad de la tarea de los movimientos políticos y sociales que pretenden impugnar el actual estado de las cosas. Es como si un cirujano cardiaco quisiera operarse a sí mismo a corazón abierto.

Aún así este escollo no es insalvable. Una de las maneras es la construcción de espacios alternativos: que funcionen con lógicas no capitalistas, sugestivos: que tengan la capacidad de atraer a muchas personas, y funcionales: que tengan una función reconocible y favorable que repercuta directamente en la vida de las personas. El reto es que estos espacios sean lo suficientemente subversivos, mayúsculos y beneficiosos como para rivalizar con el sistema. Los tres elementos son necesarios. Si falta alguno, acabarán invisibilizados o absorbidos. Desprovistos, en definitiva, del poder de transformación.

El proceso de cambio transformador se hará de abajo a arriba. Las iniciativas creadas desde la vanguardia, los grupos de expertos o los partidos políticos son homeostáticas. La desconfianza en las capacidades transformadoras de la sociedad lleva a confiar en líderes y personalidades carismáticas, a las que se les confiere aptitudes sobrenaturales y una sabiduría excelsa. Esta idea se nos ha transmitido de forma constante. Es una idea construida conscientemente para desvalorizarnos y generar desconfianzas en el pensamiento y el poder colectivo. Nos han dicho que para que las cosas funcionen una persona sabia tiene que manejar el timón del barco. Sino es así, nos ahogaremos.

En contextos de desestabilización social, económica y política la tendencia es buscar a alguien que nos dirija y nos diga lo que tenemos que hacer. Lo singular es construir espacios de toma de decisión y participación colectiva. Esto lo hizo el 15M. No todo el mundo estuvo de acuerdo y la tesis de armar un proyecto que alcanzara el poder institucional fue apoyada por muchas personas. Entre ellas gurús políticos y de las redes sociales, como Ignacio Escolar o Eduardo Dans, que escribían en sus columnas y blogs hacia donde tenía que dirigirse el movimiento. A su vez otras personas, escépticas y distanciadas del funcionamiento asambleario, pretendieron conjugar el lenguaje pretendidamente transformador del 15M con la vanguardia de un grupo de expertos que lideraran el cambio. De esta idea surgió Podemos.

Podemos era una opción claramente ajustada a lo que el sistema conocía y, de esta manera, desde su nacimiento se desposeyeron de cualquier poder transformador. Lo que les acompañó fue una gran ilusión y la esperanza de miles de personas que no eran muy diferentes de las ilusiones y esperanzas de otras épocas con otros partidos y otras personalidades. Transitaron el camino que conocían y pensaron que podían tener éxito donde otros habían fracasado. Nada nuevo. La realidad es que fracasaron. No podía ser de otra manera. Consiguieron atraer a muchas personas pero fueron incapaces de crear espacios alejados de la lógica capitalista y funcionales. Construyeron su alternativa de arriba a abajo, con el agravante de utilizar un lenguaje que ocultaba este hecho, y desarticularon el pobre intento de participación colectiva de los Círculos. Con estos méritos se han convertido en cola de león del primer gobierno de coalición de la posdictadura. Más de lo mismo.

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