Cafetería libresca

Francisco Cabanillas. LQSomos. Mayo 2014
Una buena sardina es mejor que una mala langosta.
Ferran Adriá
Yo quiero pasar a cuchillo las palabras…
Laura Gallego
Hay un sabor a luz en el grito medular de tu poema…
Manuel Ramos Otero

Introducción. Neopalesiana, la cafetería antillana, situada en la isla de Vieques, se llena de citas literarias, varias escritas con sangre, otras con mierda. Algunas, como esta del Antinihilista (Yván Silén), “Te miré en la foto, pero no me viste. Estabas muerto de risa en tu tristeza. Estabas de luto…como si hubieras sepultado tu poeta,” evocan al poeta muerto (Pedro Pietri). Otras citas, como esta de Adolfo Bioy Casares,  en De jardines ajenos (1997), recogen el testimonio de otros, en este caso, el de un militar norteamericano: “Hacer el amor con una japonesa es como la masturbación, pero más solitario.”

A tono con el menú, Yolanda Martínez-San Miguel pone sobre la mesa su libro de estudios culturales, Caribe TwoWays (2003); lectura cuestionadora de las construcciones homogeneizantes de la identidad cultural. Las diásporas de las islas hispanoparlantes se cocinan en su tinta; incluso los antillanos que no se mueven de su tierraexperimentan la transcaribeñidad. La novela de Pedro Juan Soto, El francotirador (1969), apunta hacia las tensiones intercaribeñas, donde humean los platos como el libro de cuentos de Ana Lydia Vega, Encancaranublado (1982).

¿Se plantea la narrativa, en la segunda mitad del siglo XX, como la mejor salsa para guisar las fricciones caribeñas de raza, de clase, de género, de saber, de sabor, de poder, de lengua?

Frente al fogón, el plato que homenajean los boricuas, Puerto Rico en la olla (2006), ocupa el centro de la mesa: arroz, habichuelas, harina de maíz, bacalao, viandas, carne. Con un bastón carpenteriano, el chef mayor, Cruz Miguel Ortiz Cuadra, mueve la varita mágica como si fuera un poeta nuyorican de la época épica de los sesenta-setenta. Ortiz Cuadra abre su libro, Puerto Rico en la olla, y saca este soneto de Silén, “Odio & Eros: a Nietzsche” (2014), que pone en la mesajunto al“alpiste” de los poetas esquizos:

Escribo con mi sangre y con mi semen,
escribo con mi vida y con mi muerte,
y con mi falo y con mi pluma y
mi lengua rota. La plebe está leyendo
contra el cielo del infierno, mientras yo
escribo en las paredes de tu vulva toda el amor y
todo mi odio. Odio escribe contra Eros
y Psiquis sospecha la tragedia de su rostro. El
peligro es alegre como los pterodáctilos ciegos
de las cumbres. Tu risa es la mejor de
de las caídas y de los abismos. Tu risa
es la mejor de las muertes. Los gnomos
flautan como si se hubieran suicidado.
¡Escribo sobre tu seno deshilado!

Capítulo I: El tomate, la papa y el maíz de Neruda. Entre metáforas que apenas se dejan cocinar, los adverbios, como calamares en su tinta, se alborotan en su salsa de tomate. Sobre el papel en blanco del poeta-chef, se estrella un adverbio borracho de anglicismo: “interesantemente.” Los comensales abren la boca. No pueden creer que “interesantemente” sea, como el bife argentino, un anglicismo. ¿Se dan cuenta los boricuas que “alegadamente” tampoco existe?Ante las acusaciones de los lingüistas más puritanos, los adverbios insisten en su giro transcultural. Las metáforas miran desde lo alto de sus atalayas, como si el ultraísmo de las primeras décadas del siglo XX fuera todavía la sazón latinoamericana más picante.

Entre la oda al maíz, “El grano / adelantó una lanza verde, / la lanza verde se cubrió de oro / y engalanó la altura / del Perú con su pámpano amarillo,” y la oda a la papa, “Profunda y suave eres,/ pulpa pura, purísima/ rosa blanca enterrada,” Neruda pone sobre la mesa la oda al tomate, “Tiene / luz propia, /majestad benigna,” en un bol de porcelana. Ubicación que, por estar entre el amarillo del soly el blanco de la luna, resulta incómoda para el tomate: “una roja víscera.”

 Más que un elogio, el tomate siente la agresión metafísica del que se sabe ingrediente: “En diciembre / se desata / el tomate, / invade / las cocinas, / entra por los almuerzos, / se sienta / reposado / en los aparadores, / entre los vasos, / las mantequilleras, / los saleros / azules.” Entre el reclamo ontológico del maíz, que de Mesoamérica fecunda Tierra del Fuego, y el reclamo de la papa, que hasta el siglo XVI ontologizala cordillera de Los Andes, el tomate se asfixia en la ensalada queNeruda pone en la “cintura del verano”:

el tomate,
astro de tierra,
estrella
repetida
 y fecunda,
nos muestra
sus circunvoluciones,
sus canales,
la insigne plenitud
y la
abundancia
sin hueso,
sin coraza,
sin escamas ni espinas,
nos entrega
el regalo
de su color fogoso
 y la totalidad de su frescura.

Rojo de la fruta que Neruda transmuta en bebida, “se parte / en dos / mitades / de tomate, / corre / por la calle / el jugo,” pero nunca en la sangre que corre por las venas de las Américas. Sangre de la que, en la Feria del Libro en Brasilia (2014), ha renegado Eduardo Galeano, autor de La venas abiertas de América Latina (1971): “esa prosa de izquierda tradicional es pesadísima.”Sobre la mesa, al lado de las dos ediciones del libro de Aída Figueroa,A la mesa con Neruda (2001, 2011), la ensalada delpoeta colinda con un documental rojo y blanco de 23 minutos: Una mosca en la Coca-Cola (2014).

El poeta de los adverbios (poetamente, diosmente, budamente), Yván Silén, se levanta de la mesa con un poemario de Francisco Matos Paoli en la mano, Canto a la locura (1962). Lee en voz alta los primeros versos de Matos Paoli: “Ya está transido, pobre de rocío, / este enorme quetzal de la nada.” Pasa las páginas y sigue leyendo en voz alta:“Estoy con los pobres ahora, / los infelices claros, / los mendigos que hacen de la rosa / una gran corona de estupor…” De refilón, el poeta que dice poesíamente —Silén—se despide de los comensales con un verso suyo, el cual, como un brujo de las letrinas, se saca de la manga de su camisa: “Te celebro, Poesía, porqu’eres / lo peor del mundo…”

Capítulo II: la piña de Quijano. Entre las frutas que venden las palenqueras de Cartagena de Indias, las bananas se quedan con todo el amarillo de la playa azul. Destello literario; Rubén Darío se toma un coco bajo el velo de la Reina Mab. En Cien años de soledad (1967), el amarillo de la UnitedFruitCompany mancha la playa de rojo (sangre de los trabajadores). Desde París, Severo Sarduy le escribe una décima al mango:

 

Se formó el arroz con mango,
rey de la gastronomía;
si hilachas de oro, armonía
tenebrosa y cruel: de tango.
Manjar del más alto rango,
heráldica de lo poco.
Aguardiente, agua de coco:
las bebidas que reclama.
¡Qué cénit —diría Lezama—,
qué corona del barroco!

Las Bananas (1971) de Woody Allen se revisten de verde olivo; Jacobo Morales se disfraza de Fidel. En Centroamérica, la novela bananera se come los monos que cuelgan de los militaresusamericanizados. Miguel Ángel Asturias narra el terror en El Señor Presidente (1946). Una imagen de Carmen Miranda se quita las cáscaras amarillas de las bananas. Desde París, Josephine Baker baila en una faldita de guineos. Por su hibridez discusiva (ensayo, narrativa, poesía, entre otros),la escritura de UnitedStates of Banana (2011) estalla en pedazos desde el Nueva York boricua-latinizado de GianninaBaschi.La banana de Andy Warholflota sin historia en la portada de un disco de los años sesenta;las del brasileño Henrique Amaral están marcadas por la violencia.

De las bananas a los plátanos, el lenguaje se hace confuso. Lo que para mi español caribeño/boricua son guineos, para el de otros, como el de Eduardo Galeano, son plátanos. Confusión, enredo. ¿Otro arroz con culo o con mango? Desde Estados Unidos, el senador independiente por el estado de Vermont, Bernie Sanders, dice en 2012 algo nunca antes pronunciado en inglés. Sanders habla de las repúblicas bananeras latinoamericanas, pero no se detiene en esa geografía; dice que, a partir de la tiranía del 1%wallstreetniano, Usamérica se ha convertido en ¡otra república bananera!

Desde la tapa de una antología del pensamiento y la cultura boricuas en la postmodernidad,Polifonía salvaje (1995), irrumpe, como metáfora del enjambre, la piña de Nick Quijano, Apiñada (1992). Imagen de una colmena con luz propia que, fortuita y afortunadamente, atrae este poema de internet:

Piña apiñada,
«piñetera»,
que toda tú te me apiñas,
así,
sin pensar en «apiñonamientos»,
ni piños ni piñones…
¡Qué «piña» me das,
tan piñita y «empiñada»,
sin saber la que te espera,
piña,
que aunque no seas piñonera,
de una muerte «piñera» nadie te libera!

Capítulo III: comiendo literatura. En el poema de Luis Palés Matos, “Menú” (1942), el comensal que, en plena Segunda Guerra Mundial, llega a la cafetería, ubicada en la isla de Vieques,puede comerse las Antillas y el Caribe en metáforas suculentas, las cuales el poeta boricua prepara con la geografía, la topografía, la flora y la fauna de la zona caribeña. Área que Ramón Grosfoguel, desde la Universidad de California-Berkeley, transitamucho a partir de la filosofía de uno de los hijos de las islas, el martiniqués Franz Fanon, cuyas “zonas del ser y el no-ser”sobre la línea de lo humano, marcan las dinámicas de poder de la modernidad, de 1492 hasta hoy, con su correspondientecolonialidad, la cual constituye, según el filósofo boricua Nelson Maldonado-Torres, el lado “horroroso” de la modernidad.

El viento sopla desde la playa. Desde una novela como La casa de Ulimar (1988), de Silén, llega el olor a sofrito boricua. Las páginas del menú palesianose vuelan. Además de los platos de Palés Matos, la cafetería ofrece los novelísticos de Paradiso (1966), de José Lezama Lima,como el pavipollo, la natilla, el quimbombó. Y sobre todo, están losplatos de Mario Vargas Llosa, último sobreviviente del boom latinoamericano. El escritormás ingenuo políticamente, ya que cree en la democracia liberal de John Locke, o el más perverso, pues endosa la violencia liberaldesde el silencio y por eso la complicidad. ¿Tiene sangre en las manos Vargas Llosa o es salsa de tomate?

La cafetería caribeña importa la receta del restaurante novoandino Tanta, del chef peruano Gastón Acurio, “Huevos de don Mario al jugo,” platillo que Vargas Llosa describe con entusiasmo: “Todos los sábados después de caminar voy al Tanta y pido un plato que he inventado yo. Son unos huevos que parecen a la ranchera pero no los son. Son los huevos sobre pan campesino con la salsa del lomito saltado. Es un manjar.”

De la cebichería peruana “Mi Barrunto,” la cafetería viequense importa los platos que llevan nombres de novelas vargallosianas: “Pantaleón y las visitadoras,” “un arroz a la chiclayana con mariscos, a base de culantro, zapallo loche y cerveza negra, los colores del uniforme militar del capitán Pantaleón Pantoja, acompañado de conchas negras que representan a las visitadoras”; “La casa verde,” “un seco de congrio en salsa de culantro”; y “La fiesta del chivo,” “un pez espada a la parrilla.”

Como postre, la cafetería sugiere, en vez del helado de coco que hace llevar a Vieques desde la heladería Los Chinitos en Río Piedras, una crítica fría a Vargas Llosa, por su constante defensa del neoliberalismo en América Latina. Defensa que significa una crítica dogmática a todo lo que han hecho para combatir la violencia neoliberal en el nuevo milenio,países como Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina. Defensa política que cancela la visión que Vargas Llosa ofrece de la literatura, en tanto actividad crítica frente al mundo, en una de sus muchas columnas publicadas en el portavoz del neoliberalismo,El País:“La buena literatura nos ayuda a estar mejor armados frente a la vida y cualquier embauque. Te defiende contra la mentira, la manipulación y los falsos oropeles. Por eso es una barbaridad educar a la gente solo en las tecnologías”.

Capítulo IV: el saxofón boricua. Desde el tenor, David Sánchez picotea en los cuentosde Julio Cortázar, Historia de cronopios y famas (1962). En “Los cronopios” (1996), Sánchez prepara un plato con sazón afrocaribeña: quinteto de piano, bajo, batería, percusión (conga y timbales) y saxo, presentado al principio como un texto fragmentado desde el saxo. A su vez, desde el saxofón alto, Miguel Zenón picotea en “la novela” de Cortázar, Rayuela (1967). En Rayuela (2012), Zenón prepara un planto a dos manos junto al francés Laurent Coq: cuarteto con piano, cello/trombón, percusión, incluida la tabla hindú, y saxo, presentado en 10 platillos extraídos de la novela de Cortázar (5 composiciones cada uno): Talita (LC), La muerte de Rocamadour (MZ), Gekrepten (LC), Buenos Aires (MZ), Morelliana (MZ), Oliveira (LC), BertheTrepat (MZ), Traveler (LC), La Maga (MZ), El Club de la Serpiente (MZ).

El saxofón boricua se come la literatura de Julio, quien nunca fue a la isla —aunque lo intentó antes de enfermarse y finalmente morirse en 1984—, cuya obra magna, Rayuela, contiene una y solo una mención a lo boricua: una “novela portorriqueña” que hace referencias al circo.

El tenor de Sánchez picotea en el plato favorito de los cronopios, a quienes les“parece extraordinario que los hayan arrancado del sueño con el solo objeto de sumirlos inmediatamente en el delirio alcohólico, pero no tarda en comprender [un cronopio] que todavía es peor [la situación] puesto que la aeromoza [están en un avión] aparece con bandejas donde entre otras cosas hay una tortilla, un helado de almendra y un plátano de aplastantes dimensiones.”

Desde su hambre literaria, que parece más severa que la de Sánchez, Zenón se come los bifes de chorizo deRayuela, novela que, a diferencia de Laurent Coq, Zenón se leyó de rabo a cabo. Tras una cita de Cortázar que saca de otro lado, “Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo,” Zenón se contagia del exceso lingüístico de Rayuela. Por eso, empieza a hablar del saxófono en vez del saxofón.

El saxo de Sánchez se hincha de citas cortazarianas: “Ser cronopio es contrapelo, contraluz, contranovela, contradanza, contratodo, contrabajo, contrafagote, contra y recontra cada día contra cada cosa que los demás aceptan y que tienen fuerza de ley.” El de Zenón también: “Los surrealistas creyeron que el verdadero lenguaje y la verdadera realidad estaban censurados y relegados por estructura racionalista y burguesa del occidente. Tenían razón, como lo sabe cualquier poeta, pero eso no era más que un momento en la importante peladura de la banana. Resultado, más de uno se la comió con la cáscara.”

Desde un cronopioafrocaribeño y una rayuela parisina (Coq), porteña (Cortázar), puertorriqueña (Zenón) e hindú (la tabla), el saxo boricua suena a literatura: saber de una escritura poética.

Capítulo V: sabor a luz. La literatura se lo come todo. En la mesa quedan los platos vacíos, llenos de erratas que parecen carcasas de pollo. Insaciable, el hambrese limpia en las servilletas manchadas de grasa. Los espejos de blanco se llenan de imágenes griegas,que se miran a sí mismas desde la porcelana de los platos. Cuando se oye la luz de “Orfeo canta” (2014), ¿oscura como la de los cronopios que juegan a la rayuela de la muerte?, el soneto de Yván Silén, un embudo neobarroco,despide un aliento a sol borracho de semen:

 

Leto llora, porque yo no he muerto todavía.
Progerio, sin que tú lo sepas, y sin que
tus labios me sientan matusalenmente.
Todo es oscuridad y todo es Eos.
La muerte es luminosa como las rosas.
Pirra está encendiendo la pira.
Las rosas arden debajo de la lluvia. Y
los hombres arrastran el sepelio de Dios.
¡Salve! ¡Salve!.. Leto llora la muerte de Apolo.
El mundo progeria a la velocidad de la luz.
¡Nadie ve! ¡Nadie escucha! ¡Nadie siente!
Todo es oscuridad en el ocaso. Pero Caronte
cruza sordamente el Leteo. Orfeo…
canta contra las Estatuas de Lata.

Como una autógena antinihilista, el canto de Orfeo echa chispas: “Las rosas arden debajo de la lluvia.” La cena parece un banquete que atraviesa la modernidad. ¿Quién se ha comido las citas de Enrique Dussel? Desde la preposición que sazona el último terceto, “contra,” el sonetode Silénchisporrotea en su salsa, salpicando los platos que están cerca, como el de Los poemas de Filí-Melé (1976), poemario emblemático del poeta neosurrealista de entonces, Silén, que arremete contra el canon literario de la isla desde otra “estatua de lata.” Por eso, la mujer muerta, Filí-Melé,surge desde una imagen insólita: “hoy eres una lata de carne beef, Filí-Melé.”

La poesía se ilumina de héroes mitológicos: “Creonte cruza sordamente el Leteo.” La luz que se cuece entre los versos más calcinantes, “¡Nadie ve! ¡Nadie escucha! ¡Nadie siente!,” desborda el soneto. La tinta se derrama como pulpa de mangosarduyano. De la poesía, la escritura se chorrea a la novela corta de Silén, La muerte de mamá (2004), en la cual el personaje loco, Ivanoskar, se come el ojo de la madre muerta. ¿Bataille? Silén lo niega. Olor a ajo; ¿a quién no le vuelve a dar el aroma a sofrito deLa casa de Ulimar (1988)? ¿Se quema el pan de César Vallejo frente al horno de Los heraldos negros (1919)?

La antropofagia se muerde los ojos. La novela corta se hace más pequeña. Silénsilena hasta queatraviesa los límites de la novella y termina, imaginariamente, en un cuento de Virgilio Piñera, “La carne” (1944), en el cual los personajes, debido a una carencia de carne, se comena sí mismos las nalgas, los senos, la lengua… Algunos personajes desaparecen; otros, como el bailarín, se comen el medio de trabajo. Del cuento de Piñera, Silén regresa —¡nunca se movió!— con unos versos entrecortados que parecen un sermón político:

Señor, no me lleves a Vieques,
No me lleves a Vieques, Señor…
No me lleves a Vieques, porque me duele
la rodilla izquierda de mi alma.
No me lleves a Vieques
Porque me han robado
Las muñecas viejas…
¡Todo es humo, Señor, todo es humo!
… los concejales
que vienen a Vieques a vender la mierda…
que vienen a Vieques primero que yo…
d’esta medianoche del día de Vieques…
lloviendo sonidos en las margaritas del mercado
de las mujeres de Vieques…
yo te vi, cabroncito,
detener la nación
más poderosa del mundo
con los pescadores de Vieques…
ni un solo marino más delante de Vieques
o cien o mil marinos con los ojos rotos
en las cunetas de Vieques…
¡No me envíes, Señor a Vieques,
qu’estoy temblando aún en tus visiones!

Epílogo. La literaturadevora todo (arroz, habichuelas, harina de maíz, bacalao, viandas, carne), incluida la luz y el espacio.Los libros se cierran. Las citas vuelven a la alacena, donde pasan la noche en el silencio de los platos vacíos, aullando como tropos que comen por debajo de las páginas. La poesía se aleja de las mesas. La oscuridad de la cafetería parece un libro apagado. El pan del poeta, Vallejo,se ha quemado frente al horno. En su poemario más hambriento,Trilce (1922), habla como el poeta que es:  “Y me han dolido los cuchillos / de esta mesa en todo el paladar.” La flor enferma de los poetas malditos se arruga y se cierra. Vallejo se aleja de la comida podrida; en “Masa” (1937), la levadura fresca sabe a futuro: “el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar…

Como un grafiti, el olor a sofrito de La casa de Ulimar queda inscrito en las paredes oscuras de la cafetería cerrada. Los libros esperan el desayuno de la mañana.

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