Bobby Sands. In memoriam

Robert Gerard Sands, más conocido como Bobby Sands, era comandante del IRA Provisional. Nacido en 1954 en el seno de una familia católica, no tardó en aprender lo que significaba vivir bajo la opresión británica. Un grupo de pistoleros lealistas le obligó a dejar su trabajo de aprendiz a punta de pistola por el simple hecho de pertenecer a una minoría discriminada. Acosado por los paramilitares protestantes, se instaló en Twinbrook, al oeste de Belfast, una zona terriblemente deprimida y bajo estado de excepción por los continuos brotes de violencia. En 1972, se incorporó al IRA Provisional. Su primera detención se produjo en 1973. Se le acusó de posesión ilegal de armas de fuego. Salió a la calle en 1976, pero su participación en un tiroteo con la Royal Ulster Constabulary le devolvió a prisión, esta vez con una condena de 14 años. Fue enviado a la prisión de alta seguridad de Maze, también conocida como Long Kesh. No sabía que las durísimas condiciones de encierro le convertirían en un símbolo de coraje, resistencia y compromiso. Su muerte durante una huelga de hambre conmovió al mundo y evidenció que el anhelo de libertad es el impulso más arraigado en el ser humano, incluso por encima del aprecio a la propia vida.
 
En la prisión de Maze, los voluntarios del IRA Provisional ya habían organizado protestas para obtener el estatus de presos políticos. La primera protesta o Protesta de las Mantas comenzó en 1976 y consistió en negarse a vestir el uniforme de los presos comunes. En su lugar, se cubrieron con mantas y aseguraron que no cambiarían de actitud hasta que se les facilitara otro tipo de prendas. 300 presos del IRA Provisional participaron en la protesta. No obtuvieron ningún resultado, pero su maniobra contribuyó a mantener alta su moral. En 1978, se adoptó una nueva estrategia. Los funcionarios de prisiones prohibieron a los huelguistas utilizar los aseos sin su uniforme de presidiarios. Los huelguistas decidieron realizar sus deposiciones en las celdas, embadurnando las paredes con sus heces. Es lo que se llamó la Protesta Sucia. Un obispo católico visitó la prisión y, visiblemente afectado, afirmó ante los periodistas que ni en los peores barrios de Calcuta había contemplado una situación tan inhumana. Sin embargo, los británicos no cedieron ni un ápice. El 27 de octubre de 1980 la Protesta Sucia se transformó en Huelga de Hambre. Se interrumpió cuando los ingleses hicieron amago de ceder, pero al comprobar que sólo era un gesto y no una intención real, se inició una segunda huelga de hambre. El 1 de marzo de 1981 Bobby Sands dejó de comer, anunciando que él y otros 49 militantes del IRA Provisional morirían de inanición, si no se satisfacían cinco demandas:
 
1. Derecho a no vestir uniforme de presidiarios.
2. Derecho a no realizar trabajo en la prisión.
3. Derecho a la libre asociación con otros presos y a la organización de actividades educativas y recreativas.
4. Derecho a una visita, una carta y un paquete por semana.
5. Derecho a recuperar la remisión de condena perdida a consecuencia de las anteriores protestas.
 
La muerte inesperada de Frank Maguire, parlamentario republicano independiente, permitió presentar a Bobby Sands como candidato a la Cámara de los Comunes. Los católicos votaron masivamente por el comandante del IRA Provisional, logrando que obtuviera un escaño, pero el gobierno tory de Margaret Thatcher modificó la ley para que ningún preso con una condena superior a un año pudiera ser elegido diputado. Se evitaba de ese modo que los compañeros de Bobby Sands en huelga de hambre ocuparan su escaño, cuando se produjera el fatal desenlace.
 
Bobby Sands murió el 5 de mayo de 1981, después de 66 días de ayuno. Sólo tenía 27 años y, pese a su 1’85, no superaba los 40 kilos. Durante la huelga de hambre, escribe un diario, donde anota: “Soy un preso político y no un delincuente. Creo en el derecho a la soberanía y la independencia de Irlanda. Lucho contra una nación que se niega a retirarse de nuestra tierra y oprime a mis compatriotas. Pienso que en las circunstancias actuales no hay otra alternativa que la lucha armada. […] Pierdo peso cada día. Ignoro las grandes cantidades de comida que depositan en mi celda. No me inquieta la perspectiva de la muerte. Espero el canto de la alondra, pues la primavera se acerca. Recuerdo el canto de los pinzones en febrero y ahora escucho el canto de los cuervos negros desde mi lecho de muerte. No pierdo la esperanza de un porvenir de libertad e independencia. No claudicaré, aunque mi cuerpo se debilite progresivamente y finalmente se colapse. En esta lucha, todos tenemos un papel, grande o pequeño, y debemos cumplir con nuestra parte, sin reparar en las cuestiones personales”. Unos pocos días antes de fallecer, escribe: “Sé que se acerca mi fin, pero estoy seguro de que las ansias de libertad de mi pueblo algún día se harán realidad y contemplaremos cómo se alza la luna suavemente, mostrándonos la dicha de ser libres y vivir sin miedo”.
 
Al margen de Bobby Sands, murieron otros diez voluntarios del IRA. Otros trece abandonaron, pero con graves secuelas físicas y psíquicas que les incapacitaron para una vida normal. Durante las protestas por la muerte de los huelguistas, la Royal Ulster Constabulary disparó casi 30.000 proyectiles de goma, causando la muerte a siete personas. Margaret Thatcher consideró que había obtenido una victoria y no mostró ninguna clase de pesar por la muerte de Bobby Sands y sus compañeros, asegurando que sólo eran vulgares criminales. Durante sus años como Primera Ministra, las fuerzas de ocupación inglesas recurrieron sistemáticamente a la tortura y el asesinato extrajudicial. Algunos periodistas extranjeros afirmaron que Irlanda del Norte se parecía a Chile por el clima de represión e intimidación. Aunque no pudo probarse, las muertes en controles de carretera, interrogatorios y presuntas fugas hicieron circular la sospecha de que se había ordenado disparar a matar contra los republicanos, sin ofrecerles la oportunidad de entregarse. El cineasta Ken Loach reflejaría esa política en Agenda oculta (1990), mostrando que la democrática Inglaterra copiaba los métodos de las dictaduras latinoamericanas. Margaret Thatcher fue calificada por los republicanos como “la peor bastarda que hemos padecido”. Tan odiada como Oliver Cromwell, el político y militar que dirigió con inaudita crueldad la invasión de Irlanda en 1649, Thatcher se hundió en el desprestigio internacional, mientras Bobby Sands se transformaba en un inequívoco símbolo del espíritu de resistencia de los pueblos oprimidos. Su valentía y entereza despertó la admiración de los fedayines palestinos, que enviaron una nota de solidaridad y afecto elaborada clandestinamente en las prisiones israelíes: “A la familia de Bobby Sands y las de sus compañeros mártires. Vuestra lucha es nuestra lucha, pues perseguimos un objetivo común: liberar a nuestros pueblos de la opresión extranjera. Saludamos la heroica lucha de Bobby Sands y sus compañeros de la prisión de Maze porque han sacrificado la posesión más valiosa de cualquier ser humano. Han inmolado sus vidas por la libertad”.
 
Algunos dirán que Bobby Sands era un terrorista, “un criminal convicto”, como afirmó Thatcher en el Parlamento con su habitual mezcla de dureza y cinismo. Conviene recordar que la lucha armada del IRA Provisional nace de la discriminación de los católicos norirlandeses. Sometidos por la colonización inglesa, sufrían una discriminación social y laboral que se reflejaba en altas tasas de desempleo, bajos salarios y una deficiente escolarización infantil. De hecho, el conflicto aún no se ha resuelto, pero se ha avanzado hacia una solución pacífica gracias a los Acuerdos del Viernes Santo del 10 de abril de 1998. La injusticia contra los católicos norirlandeses era tan flagrante que concitó un amplio abanico de simpatías. En un editorial del diario El País publicado al día siguiente de la muerte de Bobby Sands, se afirmaba que Irlanda del Norte padecía “una de las situaciones más condenadas en el mundo moral actual: racismo, discriminación religiosa y política, colonialismo”. Esto explica que la impopularidad de Margaret Thatcher se propagara incluso entre sus compatriotas. Elvis Costello compuso un tema “Tramp the dirt down” que afirmaba: “Cuando Inglaterra era la peor zorra del mundo, Margaret era su madame”. En “Merry Christmas Maggie Thatcher”, Elton John cantaba: “Feliz Navidad, sangrienta Maggie. Todos celebramos este día, porque ya queda un día menos para tu muerte”. Public Enemy recordaría las simpatías de la Primera Ministra hacia el apartheid en “Prophets of rage” y el grupo punk Crass criticaría su repulsivo belicismo (“Tu falta de humanidad, Maggie, te libra de percibir el dolor que has ocasionado, determinado, creado y ordenado”), aludiendo a la guerra de Las Malvinas. No está de más recordar su entrevista con Pinochet durante la estancia forzosa del famoso genocida en Londres. Maggie se hizo fotografías con el infame general, sin escatimar muestras de afecto hacia “un viejo amigo”.
 
Antes de la huelga de hambre, Bobby Sands ya se había familiarizado con la brutalidad de las prisiones inglesas. En 1972, soportó en la cárcel de Castlereagh largos períodos de aislamiento total, a veces completamente desnudo, una represalia habitual concebida para humillar y quebrantar el espíritu de los presos políticos. Cuando fue trasladado a los temibles “H-blocks” (bloques con forma de H) de la prisión de Maze, comenzó a escribir artículos políticos para un diario republicano bajo el pseudónimo de Marcella, su hermana. Sus textos salieron al exterior clandestinamente en pequeños pedazos de papel higiénico, revelando que los presos del IRA Provisional conservaban su afán luchador, pese a las palizas, las torturas y las vejaciones. Al igual que otros presos confinados en circunstancias particularmente inhumanas, Bobby se refugió en la poesía. En uno de sus poemas más hermosos, recrea la contemplación del crepúsculo desde su celda:
 
“El último y veloz gorrión pasa por las polvorientas ventanas de plástico.
Los pequeños y ruidosos vecinos se han ido a casa.
El cielo es plateado y violeta y las cosas más oscuras empiezan a deslizarse
sobre el amenazador alambre de espino,
el día se está yendo,
como si lo persiguieran los ladridos de los perros guardianes que olfatean las primeras ratas atrevidas
de pie sobre las tuberías.
El prisionero se aferra a la reja de acero,
con sus dedos empezando a enrojecer
mira al mundo exterior,
sujetando su raída manta gris,
lucha por mantener el equilibrio.
Su enfermiza y amarillenta cara está casi oculta por la hirsuta barba,
desordenada, sucia, enmarañados mechones como enredaderas.
Sus ojos son duros y fieros y arden con la llama penetrante de la insensibilidad y la locura.
O quizá es una mezcla de la tortura inhumana y la pura delicia
de una mirada al moribundo día.
Acecha desde su tumba como un hombre de las cavernas reencarnado,
pero no ve ningún paisaje impresionante, sólo el día moribundo
y el ballet en el crepúsculo de los pequeños y ruidosos pájaros de las nieves.
Y el cielo sangra ahora, han herido al día
quizá mortalmente, mostrando una nublada herida púrpura y la oscuridad
se ha adueñado del cielo.
 
El ballet es tan hermoso.
En tres parejas los pájaros se mueven con la gracia de un velo en la brisa.
 
El prisionero se agarra a la cortante reja de acero fascinado por el espectáculo.
Vuelan y se lanzan hacia lo alto aleteando, haciendo piruetas en el viento.
Descienden sobre la brisa, moviendo sus colas, subiendo y bajando con sus gorjeos.
No es una canción, sino un acompañamiento clásico.
Al día sólo le queda un aliento de púrpura profundo.
Pero incluso la noche se ve repelida por todo ello.
Una sola bailarina aletea con la magnificencia de una estrella del crepúsculo.
Ya se ve la luna, los perros aúllan
y la primera rata se escurre por el sumidero.
La noche está cayendo, los bailarines desaparecen con el día.
Y el prisionero, pobres ojos que miran sin ver,
el prisionero ya no puede sujetarse a la reja.
Cae en las entrañas de su oscura y húmeda tumba, un patético
puñado de harapos.
El ballet del crepúsculo ha terminado, pero el público no se irá a casa.
Tal vez él nunca volverá a casa”.
 
"El ballet del crepúsculo", Bobby Sands
(Traducción de Carmen Cepeda)
 
Cinco días antes de morir, Bobby se entrevistó con su madre, Rosalyn. Le pidió que no solicitara la intervención de los médicos cuando entrara en coma: “Quiero a mi hijo, como todas las madres, pero le he hecho esa promesa y Bobby se está preparando para el fin. Nada puede salvarlo ya de la muerte”. El entierro de Bobby se celebró en el Ulster. 100.000 personas acompañaron al cortejo fúnebre, que incluyó una guardia de honor del IRA Provisional compuesta por siete hombres jóvenes y un veterano comandante. Se celebró una misa corpore insepulto en la iglesia de San Lucas del barrio de Twinbrook. El sacerdote pidió una salida pacífica al conflicto y expresó su desolación por la pérdida de vidas humanas. El féretro fue cubierto con la bandera tricolor republicana. Transportado por familiares y líderes del Sinn Féin (entre los que se hallaba el propio Gerry Adams), dos gaiteros precedieron el trayecto hasta el cementerio de Milltown. Casi todas las tiendas, oficinas, fábricas y escuelas de los barrios católicos de Belfast y muchas ciudades norirlandesas cerraron sus puertas en señal de luto. Gerard, el hijo de ocho años de Bobby Sands, arrojó un puñado de tierra sobre el ataúd e inmediatamente después se lanzaron numerosas coronas, mientras la guardia de honor del IRA Provisional hizo sonar sus trompetas, absteniéndose de disparar las salvas habituales. Poco después, desaparecieron entre la multitud y cambiaron sus uniformes militares por ropas civiles. Un helicóptero del ejército británico sobrevoló la ceremonia, sin atreverse a intervenir, lo cual no evitó que más tarde se produjeran enfrentamientos entre manifestantes y la Royal Ulster Constabulary. Una delegación de la coalición Herri Batasuna asistió al sepelio para manifestar su solidaridad.
 
En un poema titulado “Un lugar donde descansar”, Bobby Sands expresó su deseo de “descansar donde crecen los tojos, / bajo las rocas donde canta el jilguero / en el cementerio de Carnmoney bajo su colina / sin temer lo que el día pueda traer”. Sus restos se hallan en otro lugar. No importa demasiado. Su recuerdo no se ha extinguido y eso es lo esencial. Bobby Sands murió por la libertad y la unidad de Irlanda, pero su recuerdo pertenece a todos los que se identifican con la lucha de los pueblos contra cualquier forma de opresión. Su ejemplo es una poderosa fuente de inspiración que nos revela la importancia del compromiso individual. Su muerte no fue un despilfarro, sino un fogonazo de esperanza que aún nos ilumina.
 
 

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