Arcabuces y estampitas: jesuitas en la Nouvelle France

Arcabuces y estampitas

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

Llevamos siglos discutiendo si la derrota de los amerindios tras Invasión de las Américas se debió a las armas de fuego, a las epidemias, a la debacle social, a la cooptación de las élites caciquiles, a las virtudes de la evangelización cristiana, etcétera. Permítame un ejemplo que conjuga los arcabuces con las imágenes del (literalmente) terrorífico Infierno que difundían los primeros jesuitas que invadieron Canadá.

Champlain mata y derrota fácilmente a los primeros indígenas canadienses que está ‘descubriendo’

Según nos cuenta el protagonista, en julio de 1609, cerca de lo que hoy se llama Lago Champlain, su ‘descubridor’ Samuel de Champlain (centro de la imagen), cargó cuatro balas en su arcabuz, avanzó unos 30 metros hacia un grupo de guerreros Mohawk, se detuvo, apuntó derechito a uno de los tres Jefes que lo encabezaban y disparó: dos de los cabecillas cayeron en el acto y el tercero murió poco después. Escondido tras unos árboles, otro francés disparó contra los indígenas; la partida indígena se desconcertó aún más. Viendo a sus Chiefs muertos de manera tan insólita, los Mohawk huyeron en desbandada.

Estampita del Infierno medieval empleada por los jesuitas
en la evangelización de los indígenas canadienses.

El Fr. Paul Le Jeune SJ fue de los primeros misioneros en preconizar el terrorismo como mejor método para convertir a los indígenas. Para instalar el desasosiego cerval, utilizó estampitas del Infierno asociándolo a los miedos consuetudinarios de los amerindios en particular y de los humanos en general: perder un hijo, enfermar gravemente, arruinarse por un cataclismo tectónico, tener que huir de casa, etc. A todos ellos, los jesuitas añadieron el terror a ser condenados a una eternidad de indecible sufrimiento.

La pregunta (retórica) es: ¿qué aterrorizó más a los amerindios: una bala de arcabuz o una estampita del Infierno cristiano? Hoy, nos aproximaremos a esta pregunta desde la etnohistoria jesuítico-indígena de los Huron.

Primeros jesuitas entre los Huron

En 1611, sólo dos años después de la ‘hazaña bélica’ de Champlain, ¿espoleados por el olor de la pólvora? llegaron a Canadá los primeros jesuitas franceses. Hasta que los británicos completaron su invasión en 1760, se calcula que unos 30 o 40 misioneros galos SJ, todos ellos reclutados en Europa, llegaron a lo que hoy es todavía un Dominion de la Commonwealth. Circa 1634, invadieron el territorio de los otrora conocidos como indios hurones -el término Hurón es de prolija etimología, no es un etnónimo autóctono y no tiene ninguna relación con el mustélido cazador de conejos.

Para los jesuitas, la evangelización de los Huron fue frustrante puesto que, según sus prejuicios expansionistas, no progresó con la rapidez que habían pronosticado tras maravillarse con la ejemplaridad de la rápida sumisión (¿) de los indígenas del Imperio español. Para esta beligerante congregación, la diferencia estribaba en que la violencia de la invasión castellana había acelerado la conversión al cristianismo –plausible aserto, he de reconocer-, mientras que, en la Nouvelle France, los (escasos) poderes coercitivos de los ejércitos franceses, poco ayudaban a la cristianización de los Huron.

Estos franceses venían de una tradición de absoluta intransigencia –en 1572, habían masacrado a los hugonotes- y no querían entender que la sociedad huron era igualitaria, asambleísta y ‘animista’ donde todo, incluidas las manufacturas humanas, tenían alma inmortal. Además, su sistema de parentesco era matrilineal, algo no tan raro entre los amerindios, pero sí inconcebible para los europeos. Para disimular su intolerancia, recurrieron a diluir las fiestas tradicionales de los Huron en algunas ceremonias cristianas –por ejemplo, las fiestas de los muertos.

Hubo ritos cristianos que los Huron no aceptaron, entre ellos, el bautismo. Los jesuitas bautizaban subrepticiamente a los niños enfermos o agonizantes. Pero, como poco después morían muchos de los cristianados –las epidemias aumentaron vertiginosamente-, los Huron entendieron que ese sacramento era una brujería letal.

St. Louis, 1649: los Huron ejecutan a Jean de Brébeuf SJ
(santificado como mártir en el siglo XX) Según las fuentes misionales,
para burlarse de las ceremonias jesuíticas, le ‘bautizaron’ con agua hirviente.

Chamanes y curaciones

Las epidemias de viruela (la de 1634-1640, mató a un tercio del pueblo huron), de fiebre y diarrea (1634) y de gripe (1636) convencieron a los Huron que los misioneros eran agentes mórbidos y hasta mortales. La ausencia de inmunidad contra esas enfermedades exógenas fue una de las causas del desastre pero su exagerada letalidad también se debió a otros factores: la guerra, el agobio (stress) y la desnutrición.

“-El hechicero negro. –Carga en su zurrón hervideros de orugas”.
Los desastres sanitario-ambientales introducidos en Canadá por los misioneros jesuitas

Frente a estas calamidades, las filosofías naturales indígena y misionera convergían en que eran castigos sobrenaturales –de Dios para los jesuitas y de hechicerías para los Huron. Pero, además de diferir en el tratamiento, los jesuitas se empeñaron en mantener una radical oposición entre lo científico y lo primitivo, la tecnología y la magia y, finalmente, entre lo efectivo y lo inútil. Huelga añadir que unos misioneros que, un siglo después, quemarían en la pira a los futuros Ilustrados, tenían una visión de la sanación tanto utilitaria como mágica y tan ‘primitiva’ como creían que eran los Huron.

Item más, para los misioneros, la curación-sanación era un tema utilitario y, sobre todo, un problema político donde peleaban contra su peor enemigo, los chamanes. Decía un misionero: “Nos dedicamos, sobre todo, a hacer de médicos con el objeto de desacreditar a sus chamanes. Sin embargo, como medicina, solo podemos darles unas mondas de limón –calabaza francesa lo llaman ellos-, y unas pocas uvas en agua caliente con una pizca de azúcar [nieve francesa para los Huron]. Tan modesto remedio es fortalecido por la gracia de Dios y así logramos que muchos recobren la salud”. Otro de los tratamientos habituales en Francia, la ubicua sangría, tan querida por los vampiros europeos, nunca fue aceptada por los Huron.

Durante las epidemias, los jesuitas cumplían sus obras de misericordia visitando a los agonizantes mientras que, siguiendo la doctrina preferida por los epidemiólogos actuales, sus parientes Huron les aislaban –prudente medida ante las desconocidas dolencias introducidas por la Invasión. Su objetivo prioritario era derrotar a los chamanes y el secundario, salvar las almas –y las herencias si las hubiere- de los indígenas. No obstante, las suspicacias que reseñamos en el rito bautismal, se repetían en el caso de las epidemias. A fin de cuentas, el limón azucarado, con sus agridulces ingredientes, no podía ser el remedio ideal ergo, al contrario, tenía que ser un tósigo alienígena.

Racismo y tremendismo

Las Relaciones jesuíticas de 1639, describen a unos Huron robustos, más altos que los franceses, maquillados con manteca, pintados con rojo y negro y ornamentados con collares de mostacilla y con brazaletes de porcelana. Antes de que llegaran las epidemias, se calculaba que ascendían a unas 20 o 40.000 personas.

El racismo apareció de inmediato: “Algunas mujeres impúdicas, acercándose de noche a algunos hombres, les solicitan al mal en secreto” (Relación de 1639, Fr. Paul Le Jeune, Superior jesuita del Canadá) Para la grey del obseso Le Jeune, la comida autóctona era sencillamente repugnante; y también se lamentaban de la suciedad de las huronas que vivían rodeadas de basuras y que no limpiaban jamás sus utensilios de cocina.
Y el tremendismo, con el canibalismo como pieza estelar, se fortaleció con las hablillas surgidas de las guerras. Los panfletos difundidos por los Invasores –con las Relaciones como argumento de autoridad-, hicieron creer a los europeos que los prisioneros de guerra eran torturados y ‘acariciados’ para que cantaran mientras estaban encadenados en su postrer viaje hacia el pueblo de sus captores donde eran quemados vivos en los siguientes dos o tres días. Como primer paso en la tortura y, obviamente, para que no pudieran usar los arcos, se hacía hincapié en quebrar los tres dedos principales. Más aún, si el prisionero mantenía su valentía, se le arrancaba el corazón que era asado y devorado por los vencedores para –obvio correlato- “apropiarse del denuedo del vencido”. En uno de los muchos remates tremendistas, les cortaban los cuerpos para beber la sangre que corría. Como podemos prever, las tripas eran arrojadas a los perros… y a los niños.

La cuasi desaparición, ¿consecuencia de la evangelización jesuítica?

Ítem más, la guerra contra la Haudenosaunee o Iroqueses de la Confederación de las Five Nations –con su consiguiente hambruna, epidemias, deportaciones y pestes-, fue un absoluto fracaso para los Huron que, hacia 1650, casi habían desaparecido hasta el punto de huir de sus territorios y, más aún, hasta cambiar su etnónimo al que hoy conocemos como Wyandotte.

Esplendorosos Wyandot (Huron) antes de ser ‘civilizados’ y catequizados por los jesuitas.

Wyandot casa communal –longhouse.

Sin embargo, pese a que los etnohistoriadores han obtenido unas evidencias absolutamente opuestas, para la Etnohistoria Sagrada monopolizada por los misioneros, “los indios hurones -pacíficos y dóciles- aceptaron fácilmente el catecismo” reza un pío divulgador; a renglón seguido, añade que, atacados por los Iroqueses, “prácticamente fueron exterminados en unos diez años. En 1649, los jesuitas tuvieron que salir de allí con unos 300 sobrevivientes.” Basta comparar la magnificencia de las antiguas longhouses con sus viviendas actuales para comprender que sus tradiciones han sido destrozadas así como su bienestar económico. ¿Comprenderá el papa jesuita que esta hecatombe es obra de sus cofrades?

Interior de una longhouseSedentarios forzados a errar sin casa, sin longhouse.
Los Wyandot (Huron) a principios del siglo XX.

A pesar de todo ello, en los EEUU todavía existe una Wyandotte Nation con sede en Wyandotte, Oklahoma, nutrida actualmente por unos 7000 indígenas reconocidos federalmente (enrolled). Asimismo, en Canadá también encontramos una Wyandot First Nation: la Huron-Wendat Nation con unos 5.000 indígenas católicos que poseen dos reservas en Wendake, ahora en el término municipal de Quebec, y cuyo primer idioma es el francés. Viven de la venta de cerámicas, raquetas para la nieve, mocasines… y de los casinos.La Tortuga, totem huron-wyandotte. Isla de la Tortuga -Turtle Island-,
es un denominación para el hemisferio americano que tuvo cierto predicamento
pero que fue relegado popularmente en favor del ‘Abya Yala’,
término acuñado por los indígenas Cuna -Kuna, Guna, Tule, Dule

El reciente oportunismo gubernamental

Cuando había finalizado estas notas, me llega la noticia de que el primer ministro Trudeau ha solicitado al Vaticano que devuelva los objetos que albergan los colosales museos vaticanos a esos indígenas canadienses tan ensalzados por el papa Bergoglio durante su ‘visita penitencial’ (apostólica para el Opus Dei) Bien pudo haberlo pedido antes de la visita papal… Un ejemplo entre cientos o miles del ‘saqueo interminable’: en 1654, el Fr. Le Mercier SJ, supervisó la manufactura de un cinto wampum por los hurones católicos de St. Mary. Llevaba inscrito Ave Maria Gratia Plena y terminó en el museo de los jesuitas en Roma, donde en 1709 se describió el mismo cinturón o uno similar.

Notas anteriores sobre la visita pontificia a Canadá:
¿Un jesuita en pie de guerra?
Infames ceremonias de perdón

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