Anatomía de la falsedad

Cuando Jean Paul Sartre escribió “la náusea” debía estar mirando hacia España, pensando en el residuo traumático de un viejo imperio que no se resigna aún a ser el pasado. Aquí los sueños de grandeza no caducan, están flor de piel incluso en algunos individuos. No digamos, por lo tanto, en las instituciones o cualquiera actividad colectiva. No hay lugar para la sencillez. Resulta casi un imposible relativizar los rasgos de cualquier situación. Cada español enfático es una tendencia al absoluto; le resulta trabajoso habitar la conducta horizontal y llana. Están encastillados en el histórico "non plus ultra".

Puede que esta singular idiosincrasia haya influido en el éxito y la larga duración de la “gloriosa cruzada”. Un caudillismo nacido de la divina providencia, cuya aciaga estela se prolonga en el tiempo presente. Puede ser que sea así. Como mínimo, aquí cada quisque se cree una metafísica con zapatos. Algo importante. Imprescindible. Y, por lo general, ya puestos en la necesidad de bailar aguas vivas o muertas, no basta con el reconocimiento. Se busca la fama, el éxito, el sonido de las medallas.

Se puede comprobar estos días de Marzo. La utilización, por parte del vigente neofranquismo, del anticipado deceso de Adolfo Suárez.

Suárez, dos sílabas, un diptongo y un ducado. Acuden las instituciones al apresurado rescate de un ilustre malabarista traicionado y olvidado de todos, incluido el rey que lo nombró para sacarle las castañas del fuego. Luego sería abandonado como perro fiel inservible. Se lo creyó. Se atrevió a pensar y actuar por su cuenta. Se le subió la transición a la cabeza. Se creyó el padre de la transición cuando le votaron en las urnas. Arriba le cortaron los hilos a la marioneta advenediza. Muerto sí vuelve a prestar servicio como inolvidable “padre de la transición”, pero jamás en vida. Borbón monopoliza la tramoya. No puede haber dos soles de igual intensidad en la misma galaxia.

A Suárez le perdió su querencia por el riesgo, como empecinado jugador de mus que era. Apostó a ser el árbitro del juego en una España cainita y precaria. En ese contexto era insostenible el permanente “café para todos”. Perdió la partida y las diez de últimas. Todos fueron contra el eterno indefinido. Lo machacaron y tuvo que retirarse de la escena pública.

La ansiedad y las prisas por recuperarlo y elevarlo al rango de mito, hablan con elocuencia de la vacuidad de ideas y del estancamiento sociopolítico que se refocila en el ombligo de la improvisación y de una arbitrariedad permanente que perjudica siempre a los más débiles. Este país sin modelo de estado es una estructura que se autotitula democrática, pero que no lo es. No alcanza todavía los parámetros necesarios. Antes al contrario; los aires dominantes hablan más bien de acelerada involución.

El mediático fallecimiento del ex-presidente, anunciado teatralmente con días de anticipación, acongoja porque desvela que caminamos por un desierto de ingenio. Un pedregal de oportunismos, donde el imperativo más alto es permanecer en el puesto que tengo aquí. El bipartidismo institucional de la mediocridad dolosa ha decidido exprimir la figura de Adolfo Suárez, como exaltación del cartón piedra de la “modélica transición” y la ya caduca Constitución de 1978.

Y además, y sobre todo, se trata de utilizar el mito de fabricación casera como un cortafuegos para minimizar, contrarrestar y finalmente disolver el maremoto del 22-M. Es decir, la presencia en las calles del fenómeno de la indignación ciudadana. Los votos contrarios al “establisment”, sumados a la abstención por aburrimiento y desesperanza. El otro mundo. La otra realidad. El remolino ciudadano apodado venenosamente “los antisistema”.

Las columnas de la “Marcha por la Dignidad” llegadas a pie desde todos los puntos cardinales del país son ya un poderoso símbolo, se quiera o no. Nadie hasta ahora ha concentrado una multitud de más de dos millones de personas en Madrid para gritar NO. Eso supone mucho ruido. Los nervios de la España oficial están a flor de piel. Hay unas elecciones en ciernes que serán un termómetro de quién se quedará y quiénes tendrán que irse. En España estar o no estar es el ser o no ser.

El “caso Scala” (*)

El coro laudatorio del fallecido Adolfo Suárez, erigido en hiper símbolo de la transición de la dictadura a la democracia, ha evitado ofrecer la radiografía de cuerpo entero del personaje. Pero nadie se puede creer que una fontanería semejante, con un régimen fascista tan brutal, se podía llevar a cabo sin mancharse.

Hay paralelismos que no cesan. Ayer, hoy, siempre es lo mismo y fatal de necesidad, cuando intervienen los mecanismos subterráneos de la razón de estado. Dados los precedentes, los 22-M deberían ser cautos y afinar con los infiltrados.

El 15 de Enero de 1978 (año de la Constitución) un pavoroso incendió destruyó gran parte del restaurante y sala de fiestas Scala, en Barcelona. En el atentado hubo cuatro víctimas mortales.

En esa misma mañana de domingo, el sindicato anarquista CNT había convocado una manifestación contra los denominados Pactos de la Moncloa. Asistieron 15.000 personas. Acabada la manifestación un grupo de jóvenes lanzó cócteles Molotov contra la fachada del edificio. La policía achacó el atentado a la CNT y a la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Sin embargo, las cuatro víctimas eran afiliados del sindicato CNT que se encontraban en el interior del local.

El juicio del Caso Scala tuvo lugar en diciembre de 1980. Los abogados defensores (Loperena, Palmés, Krauel y Seguí) solicitaron que el ministro de gobernación, Rodolfo Martín Villa compareciese a declarar, pero no lo hizo. La posición de la defensa apuntaba hacia un montaje policial orquestado mediante confidentes infiltrados en el sindicato CNT con el objetivo de desacreditar tal sindicato ante los trabajadores y evitar así su progresión en Cataluña. La sentencia condenó a José Cuevas, Xavier Cañadas y Arturo Palma a 17 años de prisión como autores de un delito de homicidio involuntario y por fabricación de explosivos; Luis Muñoz fue condenado a dos años y seis meses por complicidad, y Rosa López, a 5 meses por encubrimiento. El recurso presentado por los abogados defensores fue desestimado por el Tribunal Supremo.

Con el paso de los años se fue descubriendo el papel crucial y decisivo que desempeñó el confidente de la policía, Joaquín Gambín, el Grillo, también conocido como el Rubio o el Legionario, en este asunto. Fue él quien se infiltró en la CNT para dirigir el atentado. La presión de la prensa sobre la policía y la ausencia de Gambín en la vista del caso hicieron levantar sospechas sobre las verdaderas causas del atentado, provocando incluso desavenencias entre el Ministerio Fiscal y algunos miembros de la judicatura. Finalmente, a finales de 1981, Gambín fue detenido por la policía tras un tiroteo en Valencia. El Caso Scala volvía a abrirse.

La segunda vista del Caso Scala Barcelona, en diciembre de 1983, solo tuvo un acusado: Joaquín Gambín. La sentencia lo condenó a 7 años de prisión por acudir a la manifestación con armas y por preparación de explosivos. La CNT ha presentado siempre este asunto como una maniobra oscura del gobierno dirigida a frenar el ascenso del sindicato anarquista, que se resintió indudablemente de la repercusión social que tuvo el Caso Scala.

Además del Caso Scala, en ese mismo tiempo se produjo el atentado contra Antonio Cubillo, líder del movimiento independentista canario.

El presidente de gobierno era, cuando ocurrió y se juzgó el Caso Scala, Adolfo Suárez González. El mismísimo “padre de la democracia española”.

(*)- Wikipedia Caso_Scala

Wikipedia Martín Villa

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