Carta de un parado todavía cuerdo

Sistema, lo has logrado. Me has vencido. Tú ganas no sé qué perverso premio y, entretanto, yo mastico la derrota, pero no es saliva, sino bilis, la que acompaña a esos trozos imposibles de ingerir, los que me ahogan mientras veo cómo sonríes. No con sadismo –eso me dolería menos–, lo haces con un gesto de condescendencia, compasión y paternalismo que acrecienta mis arcadas. Has conseguido no sólo que yo me sienta –y ya no me importa ser soez– como una mierda, sino también que adivine en los míos, en aquellos a los que más quiero, la certeza de que soy un fracasado. Si les pregunto dirán que no, que estoy equivocado, pero yo sé que es así. Si antes los conocía, hoy no he dejado de hacerlo, por más que lo que descubra en su interior me haga desear la abstracción de la demencia para no leer en sus ojos lo que sus labios jamás pronuncian, por respeto, por pena, qué más da.

Empezaste por dejarme sin trabajo y yo dije: “no pasa nada, en pocos días encontraré otro, como siempre”. Después te llevaste mi coche, y aún quedaban en mí razones para reír. Luego fue mi casa la que me quitaste y a pesar de ello demostré ser capaz de contener las lágrimas. Ahora, cuando ya han pasado años –sí, años–  ni ganas de llorar me quedan. Tal vez también me las arrebataste tú.

Fui precipitándome, consciente de ello pero sin querer asumirlo, en un agujero en el que cada vez la luz era más débil y la negrura más densa, como una sustancia pegajosa que poco a poco bloquease mis sentidos y mis movimientos. Transité de la calma a la extrañeza, de ahí a la preocupación, más tarde vinieron la incredulidad, la rabia, el desasosiego, la desesperanza, la angustia y la claudicación. Ahora sólo me queda un peldaño más por bajar: el de la locura. Y escribo esto antes de que mis pies se posen allí donde ya no se distingue la realidad de la fantasía, el bien del mal y las palabras de los gritos rotos e inarticulados. Quizás ese lugar represente la otra puerta de este túnel, la contraria a aquella por la que entré; acaso signifique la libertad, pero la mía, y en cambio arrostre otra condena –una más– para los que están a mi lado. Hoy todavía sé que no quiero alcanzar ese lugar. Mañana, en él, ya estaré incapacitado para realizar estas reflexiones.

Ya no soy joven. Pasé la mitad de mi vida estudiando y el resto trabajando sin dejar de añadir formación adicional a mi haber. “Esto es lo mejor para mi futuro”, pensaba. Qué idiota era, no entendía que ese tiempo por venir, el que traería una miseria creciente e insoportable para mis hijos, para mi pareja y para mí, no estaba en mis manos sino en las tuyas. Y tú, Sistema, no sabes de personas, tampoco de frío, hambre o vergüenza; no desconoces el sufrimiento porque tú lo generas, pero lo ignoras cuando a tu paso vas dejando un reguero de cadáveres cuyo corazón late, es cierto, pero cadáveres al fin. Día tras día, mes tras mes, año tras año, desde aquel maldito instante, lo único que he rogado al destino es encontrar un trabajo y poder llenar la boca de los míos con algo más que ilusiones y promesas salidas de la mía. No lo he conseguido y en estos momentos, cuando la desesperación ya le ha robado todo el espacio a la esperanza, además de la tristeza y el dolor extremos por la precariedad progresiva a la que he empujado a las víctimas de mi infortunio, seres a los que tanto amo, lo único que me queda, Sistema despiadado e implacable, es maldecirte y vomitarte mi odio, porque al fin, y con una sola palabra: "paro", has logrado destruir a otra familia armada tiempo atrás con la alegría, los sueños, el cariño, la tranquilidad y el optimismo. Eres un criminal y nosotros, tus muertos.

En Vigo, Pontevedra

 

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