Armadas, autoritarias y jerárquicas

Armadas, autoritarias y jerárquicas

Juan Gabalaui*. LQS. Abril 2020

Tenemos asumido que la fuerza bruta es una herramienta necesaria para la resolución de conflictos. Es uno de los principios que hemos asimilado al crecer en sociedades donde la violencia tiene una función de control y garantía del orden

La crisis sanitaria está sirviendo para poner en valor la función de las Fuerzas Armadas y también de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Las ruedas de prensa con ministros y técnicos sanitarios se desarrollan junto a representantes del ejército, Policía y Guardia Civil. Estos últimos vestidos con sus trajes reglamentarios adornados por variadas medallas, que necesitan coleccionar para llegar al escalafón en el que se encuentran. Su presencia diaria en televisión permite que se asiente la idea de que son imprescindibles para la resolución de la crisis. Ayuda a que la mayoría de las personas defiendan que su existencia y las funciones que llevan a cabo son necesarias. Pero si nos fijamos en qué es lo que hacen y cómo lo hacen aparecen las dudas y ponen en cuestión la razón de su existencia. De esta manera si el ejército sirve para desinfectar residencias de ancianos y montar hospitales de campaña, nos deberíamos preguntar para qué sirve el ejército, puesto que esas funciones las podría ejecutar un servicio de protección civil, entrenado en el abordaje de emergencias.

Los comunicados de la Policía y la Guardia Civil suelen estar compuestos de una mezcla de tareas de carácter social, como la desinfección o la puesta de sus instalaciones a disposición de sanidad, y la relación de detenidos y denunciados diarios que han realizado. Todo ello redactado en un tono auto elogioso, en el que se destaca que están al servicio de los ciudadanos [lo cual, como ya sabemos, no es cierto puesto que están al servicio de las autoridades políticas] y sus elevados valores como el sacrificio, la vocación de servicio, la abnegación y la entrega. Con las tareas de naturaleza social ocurre lo mismo que se comentaba anteriormente sobre las labores del ejército. No se necesita a la policía para llevarlas a cabo. Un servicio de protección civil, formado y competente, sería suficiente. Por otro lado, las detenciones y sanciones sí forman parte de las funciones de organizaciones armadas, apoyadas en el autoritarismo y el uso de la violencia que les concede el estado. Es en estas labores donde se distingue la razón de ser de su existencia.

Los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son plenamente conocedores del poder que les concede el estado y los ciudadanos también. La relación con un policía coloca a las personas en posición de inferioridad y están sujetas a la arbitrariedad del agente en cuestión. Una simple reivindicación de los derechos o la negativa a obedecer una orden abusiva o contraria a la legalidad (por ejemplo, borrar la tarjeta de una cámara de fotografía o enseñarle el ticket de la compra) puede llevar a una escalada agresiva y una detención. El uso proporcionado de la fuerza queda a voluntad del agente que siempre puede alegar resistencia o agresiones. Se podrá afirmar que no todos los agentes se comportan de esta manera y podría ser así. Pero la cuestión no es si todos o algunos lo hacen, sino que el propio funcionamiento y los poderes concedidos abren la posibilidad de que este tipo de situaciones puedan suceder. A lo cual habría que señalar el sólido corporativismo y el cierre de filas alrededor de los agentes que se exceden en sus funciones.

En situaciones de excepcionalidad esta posibilidad se multiplica. Estamos más indefensas ante la arbitrariedad policial. Se han visto demasiados videos en las redes sociales en los que se evidencia la desproporcionalidad en las actuaciones policiales pero, sobre todo, la falta de preparación para el abordaje de situaciones sensibles. Es decir, estos agentes, que pertenecen a organizaciones armadas, autoritarias y jerárquicas, están preparados para el ejercicio imperativo de sus funciones pero no para la resolución pacífica y competente de situaciones sensibles. El golpe encima de la mesa es el recurso más básico y sencillo. Pero manejar con mano izquierda requiere de unas habilidades y competencias que difícilmente en organizaciones donde impera el uso de la fuerza bruta, se pueden desarrollar. En las escaladas agresivas el qué se hace antes de que comience la escalada es fundamental de la misma manera que saber desescalar cuando ya se ha iniciado. La dificultad para que se pueda dar estriba en el marco mental y funcional en el que se encuadran las Fuerzas Armadas y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Desde el marco autoritario otras formas de resolución de conflictos que no estén basadas en el autoritarismo y la violencia se perciben como ingenuas. Principalmente porque ignoran el rol activo que muchos agentes tienen en las escaladas simétricas que pueden derivar en violencia y subestiman la eficacia de las habilidades de resolución pacíficas. Este marco autoritario es asumido por un gran número de personas. Los policías del balcón actúan, sin saber, desde ese marco, jaleando las actuaciones policiales agresivas e insultando a las personas que consideran que no deben estar en la calle. Esta reacción básica es la primera que aparece en situaciones sensibles porque tenemos asumido que la fuerza bruta es una herramienta necesaria para la resolución de conflictos. Es uno de los principios que hemos asimilado al crecer en sociedades donde la violencia tiene una función de control y garantía del orden. Colocar a la violencia en tan alto grado invita a la existencia de organizaciones que puedan ejercerla desde la legitimación de la mayor fuente de violencia, que es el estado. De esta manera, las situaciones de excepcionalidad, como la que vivimos, nos enseñan las costuras de nuestra sociedad y la realidad que hay detrás de los elevados valores y la propaganda oficial.

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